Capítulo Veinticuatro
Nikki se inventó una historia para contarle a Carmen Ferrino Spencer.
—Perdón, ¿quién dijo que era? —preguntó Carmen.
—Soy Mickey Strands. —Ay, Dios, qué nombre tan tonto, pero en ese instante se le ocurrió que sería mejor usar un nombre falso, y eso fue lo que se le ocurrió—.
Trabajo como escritora independiente para varias revistas femeninas.
Ahora mismo estoy escribiendo un artículo sobre el amor verdadero y cómo puede vencer todos los obstáculos.
—Ajá. —Carmen sonaba escéptica—. ¿Y entonces por qué me llama a mí? Stan y yo nos queremos, pero, ya sabe, no somos distintos de cualquier pareja común y corriente. ¿Quién le dio nuestro número?
—En realidad la llamo para hablar con usted sobre su padre, Antoine, y su matrimonio con Pamela Leiland. Me dio su número una amiga de ellos que me dijo que tenían un matrimonio estupendo. De esos que salen adelante contra viento y marea.
—Mi padre murió el año pasado.
—Lo sé. Lo siento muchísimo. He oído cosas maravillosas de su papá y de lo gentil que era. También he oído lo bien que estaban juntos él y Pamela y lo enamorados que estaban.
—¿Ya habló con Pamela?
—No. Sí la llamé, pero hablé con alguien, ya no recuerdo con quién, que me informó que Pamela acababa de perder a una amiga muy querida y que por el momento no estaba en condiciones de hablar con nadie. Me dijeron que volviera a intentar en una o dos semanas. ¿Usted sabía algo de eso?
—Sí, su amiga chiflada, Susan. De hecho, Pamela me llamó la otra noche, después de que pasó, y me lo contó. Estaba bastante afectada.
—Me imagino. Por lo que me contaron, eran como hermanas.
—Eso nunca lo entendí, lo de Pamela y Susan.
O sea, todos tolerábamos a Susan, sobre todo mi papá.
No era precisamente la mujer más agradable del mundo.
Nada en su contra. Espero que descanse en paz, pero no era muy simpática que digamos.
Pero a Pamela le caía bien y eran amigas desde hacía muchísimo, ¿sabe?
Eso sí, Susan parecía tratar bien a Pamela.
Hacían un montón de cosas juntas. Hasta me daba un poco de celos su amistad.
—¿De verdad? ¿Por qué?
—Porque Pamela y yo también éramos muy unidas.
—Entonces, ¿a usted le caía bien y apoyaba su relación con su padre?
—Totalmente. Al principio no me convencía mucho. Seguramente la vio hace unos años en algunos anuncios impresos, pero no llegó a ser la supermodelo que quería ser. Claro que, cuando conoció a mi papá y se casó con él, yo pensé que era todo por el dinero.
—¿Y cambió de opinión?
—Sí. Mi papá pasó por momentos difíciles y Pamela se quedó a su lado.
A ella no le importaba. Hasta escuché sin querer una discusión entre ella y Susan por eso.
Susan la estaba presionando para que dejara a mi papá.
Creo que sus palabras fueron algo así como: «vete a pastos más verdes.
Búscate a alguien que valga la pena. Alguien con los bolsillos bien llenos».
Pamela le dijo que no se metiera. Que quería a mi papá y que no pensaba dejarlo.
—¿Y qué contestó esta tal Susan a eso? —Nikki esperaba que siguiera hablando y no se diera cuenta del verdadero propósito de su llamada.
—Nada, porque más o menos en ese momento entré yo. Susan cerró su bocota de inmediato.
—¿Entonces sí era amor verdadero, lo de su papá y Pamela?
—Sin duda. Quedó destrozada cuando él murió.
Destrozada de verdad. Susan como que se fue alejando de la vida de Pamela después de aquella discusión que escuché, pero volvió a meterse en su vida como si nada cuando mi papá ya no estaba e insistió en que Pamela se fuera a vivir con ella.
Medio raro. Pamela y yo perdimos el contacto un tiempito.
Supongo que cada una tenía que vivir el duelo a su manera.
—Pero dijo que la llamó hace unos días.
—Sí. Retomamos la amistad. De hecho, hace como un mes, cuando estuvo en la ciudad, pasó por el negocio de mi esposo, que es donde yo también trabajo.
Quería echar un vistazo porque estamos creciendo.
Estamos abriendo sucursales por todo el país.
Se quedó un rato y recorrió todo el lugar. Luego fuimos a almorzar.
—Qué maravilla que sigan siendo tan buenas amigas. ¿Y a qué se dedican usted y su esposo, si me permite la pregunta?
—Nada glamoroso, se lo aseguro. Pero ganamos bien porque todo el mundo necesita uno.
—¿Uno qué?
—Un exterminador. Tenemos una cadena de empresas de control de plagas.
—¿Como insectos, roedores?
—Exacto. A eso nos dedicamos. ¿Ve? Nada emocionante.
Nikki oyó el llanto de un bebé de fondo.
—Perdón, me tengo que ir. Espero haberle servido de algo. Créame, mi papá y Pamela se querían de verdad. Adiós.
Nikki colgó el auricular y se puso a hacer otra búsqueda. Sabía que lo que había matado a Susan era un veneno, pero ahora el arma elegida abría todo un abanico de posibilidades. Más que nunca.
Tecleó el nombre del veneno con el que habían matado a Susan: fluoroacetato de sodio.
Ahí estaba, en blanco y negro: el fluoroacetato de sodio era un veneno que se usaba para matar roedores.
Nikki sabía que, si quería confirmar sus sospechas, tendría que esperar y llamar a la empresa del esposo de Carmen por la mañana, cuando abrieran.
Y luego tendría que hacer una visita al castillo Waltman.
Pasó toda la noche dando vueltas en la cama, repasando distintos escenarios en la cabeza. Para cuando llegó la mañana del lunes, había pasado media noche despierta. A las ocho llamó a la Spencer Pesticide Co. y obtuvo su respuesta.
—Sí, necesito que me fumiguen la casa. Tengo un nido de ratas en las paredes. Quería saber si ustedes usan fluoroacetato de sodio.
—Sí, señora, lo usamos. Eso sí, lo manejamos con mucho cuidado, y le podemos asegurar que acabará con su problema.
—Qué maravilla —respondió Nikki—. Ay, perdón. Tendré que llamarlos después. Mi esposo acaba de entrar al cuarto y necesito decirle algo antes de que se vaya al trabajo. Gracias.
Nikki apagó el teléfono. ¿Esposo? El invisible, ese que era guapo, listo, con sentido del humor y capaz de hacer gritar de placer a una mujer.
¿Y dónde estaba? Quizá en su casa, al otro lado del estanque.
Sabía a ciencia cierta que Derek era todo eso, salvo por la parte de los gritos de placer, y algo le decía que probablemente eso también lo tenía dominado.
El fluoroacetato de sodio era el veneno que había matado a Susan.
Nikki había leído que era inodoro e insípido y que podía matar a una persona en cuestión de minutos, una hora a lo sumo.
Susan debía de haberse metido una buena cantidad para que actuara tan rápido como lo hizo, porque, si hubiera tardado más que unos minutos, habrían aparecido los síntomas: náuseas, sangrado de nariz y vómito.
Lo había inhalado de un frasquito porque creyó que era cocaína.
Pamela había estado en el negocio de su antigua hijastra apenas un mes antes, y ahí tenían el veneno a la mano.
Ahora que Nikki creía saber quién era la asesina, tendría que conseguir las pruebas necesarias para lograr que Isabel saliera de la cárcel y que la persona correcta acabara tras las rejas.
Tendría que llamar a Kristof en cuanto llegara a la oficina. Una vez ahí, le sorprendió que una representante del castillo Waltman le hubiera dejado ya un mensaje en el buzón de voz: Deirdre Dupree.
—Hola, Nikki. Tengo aquí una nota en mi escritorio para llamarte por lo de las uvas de las que hablamos el otro día.
Marty quiere verte esta tarde a eso de las cuatro, si te queda bien.
Yo no voy a poder, tengo otra cita. Lo siento.
¿Me devuelves la llamada y me dejas un mensaje?
Voy a estar fuera buena parte del día. Ah, y aquí dice que le gustaría que pasaras por la casa en lugar de por la bodega. Gracias.
La diosa Fortuna estaba de su lado. Iría a ver a Marty por lo de las uvas y luego hablaría con Kristof sobre lo que ella creía que era la verdad.
Él tendría que escucharla. Creía que había una parte de él a la que Isabel le importaba y, aunque lo había considerado un sospechoso viable, sobre todo después de haberlo visto con Deirdre el otro día, no lo creía capaz.
Era un mujeriego, no un asesino. Una vez que Nikki le presentara todo lo que había averiguado, él podría ir a la policía y reabrirían la investigación.
Ojalá. Le devolvió la llamada a Deirdre y le dejó un mensaje en el buzón de voz confirmando la cita de las cuatro con Marty.
El día se le hizo eterno mientras armaba en la cabeza múltiples conversaciones con Kristof e imaginaba cómo podría salir todo.
Nikki miró su reloj de pulsera y el de la pared varias veces a lo largo del día. Por fin llegó la hora de cerrar y salir. Se despidió de sus compañeros de trabajo y se puso al volante de su coche.
En el camino decidió llamar a Simon y a Marco para darles un resumen de sus hallazgos.
No los había visto en todo el día y supuso que seguirían tratando de arreglar sus diferencias.
Desde que habían vuelto de Sedona, se asomaban a su oficina por lo menos una vez al día para enseñarle algún boceto o idea nueva para su campaña de Vino Zen, o para regalarle más sabiduría del gurú Sansibaba.
Le salió el buzón de voz y les dejó un mensaje en el celular de Marco.
Llegó a Sonoma en tiempo récord, incluso con el tráfico.
Se regañó a sí misma por no respetar los límites de velocidad.
La carretera 12 no era una carretera en la que nadie debiera ir a exceso de velocidad, pero quería acabar con esto de una vez.
Su plan era hablar con Kristof con toda franqueza sobre todo lo que había averiguado.
Podía creerle o no. Dudaba que la policía le creyera, así que había pensado que, de todo ese grupo de disfuncionales, Kristof quizá fuera el que podría mostrarse abierto y racional.