Un Asunto Carnal (Sebastián Delgado, Detective Psíquico 1) Capítulo IV
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Capítulo IV

IV

El legendario saxofón de John Coltrane se filtraba por la puerta cerrada del despacho y suavizaba, hasta donde era posible, la aspereza de la madera y del resto del mobiliario.

Sebastián revisó el contestador automático con la esperanza de encontrar alguna llamada útil.

La primera era del casero reclamando tres meses de renta.

La segunda, una sucesión de ruidos metálicos que llevaba semanas apareciendo en la cinta y que él atribuía a algún vecino fallecido de la finca, condenado a permanecer en un bloque de protección oficial que todavía conservaba la placa del antiguo Ministerio de la Vivienda.

No había mensaje de Valverde. Tampoco confirmación de la transferencia desde Andorra.

Abrió el primer estante del archivo de casos pendientes y extrajo una botella de DYC medio llena.

El güisqui descendió áspero y familiar. Después dejó la carpeta de Gimeno sobre la mesa y extendió las notas.

Mariano había muerto en una cámara frigorífica.

Ricardo controlaba ahora una parte mayor del entramado empresarial.

Alicia recibiría una importante indemnización y parecía apartada de la gestión.

Había rumores de una operación reciente y de contactos extranjeros.

Ninguna pieza demostraba un asesinato.

Sebastián recostó la espalda y apoyó las piernas sobre la mesa.

Su cuerpo, de tronco largo y extremidades cortas, encontraba pocas posiciones verdaderamente cómodas en aquella butaca.

Cerró los ojos mientras el Blue Train avanzaba desde el viejo tocadiscos Philips Diamond adquirido en un rastro.

El jazz le servía para ordenar las investigaciones porque obligaba a aceptar que varias líneas podían avanzar a la vez sin estorbarse.

Mariano decía saber quién lo había matado, pero ignoraba el motivo. Esa afirmación empezaba a molestarle. ¿Qué había visto, sentido o comprendido en sus últimos minutos para señalar a Ricardo con semejante seguridad? ¿Por qué no podía explicarlo después de muerto?

El crepúsculo fue apagando el despacho. Sebastián deseó que la jornada terminara sin la aparición de Quinito recitando a Shakespeare antes de completas. No tuvo esa suerte, aunque el visitante que llegó no fue el fraile.

El frío comenzó en la nuca. Primero una corriente fina, después una caída brusca de temperatura que alcanzó las manos y terminó instalándose en la habitación.

Sebastián abrió los ojos. Los burletes de las ventanas estaban despegados y las persianas llevaban años incapaces de cerrar correctamente, pero aquella bajada no pertenecía al edificio ni al clima mediterráneo.

La aguja del tocadiscos saltó al inicio de My Favourite Things.

El plato siguió girando y, sin que Sebastián lo tocara, cambió de sentido.

La música se deformó hasta convertirse en una secuencia grave y desacompasada.

El contestador automático se activó al mismo tiempo.

Las psicofonías habituales crecieron en volumen y adoptaron una textura metálica.

Sebastián retiró las piernas de la mesa.

Junto al mueble-bar comenzó a condensarse una neblina verdosa. Al principio fue una mancha vertical. Después aparecieron hombros, cabeza y brazos. Mariano Gimeno terminó materializándose en medio del despacho.

Esta vez no se parecía al empresario bien vestido que lo había contratado.

Su aspecto mostraba una degradación que Sebastián interpretó como una aproximación al estado del cadáver.

El escaso cabello estaba cubierto por una costra blanquecina.

El traje parecía rígido y el rostro había adquirido una palidez azulada.

La muerte, que en la primera visita había respetado la vanidad del cliente, ahora exhibía su procedimiento.

—Señor Gimeno, tiene usted peor pinta que la última vez que nos visitó a los de este lado.

La broma era también una prueba. Sebastián necesitaba comprobar que la aparición conservaba capacidad suficiente para comunicarse.

La figura quedó suspendida en el centro de la habitación. La botella de DYC devolvía un reflejo anaranjado de aquella luz verdosa.

Con los años, Sebastián había establecido una clasificación propia de los muertos.

No pretendía convertirla en ciencia. Le servía para saber cuánto podía esperar de cada presencia.

Algunos permanecían adheridos a lugares, rutinas o personas y repetían acciones sin verdadera intención de intervenir.

Quinito pertenecía a ese grupo, aunque su vinculación con Sebastián desafiara la norma geográfica.

Otros disponían de una energía distinta: podían alterar objetos, modificar la temperatura, provocar interferencias e incluso empujar a los vivos hacia determinadas decisiones. Mariano era uno de ellos.

—Le aseguro, señor Delgado, que el frío duele más de lo que se imagina.

El vaho que acompañó la voz empañó las lentes progresivas que Sebastián utilizaba únicamente cuando nadie podía verlo con ellas. Se las quitó y limpió con el borde de la camisa.

—Tenía entendido que la muerte por hipotermia era la llamada muerte dulce.

El espectro adquirió una tonalidad más intensa.

—Lo hubiera sido si se hubieran mantenido las condiciones programadas: treinta grados bajo cero, dos por ciento de oxígeno y ocho de dióxido de carbono. En menos de minuto y medio habría perdido la consciencia. No ocurrió así.

Sebastián dejó las gafas sobre la mesa.

—¿Qué ocurrió?

—Alguien manipuló las condiciones para mantenerme consciente. El tiempo suficiente.

La frase llegó entrecortada. Gimeno parecía revivir el proceso mientras hablaba. Sebastián evitó interrumpirlo.

—La sangre se concentra en los órganos vitales. El resto del cuerpo deja de responder. Primero las manos. Después las piernas. Uno sabe que está muriendo y no puede hacer nada.

El detective miró la carpeta abierta. Aquello contradecía la conclusión técnica que Valverde le había resumido, pero seguía siendo el testimonio de un muerto sin prueba material.

—La policía considera que fue un accidente. El caso está cerca de archivarse. Su viuda ha aceptado esa versión y las aseguradoras pagarán.

Pronunciar «su viuda» produjo un cambio apenas perceptible en el rostro de Mariano. Sebastián quiso aprovecharlo.

—¿Alicia tenía motivos para querer su muerte?

No obtuvo respuesta.

—¿Y Ricardo? Usted lo acusó. Necesito saber por qué.

La luz del espectro empezó a debilitarse.

—Señor Gimeno, si quiere que investigue a su hermano tendrá que darme algo más que su palabra.

El tocadiscos recuperó de pronto el sentido correcto. El saxofón de Coltrane regresó a la habitación con una limpieza casi ofensiva. La temperatura subió. Mariano había desaparecido.

Sebastián permaneció mirando el lugar vacío.

—Muy útil —murmuró.

Añadió dos cubitos de hielo al güisqui. El gesto le pareció de dudoso gusto después de escuchar a un hombre describir su congelación, pero no renunció a ellos. Movió la aguja hasta Equinox y volvió a las notas.

Había conseguido una información nueva: Mariano afirmaba que no solo quedó encerrado; las condiciones de la cámara fueron alteradas para prolongar su agonía. Si aquello era cierto, alguien conocía suficientemente bien el funcionamiento de las instalaciones.

Escribió: «Acceso / conocimientos técnicos».

Después añadió: «¿Por qué Ricardo?».

La segunda pregunta continuaba sin respuesta.

Una de las servidumbres de trabajar con entidades supraterrenales era que no respetaban horarios, domingos ni fiestas. Tampoco la necesidad de un investigador de formular una segunda pregunta antes de que su testigo desapareciera.

Sebastián cerró la carpeta. El siguiente paso era elemental y pertenecía al manual más convencional del detective privado: visitar a los familiares más próximos del muerto.

Empezaría por la viuda.

La segunda visita de Mariano al despacho permitió a Sebastián comprender la crueldad específica de aquella muerte.

No bastaba con decir que un hombre había quedado encerrado en una cámara.

Las condiciones programadas debían haber provocado una pérdida rápida de conciencia: temperatura extrema, oxígeno reducido, dióxido de carbono controlado.

El sistema estaba diseñado para conservar producto, no personas, pero incluso dentro de esa lógica industrial existía una secuencia previsible.

Según Mariano, alguien había alterado esa secuencia.

Sebastián lo escuchó describir la espera, la respiración cada vez más difícil y la certeza de que nadie abriría la puerta.

No necesitó recrear cada segundo para entender por qué el muerto estaba convencido de que aquello no había sido un accidente.

La manipulación de los parámetros convertía la cámara en un instrumento.

El problema consistía en demostrar quién había tocado los controles y con qué intención.

Después de la aparición, Sebastián permaneció solo con el zumbido del flexo.

Escribió en una hoja las tres líneas de investigación que tenía hasta entonces.

Ricardo: hermano, socio y último entorno laboral conocido.

Alicia: viuda, póliza y una relación matrimonial que todavía desconocía.

Cámara: acceso, mantenimiento y registros técnicos.

No añadió una cuarta línea para Mariano.

El cliente era la víctima, pero empezaba a sospechar que también tendría que investigarlo a él.

Antes de abandonar el despacho llamó a un contacto para obtener información básica sobre los Gimeno y su entramado empresarial.

No pidió favores extraordinarios. Quería domicilios, sociedades, propiedades y movimientos visibles.

La experiencia le había enseñado que los grandes secretos casi siempre descansaban sobre datos vulgares: una dirección repetida, una empresa secundaria, un vehículo visto en el lugar equivocado.

Al colgar, decidió empezar por Alicia. Los muertos hablaban demasiado del momento en que habían dejado de vivir. Las viudas, en cambio, podían explicar cómo habían vivido antes.