Capítulo X
X
La sede de los Gimeno ocupaba un edificio de reciente construcción en un polígono industrial donde las fachadas de cristal intentaban ennoblecer almacenes, naves y aparcamientos abrasados por el sol.
Sebastián llegó sin anunciar la verdadera razón de la visita.
Había decidido que, después de escuchar a Ricardo en el hotel, necesitaba verlo en su territorio.
La secretaria le informó de que el señor Gimeno terminaría pronto una reunión. Lo hizo a través de un sistema de megafonía pese a tenerlo a menos de dos metros. Sebastián levantó la vista hacia el altavoz del techo y terminó contestando también hacia él, concediéndole la categoría de interlocutor.
La sala de espera mezclaba líneas modernas, luces led y materiales reciclados con una colección de trofeos de caza que parecía haber invadido el proyecto del decorador. Una cabeza de jabalí presidía una de las paredes. Frente a ella, un facóquero mostraba los colmillos.
—Estoy más que harto del aparatito del demonio. No hay quien descanse en paz.
Sebastián miró a la secretaria. Ella seguía escribiendo sin alterarse.
El jabalí había hablado.
No era la primera vez que la muerte se le manifestaba a través de un animal, pero la conversación que siguió entre las dos piezas disecadas superó incluso sus estándares.
El facóquero acusó al jabalí de gruñón; el jabalí respondió cuestionando la legalidad aduanera del africano.
Sebastián evitó intervenir. Había aprendido que las disputas entre muertos, humanos o no, rara vez mejoraban con mediadores.
La megafonía anunció por fin que Ricardo podía recibirlo.
El despacho parecía pertenecer a otro edificio.
Caoba, cristalería, fotografías con políticos y toreros, una enciclopedia Espasa-Calpe aún protegida por plástico y una mesa sostenida por un cuerno de la abundancia.
Sobre la pared, animales alados ascendían hacia una interpretación pictórica del paraíso cárnico.
Ricardo no conservaba nada del hombre suplicante del hotel. Sentado tras la mesa, había recuperado la seguridad del empresario acostumbrado a decidir quién entraba y cuándo debía marcharse.
—La relación con mi hermano era excelente —dijo antes incluso de que Sebastián pudiera formular la pregunta completa.
La rapidez de la defensa resultó más informativa que la propia respuesta.
Ricardo repasó la historia de la empresa: los primeros repartos en un camión de segunda mano, la red de proveedores, el crecimiento de los noventa, la diversificación inmobiliaria y la posterior apuesta por la cerámica.
Hablaba de Mariano en plural cuando se refería al esfuerzo y en singular cuando describía las decisiones conservadoras que, según él, habían frenado determinados proyectos.
Sebastián lo dejó hablar. En ocasiones, una persona que pretende demostrar que no tiene nada que ocultar termina proporcionando un inventario exacto de lo que teme que descubran.
—¿Cuándo le confió mi hermano que se sentía amenazado? — preguntó Ricardo.
Sebastián pidió permiso para fumar. Ricardo le ofreció un mechero con forma de pistola Luger.
—Prácticamente cuando fue tarde para hacer nada por su vida.
—Por lo que sé, murió en un accidente.
—En eso coincide con la policía y las aseguradoras.
—¿Y usted no?
La impaciencia apareció por primera vez en el rostro de Ricardo.
Sebastián explicó que Mariano había pagado por adelantado y que abandonar el asunto equivaldría a robar a un muerto. No mencionó que el pago todavía no había llegado. Ricardo se levantó y abrió la puerta.
—Dé este tema por zanjado. Olvide la muerte de mi hermano y permita que los demás hagamos lo mismo.
Sebastián se levantó despacio. La insistencia en el olvido le interesó más que cualquier negación.
—Que tenga un buen día, señor Gimeno.
—Sepa que eso le matará.
Sebastián se volvió.
Ricardo señaló el cigarrillo.
—El tabaco.
—No lo hará. Lo sé muy bien.
La respuesta le produjo una punzada que Ricardo no podía comprender. Sebastián tampoco quiso explicarla. Antes de salir observó las hojas que el empresario agitaba para dispersar el humo. En el encabezamiento aparecían cuatro letras: CTRE.
El documento terminó poco después en una trituradora.
Sebastián lo supo porque aguardó el tiempo suficiente para que Ricardo abandonara el despacho y consiguió recuperar de una papelera las tiras que la máquina había dejado.
Reconstruirlas le ocupó buena parte de la noche.
Cinta adhesiva, paciencia y una mesa demasiado pequeña convirtieron el trabajo en una versión doméstica de laboratorio forense.
Lo que pudo leer era parte de las estipulaciones de un concurso público. Cerámicas Hermanos Gimeno aparecía vinculada al Centro de Tratamientos de Residuos Energéticos.
Dos días después, con el papel recompuesto doblado sobre el asiento del copiloto, llenó el depósito del Escort y compró un sándwich empaquetado.
Revisó la presión de los neumáticos y el alambre que mantenía el tubo de escape en una posición razonablemente legal.
Bajo el asiento seguía el mazo de madera con «Rdo. de Calasparra» grabado a fuego.
Viajaría de noche.
Mariano apareció en el asiento trasero cuando Sebastián ya había tomado la AP-7. Su presencia blanqueó el cristal de la ventanilla durante unos segundos.
—Son las estipulaciones de un concurso público —explicó el espectro—. Mi hermano estaba convencido de que era una oportunidad de oro. Yo no. Hacían falta las dos firmas para validar cualquier contrato.
Sebastián miró el retrovisor.
—Ya que hablamos de firmas, tampoco he visto la transferencia de Andorra.
Las luces del Escort parpadearon.
—Debe de ser un error.
—Los errores bancarios siempre perjudican al que espera cobrar.
Mariano desapareció antes de que pudiera insistir. Sebastián masculló que estar vivo suponía gastos, sobre todo cuando uno tenía una exmujer, y siguió conduciendo.
Encontró en la guantera una Maxwell C60 grabada muchos años atrás.
La había preparado Verónica, compañera del instituto y pinchadiscos de fin de semana en La Ermita.
El sonido imperfecto de la cinta llenó el habitáculo con una mezcla de Ramones, The Cure y otras canciones que habían sobrevivido mejor que muchas personas de aquella época.
La música convirtió durante unos kilómetros la investigación en un viaje hacia otro tiempo.
Sebastián recordó fiestas de fin de año, humo, cerveza barata y cintas rebobinadas con bolígrafos.
Verónica tenía acceso a discos que los demás tardaban semanas en conseguir.
Su habilidad para grabar casetes le había dado una importancia social que entonces ninguno habría sabido formular.
Al abandonar la autovía en dirección a Abanilla, la noche cambió. La luna desapareció tras una acumulación de nubes y la carretera comarcal se estrechó. La niebla comenzó a ocupar las zonas bajas. El radiocasete deformó la voz de The Pogues hasta que la cinta quedó enganchada.
El silencio resultante hizo más evidente la soledad.
Sebastián pensó en Quinito. Por primera vez, habría agradecido escuchar su letanía de Shakespeare. El fraile no apareció.
Miró el retrovisor y vio a una muchacha en el asiento trasero.
Tenía el pelo encrespado, maquillaje pálido y un cuerpo demasiado delgado. Sujetaba la cinta estropeada y la rebobinaba con un bolígrafo Bic Cristal.
—Siempre se te ha dado muy bien lo de las cintas —dijo Sebastián.
Verónica sonrió.
El reconocimiento le produjo una emoción distinta a la de cualquier otra aparición. No sabía que hubiera muerto. Esa ignorancia lo enfrentó de golpe con los años transcurridos y con la facilidad con que las personas desaparecían de la vida de uno mucho antes de morir.
—¿Tú trabajas en…?
—En el pasado —respondió ella.
La cinta volvió a sonar. Escuela de calor llenó el coche. Verónica movió la cabeza siguiendo el ritmo y Sebastián recordó a la adolescente que compartía grabaciones, resacas y lunes de instituto. La memoria le devolvió detalles que no había pensado durante décadas.
Cuando la carretera comenzó a descender desde el puerto de La Garabacha, Verónica le agarró la mano. Con la otra señaló la curva siguiente.
Sebastián redujo una marcha. Pisó el freno.
El pedal se hundió sin resistencia.
Volvió a pisarlo. Nada.
La velocidad aumentó en el descenso. Soltó la mano de Verónica, redujo otra marcha y trató de mantener el Escort dentro de la carretera. La muchacha continuaba señalando hacia delante, cada vez más alterada.
El coche entró en la curva demasiado rápido. Sebastián corrigió el volante, perdió la trayectoria y el frontal golpeó una sabina. Su cabeza cayó contra el claxon, que quedó sonando en mitad de la noche.
Recuperó la conciencia sin saber cuánto tiempo había pasado. Primero movió los dedos. Después las piernas. El pecho le dolía por el cinturón y tenía sangre seca sobre una ceja. Verónica había desaparecido.
Salió del coche y levantó el capó. No necesitó demasiados conocimientos mecánicos para descubrir que las tuercas de la línea de frenos habían sido manipuladas.
La muerte de Verónica podía pertenecer a aquella carretera; el accidente de Sebastián, no. Alguien había preparado el coche.
Encontró una linterna en el maletero y localizó un camino de tierra. El amanecer empezaba a borrar la oscuridad. Abandonar el Escort era arriesgado, pero quedarse junto a él podía serlo todavía más.
Caminó hasta encontrar un cartel que anunciaba un área restringida. Más adelante se alzaba el CTRE.
La facilidad de acceso resultó sospechosa. La garita estaba vacía y varios pases autorizados permanecían sobre el mostrador. Sebastián tomó uno. El vigilante de la entrada principal se limitó a darle los buenos días.
La sensación de estar siendo conducido hacia el interior, en lugar de infiltrarse, lo acompañó hasta las oficinas.
Una responsable de prensa, mujer madura de gafas y perfume dulzón, le mostró documentación después de que Sebastián se presentara como periodista de investigación.
El edificio encerraba una enorme estructura de hormigón compartimentada para el tratamiento de residuos industriales.
Los rumores sobre material radioactivo eran tratados con una mezcla de negación y tecnicismo.
Entonces vio el contrato.
Las firmas de Ricardo y Mariano aparecían juntas.
Sebastián se inclinó sobre el documento. Mariano le había dicho que se negó a firmar. Si decía la verdad, aquella rúbrica convertía el contrato en una falsificación.
—Resúmamelo —pidió—. ¿Qué suministra exactamente Cerámicas Hermanos Gimeno?
La mujer dudó antes de contestar.
—Contenedores de material cerámico basado en circonio.
—¿Para qué?
Ella bajó la voz, como si las paredes pudieran alarmarse.
—Para determinados residuos.
—Radioactivos.
—Con todas las garantías.
Sebastián miró de nuevo las firmas.
—Como el contrato.
Salió del despacho con una conclusión provisional mucho más sólida que las anteriores.
Mariano se había opuesto al negocio. Ricardo necesitaba su firma.
El contrato se había formalizado después de su muerte con una rúbrica sospechosa.
Alicia había hablado de que todo estaba «rubricado» y Kalashov era el beneficiario empresarial del acuerdo.
El pasillo hacia la salida estaba ocupado por varios hombres del Este.
Se abrieron a la vez y dejaron avanzar a Kalashov.
—Tiene usted muchas agallas, señor Delgado.
Sebastián observó la cabeza cicatrizada del georgiano. A corta distancia resultaba aún más inquietante.
—No me gustan los asuntos turbios. Menos todavía los que parecen demasiado limpios.
Kalashov afirmó que todo en el CTRE estaba en regla y que ignoraba quién había contratado al detective. Sebastián comprendió que el hombre sabía bastante más de lo que decía, pero también que la muerte de Mariano podía ser un problema lateral para él, no necesariamente una orden directa.
—Se ha entrometido en mis negocios —dijo Kalashov—. Eso no me gusta.
—Y a mí no me gusta que manipulen los frenos de mi coche.
No hubo respuesta. La ausencia de sorpresa bastó.
Sebastián explicó que tenía información suficiente para resolver el asunto que investigaba y que, en lo relativo al crimen, no creía que Kalashov fuera el autor directo. El georgiano señaló la enorme estructura central.
—Podría hacerle desaparecer y nadie encontraría sus restos.
La amenaza fue pronunciada sin elevar la voz.
—Lo dejaremos para otra ocasión —añadió—. Le estaré vigilando.
Cuando Sebastián llegó al aparcamiento descubrió que el Escort había desaparecido. Según la responsable de prensa, los servicios de seguridad habían retirado el vehículo accidentado. Lo único recuperado era el mazo de Calasparra, chamuscado, y el CD de María Jesús intacto.
Sebastián miró el disco y pensó que algunas cosas poseían una capacidad de supervivencia que rozaba la maldición.