Un Asunto Carnal (Sebastián Delgado, Detective Psíquico 1) Capítulo VIII #7
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Capítulo VIII #7

No celebró nada. Comprobó que respiraba, aseguró los papeles y buscó una salida antes de que apareciera otro.

Solo entonces reparó en los móviles. Varias personas habían grabado la escena.

Imaginó el vídeo circulando sin contexto: un hombre bajo golpeando a un gigante en las rocas de Tabarca.

La verdad sería mucho menos creíble que cualquiera de los comentarios.

De regreso hacia el embarcadero, con el cuerpo dolorido y la piel empezando a arder por el sol, Sebastián comprendió que el caso había cruzado una frontera. Alguien no solo quería mantenerlo lejos de determinada información. Había movilizado a un hombre para recuperarla.

Miró una última vez la isla antes de subir a la embarcación. Colette pertenecía a otro tiempo, pero el peligro que acababa de dejar atrás era completamente actual.

Sebastián había aprendido a distinguir entre una aparición que traía un mensaje y otra que solo buscaba compañía.

Mariano pertenecía a una tercera clase, menos frecuente y mucho más incómoda: los muertos que llegaban con un plan.

Esa diferencia explicaba parte de la rapidez con que el caso se había instalado en su rutina.

No tenía que interpretar golpes en una pared ni reconstruir un nombre a partir de recuerdos fragmentarios.

Mariano sabía quién era, sabía cómo había muerto y estaba convencido de saber quién lo había provocado.

La facilidad, sin embargo, tenía un precio.

Cada respuesta que el muerto proporcionaba eliminaba una pregunta que Sebastián habría formulado por su cuenta.

Se obligó a recuperar esas preguntas. ¿Por qué Ricardo?

¿Desde cuándo existía el conflicto? ¿Quién más conocía las rutinas de la empresa?

¿Qué había ocurrido en las semanas anteriores?

El testimonio de una víctima era una pista, no una sentencia.

Que la víctima estuviera muerta no modificaba esa regla.

Durante sus primeros años de profesión había cometido el error contrario.

Creía que la muerte concedía una especie de autoridad moral.

Después descubrió que los difuntos podían equivocarse, exagerar e incluso mentir con la misma eficacia que los vivos.

Algunos llegaban al otro lado sin haber entendido lo que les ocurrió.

Otros entendían demasiado bien lo que querían conseguir.

Mariano parecía sincero. Sebastián sabía que aquella era precisamente la clase de impresión que debía vigilar.

La vida con Quinito había contribuido a esa cautela.

Durante años, el fraile fue su única referencia estable para comprender un fenómeno que nadie en su entorno podía explicar.

Sebastián probó todas las estrategias propias de un adolescente: ignorarlo, hablarle, provocarlo, pedirle que desapareciera y, durante una temporada especialmente absurda, dejarle papel y lápiz por si prefería comunicarse por escrito. Quinito no colaboró con ninguna.

El tiempo convirtió el misterio en costumbre.

Sebastián dejó de preguntarse por qué el capuchino lo acompañaba y empezó a fijarse en cuándo aparecía.

Había momentos de peligro, otros de aburrimiento y algunos en los que parecía acudir atraído por una conversación.

Nunca consiguió establecer una regla completa.

Esa resistencia a ser clasificado terminó enseñándole más que cualquier tratado esotérico: lo sobrenatural no estaba obligado a comportarse de manera comprensible.

También había una intimidad extraña en envejecer junto a alguien que no envejecía.

Quinito había visto el rostro de Sebastián cambiar, había conocido sus casas, sus trabajos y el deterioro progresivo de ciertas certezas.

El detective, en cambio, no podía decir que conociera mejor al fraile que el primer día.

Sabía más de sus hábitos, no de su historia.

A veces pensaba que aquello se parecía a determinados matrimonios. La comparación no mejoraba su opinión sobre ninguno de los dos fenómenos.

Valverde era útil precisamente porque no necesitaba comprender esa parte de la vida de Sebastián.

Su relación funcionaba sobre resultados.

Si el detective aportaba un nombre que podía comprobarse, el comisario lo comprobaba.

Si aportaba una matrícula, buscaba el vehículo.

Nunca preguntaba demasiado por el momento exacto en que una persona fallecida había decidido facilitar la información.

La muerte de Mariano le parecía, en cambio, un caso sin misterio. Había protocolos, informes y una explicación técnica. Sebastián comprendía la resistencia. La policía no podía reabrir cada accidente porque un hombre asegurara haber hablado con el cadáver. Necesitaba una anomalía verificable.

Por eso la información sobre la cámara era importante.

Los parámetros de conservación no eran una sensación del muerto, sino datos que podían contrastarse.

Si habían sido modificados, existiría alguna huella: registros, accesos, mantenimiento, programación.

Sebastián anotó que tendría que llegar a ellos por una vía que Valverde pudiera utilizar sin escribir la palabra fantasma en ningún informe.

La burocracia tenía sus propios exorcismos.

El hotel Berlín fue revelando su carácter a medida que Sebastián permanecía allí.

Por la mañana olía a café, productos de limpieza y crema solar.

A media tarde, el vestíbulo se llenaba de huéspedes que regresaban de la playa con la piel demasiado roja.

Por la noche, la iluminación dorada intentaba devolver al edificio una elegancia que el turismo de chanclas y flotadores se empeñaba en discutir.

Sebastián disfrutaba observando esos cambios.

Los hoteles eran lugares especialmente útiles para un investigador porque nadie pertenecía del todo a ellos.

Incluso los clientes habituales estaban de paso.

Esa provisionalidad relajaba conductas: conversaciones en ascensores, llamadas en pasillos, documentos olvidados sobre una mesa.

Alicia se movía por el Berlín de una manera distinta a los turistas.

No necesitaba orientarse y el personal la reconocía.

Sus reuniones tampoco parecían improvisadas.

Sebastián comenzó a considerar que el hotel no era un refugio posterior a la muerte de Mariano, sino un territorio escogido para mantener determinadas negociaciones fuera de los espacios habituales de la empresa.

La hipótesis no añadía culpabilidad. Añadía intención.

La conversación con Alicia continuó resonando después de separarse.

Sebastián intentó reconstruir el matrimonio sin aceptar automáticamente la versión de ninguno de los dos.

Mariano se había presentado como víctima de su hermano, no como marido.

Alicia describía a un hombre que confundía protección con propiedad. Las dos imágenes podían coexistir.

Quince años eran demasiado tiempo para resumirlos en unas frases.

Sebastián sabía que un matrimonio acumulaba pactos que desde fuera parecían incomprensibles.

El dinero complicaba aún más el análisis.

La riqueza de Mariano había proporcionado a Alicia comodidad, pero también podía haber convertido cada desacuerdo en una negociación desigual.

El seguro introducía un motivo evidente y por eso mismo peligroso. Una viuda beneficiaria siempre parecía sospechosa cuando la muerte dejaba dinero. Sebastián se negó a tratar la póliza como una prueba moral. Necesitaba hechos.

Lo que sí tenía era la presencia de los hombres del Este.

Alicia no parecía sorprendida por ellos.

Eso significaba relación, aunque todavía no supiera de qué clase.

El detective anotó mentalmente que debía descubrir quién pagaba su protección.

El dinero solía explicar lealtades con más precisión que las palabras.

La travesía a Tabarca ofreció un intervalo extraño entre dos partes de la investigación.

En la cubierta, rodeado de familias y turistas, Sebastián tuvo tiempo de observar Alicante alejándose.

El castillo se recortaba sobre la ciudad y el mar borraba poco a poco los detalles.

Pensó que las investigaciones funcionaban de manera parecida: desde cerca todo eran conversaciones, gestos y contradicciones; al tomar distancia, algunas formas empezaban a aparecer.

La forma que veía todavía era incompleta. Ricardo ocupaba el centro por indicación de Mariano. Alicia se acercaba a él por motivos personales y económicos. Los hombres extranjeros introducían una conexión que Valverde iba a convertir en Kalashov. Faltaba saber qué negocio podía reunirlos.

Sebastián no esperaba que Tabarca respondiera a todo. Le bastaba con una dirección. En aquel momento todavía ignoraba que saldría de la isla con documentos, una quemadura solar y la experiencia de haber derribado a un hombre enorme delante de varios teléfonos móviles.

El dossier de Kalashov cambió el tono de la investigación.

Hasta entonces Sebastián podía imaginar el caso como un conflicto familiar enriquecido por una póliza y una empresa.

La biografía del georgiano introducía organizaciones, residuos, conexiones internacionales y una capacidad de violencia que superaba ampliamente a los Gimeno.

Valverde narró los antecedentes sin adornarlos.

La antigua Unión Soviética, la condena, la liberación y los negocios posteriores componían una trayectoria donde la frontera entre actividad empresarial y criminal parecía deliberadamente borrosa.

Sebastián preguntó dos veces por la relación con residuos.

El nombre del CTRE quedó subrayado en sus notas.

Un centro de tratamiento podía ser perfectamente legal y, al mismo tiempo, convertirse en la pieza de un negocio peligroso si quienes intervenían decidían ahorrar donde no debían.

Todavía no conocía el contrato con Cerámicas Gimeno, pero la proximidad de Kalashov a Alicia ya dejaba de parecer una extravagancia social.