Capítulo IV #2
La conversación con Valverde exigía otra clase de atención.
El comisario conocía a Sebastián desde hacía suficiente tiempo para tolerar sus métodos sin llegar a aceptarlos.
Entre ambos se había establecido un acuerdo práctico: Valverde proporcionaba información cuando consideraba que podía hacerlo sin comprometerse demasiado y Sebastián procuraba no explicar de dónde obtenía determinadas pistas.
Ninguno llamaba amistad a aquello, aunque ambos habían compartido más cafés, confidencias y sobres discretos de los que admitirían ante terceros.
Elche ofrecía aquella mañana una claridad que parecía incompatible con un asesinato.
Sebastián caminó hacia la comisaría observando el tráfico, los comercios abiertos y a la gente ocupada en problemas normales.
Siempre le sorprendía la facilidad con que una muerte extraordinaria podía quedar absorbida por una ciudad.
Para Mariano Gimeno, el mundo se había detenido en una cámara frigorífica; para los demás, seguían existiendo semáforos, recibos, colegios y terrazas.
Valverde había leído el informe oficial.
La muerte se consideraba accidental: un fallo eléctrico, una cámara de refrigeración y un empresario que había bajado donde ya no necesitaba bajar.
La explicación resultaba suficientemente razonable para no buscar otra.
Sebastián conocía ese mecanismo. Las investigaciones también obedecían a la economía: cuando una respuesta encajaba, nadie tenía interés en pagar por una segunda.
El nombre de Ricardo apareció unido a la empresa y a la última comida semanal de los hermanos.
Alicia Llaude surgió como viuda y beneficiaria de una póliza que podía convertir el accidente en una fortuna.
Sebastián escuchó sin precipitar conclusiones.
Dos personas próximas a la víctima obtenían ventajas evidentes de su muerte, pero eso no convertía a ninguna en asesina.
Lo único que alteraba la balanza era Mariano, y Mariano era precisamente el testigo menos presentable ante un juez.
Quinito llevaba treinta y cinco años apareciendo sin pedir permiso y desapareciendo antes de dar explicaciones.
Sebastián había terminado por aceptar aquella convivencia con la resignación con que otros aceptaban una gotera antigua o el reloj de una iglesia próxima.
La diferencia era que una gotera no recitaba a Shakespeare a las seis de la mañana.
La casa de Deza regresaba a su memoria siempre que pensaba en el fraile.
Recordaba los muros gruesos, el frío almacenado en las habitaciones incluso durante el verano y el sótano donde las piedras del antiguo convento sobrevivían bajo reformas posteriores.
Su padre hablaba de aquellas ruinas como de una curiosidad histórica ligada a la desamortización de Mendizábal.
Para Sebastián adolescente habían sido, durante un tiempo, un territorio de exploración.
Hasta que una tarde descubrió que también tenían habitantes.
Quinito se presentó entonces con el hábito capuchino desdibujado y una expresión de desconcierto casi tan grande como la suya.
Sebastián no salió corriendo. Años después se preguntaría si aquella reacción había sido valentía o simple incapacidad para comprender lo que estaba viendo.
Le puso el apodo por el parecido que encontró entre la figura del fraile y la etiqueta de Kina San Clemente que había visto en casa.
El nombre sobrevivió al miedo inicial, a la adolescencia y al traslado de la familia a Elche.
Con el tiempo comprendió que Quinito no era una aparición vinculada únicamente a un lugar.
Lo acompañaba. Esa certeza había determinado su vida mucho más que cualquier decisión académica o profesional.
Cuando otros muchachos comenzaron a imaginar trabajos, matrimonios o ciudades, Sebastián ya sabía que su futuro incluiría muertos. Solo faltaba descubrir cómo cobrarles.
La investigación había comenzado con una ventaja que, en cualquier otro oficio, habría parecido definitiva: la víctima podía hablar.
Sebastián sabía que esa ventaja era engañosa.
Los muertos conservaban sus prejuicios, sus afectos y, sobre todo, su manera particular de recordar.
Haber atravesado la frontera no los convertía en testigos imparciales.
Mariano podía estar convencido de la culpabilidad de Ricardo y equivocarse en la interpretación de los hechos; también podía ocultar una parte de la verdad.
Por eso, antes de conceder valor policial a una sola palabra de su cliente, Sebastián necesitaba reconstruir al hombre que había sido en vida y el mundo que había dejado detrás.
Esa cautela formaba parte de una disciplina que nadie le había enseñado.
No existía una academia para detectives psíquicos, ni un manual capaz de explicar qué hacer cuando un cadáver se sentaba al otro lado de la mesa.
Durante años había aprendido mediante errores.
Había perseguido culpables que solo existían en el resentimiento de un difunto y había descubierto secretos que los propios muertos preferían volver a enterrar.
La muerte eliminaba muchas necesidades, pero no la vanidad ni la capacidad de manipular. A veces incluso las perfeccionaba.
El caso Gimeno reunía desde el principio dos elementos que le desagradaban: dinero y familia.
Por separado ya producían suficientes desgracias.
Juntos solían garantizar una colección completa.
Cerró la carpeta y permaneció unos minutos contemplando el nombre de Ricardo.
Después anotó debajo tres preguntas: quién ganaba con la muerte, quién podía acceder a Mariano y por qué un hombre convencido de conocer a su asesino necesitaba contratar a alguien para descubrir el motivo.
El despacho de Sebastián había sido elegido años atrás por razones que ya no recordaba con exactitud.
Quizá el alquiler, quizá la proximidad de varios bares donde todavía se podía fumar en la puerta sin que nadie mirara el reloj.
Con el tiempo, el lugar había terminado pareciéndose a él: muebles que habían conocido días mejores, archivadores demasiado llenos y una ventana desde la que se veía una parte de la ciudad suficiente para saber qué tiempo hacía, pero no para distraerse.
Los clientes vivos solían observarlo todo antes de sentarse.
Los muertos, en cambio, parecían aceptar la decoración con una tolerancia que Sebastián agradecía.
Mariano Gimeno había sido distinto desde la primera frase.
No llegó confundido ni necesitó que le explicaran su condición.
Sabía que estaba muerto y había venido con un objetivo.
Esa claridad era poco frecuente. Muchos espíritus tardaban en comprender qué les había sucedido; otros repetían gestos y conversaciones sin percibir a Sebastián.
Mariano razonaba, recordaba y, sobre todo, quería dirigir la investigación.
Sebastián dejó que hablara. Mientras lo hacía, observó los detalles que había aprendido a considerar importantes: la estabilidad de la figura, la manera en que el frío se concentraba alrededor de determinadas palabras y las pequeñas interrupciones de la luz.
No existía una ciencia fiable detrás de aquellas señales.
Eran experiencia acumulada. Un muerto muy ligado a una emoción podía alterar una habitación de manera distinta a otro que simplemente hubiera quedado unido a un lugar.
Mariano parecía sostenido por una voluntad concreta.
Cuando pronunció «mi hermano», Sebastián no sintió la excitación que habría esperado un aficionado a las novelas policiacas.
Sintió desconfianza. Las acusaciones familiares eran las más difíciles de separar del resentimiento.
Preguntó por Ricardo, por la empresa y por las últimas horas, procurando no formular preguntas que ya contuvieran una respuesta.
Mariano contestó con seguridad, aunque en determinados puntos sustituía los hechos por convicciones. Sebastián lo anotó mentalmente.
La promesa del dinero de Andorra llegó al final, casi como una solución administrativa.
Sebastián no era rico y nunca había fingido que el dinero le resultara indiferente.
Un detective psíquico tenía las mismas facturas que cualquier autónomo y algunas dificultades adicionales para justificar determinados servicios.
La posibilidad de cobrar bien por una investigación que, además, parecía clara resultaba atractiva.
Aun así, cuando Mariano desapareció, la cifra prometida no fue lo que permaneció en su cabeza.
Fue la seguridad con que un muerto había acusado a su propio hermano.
A la mañana siguiente, Quinito encontró a Sebastián todavía pensando en el caso.
La presencia del fraile era tan antigua que había dejado de preguntarse por qué aparecía en unos momentos y no en otros.
A veces parecía atraído por las investigaciones; otras, por la simple oportunidad de incomodarlo.
Su relación se había construido sobre décadas de convivencia desigual: Sebastián envejecía y Quinito permanecía idéntico.
Esa diferencia se había vuelto más visible al cumplir los cuarenta.
En las primeras fotografías familiares que conservaba de la casa de Deza, Sebastián era un muchacho flaco con pelo abundante.
Quinito, si hubiera podido aparecer en ellas, habría mostrado el mismo rostro que ahora.
El detective había pasado por trabajos, un matrimonio, una separación y cambios de ciudad.
El fraile seguía llevando el mismo hábito.