Un Asunto Carnal (Sebastián Delgado, Detective Psíquico 1) Capítulo XII
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Capítulo XII

XII

Sebastián no solía recurrir a métodos de invocación.

No se consideraba médium y desconfiaba de la parafernalia que convertía la comunicación con los muertos en espectáculo.

Su don funcionaba de otra manera: los muertos aparecían cuando podían, cuando querían o cuando alguna circunstancia los mantenía demasiado cerca del mundo de los vivos.

El problema era que Mariano no aparecía.

El almanaque de san Pancracio marcaba el final de mes. Sobre la mesa se acumulaban recibos, una factura de teléfono y dos sobres que Sebastián había dejado cerrados por superstición económica: mientras no conociera la cantidad exacta, la deuda parecía menos real.

La cuenta de Andorra seguía sin producir un solo ingreso.

Buscó en el armario inferior del despacho hasta encontrar una caja rectangular cubierta de polvo.

La tabla ouija había sido comprada años atrás en un bazar chino del barrio y tenía el alfabeto cirílico, circunstancia que ya había complicado una invocación anterior.

Sebastián la colocó sobre la mesa, apartó el cenicero y leyó las instrucciones impresas en una hoja traducida con un castellano de sintaxis aventurera.

—Si esto funciona, será por vergüenza —dijo.

Quinito apareció junto al archivador.

—No empieces.

El fraile contempló la tabla y después a Sebastián con una expresión que podía interpretarse como censura o diversión. No dijo nada. La luz del despacho descendió de intensidad.

Sebastián apoyó los dedos sobre el indicador.

Los primeros intentos no produjeron resultado. En el tercero, el indicador se desplazó hacia una letra que no sabía interpretar. En el cuarto, la bombilla del flexo parpadeó. En el quinto, una corriente fría recorrió la habitación.

Mariano Gimeno se materializó frente al escritorio.

Su aspecto había cambiado. No mostraba la tensión de las visitas anteriores. El rostro parecía descansado y la figura conservaba una estabilidad que Sebastián no le había visto desde el primer encuentro.

—Para evitarle conjeturas…

Sebastián levantó una mano.

—No. Esta vez las conjeturas me las ahorro yo. ¿Dónde está mi dinero?

Mariano permaneció en silencio unos segundos.

—Esa cuenta no existe, señor Delgado.

Sebastián retiró lentamente las manos de la tabla.

—Repítalo.

—La cuenta de Andorra no existe.

El detective miró a Quinito. El fraile había desaparecido. Consideró que era una decisión prudente.

—Me contrató con dinero inexistente.

—Necesitaba su ayuda.

—Me dijo que su hermano lo había matado.

Mariano bajó la mirada.

—Mi muerte fue accidental.

El silencio que siguió fue más frío que cualquier manifestación espectral.

Sebastián se levantó de la silla.

—¿Accidental?

—Ricardo manipuló documentos. Quería sacar adelante el contrato. Estaba dispuesto a engañarme y a quedarse con Alicia. Pero no me asesinó. Yo sabía que, si le contaba únicamente lo del contrato, usted quizá no aceptaría el caso o no llegaría tan lejos. Necesitaba que investigara.

Sebastián recordó el despacho, Valverde, el hotel Berlín, Tabarca, el ruso sobre las rocas, el accidente del Escort, el CTRE y la amenaza de Kalashov. Todo había comenzado con dos palabras pronunciadas por un muerto: mi hermano.

—Me utilizó.

—Ha impedido que se almacene material peligroso en recipientes inadecuados. Ha salvado vidas.

—Me manipularon los frenos.

—Lo lamento.

—Me persiguió un armario georgiano por Tabarca.

—También lo lamento.

—He perdido el coche.

Mariano pareció buscar una respuesta que no encontró.

—Y tengo un disco de María Jesús y su acordeón que nadie me va a comprar.

El espectro recuperó cierta solemnidad.

—Siéntase orgulloso. Ha hecho un bien. Es usted un héroe.

Las luces del despacho parpadearon al pronunciar la última palabra.

Sebastián cerró los ojos. Durante unos segundos pensó en todas las respuestas posibles y eligió la que le pareció más proporcionada.

—Orinaré en las flores de su tumba, señor Gimeno.

Mariano comenzó a desvanecerse.

—Comprendo su enfado.

—No, no lo comprende. Los muertos no pagan alquiler.

La figura perdió consistencia hasta quedar reducida a una neblina verdosa. Antes de desaparecer por completo, Mariano esbozó una sonrisa que Sebastián decidió interpretar como una disculpa.

La habitación recuperó su temperatura normal.

Quinito reapareció junto a la puerta.

—Ni una palabra.

El fraile juntó las manos dentro de las mangas.

—Morir, dormir…

—Te he dicho que ni una palabra.

Sebastián guardó la ouija en su caja y volvió a colocarla en el fondo del armario.

Después reunió las facturas sobre la mesa.

Trabajar para muertos tenía ventajas: no llamaban de madrugada para preguntar cómo iba el caso, no exigían informes semanales y rara vez discutían los gastos de kilometraje.

El inconveniente era que podían resultar tan interesados y morosos como los vivos, con la diferencia de que llevarlos a juicio presentaba dificultades procesales evidentes.

Apagó el flexo y fue al cuarto de baño. Mientras se cepillaba los dientes, la luz comenzó a encenderse y apagarse.

Sebastián observó su reflejo en el espejo.

—Gimeno, como siga tocando las bombillas, lo de las flores va en serio.

La luz quedó fija.

Desde algún lugar del despacho llegó una risa apagada que podía pertenecer a Mariano, a Quinito o a la instalación eléctrica.

Sebastián escupió la pasta de dientes, abrió el grifo y decidió no investigarlo.

El regreso del Berlín dejó a Sebastián con una certeza incómoda: por primera vez podía dibujar sobre el papel una relación entre los tres nombres que se repetían alrededor de Mariano.

Alicia no era únicamente la viuda que esperaba una indemnización.

Ricardo no era únicamente el hermano señalado por un muerto.

Kalashov tampoco era un empresario extranjero que hubiera aparecido por casualidad en el mismo hotel.

Los tres compartían un punto de contacto económico y, al menos en el caso de Alicia y Ricardo, otro íntimo.

Sebastián extendió sus notas sobre la mesa del despacho.

No utilizaba diagramas sofisticados; prefería hojas sueltas, flechas y palabras escritas con una letra que empeoraba cuanto más clara creía tener una idea.

En el centro puso el nombre de Mariano. A un lado, Ricardo.

Al otro, Alicia. Más abajo, Kalashov y las siglas CTRE.

El dibujo parecía sencillo hasta que intentaba explicar por qué una cámara frigorífica debía conducir a residuos energéticos y a un georgiano con intereses en la costa.

La conversación escuchada en el hotel había aportado una frase decisiva: «he conseguido lo que me pediste».

Sebastián se resistía a convertirla en confesión.

Podía referirse a un contrato, una firma, dinero o cualquier otra gestión.

Sin embargo, un investigador no tenía derecho a ignorar una frase solo porque admitiera varias interpretaciones. La guardó junto a las demás.

También pensó en Alicia. Resultaba demasiado fácil adjudicarle el papel de mujer fatal porque era atractiva, mantenía una relación con su cuñado y negociaba con hombres peligrosos.

Sebastián desconfiaba de las explicaciones que parecían escritas antes de conocer a las personas.

Alicia podía ser cómplice, beneficiaria, víctima de los negocios de los Gimeno o las tres cosas en proporciones distintas. Lo que ya no podía ser era irrelevante.

Ricardo, en cambio, empezaba a ocupar demasiado espacio.

Tenía acceso a Mariano, interés empresarial, una relación con Alicia y una conversación que sugería que había ejecutado una petición importante.

Si el caso hubiera sido estrictamente policial, Sebastián habría considerado que había llegado el momento de estrechar el círculo.

Pero su cliente muerto seguía siendo la única persona que afirmaba que existía un asesinato.

Aquella contradicción le molestó durante toda la noche. Cuanto más convincente parecía la culpabilidad de Ricardo, más consciente era Sebastián de que estaba siguiendo exactamente el camino que Mariano había señalado desde el primer minuto.

La visita a las instalaciones de los Gimeno confirmó otra impresión: Ricardo había aprendido a esconderse detrás de la empresa.

En el hotel era un hombre enamorado, nervioso y dispuesto a prometer una fuga.

En su despacho recuperaba la seguridad de quien lleva años firmando documentos, dando órdenes y decidiendo qué versión de un problema llegará hasta los demás.

Sebastián conocía esa transformación. Había interrogado a empresarios que parecían dos personas diferentes según estuvieran detrás de una mesa o delante de una puerta cerrada.

Los muebles, las secretarias y los títulos enmarcados proporcionaban una armadura que desaparecía en cuanto se retiraba el escenario.

Por eso prestó tanta atención a los detalles del despacho.

Las fotografías, los trofeos, los libros todavía protegidos por plástico y la decoración ostentosa hablaban de una necesidad de legitimación.

Ricardo quería que todo lo que lo rodeaba dijera éxito.

Incluso los animales disecados parecían formar parte de una colección de victorias.

Que algunos siguieran conversando después de muertos solo añadía una ironía que el propietario desconocía.

Cuando vio las siglas CTRE en los documentos, Sebastián no sintió la satisfacción de quien encuentra una prueba, sino la incomodidad de quien descubre que la investigación se vuelve más grande.

Un contrato industrial podía explicar el interés de Kalashov y las reuniones de Alicia.

También podía explicar por qué Mariano se había opuesto a su hermano.

Lo que todavía no explicaba era la manipulación de la cámara.