Un Asunto Carnal (Sebastián Delgado, Detective Psíquico 1) Capítulo II
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Capítulo II

II

La aparición puntual de Quinito con su hábito monacal, rezando el salmo, señalaba las seis de la mañana con una precisión que ningún despertador de Sebastián había conseguido mantener durante más de una semana.

El fraile atravesó la puerta del dormitorio sin abrirla, recorrió el mismo trayecto de siempre hasta los pies de la cama y continuó su oración con la gravedad de quien cumplía un oficio del que dependiera el orden del universo.

Sebastián abrió un ojo. La claridad que entraba por la persiana apenas había empezado a separar los muebles de la oscuridad.

Había intentado convencer al religioso de que retrasara sus apariciones hasta las laudes, a las ocho, pero negociar horarios con un muerto sometido a reglas monásticas resultaba todavía más inútil que discutir una derrama con una comunidad de propietarios.

—Quinito, son las seis.

El fraile no interrumpió el salmo.

—Lo digo por si en el otro lado no habéis cambiado la hora.

Nada. La barba pelirroja continuó moviéndose con cada palabra de la plegaria.

Sebastián se cubrió la cabeza con la sábana y permaneció así hasta que la voz fue perdiendo volumen.

Después de treinta y cinco años de convivencia, había dejado de preguntarse por qué aquel espectro mostraba semejante apego hacia su persona.

Prefería pensar en una atracción de polos opuestos: uno vivo y escasamente disciplinado; el otro muerto y esclavo de un orden que ni la desaparición física había conseguido alterar.

La casa familiar de los Delgado se levantaba sobre las ruinas de un antiguo convento capuchino en Deza, un pueblo soriano donde el invierno parecía ocupar más meses de los reconocidos por el calendario.

El convento había quedado abandonado durante la desamortización de Mendizábal y el notario Hilario Delgado Doménech, antepasado con sentido práctico y escasa melancolía eclesiástica, adquirió la propiedad y levantó sobre ella la vivienda que acabaría pasando de generación en generación.

Sebastián había conocido la casa durante las interminables vacaciones de su adolescencia.

Los pasillos eran demasiado largos, los techos demasiado altos y las habitaciones conservaban muebles cuya utilidad nadie recordaba.

Para sus primos aquello constituía un escenario perfecto para esconderse, perseguirse y cometer pequeñas crueldades familiares.

Para Sebastián, que ya entonces percibía presencias que los demás no veían, cada puerta podía conducir a una época distinta.

El primer encuentro con Quinito ocurrió en la bodega.

Había bajado allí para escapar de sus primos y permanecía agachado detrás de unas cajas cuando vio a un fraile sentado ante una mesa que no estaba allí.

El religioso escribía con una pluma lustrosa sobre unas hojas iluminadas por una luz sin procedencia visible.

Sebastián no gritó. Tampoco salió corriendo.

La aparición le produjo una calma que no encontraba entre los vivos.

Durante aquel verano volvió a verlo muchas veces.

El fraile recorría corredores desaparecidos, se detenía ante paredes que en su tiempo debieron de contener puertas y repetía sus tareas con una concentración absoluta.

El muchacho terminó poniéndole nombre al descubrir el parecido de su barba con el rostro que decoraba las botellas de Kina San Clemente guardadas por su abuelo Ricardo.

Quinito quedó bautizado sin que el interesado tuviera oportunidad de protestar.

Lo inesperado fue que el fantasma no permaneciera unido a la casa.

Al terminar las vacaciones, Sebastián comenzó a verlo también lejos de Deza.

Primero creyó que la imaginación había trasladado consigo al único muerto que no le inspiraba inquietud.

Después comprendió que Quinito se había adherido de alguna manera a él.

Desde entonces aparecía en pisos alquilados, hoteles, despachos y hasta en un vagón de tren, siempre ocupado en sus oraciones y casi siempre a horas poco compatibles con el descanso.

Aquella mañana, tras concederse otros cuarenta minutos de sueño, Sebastián se levantó. Preparó café y dejó la carpeta de Mariano Gimeno sobre la mesa de la cocina. El nombre de Ricardo seguía debajo del de su hermano, acompañado por una interrogación que había añadido antes de acostarse.

Mientras bebía, repasó lo poco que sabía. Mariano Gimeno, empresario cárnico, había muerto encerrado en una cámara frigorífica. La versión oficial hablaba de accidente. El muerto hablaba de asesinato. Y el acusado era su propio hermano.

Sebastián no concedía a los difuntos una infalibilidad que jamás había reconocido a los vivos.

La muerte no convertía a nadie en mejor testigo.

Podía fijar un recuerdo, deformarlo o reducirlo a una certeza emocional.

Mariano estaba convencido de que Ricardo lo había matado.

Eso no significaba que pudiera demostrarlo.

Quinito apareció junto a la puerta de la cocina cuando Sebastián terminaba el café. No rezaba. Se limitó a observarlo durante unos segundos.

—¿Tú qué dices? ¿Hermano asesino o muerto resentido?

El fraile levantó los ojos hacia el techo.

—Muy útil.

La figura comenzó a perder transparencia hasta desaparecer.

Sebastián recogió la carpeta y buscó las llaves del coche.

Antes de hablar con Ricardo necesitaba conocer la muerte desde el lado de los vivos.

Y para eso tendría que visitar al comisario Valverde, perspectiva que consiguió estropearle el resto del café.