Capítulo VIII #2
atractivos de la Isla Plana, sus famosos arroces, por los que bien valía una visita a Tabarca.
Todavía con el mondadientes hurgándose con ahínco la boca, el comisario prosiguió con la exposición del informe sobre Kalashov, que ya había sufrido las inclemencias de la gula de Valverde con varios manchurrones indescriptibles en cuanto a sus ingredientes.
—«Se le relacionó en 1993 con la Ndrangheta, la mafia calabresa, en los casos del hundimiento deliberado de tres barcos: el Yvonne A, el Cunski y el Voriais Sparadais.
Todos ellos cargados de residuos tóxicos.
Dicha organización criminal había colaborado con intermediarios de las industrias italianas para hacer desaparecer millones de toneladas de residuos; aunque, en última instancia, no pudo demostrarse la participación del georgiano.
No obstante, las pertinentes autoridades rusas optaron por apartar del cargo a Kalashov y evitar cualquier sombra de duda sobre la corporación.
Con la indemnización obtenida y la limpieza de sus antecedentes penales, se instaló en la Costa Blanca española donde llevó a cabo numerosas inversiones inmobiliarias, que con la llegada de los años del boom inmobiliario le reportaron múltiples beneficios.
En el año 2008, ante el declive del negocio del ladrillo, adquirió la empresa CTRE (Centro de Tratamiento de Residuos Energéticos), iniciando su vuelta al sector de la gestión de residuos.
»Su labor de patrocinio en eventos deportivos, de mecenazgo de actos culturales, le han granjeado una buena reputación entre la clase política y social de la Comunidad Valenciana.
Pese a la oposición de grupos y partidos ecologistas, consiguió los permisos necesarios para la instalación de la mayor planta de tratamientos del corredor mediterráneo».
La persecución comenzó sin una señal precisa.
Primero fue una coincidencia de trayectorias; después, una repetición imposible de justificar.
Sebastián aceleró, se detuvo, cambió de dirección y volvió a avanzar.
El hombre corrigió cada movimiento con unos segundos de retraso.
Cuando abandonaron la zona comercial, ya no quedaba ninguna duda.
—Un ejemplo más de un peligroso exconvicto del Este, que acaba convirtiéndose en un ciudadano ejemplar en España.
En estos tiempos, el dinero siempre es bien recibido, venga de donde venga, como declaraba un alcalde de la zona y no se refería precisamente al Plan Marshall.
Y ahora… lo mínimo que puedes hacer es invitarme a una copa.
Creo que me la he ganado. —El comisario Valverde hizo un gesto para llamar la atención de uno de los atareados camareros—.
¿Me acompañas, Delgado? —No… gracias. Veo que hay mucha variedad de ginebras.
Hay mucha tontería, hoy en día, con el tema.
Yo me quedé en la del limón exprimido —replicó Sebastián.
—Ah… es verdad, olvidaba que tú solo bebes ese destilado segoviano.
Puro veneno. —Valverde saboreó su gin-tonic con aires de una sofisticación imposible de conciliar con su aspecto y forma de comportarse, tanto como dar margaritas a un cerdo.
— Apuesto a que a ti te matará el colesterol, antes que a mí un pequeño trago de tarde en tarde.
—Sebastián dibujó en el aire una forma ovalada sobre su abdomen para advertir a Valverde de su grosera barriga—.
Ahora debo dejarte, el próximo barco parte dentro de unos treinta minutos y no quiero esperar a que me atrape otra vez la marabunta humana de regreso a Santa Pola.
—Te diría que vinieras conmigo en el taxi-lancha, pero como bien sabes, no conviene que nos vean juntos.
Por cierto… creo que he cumplido muy bien mi encargo, por lo que…
—Valverde parecía, ahora, después de la copiosa comida, que se hubiese dilatado por los laterales, que caían como contrapesos de un globo aerostático rellenando los huecos de su silla.
La casa de Colette ofreció un cambio de temperatura tan brusco que Sebastián sintió la piel erizarse.
Lo atribuyó al patio, a las plantas y a la sombra.
Solo más tarde comprendería que había reconocido una señal conocida y, por la urgencia de la persecución, la había ignorado.
El lugar no estaba simplemente fresco; conservaba la quietud particular de los espacios ocupados por un recuerdo.
Mientras la anciana hablaba, Sebastián fue relajando la vigilancia de la puerta.
La voz de Colette tenía la cadencia de quien llevaba demasiado tiempo conversando con sus propios recuerdos y agradecía encontrar un oyente.
El jardín, cuidado con una precisión doméstica, reforzaba la impresión de una vida detenida en un momento concreto.
Ninguna hoja parecía fuera de sitio. Ningún objeto parecía haber envejecido.
—Lo sé… solo por eso aguanto a un grasiento capullo como tú.
—Sebastián envolvió varios billetes de cincuenta euros en la maltratada servilleta y los dejó de forma distante en la mesa—.
Recuérdame que la próxima vez, vengamos comidos.
Compartir mesa contigo es una experiencia que no quisiera repetir.
—Eres muy exagerado… cazafantasmas. De todas formas, muchas gracias por la comida, siempre es un placer combinar los negocios con el mantel.
Y… una cosa más. Ten cuidado, Delgado, dudo que esa gente no te tenga ya en su mirilla telescópica.
—Valverde sonrió paternalmente al detective, que se encaminó hacia la salida de La Almadraba.
Sebastián enfiló la bajada hacia la zona portuaria, donde esperaba encontrar algún resquicio de sombra y poder esperar a las marineras golondrinas, que, a partir de las seis de la tarde, comenzaban a evacuar a los turistas hasta las nueve de la noche.
Un sexto sentido le hizo mirar a su espalda y, entre los pocos atrevidos que a esas horas de canícula osaban pasear por el pantalán, detectó al extraño que había desembarcado junto a él en último lugar del pasaje de la mañana.
A fin de comprobar si había sido fruto de una manía persecutoria o si realmente el sujeto andaba tras él, decidió cambiar de trayectoria hasta la plaza central, donde se concentraban la mayoría de las tiendas de souvenirs.
Se paró junto a una de ellas, curioseando un panel de los típicos imanes de recuerdo; con disimulo, echó un vistazo de trescientos sesenta grados para localizar al presunto perseguidor.
Y, en efecto, allí se hallaba, parado en el escaparate de la tienda situada en la esquina opuesta.
No parecía, desde luego, el comprador más apropiado para hacer gasto en la boutique de moda ibicenca, pues a buen seguro que las pamelas del expositor le quedarían, francamente, bastante mal.
La fotografía de Camus introdujo la primera grieta.
Sebastián conocía suficientemente el rostro del escritor para reconocerlo, pero la posibilidad de que aquella mujer hubiera conservado durante décadas una relación tan íntima con él resultaba extraordinaria incluso para alguien acostumbrado a hablar con muertos.
No la contradijo. En su oficio, lo improbable merecía unos minutos antes de convertirse en imposible.
El detective Delgado decidió acelerar el paso para ver la reacción del perro de presa, que no fue otra que comenzar una verdadera caza.
Sebastián intentó que su marcha fuese suficiente para evitar a su contrario, sin embargo, la pesadez de la reciente comida comenzó a hacer mella en su rendimiento físico, tanto que, la distancia con el más que probable miembro del clan ruso fue minorando hasta quedar el detective a tiro de piedra.
La estrategia de fuga de Sebastián habría de cambiar si quería tener éxito.
La zona comercial se había quedado atrás, dando paso a una continuidad de casas particulares, en mejor y peor estado, que desembocaban en el camino que conducía hasta el islote, de donde se extrajo la piedra arenisca con la que se construyeron los muros de la ciudadela portuaria.
Como salida de la nada, una anciana, que se apostaba en la puerta de una de aquellas recoletas casas, abrió la persiana de cañizo que protegía la intimidad del interior e invitó a Sebastián a entrar, cosa que hizo sin dudar, amén de intentar dar esquinazo a su incesante perseguidor.
La mujer, de apariencia frágil, andaría próxima a los noventa años, pero con un azul mar en sus ojos que transmitía una vitalidad y fuerza impropias para su provecta edad.
Sus movimientos y caminar, lejos de ser quejumbrosos, eran livianos, casi etéreos.
Acompañó a su sudoroso invitado hasta un patio interior, donde se respiraba un ambiente fresco, como un verdadero oasis en aquel secarral mediterráneo, propiciado por la gran cantidad de plantas que lo poblaban: de varios tiestos colgantes se dejaban caer las verdes monedas de la planta del dinero, junto al bonito contrapunto de lilas y geranios; en la pared de sombra, una trepadora hiedra había colonizado todos los rincones, a buen seguro fruto de un gran trabajo y cuidado por
Cuando la casa cambió, no lo hizo de golpe en la percepción de Sebastián.
Primero desapareció el olor de las plantas regadas.
Después llegó el polvo. La luz se volvió más dura y el patio perdió la profundidad que le daban las hojas.
Solo entonces comprendió que no estaba viendo una vivienda deteriorarse ante sus ojos, sino abandonando una reconstrucción ajena del pasado.