Capítulo IX
IX
Una hoja rosácea marcada por el sol se extendía por el cuello y el trapecio de Sebastián como la firma tardía de Tabarca.
El roce de la camisa le producía un escozor que le obligaba a separar el cuello de la tela cada pocos minutos.
Había dormido mal, con el cuerpo recordándole la carrera por las calles de la isla y la caída del ruso sobre las rocas, y al despertar descubrió que el sol también había participado en la paliza.
El espejo del cuarto de baño le devolvió una cara tostada de manera irregular, con la nariz enrojecida y dos zonas blancas alrededor de los ojos que delataban las gafas que había llevado durante parte de la jornada.
La habitación del Berlín había perdido el carácter provisional de las primeras horas.
Sobre la silla descansaban prendas usadas, en la mesilla se acumulaban el cenicero, las llaves del Escort y varios papeles con anotaciones, y la pequeña maleta permanecía abierta sobre una banqueta.
Sebastián comenzó a recogerlo todo con el método que aplicaba cuando necesitaba ordenar también una investigación.
Cada objeto que regresaba al equipaje parecía cerrar una etapa: el hotel, Alicia, los hombres del Este, Tabarca.
Sin embargo, las piezas recogidas durante aquellos días no formaban todavía una figura reconocible.
Había ido a la costa para conocer a la viuda de Mariano y había terminado descubriendo que Alicia mantenía negociaciones discretas con hombres vinculados a Kalashov.
Valverde había añadido un nombre y una empresa: CTRE.
La información no demostraba que ninguno de ellos hubiera intervenido en la muerte de Mariano, pero había convertido un supuesto conflicto familiar en un entramado de intereses económicos demasiado amplio para ignorarlo.
Se aplicó aloe vera sobre los hombros y sintió un alivio inmediato, breve y engañoso.
Después cerró la maleta. Aunque había contratado tres noches, decidió marcharse.
Permanecer allí ya no le proporcionaría más información y aumentaba las posibilidades de que los hombres de Kalashov dejaran de limitarse a seguirlo.
El ascensor descendió con una lentitud ofensiva. Sebastián aprovechó el espejo interior para observar su aspecto y concluyó que ningún agente de seguros que se respetara acudiría a trabajar con aquel bronceado a manchas. Las puertas se abrieron en el vestíbulo y el pensamiento quedó interrumpido.
En uno de los rincones de la planta baja, bajo un tapiz que representaba un asedio costero de piratas moriscos, estaba sentado Mariano Gimeno.
Sebastián se quedó inmóvil durante un segundo.
No era la primera vez que veía a un muerto en un lugar público, pero sí la primera en que uno de sus clientes parecía haber recuperado de pronto una consistencia física impecable.
El hombre movía las manos, respiraba, cambiaba el peso del cuerpo sobre el sillón.
No había transparencia en los bordes ni descenso de temperatura. Además, era más joven y delgado.
A su lado se encontraba Alicia Llaude, protegida tras unas enormes gafas de sol y un turbante color lirio granate.
El parecido dejó de ser un fenómeno sobrenatural y se convirtió en una evidencia genética.
Sebastián retrocedió antes de que pudieran verlo y aprovechó la llegada de un grupo de turistas para desplazarse hasta una columna próxima.
La conversación llegaba fragmentada por el ruido del vestíbulo. El hombre hablaba con una ansiedad que contrastaba con la frialdad de Alicia.
—Sabes que sería capaz de cualquier cosa por ti. He conseguido lo que me pediste. Ahora quiero que vengas conmigo y empecemos juntos en cualquier otro lugar, lejos de todo y de todos.
Sebastián ajustó la espalda al mármol fingido de la columna. La frase «he conseguido lo que me pediste» adquirió un peso inmediato.
—Ya te he dicho que es demasiado pronto —respondió Alicia—. El cuerpo de tu hermano aún está caliente. La gente podría sospechar y daríamos mucho que hablar.
Ricardo Gimeno. No necesitó escuchar el nombre. La semejanza con Mariano, la referencia al hermano y la actitud de Alicia completaban la identificación. El hombre al que el muerto había señalado desde el primer minuto estaba allí, a pocos metros, rogando a su viuda que se marchara con él.
La ironía de que Alicia hablara de un cadáver todavía caliente habría tenido gracia en otras circunstancias. Mariano había muerto congelado. Sebastián guardó el comentario para sí y siguió escuchando.
—Si el contrato de Cerámicas Hermanos Gimeno con la sociedad del señor Kalashov se lleva a cabo sin inconvenientes, en unos meses podremos desaparecer —dijo Alicia, bajando la voz—. Entonces nadie tendrá nada que decir.
Ricardo se inclinó hacia ella. A Sebastián le bastó el gesto para reconocer una relación construida antes de la muerte de Mariano, no nacida después.
—Está todo rubricado tal como querías. Jamás pensé que llegaría a este extremo. Han sido muchos años amándote en silencio y viendo cómo mi hermano no te merecía.
La frase podía interpretarse de demasiadas maneras y ninguna favorecía a Ricardo. Sebastián sintió la tentación de sacar la libreta, pero cualquier movimiento podía delatarlo. Memorizó las palabras. Contrato. Kalashov. Todo rubricado. Años amándola. Mariano muerto.
Alicia se levantó y recibió una carpeta que Ricardo llevaba consigo.
El beso que le dejó en la mejilla fue seco, más próximo a una despedida negociada que a una manifestación amorosa.
Ricardo abandonó el vestíbulo por una salida lateral.
Sebastián esperó a que desapareciera antes de moverse, pero Alicia tomó la dirección de los ascensores y lo encontró de frente.
—¡Sebastián! Me encanta tu moreno playero. Ya veo que aprovechaste bien tus días de asueto.
La facilidad con que cambiaba de registro era notable. Unos segundos antes hablaba de contratos y de huir con su cuñado; ahora recuperaba la sonrisa de la mujer del bar.
—El Mediterráneo me ha declarado la guerra —respondió él.
Alicia reparó en la maleta.
—¿Te marchas? Una lástima.
Sebastián improvisó una agenda de agente de seguros: un incendio en Orihuela, una fuga de agua en La Marina, daños eléctricos. Ella se rio y lo invitó a desayunar. Aceptó porque la carpeta seguía bajo su brazo.
Se sentaron en la pequeña cafetería del vestíbulo.
Alicia pidió un descafeinado de máquina, con sacarina, vaso largo y dos hielos.
Sebastián solicitó un café solo. La precisión de ella en las cosas pequeñas le pareció coherente con una mujer que llevaba años sobreviviendo en un mundo donde otros decidían por ella.
Cuando Alicia se excusó para ir al baño, dejó la carpeta sobre la mesa.
Sebastián esperó unos segundos. Miró hacia recepción. El camarero estaba ocupado. Giró la carpeta lo suficiente para leer el anagrama: CERÁMICAS HERMANOS GIMENO S. A. La conexión con la conversación que acababa de escuchar era directa. Introdujo dos dedos bajo la solapa.
Un golpe de madera y metal contra la mesa lo hizo retirar la mano.
El acordeón de María Jesús había aterrizado sobre la carpeta.
—¡Oh, lo siento, caballero! La bandolera ha cedido.
Sebastián contempló el instrumento como si acabara de frustrar una operación policial de meses. La cantante se disculpó, reparó las correas con una parsimonia incompatible con la urgencia del detective y, para compensarlo, le regaló un CD recopilatorio dedicado.
«Para que muevas tu colita, querido Sebastián, con cariño, María Jesús. Pío, pío».
Cuando Alicia regresó, la oportunidad había desaparecido.
—No te puedo dejar ni un momento solo.
Sebastián sostuvo el disco con resignación. Había estado a centímetros de conocer el contenido de la carpeta y ahora poseía una pieza de coleccionista que no había solicitado.
Se despidieron poco después. Alicia recuperó la carpeta y la apretó contra el pecho. Sebastián atravesó la puerta giratoria del Berlín con la sensación de que el caso acababa de cambiar de naturaleza.
Una berlina de cristales tintados se detuvo frente al hotel.
De ella descendió un hombre de baja estatura, cabeza desproporcionada y varias cicatrices que recorrían el cuero cabelludo.
Su tamaño no disminuía la impresión de peligro.
El recepcionista acudió a recibirlo con una deferencia que despejó cualquier duda.
—Bienvenido, señor Kalashov. La sala VIP está preparada. La señora Llaude espera.
Sebastián continuó hacia el Escort sin volver la cabeza. Alicia, Ricardo y Kalashov ya no eran tres líneas independientes. Formaban una figura cerrada alrededor de un contrato que Mariano había podido obstaculizar.
Dejó el CD en el asiento del copiloto y arrancó. Se alegró de que el coche no tuviera reproductor para aquel formato. Era una de las pocas ventajas tecnológicas de conducir un vehículo antiguo.