Un Asunto Carnal (Sebastián Delgado, Detective Psíquico 1) Capítulo VIII #9
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Capítulo VIII #9

En el contrato de Cerámicas Gimeno había un punto que sí comprendía perfectamente: prometer una capacidad que no se posee es una forma de mentira, aunque se redacte con lenguaje técnico.

Verónica le recordó otra dimensión del paso del tiempo.

Sebastián había construido su vida profesional alrededor de los muertos sin pensar demasiado en que cada año aumentaría el número de personas conocidas que podían aparecer ante él.

Cuando era joven, la mayoría de las apariciones pertenecían a generaciones anteriores.

Ahora empezaban a ser compañeros de instituto, conocidos y rostros de su propia edad.

No sabía si aquello lo haría más fácil o más difícil. Con Quinito podía mantener una distancia nacida de siglos distintos. Con Verónica había recuerdos compartidos. La muerte no borraba una discusión sobre música ni una tarde perdida grabando una cinta.

Mientras caminaba después del accidente, Sebastián comprendió que su don también iba a envejecer con él. No porque cambiara, sino porque cambiarían los muertos que llegaran.

El CTRE poseía una escala temporal que empequeñecía todas esas reflexiones.

Los residuos almacenados allí podían seguir siendo peligrosos cuando ninguno de los presentes existiera.

Sebastián encontró inquietante que decisiones tomadas por personas preocupadas por beneficios inmediatos pudieran extender sus consecuencias mucho más allá de sus vidas.

Esa idea permitió comprender mejor la oposición de Mariano. Si realmente creía que los contenedores no cumplían las condiciones, no estaba discutiendo únicamente un contrato. Estaba negándose a firmar una promesa que otros tendrían que soportar después.

Por primera vez Sebastián sintió cierta simpatía por su cliente más allá de la condición de víctima. La sensación duró hasta que recordó la transferencia pendiente.

La amenaza de Kalashov modificó su percepción de Ricardo.

Hasta entonces podía imaginar al hermano de Mariano como un empresario ambicioso que se había asociado con personas más peligrosas de lo que comprendía.

Después del CTRE, esa inocencia resultaba difícil de sostener.

Si Ricardo negociaba con Kalashov, debía saber al menos una parte de la clase de poder que había detrás.

La pregunta era cuánto control conservaba. Los negocios ilegales tenían la costumbre de cambiar las jerarquías. Un hombre podía creer que utilizaba a otro hasta descubrir que ya no podía retirarse. Sebastián consideró que Ricardo quizá hubiera cruzado ese punto.

No lo absolvía. Podía explicar su nerviosismo.

La desaparición del Escort tuvo consecuencias prácticas que Sebastián no había calculado. Dependía de taxis, favores y transportes que convertían cualquier desplazamiento en una negociación. Durante dos días insultó mentalmente a Kalashov cada vez que necesitó ir a algún sitio.

Valverde encontró especialmente divertida la pérdida del coche hasta que Sebastián explicó lo de los frenos. La expresión del comisario cambió. Una persecución en Tabarca podía parecer una pelea difícil de demostrar; un sistema de frenado manipulado era otra cosa.

Sebastián no pudo entregar el vehículo para un examen porque el vehículo ya no existía. Ese detalle resumía el problema de enfrentarse a gente capaz de eliminar pruebas antes de que la policía supiera que debía buscarlas.

Valverde le pidió, con menos ironía que otras veces, que dejara de exponerse. Sebastián prometió intentarlo. Era una mejora respecto a prometer prudencia.

En los días previos a la confrontación con Ricardo, Sebastián repasó también la posibilidad de estar equivocado. La disciplina consistía en formular la versión contraria. Supuso durante una hora que Ricardo no había matado a Mariano. ¿Qué quedaba?

Quedaba una relación con Alicia. Quedaba el contrato del CTRE. Quedaba una firma discutida. Quedaba una empresa cuya capacidad técnica necesitaba comprobarse. Quedaba Kalashov. Quedaba un intento de sabotaje contra el detective.

El caso seguía siendo grave. Esa constatación le permitió entrar en el despacho sin depender por completo de la acusación de Mariano. Incluso si el muerto se equivocaba sobre su hermano, había suficiente suciedad para justificar cada kilómetro recorrido.

La idea le proporcionó tranquilidad. También era, sin saberlo, la primera vez que contemplaba la verdad.

Ricardo recibió las preguntas sobre maquinaria con irritación.

Sebastián no necesitaba saber el nombre exacto de cada equipo para entender que una inversión de gran escala dejaría rastros: compras, financiación, obras, personal, formación.

Si nada de eso existía, la capacidad prometida en el contrato era difícil de sostener.

El empresario intentó desplazar la conversación hacia futuros acuerdos y proveedores externos. Sebastián volvió a la firma de Mariano. Ricardo evitó afirmar de manera directa que hubiera visto a su hermano firmar. Esa ausencia se sumó a las demás.

Cuando mencionó a Alicia, el cambio fue inmediato. La empresa podía discutirse con vocabulario técnico; la mujer no. Ricardo reaccionó desde un lugar personal y Sebastián comprendió que allí residía parte de su vulnerabilidad.

No necesitaba convertirla en motivo de asesinato. Bastaba con reconocer que influía en sus decisiones.

Después, solo en el despacho, Sebastián revisó la cronología completa. Mariano muere. Alicia se instala en el Berlín y mantiene negociaciones. Ricardo continúa el contrato. Kalashov aparece. El detective empieza a investigar y recibe primero vigilancia, después persecución y finalmente un sabotaje.

La secuencia era sólida. El problema estaba en el primer punto. Todo lo demás podía explicarse sin que Mariano hubiera sido asesinado.

Sebastián escribió esa frase y la tachó inmediatamente. No porque fuera absurda, sino porque contradecía el único testimonio directo que poseía.

La hoja quedó sobre la mesa. Horas después volvió a mirarla.

La falta de transferencia terminó por devolverle esa frase.

Mariano había prometido una cuenta secreta con la seguridad de quien conocía todos los detalles.

Sin embargo, cada intento de concretar el pago terminaba aplazado.

Sebastián empezó a preguntarse qué otras partes de su relato dependían exclusivamente de su palabra.

La respuesta era incómoda: la más importante.

Podía comprobar que había muerto en una cámara. Podía comprobar los negocios de Ricardo. Podía comprobar la relación con Alicia y la presencia de Kalashov. Lo único que no podía comprobar era que Ricardo hubiera provocado la muerte.

Esa constatación fue la verdadera razón de la ouija, aunque Sebastián prefirió decirse que solo quería cobrar.

Cuando Mariano confesó, el detective comprendió que el engaño había funcionado porque estaba construido con verdades.

La cámara existía. Ricardo tenía motivos económicos.

Alicia y él mantenían una relación. El contrato era peligroso.

Kalashov era real. Incluso el sabotaje contra Sebastián había ocurrido.

La mentira ocupaba únicamente el centro y, por eso, organizaba todo lo demás. Mariano había tomado hechos auténticos y les había dado una causa falsa.

Sebastián sintió una mezcla de admiración profesional y deseo de estrangular a alguien que ya estaba muerto. Era una combinación poco útil.

El cliente había comprendido perfectamente cómo pensaba su detective. Le dio un culpable y permitió que el mundo se encargara de proporcionar suficientes pruebas de otros delitos para mantenerlo avanzando.

Después de la desaparición de Mariano, Sebastián guardó la ouija y abrió la ventana. El aire de la calle entró con sonidos ordinarios: un coche, voces, una persiana metálica. Agradeció durante unos minutos esa normalidad.

El caso no estaba realmente terminado. Valverde tendría trabajo con el contrato y la firma.

Las autoridades competentes tendrían que revisar la capacidad de Cerámicas y las condiciones del suministro.

Kalashov seguiría siendo Kalashov. Alicia y Ricardo tendrían que explicar sus decisiones sin la protección que proporcionaba el silencio de Mariano.

Pero la parte de Sebastián sí podía cerrarse. Había sido contratado para resolver un asesinato inexistente y había terminado descubriendo un peligro real.

Pensó que quizá esa frase quedaría bien en una tarjeta profesional. Después decidió que espantaría a los pocos clientes vivos que todavía tenía.