Adelanto Silenced by Syrah #2
—¿Qué clase de asuntos? —Había algo que no le estaba diciendo.
Lo notaba. Lo conocía desde hacía suficiente tiempo para saber que Andrés no mentía bien, ni tampoco sabía ocultar cosas.
De hecho, su franqueza era una de las cosas que le gustaban de él.
Habían sido amigos antes de decidir aventurarse más allá, en ese nuevo territorio de salir juntos.
Y un día él le había puesto las cartas sobre la mesa: le dijo que sentía algo por ella y que quería estar con ella.
Por mucha química y mucho coqueteo que hubiera habido con Derek, con Andrés había habido honestidad.
Ella había decidido arriesgarse. Y, hasta ahora, todo iba bien.
—Nikki, ¡yuju! —Nikki volteó y vio a Simon, el hermano de Derek, saludándola con la mano desde una esquina del patio. Ella le devolvió el saludo.
—A mí me volvería loco —dijo Andrés.
—Es dulce e inofensivo.
—Si tú lo dices, pero a mí me seguiría volviendo loco —repitió.
Ella le clavó el dedo índice en el pecho y le dio un golpecito. —Es mi amigo. Pórtate bien.
Andrés negó con la cabeza. —De todos modos tengo que irme. Nos vemos esta noche.
—Me estás ocultando algo, ¿verdad? Ese asunto en la ciudad, ¿de qué se trata?
La besó en la mejilla. —Hablamos esta noche. Ve con tu amigo. Parece que está a punto de hacerse pipí. —Se rio.
Nikki volvió a mirar a Simon, que estaba haciendo una especie de bailecito.
Supuso que era al ritmo de la música peruana.
Para ser gay, Simon tenía cero ritmo. Le hizo señas de que se acercara y, antes de que ella pudiera impedir que Andrés se fuera y seguir interrogándolo, Andrés ya iba saliendo del patio. Nikki se encaminó hacia Simon.
—Hola, Ricitos de Oro. Te vi allá hablando con tu español. Es que es divino. —Frunció los labios y lanzó un beso al aire.
Nikki le dio un manotazo en el brazo. Andrés sí tenía razón en que Simon era un fastidio.
Lo que pasaba con el hermano de Derek era que, aunque lo quería y en el último año se había convertido en uno de sus mejores amigos, a veces podía ser de verdad tan irritante como uñas en un pizarrón.
—¿Te gusta mi nuevo peinado? Creo que es medio a lo Sting.
Es tan sexy. El otro día compré su nuevo álbum.
Deberías comprarlo. Te va a poner en ambiente.
Nikki puso los ojos en blanco.
—Uy, uy, uy. Espera un momento. ¿Qué es esto?
¡Última hora! ¡No! —Se pasó la mano por los mechones en punta, recién teñidos de platino, e hizo una mueca—.
Tú y el español no han estado haciendo cochinadas, ¿verdad?
¿Qué rayos te pasa, por el amor de Dios?
Yo a estas alturas ya lo tendría colgándose de un candelabro.
Dios mío, llevas saliendo con él, ¿cuánto?
, ¿dos meses, por lo menos? Ricitos de Oro.
Supongo que ya no puedo llamarte así. Mmm, quizá Blancanieves.
Ay, Dios, ¿por qué te cambiaste el pelo?
Me arruinaste por completo el apodo que te puse.
En fin, tienes que ponerte las pilas, niña.
Odio decirlo, pero no te estás haciendo más joven, y cualquier día de estos va a llegar otra señorita Importante y se lo va a quedar.
Sip. Igualito que uñas en un pizarrón. —Mi vida sexual no es asunto tuyo.
—Mmm. Yo creo que sí. Necesitas unas lecciones de amor, Ricitos de Oro.
Te voy a seguir llamando así. Incluso con eso del pelo oscuro, que, debo decírtelo, sí te funciona.
De verdad que sí. Así que dale un toque de vampiresa al resto y pongamos esa vida amorosa a todo vapor.
Lo único que necesitas es una charla de motivación, y no hay dos personas mejores que mi Marco y yo para explicarte las verdades de la vida sobre lo que los hombres quieren y necesitan.
—Le agitó un dedo—. Ah, sí, nena. Ya sé que tienes ese aire de inocente a tu favor, con esos ojos verdes y ese cutis impecable…
por cierto, ¿qué te pones en esa piel? Y esos conjuntos de suéter tejido que refuerzan la imagen de la chica de al lado tienen que desaparecer, porque yo sé que detrás de todo ese algodón de azúcar se esconde una mujer, una M . U . J . E . R .
—¿No tienes que ir a hacerle un tratamiento de spa a alguien o algo así?
—Ay, Dios, no. Yo dirijo este lugar. Yo no hago tratamientos.
Eso sí, las meditaciones de las nueve de la mañana y de las cuatro de la tarde las conduzco yo.
Deberías venir. Podemos hacer una cosita de visualización.
El gurú Sansibaba dice que la ira no es más que ansiedad sexual reprimida.
Una vez que entres en contacto con esa Diosa interior, serás libre.
Libre para volar como el viento, amiga mía —canturreó.
—Necesito una copa de vino. Ya te dije que no quiero oír esas estupideces del gurú Sansibaba —respondió Nikki.
El gurú Sansibaba era un chiflado New Age que Simon y Marco habían encontrado durante su paréntesis en Sedona, Arizona.
Habían entrado como dos hombres gay materialistas y pomposos, y habían salido como dos hombres gay materialistas y pomposos que ahora creían que podían equilibrar los chakras de la gente y soltar sabiduría New Age cortesía de su famoso gurú.
Ay, si algún día pudiera rodear con las manos el cuello de ese fenómeno…
Sin embargo, su regreso de Sedona los había impulsado a involucrarse más en la bodega y el viñedo, y hasta se les había ocurrido la idea de abrir el hotel y el spa en una zona del terreno donde las uvas no se daban muy bien.
—Tú no necesitas vino, querida. Lo que necesitas es ponerte las pilas con el español.
—¿Podemos hablar de esto después?
Él suspiró y miró su reloj. —Creo que no va a quedar de otra. Marco me tiene programado un facial de semilla de uva.
—Espera un momento, ¿te vas a hacer un tratamiento de spa mientras la gente entra y sale de aquí como si esto fuera un zoológico? Seguro que hace falta tu ayuda.