Un Asunto Carnal (Sebastián Delgado, Detective Psíquico 1) Capítulo VIII #4
45%

Capítulo VIII #4

Ya en la embarcación de regreso, Tabarca fue reduciéndose detrás de él hasta recuperar la apariencia de una pieza inmóvil sobre el mar.

Sebastián pensó en Valverde, Kalashov, Alicia y el hombre tendido junto al canal.

Después pensó en Colette. De todo lo ocurrido durante el día, era la única parte que no encajaba en el caso y, precisamente por eso, la que más tiempo permanecería con él.

El trayecto hacia Torrevieja le permitió a Sebastián comprobar hasta qué punto la Costa Blanca podía cambiar sin dejar de ser reconocible.

La N-332 seguía cosiendo poblaciones, urbanizaciones y descampados con una continuidad que confundía los límites.

A un lado aparecía el Mediterráneo en fragmentos; al otro, salinas, naves, promociones recientes y carteles que prometían una vida junto al mar a quienes pudieran pagarla.

En agosto, el tráfico convertía la carretera en una procesión de matrículas extranjeras, familias cargadas de sombrillas y conductores que parecían descubrir las rotondas en el mismo instante de entrar en ellas.

Sebastián había recorrido aquella ruta desde mucho antes de tener edad para conducir.

Cuando su padre obtuvo la plaza de notario en Elche y la familia dejó Soria, el cambio de paisaje le produjo una sensación que todavía recordaba: del horizonte seco y elevado de su infancia a una claridad marítima donde incluso el invierno parecía tener otro color.

El apartamento de Torrevieja llegó después, en una época en que la ciudad conservaba huecos entre los edificios y el paseo marítimo no necesitaba competir cada verano con una población multiplicada.

No idealizaba aquellos años. La memoria tenía la costumbre de eliminar el sudor, las discusiones familiares y los mosquitos, dejando únicamente la luz sobre el agua y algunas tardes que parecían interminables.

Aun así, regresar por aquella carretera activaba una versión de sí mismo anterior a los clientes muertos, los divorcios y las facturas.

Quizá por eso le irritaba que el caso Gimeno hubiera terminado llevándolo hasta allí.

En Santa Pola redujo la velocidad al pasar junto a las salinas.

Las láminas de agua reflejaban un cielo blanquecino y los flamencos se distinguían a lo lejos como pequeñas interrupciones rosadas.

Sebastián pensó que Mariano había pasado buena parte de su vida rodeado de carne, cámaras y cadenas de distribución, y que ahora su muerte lo obligaba a recorrer espacios abiertos. La contradicción le pareció adecuada.

La información que había conseguido situaba a Alicia Llaude en el hotel Berlín, cerca de La Mata.

No sabía todavía qué esperaba encontrar.

Una viuda reciente podía alojarse en un hotel por docenas de razones perfectamente inocentes.

El problema era que, en una investigación, la inocencia debía soportar el mismo examen que la culpabilidad.

El Berlín pertenecía a una categoría de hoteles que habían envejecido sin decidirse a convertirse en históricos.

Conservaba mármoles brillantes, dorados, tapicerías resistentes y una distribución concebida para el turismo de otra época.

Había fotografías de temporadas pasadas en las que las mismas instalaciones aparecían llenas de peinados, bañadores y colores que ya solo sobrevivían en álbumes familiares.

Sebastián sintió una simpatía inmediata por el lugar.

También su Ford Escort parecía haber decidido que modernizarse era una forma de rendición.

La proximidad del mar trajo consigo otro recuerdo.

Tía Roqueta había formado parte de su adolescencia como una de esas historias locales que los adultos contaban a medias y los jóvenes completaban con imaginación.

Una mujer vinculada a la Cala de la Zorra, un marido pescador desaparecido y una canción que algunos aseguraban haber escuchado cuando la playa quedaba vacía.

Sebastián la vio una noche, muchos años atrás.

No había acudido a buscar fantasmas; entonces todavía intentaba convencerse de que las apariciones eran episodios que terminarían por desaparecer si las ignoraba.

La mujer estaba junto al agua, vestida de una manera que no correspondía a la estación ni al tiempo presente.

Cantaba con una voz baja, más próxima al recuerdo de una melodía que a una canción completa.

Él la siguió a distancia. La figura entró en el mar sin modificar el paso.

El agua alcanzó las rodillas, la cintura y después el pecho.

Sebastián permaneció en la orilla, incapaz de decidir si debía intervenir.

Cuando la mujer desapareció bajo la superficie, se acercó hasta donde el oleaje le permitió y miró hacia el fondo.

Durante unos segundos vio dos cuerpos abrazados. Uno era el de ella. El otro parecía un hombre envuelto en una red de pesca.

Nunca supo si había presenciado una repetición, un encuentro o una despedida que llevaba décadas produciéndose. Aprendió entonces una regla que después aplicaría a Quinito y a todos los demás: no todas las apariciones pedían ayuda. Algunas solo necesitaban terminar una escena.

El recuerdo regresó mientras contemplaba el mar desde las proximidades del hotel. Sebastián se preguntó si Mariano estaba haciendo precisamente lo contrario. Su cliente no repetía una escena; lo empujaba hacia la siguiente.

Alicia Llaude resultó más difícil de clasificar de lo que Sebastián esperaba.

Había preparado mentalmente a una viuda quebrada o a una heredera demasiado satisfecha, dos caricaturas cómodas que la realidad desmontó en pocos minutos.

Alicia sabía medir la distancia con quien tenía delante.

Podía mostrarse vulnerable y, sin transición visible, recuperar una seguridad que convertía la conversación en una negociación.

Sebastián mantuvo la identidad de agente de seguros porque le permitía formular preguntas incómodas sin explicar por qué le interesaban.

Alicia habló de quince años de matrimonio, de la forma en que Mariano había convertido el éxito empresarial en una manera de organizar también su vida privada y del papel decorativo que ella había terminado desempeñando.

No se presentó como víctima. Eso llamó la atención de Sebastián más que cualquier reproche.

—Durante mucho tiempo fui una pieza bonita en una casa cara —dijo en un momento de la conversación—. El problema de las piezas bonitas es que nadie pregunta si están cómodas.

Sebastián no anotó la frase, aunque la recordó. Alicia esperaba una renta derivada del seguro y admitía que su participación en los negocios había sido testimonial. Al mismo tiempo, estaba en el Berlín para mantener reuniones que definía como privadas. Las dos versiones no encajaban del todo.

La presencia de los hombres corpulentos que la acompañaban añadió otra capa. No parecían amigos ni empleados del hotel. Vigilaban accesos, hablaban poco y se distribuían con una disciplina que Sebastián reconoció aunque no supiera todavía a quién obedecían.

Quinito eligió ese momento para aparecer.

El fraile se materializó en una zona próxima al bar y comenzó con su habitual fragmento de Shakespeare.

Sebastián procuró no mirarlo directamente.

Hablar con un fantasma en mitad de un hotel ya resultaba complicado; hacerlo mientras una viuda sospechosa intentaba seducirlo podía perjudicar incluso su reputación profesional.

Alicia interpretó la distracción de otra manera y lo invitó a subir a la habitación 503. Sebastián aceptó porque rechazarla habría sido más sospechoso que acompañarla. Uno de los hombres del Este lo observó al pasar. La advertencia no necesitó palabras.

En el ascensor, Alicia se acercó lo suficiente para que Sebastián percibiera su perfume.

Él pensó en Mariano congelado, en el dinero de la póliza y en la facilidad con que una investigación podía confundirse con otra cosa cuando los implicados seguían vivos.

Los muertos eran más sencillos en ese aspecto: rara vez intentaban llevarlo a una habitación de hotel.

Tabarca aparecía desde la embarcación como una franja baja sobre el agua.

Sebastián había visitado la isla otras veces, pero la aproximación desde el mar siempre le producía la misma impresión: un territorio demasiado pequeño para contener tantas historias.

Las murallas, la iglesia, las casas y los caminos parecían comprimidos por el Mediterráneo.

En temporada alta, además, la población de visitantes alteraba cada rincón hasta convertirlo en una mezcla de enclave histórico, playa y comedor al aire libre.

El viaje en la golondrina le dio tiempo para ordenar lo averiguado.

Alicia estaba conectada con hombres del Este.

Valverde había puesto nombre a uno de los intereses que se movían alrededor de ella.

Ricardo seguía siendo la acusación directa de Mariano, pero todavía faltaba el motivo que uniera la muerte con todo lo demás.

Sebastián esperaba encontrar en Tabarca una pieza, no una explicación completa.

La presencia de Colette —la mujer francesa ligada a la historia de la isla— modificó el recorrido.

Las apariciones tenían una geografía propia.

Algunas se mantenían cerca de una casa; otras, de un objeto; otras parecían vinculadas a un trayecto.

Sebastián siguió las indicaciones que pudo interpretar sin olvidar que un espíritu no siempre compartía la urgencia de los vivos.

Los papeles que consiguió recuperar adquirieron valor precisamente porque alguien más los quería. El ruso que apareció después no necesitó presentarse. Era enorme incluso antes de acercarse y su manera de avanzar eliminaba cualquier posibilidad de confundirlo con un turista extraviado.

Sebastián echó a correr.