Capítulo VII #3
distinta a la tuya que la de los que están a tu lado, terminas por aislarte; créeme que te entiendo.
Lo que me intriga realmente es por qué te refugias en este hotel.
No me cuadra con tu aparente estilo de vida.
—Sebastián fue directo con el tercio de espadas a conseguir una certera estocada ante la baja guardia de Alicia Llaude.
— Negocios. Te sorprenderían los lugares donde se fraguan los más importantes acuerdos o contratos.
Estampar una firma es una cuestión de fe, más allá del entorno donde se verifique.
Y muchas veces la confidencialidad y la discreción son valores añadidos para llevar a buen puerto las negociaciones.
— Entonces… deduzco que has cogido las riendas del emporio de tu difunto marido.
—A Sebastián comenzó a gustarle el derrotero que había iniciado la conversación.
Esperaba que Alicia Llaude se abriera hasta extremos importantes para conocer las relaciones íntimas y domésticas de la familia Gimeno.
Para un investigador privado, estar en el sitio adecuado, en el momento justo era fundamental.
Y no iba a desaprovecharlo. —Está claro que no conocías a mi marido.
He de reconocerle el mérito de su éxito empresarial, por sus dotes y carisma personal, pero sobre todo por su constancia y por ser extremadamente metódico.
Lo tenía todo atado y bien atado, desde hacía mucho tiempo, para el eventual caso de que él faltara.
—Alicia removió el hielo de su combinado con el índice de su mano derecha escudado en una uña esmaltada de rosa chicle—.
Me dejó una renta vitalicia, que él consideró suficiente, a cambió de que mi participación en el consejo de administración del grupo empresarial fuese poco más que testimonial.
Otra vez, un bonito centro de mesa. O, mejor dicho, ahora, más bien, un bonito mueble esquinero.
La aparición de Quinito entre las botellas le produjo más irritación que miedo.
El fraile no acostumbraba a manifestarse porque sí, y la insistencia de aquella frase de Shakespeare empezaba a adquirir la forma de una advertencia.
Sebastián no sabía contra quién iba dirigida.
Podía referirse al caso, a Alicia, a él mismo o a una de esas asociaciones privadas del monje que tardaban días en revelar su sentido.
—Un bonito mueble…, que a buen seguro tomó muy buena nota en tediosas juntas societarias, en negociaciones duras y demás mordidas de los grandes tiburones, del negocio.
—El detective quiso halagar a Alicia Llaude, ya que estaba siendo muy generosa en su confesión a quien media hora antes era un perfecto desconocido.
— Eres un tipo muy perspicaz, ¿de verdad eres tan solo un simple comercial de seguros?
Si es así, eres un talento desperdiciado.
Llámame si quieres cambiar de vida. Haríamos un buen tándem.
— Suena muy tentador…, pero… ya soy mayor para nuevas aventuras —respondió Sebastián, al que una conocida cantinela comenzó a llamarle la atención: «Morir, dormir, soñar nada más».
Junto al barman, el monje de Quinito se movía de un lado a otro entre licores y espejos que multiplicaban su vaporosa imagen.
El detective miró su reloj y comprobó que tal vez ya debería estar en la cama después de un día tan largo.
Además, había obtenido una valiosa información de parte de la viuda de Gimeno.
Tan solo faltaba el cabo suelto de su conexión con el clan ruso.
—Vaya… ya veo que empiezo aburrirle —dijo Alicia con resignación al ver la cara de desconcierto de Sebastián Delgado—, parece como desesperado por salir de aquí, no debería haber hablado tanto de mí, soy muy pesada…
¡Sebastián! ¿Le ocurre algo? —Sí… en ocasiones, veo muertos —respondió de forma natural y espontánea, Sebastián.
—Ja, ja, ja, ja… Me encanta Bruce Willis.
Eres realmente increíble: con sentido del humor, sabes escuchar, cinéfilo y…
agradable a la vista. Espero que no sea nuestra última copa…
—agregó Alicia, que fue interrumpida por el barman susurrándole algo al oído—.
Oh, lo siento, Sebastián, tengo una cita ineludible.
Ya sabe, habitación 503, para lo que necesites…
Alicia Llaude contoneó su cuerpo hasta la salida del bar, cuyas puertas abatibles estaban siendo sujetadas por unos de aquellos gorilas del este.
Sebastián siguió con la mirada el sinuoso camino seguido por la rubia de uñas rosas y lejos de fantasear un furtivo encuentro de hotel, las únicas palabras que acudieron a su pensamiento fueron las repetidas una y otra vez por Quinito: «morir, dormir…
». Se despidió del repeinado barman y se dirigió hasta las puertas del local, donde el remedo de Schwarzenegger se cruzó impidiéndole el paso.
Tras mostrar los ojos albinos que se escondían en sus gafas oscuras, le espetó una ráfaga de palabras en su idioma natal, que sin duda podrían traducirse en una advertencia.
Liberado el paso por la desaparición del armario ruso, Sebastián alcanzó el ascensor.
En su interior aún llego a escuchar la versión golfa (solo por la tardía hora) de Los pajaritos.
Ya dentro del ascensor, después de la advertencia del hombre del Este, Sebastián esperó a que las puertas se cerraran para soltar el aire.
Había conseguido acercarse a Alicia mucho más de lo previsto y, al mismo tiempo, acababa de confirmar que alguien vigilaba sus movimientos.
Miró el número 503 encenderse al pasar por el panel y decidió que no aceptaría todavía la invitación de la viuda.
Había habitaciones a las que convenía entrar solo cuando se conocía la salida.