Capítulo III
III
Antes de dirigirse a la comisaría, Sebastián comprobó que el secreto bancario continuaba siendo en Andorra un dogma de fe bastante más resistente que muchas creencias religiosas.
Su asesor financiero recibió las instrucciones con esa mezcla de prudencia y resignación que reservaba para los asuntos del detective.
La transferencia prometida por Mariano Gimeno debía convertirse en el primer indicio tangible de que trabajar para un muerto podía seguir siendo económicamente razonable.
Después condujo hasta Elche. La ciudad hervía bajo un sol que convertía las aceras en superficies de reverberación y obligaba a las palmeras a proyectar sombras estrechas, insuficientes.
La comisaría conservaba, en cambio, un frescor artificial que olía a papel, café recalentado y aire acondicionado usado por demasiadas personas.
El despacho de Valverde se encontraba al final de un corredor donde varias puertas permanecían abiertas. Sebastián oyó la voz del comisario antes de verlo.
—Tiritití… Tirititití… Who ya gonna call… Ghostbuster.
Valverde lo recibió desde detrás de una mesa colonizada por expedientes, envoltorios y una bandeja de cartón que había contenido comida rápida.
Su camisa a cuadros sufría la presión de una cintura que parecía haber renunciado a cualquier negociación con los botones.
Una mancha reciente de mostaza ocupaba el centro del pecho.
—Menos cachondeo, Valverde. Más te valdría airear este inmundo despacho. Eres un verdadero cerdo, pero los contribuyentes no tenemos por qué pagarte tu pocilga.
—¿Dónde vas a meter tu hocico esta vez, Delgado?
El comisario frotó la mancha con una toallita húmeda. El resultado fue extenderla.
—El asunto del empresario cárnico, Mariano Gimeno. ¿Qué me puedes soplar al respecto?
El gesto de Valverde cambió. No demasiado, pero Sebastián lo conocía lo suficiente para advertir la pausa previa a la respuesta. El policía dejó la toallita sobre la mesa.
—Te recomiendo que te limites a tu licencia legal: adulterios, fraudes a compañías de seguros, cosas que dan pasta y no suelen terminar con nadie dentro de una bolsa. La muerte de Gimeno fue un accidente. Y las aguas no deben removerse a estas alturas.
Sebastián tomó asiento sin que lo invitaran. La rapidez con la que Valverde había querido cerrar el asunto le interesó más que la advertencia.
—He sido contratado por alguien directamente afectado por su muerte.
—¿Por la viuda? Esa rubia artificial, casada en segundas nupcias, rompehogares y oportunista. ¿O por Ricardo Gimeno? El hermano desagradecido con ínfulas de heredero universal.
La toallita volvió a la camisa y la mancha ganó diámetro.
—Tan subjetivo como siempre. Un investigador constata hechos; no emite juicios de valor.
—Claro. Por eso yo soy comisario y tú andas contando historias para no dormir.
Sebastián apoyó un codo en el brazo de la silla. Valverde podía ser desagradable, corruptible en pequeñas dosis y gastronómicamente suicida, pero poseía una memoria excelente para determinados expedientes. También sabía qué rumores merecían atención antes de que llegaran al papel oficial.
—Quien me ha contratado no es ni la esposa ni el hermano, sino alguien situado más allá.
Valverde cerró los ojos durante un segundo.
—No quiero saberlo. Eres capaz de salir con tus memeces de ultratumba. Deberías haber leído más el As, con sus chicas de contraportada, y menos a Jiménez del Oso.
Abrió la mano derecha, palma arriba. Sebastián conocía el gesto. Sacó de la americana un sobre grueso y lo dejó sobre la mesa.
—Podrás seguir engullendo hamburguesas dobles que decoren de trombos tus arterias. Pero empieza por describirme la escena. El expediente me lo mandas después.
Valverde guardó el sobre bajo llave y se incorporó. La silla emitió un lamento mecánico.
—Accidente. Fue un lamentable accidente.
Mariano Gimeno era de esos empresarios que, aunque ya podían pasarse el día jugando al golf, necesitaban bajar a la fábrica para demostrar que seguían sabiendo cómo funcionaba.
Después de la comida semanal con su hermano decidió inspeccionar la cadena de producción.
Entró en una de las cámaras para comprobar la última partida de carne y quedó encerrado.
Sebastián imaginó la puerta cerrándose. No necesitaba recurrir a ninguna percepción especial para sentir la violencia de un recinto diseñado para conservar cuerpos muertos convertido en una trampa para uno vivo.
—¿Quién lo encontró?
—Personal del turno. Demasiado tarde.
—¿Cámaras?
—Las de seguridad no aportaron nada concluyente. Hubo una incidencia eléctrica. Ya lo leerás.
—O alguien quiso que Mariano Gimeno quedase tan tieso como una barrita de merluza.
Valverde soltó aire por la nariz.
—Los peritos judiciales y los de las aseguradoras llegaron a la misma conclusión: una subida de tensión dañó el sistema automático de cierre. Y sabes que los de las aseguradoras no regalan un céntimo. Si hubieran olido fraude, todavía estarían midiendo tornillos.
—¿Ricardo estaba en la fábrica?
—Habían comido juntos. Después cada uno siguió con lo suyo.
—¿Y la viuda?
—Alicia Llaude. Segunda esposa. Quince años casados. Beneficiaria de una póliza importante. Antes de que pongas esa cara: la han mirado con lupa. Nada.
Sebastián no había puesto ninguna cara, pero anotó el nombre.
—¿Y Ricardo hereda?
—Hereda poder, que suele ser mejor. La empresa era de los dos hermanos.
Mariano tenía la parte conservadora del negocio; Ricardo llevaba años queriendo diversificar.
Cerámica, inmobiliario, inversiones. Ya sabes cómo funciona esto: dos hermanos empiezan repartiendo cajas en una furgoneta y terminan necesitando abogados para sentarse a la misma mesa.
La frase quedó flotando entre ambos. Sebastián recordó la acusación de Mariano: «Mi hermano».
—¿Había conflictos recientes?
—En el expediente no.
—No te he preguntado por el expediente.
Valverde lo observó. Después recogió la toallita, comprobó que ya no servía para nada y la arrojó a una papelera repleta.
—Se decía que discutían por una operación nueva. Nada que pueda darte como información policial. Rumores de empresarios. Contratos, inversiones, gente extranjera. Lo normal cuando hay mucho dinero y pocos escrúpulos.
Sebastián guardó silencio. Aquello era más de lo que Valverde había pretendido contar.
—¿Gente extranjera?
—He dicho rumores.
—Y yo he oído gente extranjera.
—Lee el informe cuando te lo mande.
La conversación había llegado al límite en el que insistir solo conseguiría que Valverde se cerrase. Sebastián se levantó.
—Una cosa más. ¿El sistema de la cámara podía manipularse?
—Todo puede manipularse si sabes cómo. Pero no encontraron manipulación.
—Eso no es lo mismo que decir que no la hubo.
Valverde sonrió por primera vez sin burla.
—Por eso te metes en líos, Delgado.
Sebastián salió del despacho deseoso de respirar cualquier aire que no hubiera pasado antes por los pulmones del comisario. En el corredor abrió la carpeta y escribió tres nombres: Mariano, Ricardo, Alicia. Debajo añadió dos palabras: «operación nueva».
La versión oficial seguía siendo un accidente. Pero ya tenía una familia dividida, dinero suficiente para convertir cualquier diferencia en un motivo y una operación empresarial que Valverde prefería no explicar.
Para un caso que iba a ser fácil, comenzaba a acumular demasiadas preguntas.