Capítulo VI
VI
El otrora chic hotel Berlín se descolgaba en cascada desde sus cinco plantas hasta la piscina con forma de guitarra, en el linde rocoso y rojizo de la agreste cala donde se ubicaba.
El hall mantenía un esplendor casposo, anclado en los años del despegue turístico con el Spain is different y la venida de los primeros visitantes desde la fría Europa del norte.
A tenor de las postales del expositor, situado junto al mostrador de recepción, uno podría pensar que había dado un inquietante salto atrás en el tiempo.
Incluso el mozo, que hacía las veces de botones, seguro que ya pensaba en los planes para su próxima jubilación.
Una venerable pareja de ancianos nórdicos, de pelo blanco casi albino, colorados por empacho de un sol derrochador, se afanaban en disponer de sus enormes maletas, dando por finalizadas sus vacaciones de arena, sangría y olés.
Por instantes, Sebastián Delgado tuvo la sensación de estar inmerso en uno de los postreros documentales, ya en color, del NO-DO en los que se presentaban las bienaventuranzas del clima y estilo de vida mediterráneo.
Ahora ya estaba convencido, sin duda alguna, de que la estancia de Alicia Llaude en aquel hotel debía de obedecer a razones distintas a las de la búsqueda de un lugar sosegado donde llorar su duelo en un recogimiento íntimo.
Antes de registrarse permaneció unos segundos junto a la puerta automática, observando el movimiento del vestíbulo.
Había aprendido a estudiar los lugares antes de formar parte de ellos.
Un hotel era especialmente útil: nadie preguntaba demasiado por nadie, pero todos terminaban sabiendo quién desayunaba solo, quién recibía visitas y quién regresaba de madrugada.
El personal de recepción, los camareros y los huéspedes de larga estancia componían una red de vigilancia involuntaria mucho más eficaz que algunas comisarías.
Se registró como uno más de las decenas de turistas que pululaban por las instalaciones del hotel, con la alegría instalada en sus rostros por la cuenta atrás de una quincena vacacional, y de esta manera no levantar sospechas de su cometido principal.
El resto del día lo dedicaría a visitar los lugares más animados de la zona, sin dejar de merodear por el recinto hotelero con la esperanza de cruzarse con la rubia viuda y quién sabe si también teñida de negra.
Ataviado con unas bermudas que superaban con creces el corte de sus rodillas, se dejó caer a golpe de chanclas por la cuesta del Berlín, famosa por su explosivo desnivel, que siempre resultaba un atractivo reto para los ciclistas, con cuyas caras esforzadas se cruzó el detective psíquico.
La panorámica de un mar en calma, tan solo roto por las olas menores provocadas por las hélices de las embarcaciones que lo diseccionaban en todas las direcciones, le sumió en la tribulación de reflexionar por qué llevaba tanto tiempo viviendo a espaldas de tan magnífico reino azul, a pesar de tenerlo tan cerca.
Una patulea de bañistas despreocupados se precipitaba, como una partida de pingüinos, desde las rocas más altas de cala La Zorra, resurgiendo a la superficie como en un acto heroico de náufragos supervivientes.
Un desagradable graznido le hizo volver de sus pensamientos al descendente y tórrido asfalto.
Una gaviota patiamarilla intentaba defender un pestilente trozo de carroña, tal vez un pequeño roedor, de otras de su especie en espera de cualquier descuido para arrebatársela, en un espectáculo de violencia y asco alejado de la literatura poética que suele rodear a estas aves.
Sebastián cayó en la cuenta de que, cerca del lugar de la refriega de picos y patas amarillas, se localizaba el lugar donde había experimentado una de las pocas situaciones de carácter sobrenatural en aquellas vacaciones de adolescencia.
Observó con detenimiento de geólogo las rojizas piedras del emplazamiento y llegó a la conclusión de que la cueva de la Tía Roqueta, que trataba de encontrar, había dejado de serlo, probablemente a causa de un derrumbe en la entrada de la oquedad.
Un extraño sentimiento, mezcla de tristeza y nostalgia, le embargó por momentos.
La espectral aparición de aquella mujer de pescador, mientras el joven Sebastián recolectaba con su navaja de feria las lapas de los charcos adyacentes a la cueva, lejos de inquietarle como la mayoría de sus extraños encuentros, le transportó a una paz y bienestar tan solo comparable al que había sentido con el arrullo de su madre para dormirlo de niño.
Roqueta, la Tía Roqueta, tarareaba una canción con una resignada mirada en la lontananza, siguiendo el rastro de unos efímeros remolinos, huellas de unos remos lejanos sobre el mar, la mar de los marineros, que provee, y a veces, se cobra un elevado precio.
Aquel ya lejano verano, al caer la tarde, Sebastián visitó la cueva en varias ocasiones más, dejándose llevar por el canto de la Calíope Roqueta.
Ocurrió que, en una de aquellas visitas, cayó en un apacible letargo del cual despertó sin tener constancia del tiempo que había transcurrido.
El silencio se había adueñado ahora de la gruta.
Buscó, haciendo un gran esfuerzo para adecuar su vista a la noche ya bien entrada, la silueta de aquella enigmática mujer.
Vestida de luto, con el candil en la mano, Roqueta se situaba justo en el corte de las resbaladizas rocas.
Por única y última vez, la mujer giró la cabeza y miró a los ojos de un Sebastián que sintió como un sudor frío recorrió todo su cuerpo.
Con la oquedad de su mano izquierda ahogó la llama del candil y se precipitó sin violencia a las negras aguas, desapareciendo por completo.
El descenso hacia la cala le devolvió una sensación física que el despacho había ido borrando: calor en la nuca, polvo en los tobillos, olor a sal y crema solar.
El caso seguía con él, pero por unos minutos quedó reducido a tres nombres escritos en una carpeta.
Sebastián permitió que el paisaje ocupara el espacio restante. Sabía que aquella tregua no duraría.
La memoria de la Tía Roqueta no había envejecido del mismo modo que el lugar.
La costa se había llenado de edificios, terrazas, coches y bañistas; la mujer seguía apareciendo en su recuerdo con la misma ropa oscura y el mismo candil.
A Sebastián le inquietaban menos los muertos que conservaban una forma que los lugares que perdían la suya.
Cuando desaparecía una cueva, una casa o un camino, también se borraba parte del mapa que permitía regresar a quienes habían quedado ligados a ellos.
Sebastián luchó por salir del ensimismamiento que lo inmovilizaba, caminó sobre las traidoras rocas hasta la posición que segundos antes ocupaba la Tía Roqueta, se asomó al oscuro abismo que rompía suavemente contra el límite rocoso y, en el fondo, creyó reconocer la figura de una mujer abrazada a un cuerpo masculino enmarañado en una red de pescador.
Esa fue la última vez que acudió a este lugar, hasta hoy, que las vicisitudes del caso actual que investigaba le habían llevado hasta allí.
Sintió deseos de volver a escuchar el evocador tarareo de la viuda Roqueta, pero los frívolos gritos de los bañistas lo inundaban todo.
Además, era otra viuda distinta a la que tenía que hacer cantar.
Permaneció frente a las rocas un poco más de lo necesario.
No esperaba que Roqueta regresara. Su experiencia le había enseñado que algunas apariciones eran únicas porque dependían de una coincidencia irrepetible entre el lugar, el testigo y el recuerdo.
Aun así, buscó entre el ruido de los bañistas la melodía que había escuchado de adolescente.
Solo encontró gritos, motores lejanos y el golpe pequeño del agua contra la piedra.