Capítulo VII
VII
El detective, mutado en un turista más, se sorprendió de la rapidez con que se había distanciado del establecimiento hotelero, del que ya solo divisaba una enorme H de color rojo y el emblema de un león rampante que hacía honor a la ciudad de la que había tomado el nombre, Berlín.
Comenzó a considerar que la búsqueda de la señora de Gimeno debía ir por otros derroteros, quizá sería más productivo investigar en el mismo recinto del hotel.
Contempló de nuevo la cuesta del Berlín con la obscena particularidad de que ahora, se oponía pendiente arriba…
y él ni siquiera disponía de una triste bicicleta.
Tan solo unas torpes sandalias de dedo. A sus cuarenta y dos años, el sedentarismo cotidiano combinado con la necesidad de salir y alternar en sus investigaciones comenzaba a pasarle factura.
Sebastián llegó al hall del hotel casi sin aliento, con la camiseta empapada en sudor y con la ansiedad de darse una ducha reparadora.
Dirigió sus pasos hacia el único ascensor existente cuando recibió, de forma repentina, un fuerte golpe por la espalda que acabó desplazándolo varios metros de la puerta del elevador.
Sorprendido, se rehízo y escrutó el origen del tal inesperado empujón: un tipo corpulento que levantó sus gafas y, lejos de disculparse por el atropello, cruzó con Sebastián Delgado una
mirada de indiferencia e incluso de desprecio.
Las puertas del ascensor se abrieron y accedieron a su interior, además del malcarado armario, dos clones de este, tan solo diferenciados por sus tatuajes y joyas, a cual más hortera.
El que parecía que actuaba como líder escupió varias palabras en un idioma seco y rotundo, que podía identificarse como propio de algún país del este, y accionó el botón de parada para facilitar la llegada a tiempo de una mujer rubia, de largas piernas y figura madura, pero que aún conservaba un atractivo innato, ocultando también la dirección de su mirada bajo unas gafas de marca.
Sebastián, que había quedado fuera de juego para conseguir plaza en el camarín del ascensor, centró su atención en la misteriosa fémina.
Era, sin duda, ella. La escurridiza Alicia Llaude.
Sus rostros quedaron frente a frente hasta que la unión de las secciones del ascensor la hicieron desaparecer.
Tras una ducha reparadora y una no menos obligada siesta por la inclemente canícula, salvo que uno fuera un lagarto ocelado con las llamativas pinturas de cópula, el detective psíquico se vistió con más decoro que en la mañana, no obstante, sin perder la informal moda vacacional: unos pantalones de lino y la guayabera regalo del cónsul de Antigua y Barbuda, para quien investigó una trama de blanqueo de dinero aderezada con tintes vudús.
Además, aparecía tocado con un sombrero de cestería, casi más como complemento de mano que para llevarlo en la cabeza.
De esta guisa bajó al bar del hotel, situado en la planta sótano y que no desmerecía en absoluto la estética reinante en el resto del edificio.
Un suelo ajedrezado se combinaba con una sinuosa barra y unos altos taburetes forrados de escay rojo; del falso techo granulado colgaba una bola de discoteca y otras dos más pequeñas a modo de satélites de la mayor, mientras un barman de pajarita y pelo engominado
El empujón en el vestíbulo dejó de parecerle una simple descortesía en cuanto vio entrar a los otros dos hombres.
Los tres compartían una forma de ocupar el espacio que no dependía únicamente del tamaño.
No miraban el hotel como huéspedes, sino como quien comprueba salidas, distancias y posibles obstáculos.
Sebastián se quedó junto al ascensor cerrado, recuperando el equilibrio, y memorizó rostros, tatuajes y la dirección del piso marcado en el panel luminoso.
preparaba a ritmo industrial daiquiris de lima y fresa a bailongos jubilados de nariz colorada, que, a esa hora tan temprana y europea, muchos ya llevaban una melopea considerable.
Por suerte, el espectáculo programado para aquella tarde se disponía a concluir.
Una risueña señora con un enorme acordeón accedía a realizar un bis de su mayor éxito, Los pajaritos.
¡No podía ser! ¿Era ella? Ni más ni menos que la ínclita María Jesús y su acordeón.
Por un momento, Sebastián Delgado llegó a pensar que podría tratarse de un espectro afincado y característico de los hoteles de la Costa Blanca.
Pero ni las luces semáforos que iluminaban el escenario comenzaron a parpadear y tampoco podía considerarse una psicofonía el verbenero estribillo: «…
pajaritos a bailar, el más joven saltará, el mayor se moverá, chiu, chiu, chiu…
». Además, el bailecito avícola se extendió como una pandemia a todos los asistentes, la mayoría de pelo cano y dentadura postiza y una operación quirúrgica pendiente.
La princesa del acordeón era de carne y hueso.
Recogió el diabólico instrumento y se marchó, no sin antes amenazar con una nueva sesión matinal al día siguiente.
El atildado barman tuvo la delicadeza de cambiar radicalmente el ambiente musical y, sobre un más acogedor e íntimo bar, ya sin los bárbaros de la tercera edad, sonó la prodigiosa voz de Sinatra.
Sebastián barrió con sus ojos el arsenal de botellas situadas a la espalda del camarero y reconoció el inconfundible cuello sin dosificador de su güisqui segoviano preferido, que solicitó al barman, presentado con dos pedruscos de hielo, como de costumbre.
—Veo… que usted tampoco es muy seguidor de Los pajaritos — señaló una misteriosa voz femenina, que brotó desde la penumbra de la esquina de la barra acompañada por las
Durante la ducha repasó la escena. Alicia no había mostrado sorpresa al encontrarse con aquellos hombres; tampoco la cautela de quien coincide accidentalmente con desconocidos poco recomendables.
Se había incorporado al grupo con naturalidad.
La relación podía ser empresarial, personal o ambas cosas, pero confirmaba que el hotel era mucho más que un refugio de viuda.
volutas de humo de un cigarrillo. Al parecer, la normativa antihumo del hotel también llevaba alguna década de retraso.
—La verdad… es que soy más de Los pájaros, de Hitchcock.
—El detective respondió de forma lacónica y sorbió el primer trago de su güisqui, intrigado por la identidad de la mujer que le había interpelado.
—Estoy totalmente de acuerdo con usted. En esa mítica película, las aves hacen bailar a las personas sin la necesidad de que la rubia protagonista toque un infernal acordeón.
— El rostro de la misteriosa interlocutora fue surgiendo de su agujero negro con el esplendor de una luna llena.
El investigador extrasensorial bebió de un prolongado trago el resto de su copa, intentando contener su sorpresa al descubrir que, su compañera de barra era la viuda de su incorpóreo cliente: Alicia Llaude.
Su objetivo principal. — Maxim…, por favor, póngale al señor…
otro vaso. — Alicia Llaude se dirigió con confianza al barman, que cumplió solícito la orden de la viuda, y motu proprio le sirvió a esta una nueva carga de Dry Martini.
La otrora señora de Gimeno ocupó el taburete contiguo al de Sebastián Delgado y dejó a la vista el sensual corte de su falda tight-skirt, que, complementada con una ceñida blusa gris perla estilizaba aún más su figura, cuyas caderas no habían sufrido los naturales castigos de ningún parto.
Sus labios carnosos y dibujados con un carmín de alta gama aspiraron con firmeza un nuevo cigarrillo.
El atento de Maxim se apresuró a acercar un diamantado cenicero a su altura, alejándose de la pareja con total discreción.
— Alicia Gimeno… —La exuberante mujer extendió su mano de forma protocolaria de presentación—. Una turista casi accidental —añadió.
En el bar decidió no buscarla. La mejor vigilancia era, a veces, permanecer quieto y permitir que los demás creyeran que uno estaba allí por casualidad.
Pidió su güisqui, eligió un taburete desde el que podía controlar el espejo de la barra y se dispuso a esperar.
La aparición de María Jesús y su acordeón estuvo a punto de convencerlo de que el universo se divertía complicando incluso sus estrategias más simples.