Adelanto Silenced by Syrah
Nikki Sands iba a morir. Se removió, consciente de que el miedo le oscurecía los ojos.
El estómago se le hizo un nudo y sintió que estaba a punto de vomitar, mientras un sonido apenas audible se le escapaba de los labios, una especie de débil grito de auxilio.
Hizo lo único que una mujer en su situación podía hacer.
Sonrió. Los dos hombres por los que sentía algo caminaban hacia ella: Derek Malveaux, su jefe, y su quizá, más o menos, novio, Andrés Fernandez.
Volvió a concentrarse de golpe en el grupo de personas que tenía enfrente, sirviéndole a cada uno otra probadita de vino y recomendando una receta de aperitivo que maridara con el vino.
Esta vez el vino era el Syrah de Malveaux Estate, también conocido como Shiraz.
—Lo bueno de la uva Syrah —les dijo a algunas de las muchas personas con las que había hablado ese día— es que marida bien con casi cualquier tipo de comida.
—Recibió gestos de asentimiento y elogios de la gente que degustaba los vinos—.
El chef maridó el Syrah con lo que se conoce como pissaladière , que es una pizza blanca al estilo francés.
No duden en llevarse una copia de la receta.
Nikki señaló una pila de tarjetas con varias recetas creadas para el evento del día por el chef del viñedo, Georges Debussey. Se esforzó por no mirar a Derek ni a Andrés, que ya se habían unido al pequeño público. Ojalá el maldito temblor de su voz pasara desapercibido.
Entre las muestras de aprobación del grupo, dio por terminada la cata.
—Lamento decirles, damas y caballeros, que eso es todo lo que tengo.
Si desean pedir alguno de los vinos que probaron hoy aquí, pasen a la tienda de regalos, donde encontrarán una mesa con los precios de descuento.
Les agradecemos que hayan venido hasta Malveaux y esperamos que disfruten los vinos.
Si quieren volver a probar cualquiera de los vinos de hoy, adelante; y no olviden que el hotel y el spa ofrecen este fin de semana paquetes a mitad de precio en hospedaje y servicios.
—Y —añadió Derek Malveaux mientras él y Andrés se acercaban a la mesa— recuerden que esta noche es la inauguración de Georges on the Vineyard. Los esperamos con gusto. —Les dedicó su sonrisa deslumbrante, con los ojos azules iluminándole la cara.
El grupo cruzó el patio del nuevo Malveaux Inn and Spa, levantado en el rincón más apartado de las tierras de Malveaux Estate, donde Derek, el dueño del viñedo, se había dejado convencer por su hermano Simon de construir el hotel boutique y spa de estilo misión.
Llevaban poco más de un mes funcionando, pero la inauguración del restaurante se había retrasado por conflictos con la decoración de interiores.
Derek se volvió hacia Nikki. —Parece que va bien —dijo—. Me encontré con Andrés y le dije que yo sabía dónde estabas. —Le dio a Andrés una palmada amistosa en el hombro, de esas de hombre a hombre.
Nikki sonrió, sabiendo que el temblorcito en la comisura de los labios tenía que estar delatándola.
Son solo hombres, nada fuera de lo normal.
Pero vaya par de opuestos. Y, como ella era rara, o estaba demente, o probablemente las dos cosas, y como, la verdad sea dicha, hacía bastante tiempo que no compartía la cama con nadie —y no cualquiera servía—, los deseaba a los dos.
¿Qué demonios le pasaba? Derek era tan rubio y dorado que parecía recién salido de un anuncio de Tommy Bahama, y, probablemente, el hombre con los pies más en la tierra que había conocido en su vida.
Andrés, bueno, «delicioso» le quedaba muy bien.
Apasionado, artístico, de una sensualidad oscura que le llegaba hasta los ojos castaños, casi negros, que el español, en ese momento, tenía puestos en ella.
Mal asunto. ¿Cómo poner en la balanza encantador y sensato contra delicioso y creativo?
—Qué bien. Entonces, ¿decidiste pasar a saludar? —preguntó Nikki.
—Así es. Quería asegurarme de que seguía en pie lo de la cena esta noche .
No pude localizarte en el celular, y tengo que ir a la ciudad a ocuparme de unos asuntos durante un par de horas —dijo Andrés—.
Así que, cuando vi a Derek terminando un recorrido por el hotel, le pedí que me ayudara a encontrarte.
—Lo tenía apagado, el celular, porque estoy trabajando.
No puedo contestar llamadas cuando estoy en una cata.
—¿Sonaba como una boba o qué? Seguridad.
Proyecta seguridad —. Sí, sí. Lo de esta noche sigue en pie.
Claro que sí. Sé que va a ser maravilloso.
Georges Debussey es un maestro. He comido en su restaurante de San Francisco y la comida es divina.
Y el libro de cocina en el que ha estado trabajando con Derek va a quedar genial.
—Miró a Derek—. Tomé notas sobre la información de los vinos para el libro.
Georges está medio loco. —Se encogió de hombros.
En ese momento tenía la clara sensación de que ella misma se estaba viendo un poco chiflada, hablando y hablando, pero no podía detenerse.
Tenía que llenar el silencio con algo—. Y la pobre diseñadora.
La semana pasada me la encontré caminando hacia su coche entre lágrimas porque él quería algo distinto para las cortinas, y se desahogó conmigo.
Que no creía poder con todo, que su hijo había estado enfermo de gripe y que iba a tener que trabajar horas extra para terminarlo todo.
Pensé que lo iba a matar. — Respira —. De hecho, en un rato tengo una reunión con Georges aquí en el restaurante, porque recibí un mensaje de que quería que pasara a la cocina a hablar de los vinos y con qué irían bien esta noche.
Solo espero que no me grite. Con ese genio que tiene…
— Cállate. Cállate. Por el amor de Dios, deja de divagar .
Se dio cuenta de que los dos hombres la miraban como si hubiera aterrizado de otro planeta. Y ella misma empezaba a preguntárselo.
La banda que Derek había contratado para el evento empezó a tocar y salvó a Nikki. Ah, sí, el sonido de las flautas de la música peruana llenó el aire. Se recordó a sí misma que tenía que respirar, y esta vez lo hizo. —Qué bonita música.
—Sí —dijo Derek, que parecía casi tan incómodo como ella se sentía—. Bueno, me dio gusto verte, Andrés. Por lo visto vas a estar aquí esta noche, así que seguro tendremos oportunidad de charlar más tarde. Ahora tengo que ver cómo van las cosas en el spa.
Andrés le estrechó la mano a Derek. —Sí. Gracias por guiarme hasta esta hermosa mujer.
Derek les hizo un gesto de asentimiento a los dos. —Buen trabajo, Nikki. Gracias.
Lo vio alejarse. Más raro, imposible. Claro, era solo su jefe, pero también había sido su amigo durante los últimos dos años, desde que ella había llegado a trabajar como gerente de la bodega de Malveaux Estate y asistente suya.
Y luego estaban esos momentos en que se sostenían la mirada un poquito más de la cuenta, o en que una broma entre los dos insinuaba algo.
Algo apenas perceptible, pero ahí estaba.
¿O no? ¿Sería todo una alucinación suya?
Quizá a Derek Malveaux simplemente le gustaba el arte del coqueteo.
Ella le había dado oportunidades de sobra, y él no había aprovechado ni una.
En cambio, cuando ella le había tendido la mano a Andrés, él no solo la había tomado: ¡se había lanzado con todo!
Andrés carraspeó. —Parece que esto va muy bien. ¿Te estás divirtiendo?
Ella se encogió de hombros. —Es trabajo, ya sabes.
—Ajá. ¿Y Derek? ¿Es solo tu jefe?
—¿Qué quieres decir con eso? Claro que es solo mi jefe.
Se echó el cabello hacia atrás; últimamente se lo había dejado crecer y había empezado a teñírselo de castaño medio.
Al principio lo hizo por diversión, pero luego recibió un montón de cumplidos y descubrió, además, que el viejo dicho sobre las rubias y las morenas era cierto.
Puede que las rubias se diviertan más, pero en su caso había comprobado que, como morena, la gente parecía tomarla más en serio, y eso le gustaba.
El rubio también había sido el look al que se había aferrado cuando vivía en Los Ángeles, persiguiendo una carrera de actriz que avanzaba con la misma suavidad que una montaña rusa, hasta que por fin decidió bajarse y conseguir un trabajo de verdad .
Cruzó los brazos sobre la blusa entallada de rayas y dio un paso atrás, alejándose de Andrés.
Ahora el trabajo era estable, pero lo de las relaciones… ese era otro viaje muy distinto.
—Perdóname. Él te mira como si hubiera algo más, y tal vez esté celoso.
Ella extendió la mano y le tocó el hombro.
Hombros y brazos fuertes, de esos que le gustaba sentir a su alrededor: los de un hombre que trabajaba el viñedo.
Andrés era enólogo en Spaniards' Crest, un poco más adelante por la carretera.
—No hay nada entre Derek y yo. Nada. Cero.
—No lo había. Un guiño, una sonrisa, el coqueteo típico, ¿no?
Pero nada que significara algo—. ¿De acuerdo?
—Está bien. —Hizo un intento de reírse—. Está en mi naturaleza ser, eh, quizá protector, o, como dirían ustedes en inglés, llevo dentro un poco de ese monstruo de ojos verdes.
—Dile al monstruo que se relaje. —Le tomó la mano y se la apretó—. Entonces, ¿vas a la ciudad? ¿Para qué?
Él bajó la mirada y luego la apartó. —Unos asuntos.