Capítulo VIII
VIII
marina del litoral insular. En este caso, la publicidad en los folletos superaba con creces en expectativas de especies y colores a lo que finalmente se lograba ver a través de los ojos de buey abiertos en la parte inferior del barco.
Un turbio fondo de posidonia oceánica y plateados peces, que acudían al pienso arrojado por la tripulación desde la borda, era el mundo subacuático de los aspirantes a Capitán Nemo, sudorosos y arremolinados frente a las ventanillas de un improvisado Nautilus.
Esperó el tiempo prudente para que el nervioso e impaciente pasaje pisara puerto y así poder desembarcar sin riesgo a que el punzón de una descuidada sombrilla acabara clavado en su costado.
Justo cuando se disponía a descender desde la planta superior a la cubierta principal, cayó en la cuenta de que un solitario pasajero permanecía aún sentado en uno de los asientos numerados que poblaban todos los rincones posibles del navío.
Por su aspecto, libre de parafernalia playera y cara de rublo devaluado, desentonaba en el entorno quizá tanto como el propio Sebastián Delgado.
Por tanto, no había que bajar la guarda en ningún momento; alguien había pensado, también, pasar el día en Tabarca y no precisamente a tomar el sol.
El comisario Valverde le esperaba. Dejó atrás, sin más demora, el malecón del puerto; cruzó una cruz de lados redondeados pintada de azul en un mojón situado sobre un afloramiento rocoso y se encaminó hacia la playa, que a esa hora de la mañana ya aparecía tapizada de cientos de sombrillas de variopintos colores como amenazantes setas advirtiendo de su peligrosidad.
Bajo un sol, dueño y señor de cada metro isleño, divisó la fachada del restaurante La Almadraba, donde, salvo fuerza mayor, debía estar esperando el comisario Valverde. El local mantenía el sabor ecléctico de
El viaje a Tabarca tenía dos objetivos y Sebastián prefería mantenerlos separados.
Valverde debía proporcionarle información sobre el hombre que orbitaba alrededor de Alicia; el segundo objetivo consistía en comprobar si quienes rodeaban a la viuda ya habían reparado en él.
El pasajero solitario de la golondrina resolvió esa duda antes incluso de que el barco atracara.
un bar de pueblo pesquero, si bien con concesiones al turismo de masas.
Varios hilos de banderitas verbeneras plastificadas, representando a multitud de países del mundo, se cruzaban por el techo del establecimiento.
Los camareros uniformados con un polo blanco, que en su pecho lucía cosido el emblema del restaurante, una doble ancla abrigada por una red de pesca, echaban el anzuelo con el cebo de sus excelencias culinarias a cualquiera que pasara por la terraza del local.
De lo que no le cabía duda a Sebastián era de que en La Almadraba debía comerse bien…
o mucha cantidad; su elección por parte de Valverde era garantía de ello.
—¡Vamos. Delgado! Creo que habíamos quedado para comer, no para la cena.
—La inconfundible voz del comisario alertó a Sebastián hasta que tuvo contacto visual con la cara de pez globo del policía, que ya había dado cuenta del pan con tomate y alioli servido de cortesía.
— No todos tenemos el privilegio de poder tomar una lancha-taxi para desplazarnos a esta isla —respondió el detective, que ya había tomado asiento frente a su anfitrión y observó como el hule de la mesa ya aparecía decorado con huesos de aceituna, migajas de pan, raspas de capellán y alguna que otra mancha de aceite.
Limpió como pudo, con una servilleta superviviente del holocausto caníbal su lado e intentó domar su escrupulosidad en la mesa.
—Espero que no hayas levantado sospecha entre los domingueros de playa, Delgado.
Te he citado aquí, aparte de porque vas a pagar la cuenta, para evitar riesgos innecesarios.
El tipo de quien me solicitas informes no es que sea un pez gordo, es un verdadero tiburón blanco, huele la sangre y el miedo a mucha distancia.
Y tú eres la anchoa en el acuario equivocado.
No volvió a mirarlo directamente. Utilizó los reflejos de las ventanas, las superficies metálicas y el movimiento del resto del pasaje para confirmar que continuaba allí.
La vigilancia profesional tenía una monotonía que el cine nunca mostraba: largos minutos sin hacer nada, una postura mantenida demasiado tiempo y la necesidad de recordar detalles insignificantes.
El hombre no llevaba bolsa de playa, crema solar ni bebida.
Tampoco parecía interesado en el fondo marino.
Había viajado a una isla turística sin ningún propósito turístico.
Valverde eligió la comida con el entusiasmo de quien consideraba la gastronomía una rama de la investigación criminal.
Sebastián lo dejó hacer. Sabía que la información mejoraba a medida que el comisario comía y empeoraba cuando tenía hambre.
El dossier sobre Kalashov, sin embargo, consiguió que incluso él olvidara durante unos minutos el espectáculo del plato.
Sebastián dudó en un primer momento, pero finalmente optó por no comentarle al policía la posible presencia de un miembro de la banda del este, de cuyo líder pretendía obtener noticias, pues ello podía incomodar a Valverde y poner fin a la comida-reunión, de la que esperaba fuese productiva con su glotón confidente.
Una displicente camarera les sirvió una jugosa fritura de boquerón, de los de comer de una pieza con raspa y todo, en una fuente para dos comensales, aún a sabiendas de que sería despachada por uno solo de ellos.
Y nadie apostaría por el detective Delgado.
Con los dedos todavía aceitosos por el último boquerón engullido, el comisario sacó un dossier y, no sin antes dar un vistazo de lado a lado del restaurante para evitar testigos indiscretos, comenzó a leer con tono de ficha policial: «Zakhar Kniazevich Kalashov, alias Zevich Kalasahov.
Natural de Georgia, entonces parte de las repúblicas del bloque soviético.
Durante la época comunista, agente adscrito al servicio de inteligencia ruso de forma no oficial.
Condenado por rapto y homicidio de un superior jerárquico.
Al amparo de la desintegración de la URSS, es puesto en libertad en 1990.
Valiéndose de sus contactos de la era comunista pasa a formar parte de la Corporación Estatal de Energía Nuclear, en ruso POCATOM.
En concreto, se convierte en el máximo responsable en el tratamiento de los residuos radioactivos, servicios que proyecta trabajar a escala global…
». Valverde hizo un receso en su lectura para aplacar la sequedad de su boca con una rebosante jarra de cerveza que amenazaba con calentarse en exceso.
La densa espuma le dibujó un ridículo bigote, que no dudó en borrar con la servilleta de Sebastián, quien deseaba no tener que llegar a los postres con tan asqueroso anfitrión.
El nombre del CTRE quedó fijado en la memoria de Sebastián.
Hasta entonces, la presencia de los hombres del Este podía explicarse mediante cualquier negocio turbio de la costa.
La relación de Kalashov con los residuos y su regreso al sector después del hundimiento inmobiliario introducía una dirección concreta.
No demostraba que la muerte de Mariano estuviera vinculada con ello, pero por primera vez dos líneas del caso comenzaban a aproximarse.
—Como ya te he adelantado, querido Delgado, no sé qué te traes entre manos, pero estás meando muy alto y te dejaste el paraguas en casa.
No me gustaría verte en un bidón de hormigón…
—dijo Valverde señalando al mar desde la privilegiada terraza del restaurante.
—Eso, precisamente, es lo que quiero conocer, qué relación existe entre ese ruski y la viuda de Gimeno y en qué medida la muerte del empresario afecta en algo o en nada al asunto.
Y, por supuesto, yo tampoco quiero alimentar a los peces —terminó Sebastián, a quien se le habían activado las glándulas salivares al ver las idas y venidas de los camareros con la variedad de platos y no poder calmar la espera por la falta de entrantes y aperitivos.
El caldero de bogavante, expuesto como una efímera acuarela en una mesita auxiliar, estaba listo para ser servido.
Los ojos de brótola de Valverde no se apartaron de la rasera del camarero que, curtido en mil paellas, emplataba el arroz con gran maestría.
—¡Este plato no se lo come ni Juan Carlos I!
—La euforia del comisario Valverde rozaba casi el clímax de un orgasmo—.
¿Tú… eras de Soria, verdad? —preguntó a Sebastián, quien asintió, alucinado por el estado de alteración de su compañero de mesa—.
Pues te diré cuál es el secreto de estos arroces y calderos…
la ñora, la sin par ñora. El toque mágico.
—Valverde reforzó su clase gastronómica con el primer bocado del plato, sin esperar a que el detective Delgado fuese servido.
Sebastián consideró que sería mejor una tregua y dejar para el café la reanudación del dossier sobre Kalashov.
Para entonces, el local ya había completado su aforo.
Familias enteras y grupos de amigos se aprestaban a uno de los mayores
Al despedirse de Valverde, Sebastián sintió que el calor había espesado el aire de la isla.
La advertencia del comisario no era una de sus exageraciones habituales.
Había visto miedo detrás de la broma del bidón de hormigón.
Eso significaba que Kalashov pertenecía a la clase de hombres cuya reputación hacía innecesarias muchas amenazas.