Un Asunto Carnal (Sebastián Delgado, Detective Psíquico 1) Capítulo IV #3
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Capítulo IV #3

La primera aparición en el sótano regresaba a veces con una nitidez irritante.

Recordaba el olor mineral de las paredes y el polvo que se pegaba a las manos.

Había bajado buscando una caja que su madre creía guardada allí.

Al girarse, encontró al capuchino a pocos metros.

No hubo grito. El miedo fue más lento: primero intentó comprender por qué un hombre vestido de fraile estaba dentro de una propiedad familiar; después reparó en que podía distinguir la pared a través de una parte de su cuerpo.

Durante semanas no se lo contó a nadie. Pensaba que admitirlo convertiría la visión en un problema médico o familiar.

Quinito volvió a aparecer. Después llegaron otros muertos, algunos vinculados a lugares y otros a personas.

La normalidad dejó de ser una posibilidad antes de que Sebastián tuviera edad suficiente para echarla de menos.

Quizá por eso había acabado investigando.

Si uno estaba condenado a ver muertos, podía al menos intentar obtener de ellos una utilidad.

El razonamiento era menos heroico de lo que algunos clientes imaginaban.

Sebastián nunca había sentido una misión.

Tenía una capacidad extraña y necesitaba pagar el alquiler.

El oficio nació en el espacio entre ambas cosas.

Antes de visitar a Valverde, Sebastián dedicó varias horas a reconstruir la vida visible de Mariano.

Consultó recortes, anotaciones empresariales y referencias que no requerían ninguna intervención sobrenatural.

Le interesaban los hábitos. Las muertes violentas solían obligar a mirar el último día; él prefería retroceder un poco más.

Una rutina alterada podía ser más reveladora que una amenaza.

Mariano y Ricardo habían construido juntos una empresa que ya no se parecía al negocio de origen.

El crecimiento había introducido sociedades, propiedades y nuevas líneas de actividad.

Sebastián anotó fechas sin pretender convertirse en economista.

Solo quería saber dónde empezaban los desacuerdos.

Dos hermanos podían quererse durante décadas y convertirse en enemigos cuando una firma valía más que una conversación.

El matrimonio con Alicia aparecía en las fotografías sociales de manera previsible.

Ella era más joven, elegante y visible en actos donde Mariano parecía disfrutar de la posición adquirida.

Las imágenes no demostraban nada. Sebastián había visto matrimonios felices que parecían funerales en las fotografías y parejas destruidas capaces de sonreír ante cualquier cámara.

Aun así, comprendió por qué la viuda iba a convertirse en una pieza inevitable.

Cuando entró en la comisaría de Elche, llevaba más preguntas de las que pensaba formular.

Valverde lo recibió con su combinación habitual de burla y curiosidad.

El comisario podía ridiculizar a Jiménez del Oso y, cinco minutos después, pedirle a Sebastián que explicara una información que nadie más tenía.

Esa contradicción era la base de su relación.

Sebastián nunca intentaba convencerlo de que los muertos existían.

No necesitaba creyentes. Necesitaba policías que comprobaran datos.

Valverde, pese a sus bromas, era uno de ellos.

Si una pista conducía a una matrícula, una cuenta o una persona real, la seguía.

El origen podía quedar fuera del informe.

El expediente de Mariano ofrecía precisamente lo contrario: una muerte limpia, comprensible y cerrada. Cuanto más razonable parecía el accidente, más trabajo necesitaría Sebastián para justificar cualquier alternativa.

La cámara frigorífica empezó a ocupar su imaginación después de la segunda aparición de Mariano.

Sebastián había entrado en cámaras industriales en investigaciones anteriores y conocía la violencia física del frío, pero nunca había pensado en ellas como escenarios de una muerte lenta. Mariano le obligó a hacerlo.

No se trataba únicamente de temperatura.

Los porcentajes de oxígeno y dióxido de carbono convertían el recinto en un sistema controlado.

Si alguien había modificado los parámetros para prolongar la consciencia, necesitaba conocimientos o acceso suficiente para saber qué estaba haciendo.

Esa posibilidad ampliaba el número de preguntas.

¿Quién conocía el sistema? ¿Quién podía entrar en la zona técnica?

¿Quedaban registros? ¿Había mantenimiento externo?

Sebastián anotó esas cuestiones sin mencionárselas a Mariano.

Había descubierto que los muertos podían contaminar una investigación del mismo modo que los testigos vivos: si conocían demasiado pronto una hipótesis, comenzaban a reinterpretar sus recuerdos a través de ella.

Prefería volver a preguntarle más adelante.

También intentó imaginar a Ricardo dentro de aquella secuencia.

El motivo económico era posible; la rivalidad familiar, también.

Pero faltaba una transición entre desear que un hermano desapareciera y manipular una instalación para matarlo.

Los crímenes necesitaban logística además de emociones.

Sebastián desconfiaba de los culpables demasiado perfectos.

Mariano, por su parte, hablaba de Ricardo con una mezcla de certeza y decepción. No parecía odiarlo. Ese matiz inquietaba al detective. El odio podía fabricar acusaciones; la decepción podía esconder otras cosas.

Cuando decidió empezar por Alicia, lo hizo porque ella ocupaba el punto donde se cruzaban el matrimonio, el dinero y la vida privada de Mariano.

Necesitaba conocer al hombre antes de su muerte y, para eso, la viuda podía resultar más útil que el propio fantasma.

Los muertos tendían a recordar el final.

Sebastián necesitaba el principio de los problemas.