Capítulo XII #2
Esa noche reconstruyó las tiras trituradas con una paciencia que no habría tenido para casi ninguna otra actividad.
Cada fragmento de papel que encontraba su lugar reducía la distancia entre los negocios de Ricardo y el CTRE.
El trabajo tenía una cualidad absurda: un detective que hablaba con muertos necesitaba cinta adhesiva para obtener una de sus mejores pistas.
Cuando terminó, observó el documento recompuesto. Había aprendido hacía tiempo que lo sobrenatural no sustituía a la investigación. Un fantasma podía señalar una puerta, pero alguien tenía que abrirla, buscar dentro y conseguir una prueba que los vivos aceptaran.
El viaje nocturno hacia el CTRE introdujo una fisura distinta en Sebastián.
La cinta de Verónica no era solo música antigua.
Cada canción estaba unida a una época en que su relación con los muertos todavía no había adquirido una función profesional.
Entonces las apariciones eran accidentes privados que intentaba esconder incluso de sus amigos.
Verónica pertenecía a aquel mundo. Recordaba su habilidad para conseguir discos, grabar cintas y convertir una selección de canciones en una declaración personal.
En los años del instituto, una casete podía circular durante semanas de mano en mano y terminar asociada para siempre a una persona.
Por eso reconocerla en el asiento trasero no le produjo miedo. Le produjo tiempo.
La muerte había alcanzado a alguien de su edad sin que él se enterara.
Sebastián comprendió que aquello ocurriría cada vez con mayor frecuencia.
Los muertos que veía ya no serían únicamente desconocidos, clientes o figuras ancladas a casas antiguas.
Empezarían a tener rostros de su propia juventud.
El don que había aprendido a manejar profesionalmente acabaría convirtiéndose también en un archivo de pérdidas.
Verónica no necesitó explicarle demasiado.
Su gesto hacia la curva fue suficiente. Cuando el pedal del freno se hundió, Sebastián comprendió que aquella aparición tenía una finalidad inmediata.
La violencia del accidente borró cualquier nostalgia.
Después, al descubrir la manipulación, la investigación cambió otra vez.
Hasta entonces alguien había tratado de intimidarlo y seguirlo. Ahora había intentado matarlo.
Mientras caminaba hacia el CTRE con la linterna, repasó mentalmente quién sabía lo suficiente para anticipar su desplazamiento.
Ricardo podía sospecharlo. Los hombres de Kalashov lo habían identificado en Tabarca.
Alicia conocía su falsa profesión, pero probablemente ya sabía que no era quien decía ser.
El número de candidatos crecía en lugar de reducirse.
La silueta del centro apareció antes del amanecer como una construcción ajena al paisaje. Sebastián se detuvo unos segundos. Podía regresar, buscar un teléfono y llamar a Valverde. Era la decisión razonable. Continuó andando. La razonabilidad nunca había sido uno de los requisitos de su oficio.
Dentro del CTRE, la normalidad administrativa resultaba más inquietante que cualquier instalación clandestina.
Había formularios, acreditaciones, protocolos y personal que hablaba de residuos mediante siglas.
Nada se parecía a la guarida que habría correspondido a la reputación de Kalashov.
Precisamente por eso Sebastián prestó más atención.
Los negocios peligrosos rara vez necesitaban parecer peligrosos.
La estructura de hormigón dominaba el complejo.
Saber que tras aquellas paredes podían almacenarse materiales capaces de seguir siendo dañinos durante periodos que excedían varias vidas humanas modificaba la escala del caso.
Ya no se trataba únicamente de quién heredaba una empresa o quién se acostaba con la mujer de quién.
Un contenedor defectuoso podía sobrevivir a todos los implicados.
Cuando vio juntas las firmas de Mariano y Ricardo, recordó de inmediato la negativa del muerto.
La falsificación dejaba de ser una sospecha sentimental para convertirse en una hipótesis comprobable.
Además, la capacidad técnica de Cerámicas Hermanos Gimeno era esencial: si la empresa no había realizado la inversión necesaria, el contrato podía ocultar un fraude con consecuencias que nadie parecía dispuesto a medir.
Sebastián entendió entonces por qué Mariano podía haber considerado aquel asunto más importante que su propia muerte.
La idea apareció fugazmente y él mismo la apartó.
Seguía creyendo que investigaba un asesinato.
Sin embargo, por primera vez admitió que el centro real del caso quizá no estuviera en la cámara frigorífica, sino en lo que Mariano había intentado impedir antes de entrar en ella.
La aparición de Kalashov confirmó que el CTRE conocía sus movimientos. El georgiano no necesitó gritar para amenazarlo. Sebastián había tratado con suficientes matones para saber que los verdaderamente peligrosos rara vez desperdiciaban energía en demostrarlo.
Al salir, sin el Escort y con el absurdo CD de María Jesús entre las pertenencias recuperadas, sintió una mezcla de rabia y alivio.
El coche llevaba años acompañándolo y perderlo le dolía más de lo que estaba dispuesto a admitir.
También sabía que, si Verónica no hubiera aparecido, la investigación podía haber terminado en aquella curva.
Guardó el disco. Después de sobrevivir a un accidente, incluso «Los pajaritos» adquiría el valor de una prueba de existencia.
La confrontación final con Ricardo fue preparada con más cuidado del que Sebastián dejó ver.
Antes de entrar en el despacho había repasado qué podía demostrar, qué podía sugerir y qué dependía únicamente de Mariano.
No quería cometer el error de confundir una hipótesis sólida con una prueba.
Su objetivo no era obtener una confesión cinematográfica, sino obligar a Ricardo a comprender que el accidente de su hermano ya no estaba aislado del contrato.
El empresario reaccionó como esperaba: negó el asesinato y trató de separar cada irregularidad de las demás.
Una firma podía ser un problema mercantil.
Una relación con Alicia pertenecía a la vida privada.
Un contrato con el CTRE era una operación empresarial.
Por separado, cada pieza tenía una explicación.
Sebastián insistió en contemplarlas juntas.
La posible insuficiencia técnica de los contenedores era el elemento más grave.
Si los materiales no soportaban las condiciones exigidas durante el periodo previsto, el fraude no terminaría con una sanción económica.
Podía dejar un problema para personas que ni siquiera habían nacido.
Mariano se había opuesto a asumir ese riesgo.
Ricardo necesitaba apartar su resistencia para cerrar la operación.
Sebastián salió del edificio convencido de haber llevado el caso hasta el límite de sus posibilidades.
Valverde tendría que solicitar peritajes, comprobar firmas, revisar accesos y volver sobre la cámara frigorífica.
La investigación de un detective psíquico podía abrir una puerta, pero solo la policía podía convertir determinadas sospechas en un procedimiento.
Aun así, algo seguía molestándolo. Mariano había aparecido siempre en el momento adecuado para dirigirlo hacia la siguiente pieza.
Había hablado con precisión del sufrimiento en la cámara, de Ricardo y del contrato, pero nunca había proporcionado una prueba directa de que su hermano hubiera manipulado el sistema.
Sebastián había llenado esos huecos porque el resto de las circunstancias parecían conducir a la misma conclusión.
Y estaba el dinero.
La transferencia inexistente se había convertido en una presencia tan constante como Quinito.
Sebastián podía aceptar retrasos, bancos torpes e incluso problemas derivados de una cuenta extranjera.
Lo que no aceptaba bien era que un muerto millonario pareciera más hábil para proporcionar pistas que para pagar una factura.
La ouija fue un último recurso y, en cierto modo, una provocación. Sebastián quería obligar a Mariano a aparecer. Había pasado demasiados días siguiendo instrucciones de un cliente que ahora parecía evitarlo justo cuando tocaba rendir cuentas.
La revelación de que la cuenta de Andorra no existía le produjo primero incredulidad y después una rabia casi física.
No era únicamente el dinero. Mariano había utilizado la única ventaja que un muerto podía tener sobre Sebastián: sabía que él tomaría en serio una acusación que cualquier otra persona habría considerado imposible.
Cuando admitió que su muerte había sido accidental, toda la investigación se reorganizó en la cabeza del detective.
Ricardo seguía siendo un falsificador dispuesto a cerrar un negocio peligroso.
Seguía manteniendo una relación con Alicia.
Kalashov seguía representando intereses capaces de recurrir a la violencia.
El contrato seguía siendo potencialmente fraudulento.
Nada de eso desaparecía. Solo caía la pieza que Sebastián había colocado en el centro desde el principio: el asesinato de Mariano.
Comprendió entonces la inteligencia de la manipulación.
Si Mariano le hubiera pedido que investigara un contrato de contenedores industriales, probablemente Sebastián habría recomendado un abogado, un perito o una denuncia.
Al presentarse como víctima de asesinato había conseguido convertir el asunto empresarial en una cuestión personal.
Cada obstáculo reforzaba la impresión de que se acercaba al homicida.
El engaño también explicaba la serenidad final del muerto. Mariano no necesitaba justicia para sí mismo. Necesitaba que alguien impidiera que Ricardo continuara una operación que él consideraba peligrosa. Había utilizado su propia muerte como cebo porque ya no disponía de otra herramienta.