Capítulo VIII #8
Valverde le pidió prudencia. Sebastián respondió que siempre era prudente. El comisario lo miró durante varios segundos y decidió no discutir una afirmación que ambos sabían falsa.
Colette alteró la lógica del día porque no tenía relación aparente con Mariano. Sebastián agradeció esa falta de conexión. Le recordaba que los muertos no existían para facilitarle casos. Cada uno conservaba su propia historia, y él podía cruzarse con ella por accidente.
La casa que Colette le mostró poseía una coherencia doméstica difícil de cuestionar mientras permanecía dentro.
Había objetos colocados con intención, superficies gastadas y una sensación de habitación habitada.
Sebastián conversó con ella sin analizar constantemente cada detalle.
Era una de las ventajas de tantos años viendo apariciones: podía concederles durante unos minutos la cortesía de tratarlas como personas.
La referencia a Camus y al manuscrito despertó preguntas que decidió posponer. Colette no era un apéndice del caso Gimeno. Reducirla a una pista habría sido una forma de no escucharla.
Solo después, al enfrentarse a la ruina real, comprendió hasta qué punto la aparición había reconstruido el espacio. No era una ilusión en el sentido corriente. Sebastián había tocado, caminado y conversado dentro de una memoria con arquitectura.
Aquello habría ocupado semanas de reflexión en otra persona. Él tenía un ruso persiguiéndolo.
La carrera por Tabarca fue perdiendo cualquier componente detectivesco a medida que aumentaba la falta de aire.
Sebastián pensó únicamente en conservar los papeles y evitar que el hombre lo alcanzara.
El perseguidor no gritaba. Esa ausencia de amenazas lo hacía más inquietante.
Corría porque sabía lo que debía hacer al llegar hasta él.
Sebastián aprovechó terrazas, esquinas y grupos de visitantes. La isla que minutos antes había recorrido con curiosidad se convirtió en un mapa de obstáculos. Notó el ardor del sol sobre la nuca y el peso de cada respiración. Su cuerpo le recordó que tener cuarenta y dos años no era una opinión.
En las rocas, el combate duró mucho menos de lo que después sugerirían los vídeos. El ruso perdió estabilidad; Sebastián vio la oportunidad y golpeó. No hubo técnica elegante. Hubo miedo, cansancio y el deseo de no descubrir qué ocurriría si el otro volvía a ponerse en pie.
Cuando comprobó que seguía inconsciente, sintió primero alivio y después una punzada de preocupación. No quería matar a nadie, entre otras razones porque ya tenía suficientes clientes potenciales.
Los turistas continuaban grabando. Sebastián imaginó titulares locales y decidió marcharse antes de convertirse en atracción secundaria de la isla.
Durante los días siguientes, Sebastián empezó a notar que el caso Gimeno estaba alterando incluso sus rutinas más pequeñas.
Se descubría pensando en Mariano mientras compraba tabaco, repasando la conversación con Alicia al esperar un semáforo y reconstruyendo mentalmente la cámara frigorífica mientras preparaba café.
Era una señal que conocía bien. Algunas investigaciones permanecían en el despacho; otras encontraban la forma de instalarse en la cabeza y acompañarlo a todas partes.
Intentó combatirlo dedicando una mañana a asuntos menores.
Respondió llamadas, revisó facturas y atendió a una mujer convencida de que su marido fallecido movía las llaves del aparador.
Sebastián comprobó que las llaves las movía el nieto, que utilizaba el cajón para esconder cigarrillos.
Cobró menos de lo habitual. Resolver un misterio sin muertos le producía una satisfacción extraña, casi administrativa.
Al volver al caso Gimeno, la complejidad regresó de inmediato. Allí los muertos hablaban, los vivos mentían y el dinero circulaba por lugares que todavía no podía ver.
La Costa Blanca ofrecía a Sebastián una ventaja que no aparecía en ningún expediente: conocía la manera en que las distancias engañaban.
Sobre un mapa, Elche, Santa Pola, Torrevieja y Alicante podían parecer puntos independientes.
Para quien había vivido allí, formaban una red de carreteras, hábitos y desplazamientos cotidianos.
Un empresario podía almorzar en una ciudad, reunirse en otra y dormir junto al mar sin considerar que hubiera viajado.
Esa movilidad explicaba por qué el hotel Berlín podía funcionar como lugar de encuentro.
Estaba suficientemente apartado de los despachos habituales para ofrecer discreción y suficientemente cerca para no exigir una logística especial.
Alicia podía alojarse allí sin despertar preguntas.
Ricardo podía aparecer como visitante. Los hombres de Kalashov podían mezclarse con turistas extranjeros.
Sebastián anotó esa idea porque convertía el hotel en algo más que una casualidad. No cambiaba la trama; cambiaba su comprensión del escenario. El Berlín era neutral precisamente porque nadie necesitaba justificar estar en Torrevieja durante el verano.
Pensó también en Mariano antes de ser fantasma.
Hasta entonces lo conocía mediante versiones parciales: la suya propia, la de Alicia, la de Ricardo y la documentación empresarial.
Intentó construir una figura común a todas.
Aparecía un hombre acostumbrado a decidir, con una relación estrecha con el trabajo y una confianza considerable en su propio criterio.
Alicia había vivido esa seguridad como control. Ricardo podía haberla vivido como superioridad. Mariano probablemente la consideraba responsabilidad. Las tres interpretaciones podían describir el mismo comportamiento.
Sebastián comprendió que el conflicto empresarial quizá no hubiera surgido de un odio repentino, sino de una dinámica acumulada durante años.
Si Mariano había tenido la última palabra con frecuencia, el contrato del CTRE podía representar para Ricardo la oportunidad de demostrar que era capaz de tomar una decisión mayor.
El dinero importaba, pero también la necesidad de dejar de ser el segundo hermano.
Aquello no demostraba asesinato. Sí explicaba por qué una firma podía convertirse en una batalla.
La figura de Alicia tampoco admitía una lectura sencilla.
Sebastián recordaba la seguridad con que había hablado de su matrimonio y la facilidad con que podía transformar una pregunta en otra.
Era inteligente. Mariano parecía haber cometido el error de confundir una posición secundaria en la empresa con falta de capacidad para comprenderla.
Quince años al lado de un empresario proporcionaban información aunque nadie entregara un cargo oficial.
Alicia habría escuchado nombres, conocido proveedores, asistido a cenas y aprendido qué operaciones preocupaban a su marido.
Después de la muerte podía utilizar ese conocimiento por primera vez sin pedir permiso.
Sebastián se preguntó si su relación con Ricardo había comenzado antes de que el contrato del CTRE se convirtiera en un conflicto o si ambos asuntos habían crecido juntos. No tenía datos para responder. Se negó a inventarlos. Bastaba con conservar la pregunta.
El recuerdo de Tía Roqueta volvió una noche al escuchar el mar desde la distancia.
Sebastián pensó en la diferencia entre aquel fantasma y Mariano.
La mujer de la cala no le había pedido que interpretara nada.
Había repetido o completado un encuentro con el hombre atrapado en la red.
Su historia parecía cerrada sobre sí misma.
Mariano, en cambio, había regresado para modificar el mundo de los vivos. Esa capacidad era mucho menos frecuente. La mayoría de los muertos que Sebastián encontraba estaban ligados a una emoción, un lugar o una persona. Pocos conservaban suficiente voluntad para organizar una investigación.
El detalle debería haberle parecido significativo desde el principio. En aquel momento solo lo interpretó como consecuencia de una muerte violenta. Más adelante recordaría esa explicación y comprendería cuánto había querido creerla.
Tabarca permaneció en su memoria durante días por razones físicas. La piel quemada se desprendía en pequeñas zonas y cada movimiento brusco recordaba la caída sobre las rocas. Sebastián soportó las molestias con una satisfacción infantil: había salido de la isla con los documentos y el ruso no.
También pensaba en Colette. Buscó información sobre el nombre sin dedicarle el tiempo que habría querido.
La posible relación con Camus abría una historia independiente que merecía otra investigación, quizá otro viaje.
Guardó las notas. Su oficio estaba lleno de puertas que no podía abrir al mismo tiempo.
Lo importante para el caso Gimeno era que la persecución demostraba interés. Alguien había considerado los papeles suficientemente valiosos para enviar tras él a un hombre capaz de partirlo en dos. Sebastián no necesitaba comprender todavía cada línea del documento para saber que debía conservarlo.
Antes de viajar al CTRE, Sebastián hizo una lista de preguntas técnicas y descubrió que la mayoría contenían palabras que apenas comprendía.
Consultó manuales, artículos y documentación pública hasta conseguir una idea elemental de los recipientes cerámicos y del papel del zirconio.
No pretendía convertirse en especialista en una noche.
Quería reconocer una respuesta evasiva cuando la escuchara.
La investigación privada tenía esa característica: obligaba a adquirir conocimientos provisionales.
Durante una semana uno podía aprender sobre cámaras de atmósfera controlada; a la siguiente, sobre residuos energéticos; después, quizá sobre herencias o palomas mensajeras.
Sebastián olvidaba buena parte de esos conocimientos cuando el caso terminaba.
Conservaba únicamente lo necesario para reconocer cuándo alguien intentaba engañarlo.