Un Asunto Carnal (Sebastián Delgado, Detective Psíquico 1) Capítulo I
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Un Asunto Carnal (Sebastián Delgado, Detective Psíquico 1)

Un Asunto Carnal (Sebastián Delgado, Detective Psíquico 1)

Por Sergio Lopez Vidal

© inepub.com

Capítulo I

I

—Para ahorrarle conjeturas, le diré que estoy muerto. De eso estoy seguro. De lo demás, me temo que ni usted ni yo sabemos demasiado. Todavía…

La declaración llegó desde el otro lado del escritorio con una naturalidad que habría resultado absurda en boca de cualquier cliente vivo.

Sebastián Delgado no mostró sorpresa. Apuró un ennegrecido cigarrillo Ducados y dejó que el humo permaneciera unos segundos entre ambos, deformando todavía más los contornos de la vaga presencia sentada frente a él.

A través del torso del visitante podía distinguirse el archivador metálico pegado a la pared, una pieza gris con desconchones en los bordes y una cerradura que llevaba años sin cumplir ninguna función.

El despacho no ayudaba a dignificar aquel tipo de entrevistas.

Ocupaba una habitación estrecha en una planta que había conocido tiempos mejores y conservaba un olor permanente a tabaco, papel viejo y madera húmeda.

La persiana de la única ventana había quedado detenida en una posición oblicua, de modo que la luz exterior entraba cortada en franjas.

Sobre la mesa convivían recibos pendientes, un teléfono de sobremesa, dos carpetas abiertas y el cenicero triangular de Cinzano que Sebastián utilizaba también como pisapapeles.

Nada en aquel mobiliario sugería que allí se atendiera a clientes fallecidos. Precisamente por eso le gustaba.

La aparición tenía forma de hombre de mediana edad y conservaba la apariencia de un traje oscuro de buena confección.

El nudo de la corbata permanecía perfectamente centrado, aunque por momentos desaparecía junto con parte del cuello.

Sebastián había comprobado a lo largo de los años que la muerte no anulaba determinadas vanidades.

Algunos espíritus comparecían con el aspecto que habían tenido en sus últimos minutos; otros preferían reconstruirse a partir de una imagen anterior, más amable o más acorde con la idea que conservaban de sí mismos.

Aquel hombre parecía pertenecer al segundo grupo.

—No se preocupe, será un asunto fácil —mintió Sebastián.

Sabía por experiencia que los casos relacionados con difuntos nunca eran sencillos.

Los vivos olvidaban, tergiversaban o mentían; los muertos añadían a esos inconvenientes la dificultad de permanecer el tiempo suficiente en una habitación.

Sus recuerdos llegaban fragmentados y la lógica con la que ordenaban los hechos rara vez coincidía con la de quienes seguían respirando.

—Es un caso típico; desea conocer la identidad de su asesino.

El rostro del visitante perdió definición. Durante unos segundos apenas quedaron los ojos y la línea recta de la boca suspendidos sobre una neblina verdosa.

—No, señor Delgado. Sé quién me mató. Lo sé muy bien…

La voz se debilitó al final. Sebastián se inclinó ligeramente hacia delante.

No quería interrumpirlo. Cuando una presencia comenzaba a desvanecerse, cualquier alteración emocional podía precipitar su desaparición.

Había aprendido esa regla después de demasiadas conversaciones terminadas en el momento menos oportuno.

—Lo que ignoro es el porqué.

Sebastián apagó la colilla en el cenicero y abrió una carpeta vacía. Escribió en la primera hoja el nombre que le habían facilitado antes de la visita: Mariano Gimeno. Empresario. Fallecido.

—De acuerdo, señor Gimeno, acepto su caso. Asumo que le habrán informado de mis tarifas, así como de la forma de pago.

La luz del pequeño flexo situado sobre el archivo sufrió una oscilación. Sebastián miró la bombilla y después al espectro. Incluso a los muertos les resultaba incómodo hablar de dinero.

—Existe una cuenta secreta en Andorra. Ni mi viuda ni mi abogado tienen conocimiento de su existencia. No se preocupe, tendrá todo el dinero que necesite. ¿Es correcto?

Mientras hablaba, el cuerpo de Gimeno terminó de perder consistencia hasta convertirse en una masa de éter verdoso de la que brotaba un hilo de voz.

Sebastián anotó «Andorra» sin hacer comentarios.

Había aprendido también que las promesas de los difuntos debían tratarse con la misma cautela que las de determinados clientes vivos, aunque la perspectiva de una cuenta opaca mejoraba considerablemente su disposición profesional.

—Me parece perfecto, señor Gimeno. Ahora explíquese. Según usted, ¿quién es el culpable de su muerte?

Durante unos instantes el despacho permaneció en silencio. La temperatura había descendido lo suficiente para que Sebastián notara el frío en las manos. El humo del Ducados anterior seguía suspendido bajo el flexo, inmóvil, como atrapado en un aire que había dejado de circular.

El espectro hizo un último esfuerzo por recuperar la forma humana. El traje reapareció primero; después, el rostro. Mariano Gimeno miró al detective con una intensidad que no había mostrado desde su llegada.

—Mi hermano.

La palabra coincidió con un chasquido eléctrico. La presencia se desvaneció y dejó tras ella una neblina tenue que tardó unos segundos en dispersarse.

Sebastián permaneció sentado. No escribió inmediatamente. Había acusaciones que ganaban peso precisamente cuando se pronunciaban sin explicación. Encendió otro cigarrillo negro, aspiró con gravedad y contempló las volutas ascendiendo hacia el techo.

Un hermano. Una muerte. Una cuenta en Andorra y un muerto dispuesto a pagar por conocer un motivo que afirmaba ignorar.

Se preguntó por qué continuaba investigando para aquel tipo de clientes.

La respuesta era menos espiritual de lo que habría gustado admitir.

En su mayoría pagaban bien, no requerían facturas y, si el resultado no les satisfacía, el repertorio de represalias solía limitarse a encender y apagar las luces del cuarto de baño hasta agotarse con el esfuerzo.

—Mañana hablaré con ese hermano —dijo.

El espectro ya no podía oírlo.

Sebastián cerró la carpeta y escribió debajo del nombre de Mariano Gimeno una segunda línea: «Ricardo Gimeno».

Después levantó la vista hacia el cristal esmerilado de la puerta.

Las letras negras del rótulo habían perdido pintura en varios puntos y desde su silla podía leerse con dificultad: SEBASTIÁN DELGADO. DETECTIVE PSÍQUICO.

Pensó que alguien debería repasarlas. También pensó que un hombre muerto acababa de contratarlo para demostrar que su propio hermano lo había asesinado. De las dos cosas, solo la primera parecía sencilla.