Capítulo VIII #6
Cuando habló de los quince años juntos, Sebastián atendió a los cambios de tono más que a las palabras.
Mariano había sido proveedor, marido y propietario emocional de buena parte de su vida.
Alicia no lo lloraba de la manera que la sociedad esperaba, pero el detective no confundía ausencia de lágrimas con culpabilidad.
Había visto demasiados matrimonios para creer que el duelo tuviera una única forma correcta.
La invitación a la habitación 503 introdujo una tensión distinta.
Sebastián sabía que podía tratarse de seducción, de curiosidad o de una manera de averiguar cuánto sabía.
Aceptó por la misma razón por la que entraba en edificios abandonados cuando un muerto señalaba una ventana: porque la información rara vez acudía sola al despacho.
El hombre que lo observó antes de que subiera no necesitó amenazarlo. Sebastián registró el rostro, la anchura de los hombros y la forma de colocar las manos. Si volvía a verlo, lo reconocería. En aquel momento todavía ignoraba cuánto iba a necesitar ese recuerdo.
Quinito apareció en el peor momento posible, lo que reforzó la sospecha de Sebastián de que el fraile poseía un sentido del humor que nunca admitiría.
Mientras Alicia reducía la distancia entre ambos, el capuchino comenzó con Hamlet.
Sebastián llevaba tantos años escuchando fragmentos fuera de contexto que podía reconocer algunos antes de que terminara la primera línea.
Mantener una conversación con una mujer atractiva mientras un muerto recitaba sobre morir y dormir exigía una concentración que ninguna academia de detectives enseñaba.
Sebastián respondió a Alicia procurando que sus ojos no se desviaran hacia el punto donde estaba Quinito.
Ella interpretó alguna pausa como nerviosismo.
No se equivocaba del todo, aunque ignoraba la causa.
Aquella escena resumía una parte de su vida que nunca conseguía explicar a nadie.
Para los demás, lo sobrenatural debía ser solemne.
Esperaban habitaciones oscuras, voces profundas y mensajes del más allá.
Su experiencia era mucho menos digna. Los fantasmas aparecían durante el desayuno, interrumpían conversaciones y escogían momentos íntimos.
La muerte no mejoraba necesariamente el sentido de la oportunidad.
Alicia siguió hablando. Sebastián obtuvo de ella una imagen de Mariano distinta de la que el propio muerto había ofrecido.
El empresario podía ser generoso y controlador, protector y posesivo.
Había proporcionado una vida cómoda a su esposa al mismo tiempo que limitaba su participación real en las decisiones.
Ese retrato no justificaba un asesinato, pero daba volumen a una víctima que hasta entonces existía principalmente dentro de una cámara frigorífica.
Cuando abandonó la habitación, Sebastián llevaba más preguntas.
Alicia tenía motivos para resentirse, dinero que recibir y negocios que no quería explicar.
También parecía rodeada de personas relacionadas con un mundo que no encajaba con la versión doméstica de la viuda.
El detective anotó mentalmente cada contradicción y se negó a ordenarlas todavía.
En el pasillo volvió a encontrarse con la mirada del guardaespaldas. Esta vez Sebastián comprendió que ya había dejado de ser invisible. Su visita a Alicia había sido registrada por alguien. La investigación empezaba a producir reacción.
El viaje a Tabarca comenzó con el ruido del motor de la golondrina y un grupo de turistas que fotografiaban la costa antes de que la isla pudiera distinguirse con claridad.
Sebastián buscó un lugar donde el aire circulara.
El sol prometía una jornada difícil y él había cometido el error de no llevar protección suficiente.
A medida que Alicante quedaba atrás, repasó lo que Valverde le había adelantado.
El nombre de Kalashov introducía una dimensión internacional que Sebastián habría preferido evitar.
Las investigaciones locales eran más cómodas: calles conocidas, policías conocidos, delincuentes que al menos compartían referencias.
Un antiguo agente vinculado a negocios de residuos y a organizaciones extranjeras pertenecía a una categoría donde su condición de detective psíquico ofrecía pocas ventajas.
Las balas no se impresionaban ante los fantasmas.
Valverde lo esperaba con información suficiente para arruinarle la comida.
En La Almadraba, entre platos y conversaciones de turistas, el comisario reconstruyó la trayectoria de Zakhar Kniazevich Kalashov: Georgia, servicios soviéticos, una condena por secuestro y asesinato, la liberación tras la descomposición de la URSS, contactos posteriores y negocios que habían terminado acercándolo al Mediterráneo español.
Sebastián escuchó especialmente la parte relacionada con residuos.
La referencia a POCATOM y a los episodios vinculados a la Ndrangheta situaba a Kalashov en un mundo donde hacer desaparecer materiales incómodos podía ser tan rentable como hacer desaparecer personas.
Nada de aquello demostraba que tuviera relación con la muerte de Mariano, pero explicaba por qué sus hombres podían estar cerca de Alicia.
La adquisición del CTRE en 2008 proporcionaba, por fin, una dirección concreta.
Sebastián anotó las siglas. El centro había intentado construir una reputación pública mediante patrocinios y mecenazgo, mientras asociaciones ecologistas cuestionaban su actividad.
La respetabilidad y el peligro podían compartir membrete.
Valverde le advirtió que no confundiera información con autorización para hacer estupideces. Sebastián prometió no hacerlo con la sinceridad de quien sabía que la promesa probablemente duraría poco.
Después de separarse del comisario, Tabarca recuperó durante un tiempo su apariencia turística.
Sebastián caminó entre fachadas, restaurantes y visitantes con la carpeta mental de Kalashov todavía abierta.
La isla tenía una escala engañosa. Parecía posible recorrerla entera en poco tiempo y, sin embargo, cada calle ofrecía desvíos, puertas y pequeñas historias acumuladas durante siglos.
Colette Gouaille apareció en ese contexto sin teatralidad.
Sebastián tardó menos de lo habitual en reconocer su condición.
Había una cualidad en determinados muertos que resultaba imposible describir a quien nunca los había visto: no transparencia, exactamente, sino una falta de pertenencia al presente.
Colette parecía ocupar el lugar correcto en un tiempo equivocado.
La referencia a Albert Camus despertó su curiosidad.
Sebastián conocía lo suficiente del escritor para comprender el peso del nombre, pero no estaba allí como investigador literario.
Aun así, siguió a Colette porque las apariciones raramente se cruzaban con él sin motivo.
La casa a la que lo condujo parecía conservar una intimidad incompatible con el flujo de turistas del exterior.
Durante la conversación, Sebastián tuvo la sensación de que Colette protegía no solo unos papeles, sino una versión de su propia vida.
Los muertos también seleccionaban lo que querían dejar.
El posible manuscrito y la relación con Camus pertenecían a una historia que podía existir al margen del caso Gimeno.
Esa independencia la hacía más verosímil: el mundo no tenía obligación de organizar todas sus rarezas alrededor de una investigación.
Cuando más tarde comprobó el estado real de la vivienda, la escena anterior adquirió su sentido.
La casa no podía haber sido como la había visto.
Colette había reconstruido para él un espacio desaparecido, del mismo modo que algunos espíritus reconstruían una habitación o una conversación.
Sebastián aceptó la evidencia sin detenerse.
Había aprendido que discutir con la realidad después de verla cambiar era una pérdida de tiempo.
Los documentos que conservó eran materiales. Eso bastaba. Podía interrogarse sobre Colette y Camus en otro momento. Primero tenía que salir de la isla con ellos.
El perseguidor apareció cuando Sebastián ya sospechaba que lo estaban observando.
Lo reconoció como parte del mismo tipo humano que había rodeado a Alicia: disciplina, tamaño y una forma de mirar que no buscaba orientación.
El hombre avanzó hacia él y Sebastián tomó una decisión profesional perfectamente razonable: correr.
Su estatura había sido motivo de bromas durante buena parte de su vida.
En una persecución por las calles de Tabarca descubrió algunas ventajas.
Podía cambiar de dirección con rapidez, pasar entre grupos y aprovechar huecos que obligaban al ruso a reducir la marcha.
La desventaja era que sus piernas también eran más cortas y el perseguidor compensaba la torpeza con una zancada enorme.
El calor convirtió pronto la carrera en un castigo. Sebastián notaba el sudor en la espalda y el aire entrando demasiado rápido. No quería mirar atrás, pero lo hacía en cada esquina. El hombre seguía allí.
Atravesar la Puerta de San Gabriel fue menos una estrategia que una elección entre posibilidades malas. Las rocas ofrecían terreno irregular. Sebastián confiaba en que el tamaño del ruso dejara de ser una ventaja. El agua había pulido algunas superficies hasta convertirlas en trampas.
Resbaló. El perseguidor también. Durante un instante ambos quedaron reducidos a dos cuerpos intentando no caer al mar. Sebastián recuperó antes el equilibrio. El golpe de izquierda salió sin elegancia y con toda la fuerza que pudo reunir. Alcanzó al hombre lo suficiente para derribarlo.