Un Asunto Carnal (Sebastián Delgado, Detective Psíquico 1) Capítulo VII #2
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Capítulo VII #2

—Delgado. Sebastián Delgado —se presentó el detective, que no pasó por alto el detalle de la utilización de su apellido de casada por parte de Alicia Llaude—.

Agente de… seguros —finalizó así su improvisada tarjeta de visita.

Estrechó la mano de su inesperada compañía y escrutó con más método científico que lascivia las curvas de Alicia—.

No tiene usted aspecto de centroeuropea con sandalias y calcetines blancos.

—Tampoco tiene usted pinta de vendedor de pólizas de seguro.

Y le hablo de primera mano; he tenido que soportarlos en demasía las últimas semanas.

Un asunto desagradable con el que no quiero aburrirle.

—La rubia Llaude encajó las gafas de sol en su ensortijado pelo, dejando a la luz unos bonitos ojos, pero con una pátina de melancolía.

—Es cierto…, no tenemos muy buena prensa —sonrió el detective Delgado, calculando mentalmente sus palabras para no perder la oportunidad que se le había presentado por pura fortuna—.

Pero puede estar usted tranquila, no voy a venderle ningún seguro de hogar.

Sin la corbata corporativa también soy un turista más, lo que ya no sé es si accidental o no.

—¿Y las disfruta… solo? Las vacaciones, me refiero — preguntó sin ambages la rubia de Alicia Llaude, manteniendo la conversación con el detective a través del reflejo de la imagen de ambos en el espejo biselado que revestía la pared de la barra y le proporcionaba una falsa profundidad al bar.

—Sí, sí… en solitario. De niño veraneaba cerca de aquí y me apetecía rememorar lugares, sensaciones…

Uno, con la edad, se vuelve nostálgico. Debe ser la crisis de los cuarenta —el detective soltó una ligera carcajada que fue correspondida con una pícara sonrisa por la otra parte—.

¿Y usted también viaja sin compañía? —El detective aprovechó para

La cercanía de Alicia tenía una cualidad desconcertante.

Sebastián estaba acostumbrado a interrogar a personas que sabían que estaban siendo interrogadas; aquella conversación exigía lo contrario.

Cada pregunta debía parecer curiosidad, cada silencio interés personal y cada reacción una consecuencia del alcohol o de la simpatía.

La viuda, además, poseía la clase de inteligencia social que detectaba con rapidez una frase ensayada.

Por eso Sebastián dejó que hablara y se limitó a empujar suavemente la conversación hacia los lugares que le interesaban.

recabar información sobre la estancia de la viuda en aquel hotel de tercera.

—Sí, por desgracia, sí. Mi marido falleció en un triste accidente hace un par de meses.

De ahí mi animadversión a las compañías aseguradoras, que como le he dicho, me ahorraré de comentarle.

Es un tema que están arreglando mis abogados y todo apunta a que se llegará a un beneficioso acuerdo, la farragosa vía judicial no es apetecible ni siquiera para estos…

con perdón… buitres. —¡Oh… vaya… siento de verdad lo de su marido!

— Sebastián hizo un esfuerzo en mostrarse compasivo, aunque en su fuero interno recordase al espectro de Gimeno exigiendo el esclarecimiento de su crimen—.

Y si valen mis disculpas en nombre del gremio asegurador, se las presento.

—Te lo agradezco… Sebastián. —El repentino tuteo fue acompañado de una aproximación entre los rostros de la pareja—.

Pero te voy a ser sincera, porque no hay mejor confesionario que un desgastado mostrador de bar oficiado por un barman discreto con pajarita.

Lamento la muerte de mi marido, al fin y al cabo, han sido quince años de matrimonio.

Él consiguió lo que pretendía: poseer un bonito trofeo que exhibir en reuniones, congresos, fiestas y saraos…

y yo, lo que siempre había ansiado, una vida plenamente desahogada y una posición…

—Que, sin duda, mantendrás con la prima del seguro de vida, como beneficiaria única —interrumpió el detective, esta vez mirando a los profundos ojos ámbar de Alicia Llaude, buscando quizá un perturbador remordimiento, o bien la confirmación del triunfo de una mujer fría y calculadora.

—Puedes llamarme materialista y lo entiendo.

Pero te diré que no más de lo que lo fue mi marido en vida. Sacrificó

Cuando Alicia habló de los quince años de matrimonio, Sebastián dejó de verla durante unos minutos como una pieza del caso.

Había resentimiento, pero el resentimiento no era una confesión.

También había una vida administrada por otra persona, una juventud convertida en representación pública y una rabia que podía existir sin conducir al asesinato.

Tomó nota mental de esa diferencia. El odio era frecuente; matar seguía siendo excepcional.

mi juventud y mis deseos de formar una familia para que su jarrón florero mantuviese siempre una espléndida apariencia.

Luego, cuando ya fue tarde, me culpó por no darle un heredero.

Y podría explicarte las maniobras y atajos de mi marido para obtener el máximo beneficio con el engorde del vacuno, su principal actividad.

Aunque en los últimos años intentara calmar su mala conciencia de todo vale por la pasta con todo ese rollo ecologista, la defensa de la naturaleza, sus generosas donaciones a ONG en favor de acciones contra el calentamiento global y demás cosas de ese pelaje.

—Alicia expulsó el humo de su cigarrillo en un gesto de rabia y desahogo—.

Ahora… es mi momento. —Me parece haber leído en prensa provincial la muerte de un importante empresario cárnico, ¿acaso era tu esposo?

Tuvo una muerte terrible, nada menos que congelado.

— Sebastián adoptó una actitud compasiva para seguir tirando de un hilo del que esperaba obtener una buena captura al final del mismo.

—Murió como lo que fue en vida: un trozo de carne, frío como un témpano.

—La viuda apagó con furia el penúltimo cigarrillo—.

Pensarás que me estoy desahogando con el primer extraño que he encontrado.

Me he pasado rodeada de gente cada minuto de mi vida; personas cuyos nombres olvidaba tras el beso de presentación, que no sabían de ti más que el apellido prestado de tu marido, que alababan tu estilo de vestir, pero que no les interesaban tus opiniones más allá de las banalidades de una velada.

La gente no sabe de ti. No les importas.

—La voz de la viuda estuvo a punto de romperse, el alcohol a esas alturas de la tarde también contribuía a ello.

—No, para nada, es comprensible. Te entiendo, cuando llamas más la atención de los que están en otra dimensión

La mención de los negocios devolvió la investigación al centro de la conversación.

Discreción, contratos, reuniones fuera de los lugares habituales: el Berlín empezaba a tener sentido.

Sebastián recordó a los hombres del ascensor y evitó mirar hacia la puerta.

Si Alicia estaba negociando allí, aquellos tipos podían ser protección, intermediarios o la parte contraria.

Cualquiera de las tres opciones justificaba seguir observando.