Un Asunto Carnal (Sebastián Delgado, Detective Psíquico 1) Capítulo VIII #3
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Capítulo VIII #3

parte de la apacible anciana, que aprovechó para pulverizar agua sobre una esbelta verdiblanca amor de hombre.

Con voz queda ofreció a Sebastián todo un listado de refrigerios: agua, limonada, agua de cebada, cerveza, vino e incluso un Martini; el detective, igual que un nieto abrumado por la obsesión de su abuela para que engorde, se conformó con un vaso de agua fresca, sin dejar en ningún momento de observar la puerta principal de la vivienda, esperando el asalto del armatoste ruso.

Para no parecer descortés, comenzó a interesarse por las plantas del perfumado jardín, deteniéndose en una de ellas, de aspecto delicado y colorido.

— Tiene usted una especial sensibilidad.

Esa también es mi preferida. Es una jacobina con flores de hoja, la llamo Hija del aire…

¡Oh, perdón! No me he presentado. Soy Colette Gouaille.

—La anciana extendió su mano derecha hasta Sebastián, que seguía con el rabillo del ojo vigilando la entrada.

—Sebastián Delgado, encantado de conocerla.

Muchas gracias por el agua. Estaba deshidratado.

He debido de despistarme del grupo con el que visitaba este extremo de la isla y corría para ver si los alcanzaba.

—El detective mintió piadosamente a la anciana Colette y deseaba, ante todo, no comprometer o poner en riesgo a su hospitalaria convidante.

—No debería usted andar corriendo por estas calles.

Sabe, yo llegué a esta isla hace treinta y seis años acompañada de mi difunto marido, huyendo de la «vida de los tontos» que se hace en París y en tantas capitales del mundo.

Siempre corriendo para no hacer nada. — Colette Gouille vertió de nuevo agua fresca en el vacío vaso del detective y pareció transportarse, tal vez llevada por un halo de nostalgia, a otro tiempo.

Tanto, que acabó por desbordar el vaso de Sebastián.

—¡No se preocupe…! No pasa nada. Tampoco viene mal una ducha, con este asfixiante calor.

—Sebastián trató de que la anciana no se sintiera culpable por su descuido.

Tener la entrepierna mojada era, para el detective, la menor de sus preocupaciones, cuando tras sus talones llevaba colgando un recalcitrante bolchevique a la caza.

En la pared que quedaba protegida por un porche de vigas con buche de palomo se exhibían numerosos retratos y fotos en blanco y negro, en las que, en la mayoría de ellas, la protagonista era una bella joven, en ocasiones vestida ora de enfermera, ora de atrevida bañista, y en otras acompañada por un elegante caballero, probablemente su marido, o incluso con un gran pez como orgulloso trofeo de pesca submarina.

A Sebastián le llamó la atención de forma especial una foto en la que la atractiva Colette disfrutaba de un brindis con un hombre ataviado de gabardina de picos y un apurado cigarrillo en la comisura de sus labios.

Por alguna razón, el tipo de la fotografía le resultaba familiar.

Estuvo tentado de preguntar por el compañero de Colette en la instantánea tomada en sepia, pero concluyó que sus preocupaciones inmediatas eran otras.

—Lo has reconocido —dijo Colette, con un gesto de afirmación, que había observado la expresión dubitativa de Sebastián ante la enmarcada fotografía.

—Sí… es él. Albert Camus. Compañero de clase y un amigo durante muchos años.

Un gran escritor, pero sobre todo un buen amigo.

Colette entró en la estancia que hacía las veces de comedor y le indicó al detective que siguiera sus pasos. En un

Guardó las hojas del manuscrito sin detenerse a pensar en su valor. En aquel instante pertenecían a Colette y a la casa, no a una subasta ni a una biblioteca. Llevárselas fue una reacción casi instintiva, una forma de impedir que el recuerdo desapareciera por completo cuando él cruzara la puerta.

extremo de la sala, como límite de paso a las habitaciones, se disponía un hermoso bargueño de carey y marfil, seguramente de las pocas piezas que la anciana conservó de su vida parisina.

Abrió uno de los muchos compartimentos del mismo y extrajo un tomo de hojas amarillentas cosidas con hilo.

En la primera, y de forma manuscrita, podía leerse: «EL EXTRANJERO.

Albert Camus. 1940». —Yo le animé a que la publicase, fui su primera lectora.

— Colette quitó con sus sarmentosos dedos el polvo acumulado sobre el manuscrito—.

«El acto más importante que realizamos cada día es tomar la decisión de no suicidarnos» —pareció recitar de memoria la parisina—.

La voz de mi querido Camus me ha ayudado a sobrellevar estos años de soledad.

—Los ojos de Colette perdieron, de pronto, la energía que irradiaban momentos antes en el jardín—.

Todos acabaron por irse. Como si de un cataclismo se tratase, las paredes comenzaron a perder su revestimiento de cal tiznada de azul celeste, las fotografías enmarcadas cayeron al suelo con un fuerte estrépito de vidrios rotos.

Sebastián tardó en reaccionar hasta que todo se sumió en un silencio tan solo quebrado por el inclemente siseo de las chicharras de un patio, que ahora era una verdadera selva de plantas silvestres y malas hierbas.

El detective buscó en las ruinosas dependencias de la casa a la anciana Colette, sin ningún resultado, más allá de las viejas fotos esparcidas por los escombros.

Había entrado sin ser consciente, tal vez debido a la situación estresante de la persecución, en conexión con los recuerdos reminiscentes de la casa habitada, en un tiempo pasado, por la señora francesa de nombre Colette Gouille.

Entre los cascotes y cañizos del tejado desplomado sobre la estancia central de la casa, pareció reconocer el en otro tiempo elegante mueble parisino, degradado a estante de telarañas y nido de tímidas polillas.

Junto al mismo, unas hojas escritas daban pistas a otras unidas por un hilo desgastado.

Sebastián las unió y, doblándolas como un cartucho, las resguardó sujetas a su cinto.

Pensó que era lo mínimo que podía hacer por el ángel salvador, espíritu de la francesa afincada en la isla de Tabarca.

A través de una de las desvencijadas ventanas de la casa, que le había servido de pasajero refugio, pudo ver al ruso, o acaso georgiano, que seguía en su empeño de atraparle; sabedor este de que tarde o temprano debía salir de su escondrijo.

Escapar de una isla siempre es un desafío mayor que en tierra firme, por lo que el detective no encontró más alternativa que enfrentarse a su contrincante.

Saltó por la ventana y, ante el desconcierto de su perseguidor, aceleró directamente hacia él, logró empujarle sin perder la dirección hasta cruzar la puerta de San Gabriel; circunstancia que enfureció de tal manera al exsoviético que, haciendo alarde de su gran zancada, en pocos segundos ya se encontraba pisándole los talones.

Un cartel metálico, con las letras borrosas por efecto del salitre, alertaba del peligro de rocas resbaladizas en el canal para acceder al islote que fue, en su día, cantera.

La situación llegó al límite con el gato y el ratón (sin necesidad de especificar quién era quién) frente a frente.

A Sebastián no le quedó otra oportunidad que aventurarse entre el musgo acuático, con peligro de sufrir una caída.

Por supuesto, nada hacía pensar que el anónimo perseguidor se detendría ante el resbaloso escollo, y reanudó la persecución.

Con el presumible desenlace de una esperpéntica caída por parte de ambos ante los ojos de los demás bañistas y la grabación

El ruso seguía esperando. Sebastián comprendió que la tregua concedida por la casa había terminado y que ya no disponía de calles suficientes para continuar huyendo.

La isla, que unas horas antes parecía amplia bajo el sol, se había convertido en un espacio cercado por agua.

Tendría que aprovechar el terreno y, sobre todo, la diferencia de tamaño entre ambos.

El golpe final no tuvo nada de elegante.

Sebastián sintió el impacto subir desde los nudillos hasta el hombro y durante unos segundos creyó haberse roto la mano.

El hombre cayó sobre las rocas con una pesadez que confirmó la eficacia del zurdazo.

No esperó a comprobar cuánto tardaría en levantarse.

En una pelea, como en una investigación, quedarse a contemplar un éxito era una forma bastante eficaz de estropearlo.

oportuna de alguna cámara presta a subir el cómico video a las redes sociales, los participantes se enzarzaron en el rodaje de una escena de acción, eso sí, de película de serie B.

La escasa estatura del detective jugó esta vez a su favor, pues pudo corregir más rápido la pérdida de equilibrio; al contrario que el gigante ruso, que quedó como una cucaracha panza arriba.

Sebastián aprovechó esta situación de indefensión del adversario para propinar un certero zurdazo al tipo, que acabó dejándole K.

O. La imagen inconsciente de la bestia del este al sol de Tabarca fue la postal más difundida de la isla durante todo ese día.

Ante el temor de que la patrulla de la policía local fuera alertada por el incidente, mojado y descalzo, el detective Salgado enfiló la pasarela portuaria para, al fin, poder embarcar de regreso a la salinera ciudad de Santa Pola.

Desde la proa de la tabarquina, Sebastián divisó la silueta de la isla en forma de submarino.

Se preguntó en qué momento se produciría su inmersión para desaparecer en las oscuras aguas.

Toda vez que la verdadera Tabarca, la de Colette, envuelta en la atmósfera tantas veces descrita en los libros de Camus, hacía mucho tiempo que había dejado de existir.

Se palpó la entrepierna, y aliviado, comprobó que el manuscrito de la obra del escritor francés apenas se había humedecido.