Un Asunto Carnal (Sebastián Delgado, Detective Psíquico 1) Capítulo XI
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Capítulo XI

XI

Sebastián regresó a la sede de los Gimeno sin solicitar cita. Llevaba pocas horas de sueño, una ceja marcada por el accidente y la certeza de que Ricardo ya no podía refugiarse en explicaciones empresariales.

La secretaria intentó detenerlo mediante su habitual sistema de megafonía. Sebastián pulsó el botón OFF del micrófono.

—Dígale al señor Gimeno que Sebastián Delgado está aquí. Es urgente.

La mujer lo miró como si hubiera profanado un objeto sagrado. Ricardo aceptó recibirlo.

Antes de entrar, Sebastián creyó escuchar una carcajada procedente de las cabezas disecadas. No se volvió para comprobarlo.

Tomó asiento frente a Ricardo sin esperar invitación y encendió un cigarrillo con el mechero-pistola que había utilizado en la visita anterior. Durante un instante el cañón de juguete quedó orientado hacia el empresario.

—No me andaré con rodeos. Tengo pruebas de que mató a su hermano y conozco los motivos.

Ricardo sostuvo una estilográfica entre los dedos. La hizo girar una vez y después dejó de moverla.

—Está usted loco.

—Puede ser. Pero los locos también sabemos hacer fotocopias.

Sebastián explicó que una copia del contrato había llegado a la policía y que la firma atribuida a Mariano presentaba indicios de falsificación. No necesitaba exagerar demasiado. Valverde sabría qué hacer con el documento cuando lo recibiera.

Ricardo intentó reducirlo a una irregularidad mercantil. Incluso aceptando una firma falsa, dijo, aquello no demostraba un asesinato.

—Por sí solo, no. El problema es todo lo que hay alrededor.

Sebastián fue enumerando los elementos con calma.

La negativa de Mariano a autorizar el contrato.

La necesidad de dos firmas. La relación de Ricardo con Alicia.

Las conversaciones del hotel. La conexión con Kalashov.

La capacidad insuficiente de Cerámicas Hermanos Gimeno para fabricar contenedores con las garantías exigidas sin realizar antes una inversión que Mariano rechazaba.

A medida que hablaba, Ricardo dejó de mirar al detective y comenzó a fijarse en el humo que ascendía hacia la cúpula pintada. Sebastián reconoció el gesto de quien busca un punto neutro donde apoyar la vista para no revelar una reacción.

—Su hermano era el obstáculo —continuó—. Muerto Mariano, usted controlaba la empresa, podía falsificar su firma, cerrar el contrato y esperar que Alicia cumpliera su parte del acuerdo personal.

—No sabe de qué está hablando.

—Sé que el sistema de la cámara frigorífica fue manipulado. Sé que Mariano permaneció consciente mucho más tiempo del que habría debido. Sé que usted tenía acceso y motivos. Y sé que la policía va a volver a mirar un accidente que hasta ahora no tenía razones para cuestionar.

La estilográfica crujió entre los dedos de Ricardo.

Sebastián no tenía todavía la prueba material que permitiera reconstruir cada minuto de la muerte. Lo sabía. Ricardo también. Pero una investigación criminal no necesitaba comenzar con una confesión; bastaba con que la versión del accidente dejara de ser cómoda.

—Me han informado de que su empresa no cumple los requisitos para fabricar esos contenedores durante el periodo de seguridad previsto —añadió—.

Si eso se confirma, el contrato será el menor de sus problemas.

Fraude, falsedad, estafa. Y después alguien preguntará por qué Mariano Gimeno murió precisamente cuando impedía la operación.

Ricardo se levantó.

Por un momento, Sebastián creyó que iba a abalanzarse sobre él. No ocurrió. El empresario caminó hasta la ventana y permaneció de espaldas.

—Márchese.

Sebastián apagó el cigarrillo.

—Eso pensaba hacer.

Abandonó el despacho sin despedirse. Al pasar por la sala de espera miró la cabeza del león, después el jabalí y finalmente el facóquero. Ninguno dijo nada.

Ya en el exterior, el calor del polígono le golpeó con una violencia seca. Sebastián respiró despacio. Había llevado la investigación hasta donde podía hacerlo sin una actuación policial formal. El resto pertenecía a Valverde, a los peritos y a los juzgados.

Sin embargo, una incomodidad persistía.

Mariano había sido demasiado preciso al acusar a Ricardo y demasiado impreciso al explicar el motivo. Había dirigido cada paso de la investigación sin proporcionar nunca la pieza decisiva. Y la transferencia de Andorra continuaba sin aparecer.

Sebastián se llevó la mano al bolsillo y encontró la cajetilla casi vacía.

—Al final sí me va a matar alguien —murmuró—. Pero no será el tabaco.