Capítulo VIII #5
La persecución transformó la isla. Las calles que minutos antes parecían pintorescas se convirtieron en pasillos demasiado estrechos; las terrazas, en obstáculos; los grupos de visitantes, en masas que había que esquivar sin perder velocidad.
Sebastián no tenía físico de atleta y lo sabía.
Su ventaja era otra: conocía el terreno lo suficiente para no escoger siempre la línea más evidente.
Atravesó la Puerta de San Gabriel y buscó las rocas.
El ruso lo siguió. El suelo húmedo cambió la relación entre ambos.
El tamaño del perseguidor, hasta entonces una amenaza, se convirtió en un problema de equilibrio.
Resbalaron casi al mismo tiempo. Sebastián recuperó antes la posición por una simple cuestión de centro de gravedad y consiguió golpearlo con la izquierda.
El hombre cayó.
Durante unos segundos Sebastián permaneció inclinado, respirando con dificultad y esperando que volviera a levantarse.
No ocurrió. Alrededor, varios teléfonos móviles apuntaban hacia ellos.
Aquello garantizaba que, antes de terminar el día, media docena de versiones del incidente circularían por redes sociales sin que ninguna mencionara a un detective psíquico, una documentación comprometida o una aparición francesa.
Sebastián comprobó que los papeles seguían sujetos a su cintura.
El sol le había castigado el cuello y los hombros, tenía las piernas doloridas y acababa de derribar a un hombre que probablemente pesaba el doble que él.
Aun así, mientras regresaba hacia la zona habitada de la isla, comprendió que el dato más importante no estaba escrito en ninguna hoja.
Alguien sabía que estaba investigando y había decidido impedirlo.
Hasta entonces el caso podía reducirse a la sospecha de un muerto. Después de Tabarca, los vivos empezaban a comportarse como culpables.
La carretera hacia el sur había cambiado desde los años en que Sebastián viajaba en el asiento trasero del coche familiar, pero ciertos puntos seguían activando recuerdos con una precisión que no dependía del paisaje actual.
La salida de Elche, el desvío hacia Santa Pola, el olor salino que entraba por una ventanilla mal cerrada.
Su padre conducía con una seriedad notarial incluso durante las vacaciones y su madre distribuía bocadillos envueltos en papel de aluminio.
Sebastián, entonces, todavía no sabía que los muertos terminarían convirtiéndose en parte de su vida profesional.
El traslado desde Soria había sido una fractura más profunda de lo que admitió durante años.
Deza pertenecía a un mundo de inviernos duros, calles conocidas y apellidos que parecían llevar allí varias generaciones.
Elche era luz, tráfico, palmeras y un idioma que escuchaba mezclado con el castellano en comercios y colegios.
Torrevieja añadió después otra capa: veranos, extranjeros, apartamentos que permanecían cerrados durante meses y un Mediterráneo que para él terminó siendo menos un paisaje que una medida del tiempo.
Por eso siguió la N-332 sin necesidad de consultar el mapa.
El Ford Escort conocía el camino casi tan bien como él.
Había recibido el coche como pago de un asunto que nunca habría aceptado si hubiera sabido de antemano la cantidad de averías posteriores.
Aun así, se había encariñado con aquella máquina de 1985.
Los objetos viejos ofrecían una ventaja sobre las personas: cuando empezaban a fallar, al menos hacían ruido.
En las salinas de Santa Pola, la carretera se abrió entre agua, montículos de sal y aves.
Sebastián redujo la velocidad. El paisaje industrial y natural convivía allí sin pedir permiso, del mismo modo que en su trabajo convivían documentos notariales y fantasmas.
Pensó en Mariano y en el frío de la cámara.
Resultaba extraño perseguir una muerte helada bajo un sol que convertía el volante en una superficie difícil de tocar.
A medida que se acercaba a Torrevieja, las urbanizaciones se hicieron más frecuentes.
Recordó cuando la familia compró el apartamento y todavía existían descampados donde después aparecerían edificios.
Su adolescencia había quedado repartida por aquellas calles: primeras borracheras, primeros deseos, noches en las que regresaba tarde intentando que sus padres no escucharan la puerta.
También las primeras apariciones que no podía atribuir a Quinito.
El hotel Berlín apareció en la investigación como una dirección, pero Sebastián supo en cuanto lo vio que iba a convertirse en un escenario.
Algunos lugares poseían esa cualidad antes de que ocurriera nada.
El edificio parecía conservar varias décadas superpuestas, como si cada reforma hubiera decidido respetar una parte de la anterior.
Aparcó el Escort y permaneció unos segundos dentro.
Alicia Llaude estaba allí. Todavía no sabía si iba a entrevistar a una viuda, a una sospechosa o a una mujer que podía conducirlo hasta el verdadero motivo de Mariano.
Antes de entrar recordó la Cala de la Zorra y a Tía Roqueta con una claridad que no había buscado.
Aquella aparición pertenecía a la época en que Sebastián todavía distinguía entre lugares normales y lugares donde podían aparecer muertos.
Con los años había comprendido que la clasificación era inútil.
Los muertos estaban donde habían dejado una parte suficiente de sí mismos.
La cala era mucho menos conocida entonces.
Las noches podían quedar casi vacías y el sonido del agua dominaba cualquier conversación.
Sebastián había escuchado primero la canción.
No entendió las palabras; quizá nunca las hubo completas.
Después distinguió a la mujer caminando cerca de la orilla.
No parecía perdida. Tampoco parecía esperar a nadie.
La siguió por curiosidad y porque ya empezaba a sospechar qué era.
El miedo que le producían las apariciones había cambiado desde Quinito.
Seguía sintiéndolo, pero junto a él había surgido una necesidad de comprender.
Cada fantasma parecía obedecer reglas distintas y Sebastián, adolescente, intentaba descubrirlas sin reconocer que estaba construyendo el aprendizaje que años después usaría como profesión.
Tía Roqueta entró en el mar. Sebastián se quitó los zapatos y avanzó unos pasos, dispuesto a intervenir si aquella mujer resultaba estar viva. El agua nocturna le subió por los tobillos. La figura continuó hasta desaparecer. Entonces vio, bajo la superficie, la red y el cuerpo del pescador.
No gritó. Retrocedió. Durante varios minutos esperó que ambos reaparecieran. El mar recuperó su movimiento normal y la cala quedó vacía.
Años después seguía sin saber qué había visto exactamente. Quizá el instante de una muerte repetido. Quizá una mujer que buscaba eternamente a su marido. Quizá una reconciliación que solo podía producirse después de morir. Lo importante fue lo que aprendió: intervenir no siempre era ayudar.
Mariano representaba el extremo contrario.
No estaba atrapado en una repetición. Hablaba, razonaba, prometía dinero y señalaba culpables.
Era un muerto con agenda. Sebastián sonrió al pensarlo mientras cruzaba la entrada del Berlín.
Entre Tía Roqueta y Mariano había casi toda la distancia de su oficio.
El interior del hotel reforzó la impresión exterior.
Había un empeño visible por conservar cierta elegancia, aunque la elegancia perteneciera a otra década.
Los brillos del mármol, los metales dorados, las plantas de interior y los sofás formaban una estética que Sebastián habría llamado respetable si no hubiera temido que la palabra sonara demasiado parecida a vieja.
Observó antes de preguntar. Era una costumbre adquirida en investigaciones donde una recepción podía proporcionar más información que un interrogatorio.
Maletas junto al mostrador, llaves, clientes habituales saludados por su nombre y empleados capaces de reconocer a quien llevaba varios días alojado. Alicia no era una huésped invisible.
Cuando la vio acompañada por los hombres corpulentos, Sebastián evitó mirarlos demasiado.
El tamaño llamaba la atención, pero era su comportamiento lo que importaba.
No estaban allí para disfrutar de la piscina.
Uno comprobaba entradas; otro permanecía lo bastante cerca de Alicia para intervenir sin parecer pegado a ella.
La protección profesional tenía una coreografía que Sebastián había visto antes.
Alicia, en cambio, parecía cómoda. Eso eliminaba la posibilidad de que los hombres la vigilaran contra su voluntad, aunque no demostraba quién los había contratado.
Su relación con ellos pertenecía a ese territorio de la investigación donde una observación podía ser cierta y la conclusión, equivocada.
Sebastián dejó pasar un tiempo antes de acercarse.
La falsa identidad relacionada con el seguro necesitaba una apariencia de normalidad.
No podía comportarse como alguien que hubiera recorrido media provincia para encontrarla.
Pidió una bebida, escuchó a María Jesús y su acordeón y permitió que el hotel siguiera funcionando alrededor.
La música contribuyó a que la escena adquiriera una cualidad casi cómica que desapareció cuando Alicia se sentó cerca.
Ella tenía la clase de presencia que obligaba a los demás a decidir si la estaban mirando.
Sebastián eligió mirarla. Fingir indiferencia habría sido más evidente.
La conversación comenzó con cortesía y avanzó hacia el matrimonio con una facilidad que le pareció ensayada.
Alicia llevaba dos meses respondiendo preguntas sobre Mariano.
Había aprendido qué contar y qué reservarse.