Un Asesinato por Copa (Un Misterio de Nikki Sands 2) Capítulo Veintitrés
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Capítulo Veintitrés

Por segunda vez ese fin de semana, Nikki se despertó con el timbre del teléfono. Cuando levantó el auricular, se sintió aliviada al oír la voz de Derek al otro lado de la línea.

—Hola, tú. Lamento muchísimo lo de anoche.

Ella se estiró y se sentó bien derecha bajo el edredón de plumas. —No te preocupes. ¿Cómo te fue?

—Bien. Lo soltaron después de que pagué la fianza. Estoy seguro de que hoy tiene una resaca espantosa, y además un ojo morado.

—Ay, Dios. ¿En serio? Bueno, al menos tiene a Marco para que lo cuide.

—Casi se queda sin él. Marco estaba bastante enojado con Simon anoche. Además de sacar a mi hermano de la cárcel, también me tocó hacer de consejero de parejas con esos dos. Al final logré que Marco se calmara. Estoy seguro de que en este momento están lamiéndose las heridas en el hotel.

—¿Qué? ¿No sigues aquí? —preguntó. Había supuesto que él también seguiría en el hotel esa mañana.

—Ya quisiera yo. Por eso te llamo. De verdad quería llevarte de regreso a Napa hoy, pero como a la hora en que me había vuelto a dormir esta mañana, me llamó Manuel. —Derek se refería al encargado del viñedo.

—Te oigo tenso. ¿Qué pasa?

—Además de que no pegué el ojo en toda la noche y me eché tres tazas de café negro, voy de regreso al viñedo. Parece que en la madrugada a unos muchachos se les ocurrió hacer destrozos en el viñedo, y uno de ellos se fue a dar una vuelta en uno de los tractores.

—No me gusta por dónde va esto.

—Espérate. Por lo visto, el muchacho lo metió derechito al estanque, saltó antes de que se hundiera, se golpeó contra la orilla y se rompió el brazo.

—No puede ser.

—Nop. —Derek suspiró—. Lo peor es que la madre le está gritando las palabras «abogado» y «demandar» al pobre de Manuel.

—No pueden hacer eso.

—En esta sociedad tan dada a demandar, quién sabe qué puedan hacer. Esperemos que no. En fin, ¿ya ves por qué tuve que regresar manejando a encargarme de esto? ¿Por qué no cenamos mañana en la noche? ¿Te parece?

—Me parece. ¿A las siete?

—A las siete entonces. Paso por ti. No sé si te voy a ver por la bodega o no. Tengo unos asuntos que atender fuera de la bodega, y además Tara Beckenroe me va a hacer una entrevista para Winemaker Magazine .

—Ah.

—A mí tampoco me hace mucha gracia, pero desde la muerte de Gabriel las ventas de vino han bajado un poco. Necesito hacer algo de relaciones públicas, y es una buena revista especializada para hacerlo. Créeme, es la última persona con la que quiero almorzar.

¿Iba a almorzar con Tara? A Nikki se le instaló una sensación incómoda en el estómago. Sabía que no debería ser así. Tara era quien era, y Derek era lo bastante listo como para verle el juego. Por alguna razón, eso no la hacía sentirse nada mejor.

Colgaron después de unos minutos más de charla, no sin que Nikki le asegurara a Derek que llegaría a casa con Simon y Marco, que al fin y al cabo era lo que tenía planeado desde el principio.

El viaje de regreso fue sombrío y taciturno: Marco iba al volante, y Simon padecía un dolor de cabeza monumental, un ojo morado y el ego seriamente magullado.

A Nikki no le molestaba el silencio; le daba tiempo para pensar en el fin de semana y planear lo que tenía que hacer a continuación.

Repasó mentalmente todo lo que había averiguado.

Susan y Jennifer no venían de ningún linaje Rockefeller.

A la propia Jennifer la habían incluido hacía poco en el testamento, y parecía ser quien más tenía que ganar económicamente con la muerte de Susan, aparte de Kristof.

Luego estaba Paulo. Por muy patán que pareciera, había dado buenos argumentos sobre por qué no habría querido ver muerta a Susan.

¿No habían sido sus palabras exactas «¿por qué matar al mejor revolcón de mi vida?

»? Tal vez la había matado por otra cosa.

Tal vez en realidad estaba celoso de su nuevo marido.

Nikki recordó la rabia en sus ojos el día de la boda.

No se veía nada contento. ¿Sería todo un actorazo?

Claro, a él no le molestaba tener a toda clase de mujeres colgadas del anzuelo esperando su turno, pero bien podía haberle mentido cuando dijo que no le molestaba que Susan tuviera otros hombres.

Luego estaba el muy borracho de Blake Sorgensen, que convenientemente se había ido temprano de la recepción para pasar unos días en México.

Lo extraño de él era que Nikki sí creía que había amado a Susan.

Caray, esa muchacha sí que había andado de cama en cama, lo que hizo que Nikki se preguntara por un segundo si Kristof no habría asesinado a su flamante esposa.

Una idea a la que tendría que volver, porque por ahora solo intentaba clasificar a las personas que sabía que podían tener posibles motivos y a las que sabía con certeza que habían estado en San Francisco durante el fin de semana.

No había olvidado el dato importantísimo de que quienquiera que hubiera intentado atropellarla y asustarla para alejarla de la verdad también vivía o había estado de visita en la ciudad donde Tony Bennett dejó su corazón.

Blake había admitido su aventura amorosa con aquella mujer mucho más joven, que no solo le había roto el corazón, sino que se había esmerado en chuparle hasta el último centavo.

Y su pobre excusa para dejarlo botado era que así podría casarse con un hombre más joven con quien tener hijos, cosa que, según Deirdre Dupree, en realidad no entraba para nada en los planes de Susan.

O al menos, si iba a haber niños en el castillo Waltman, Susan no tenía ninguna intención de hacer de June Cleaver, la mamá perfecta de las series de los cincuenta.

¿Podía Blake haber quedado tan destrozado por el cambio de sentimientos que Susan le confesó como para deshacerse de ella?

¿Era lo de ahogarse en alcohol una fachada para librarse del recuerdo de haber asesinado a una mujer a la que alguna vez dijo amar? Podía ser.

Todo podía ser. Lo único que Nikki sabía que no podía ser era que Isabel hubiera matado a Susan.

Alguien más lo había hecho y se lo había colgado a Isabel.

Nikki sacó del bolso las fotos de Isabel y Kristof y las volvió a pasar una por una.

Alguien los había estado vigilando. Su suposición era que había sido la propia Susan.

Aunque, desde luego, Susan no se había matado a sí misma.

Luego estaba Louis, el mesero desaparecido.

Uy. Ahora bien, cabía la posibilidad de que él hubiera seguido a Nikki y le hubiera rastreado los pasos hasta San Francisco con la intención de alejarla de la pista.

Pero eso realmente no le parecía verosímil: era demasiado rebuscado.

Esos pensamientos le daban vueltas en la cabeza, hasta que por fin cerró los ojos, cansada de tanto pensar. Se quedó dormida, relajada por el suave vaivén del potente coche.

Cuando abrió los ojos, Marco se estaba estacionando frente a la casita. Simon estaba fuera de combate, roncando. Nikki le susurró un «gracias» a su nuevo amigo y cómplice, y luego lo vio seguir colina arriba hacia la mansión.

Después de entrar y dejar el bolso, fue directo a la computadora, en el nicho abovedado de la cocina. Se conectó a internet y se puso a trabajar.

Había otra cosa que inquietaba a Nikki, y tenía que ver con Pamela.

Pamela no parecía estar cortada con la misma tijera que Susan.

¿Qué había hecho que aquella amistad fuera lo que era?

A decir de todos, Pamela había estado realmente enamorada de Antoine Ferrino.

El dinero no había sido un factor, por lo que decían todos los que los habían conocido juntos.

¿Por qué iba Pamela a mantener durante tantos años una amistad con Susan?

Cierto, Susan había fingido ser lo que no era ante Kristof y ante otros, pero Pamela no parecía fingir nada en lo que respectaba a su amiga.

Eso le hacía un poco de ruido a Nikki. Simplemente no cuadraban, más allá de que las dos eran guapísimas.

Nikki no podía evitar preguntarse si el amor de Pamela por Antoine había sido real, y ahora por Marty.

Pero ¿y qué? ¿Qué peso tendría eso en el asesinato de Susan?

En realidad, ninguno. Lo que sí pesaba para Nikki era toda esa pregunta de fondo que, de algún modo, no la dejaba en paz desde la boda, y desde que había conocido a la gente que había conocido en la última semana, Daveed y Angel incluidos.

¿Podía reinar el amor verdadero entre una bella joven y una bestia vieja?

La curiosidad le estaba ganando con respecto a esa eterna pregunta.

Hizo una pasada más por el buscador de internet y encontró los nombres de los hijastros de Pamela.

No estaba segura de cómo abordarlos. Ni siquiera estaba segura de por qué debería molestarse en llamarlos.

No creía que nada de lo que dijeran la fuera a llevar a descubrir quién había matado a Susan.

Le vino a la mente la idea que no dejaba de intentar apartar.

¿Era posible que Isabel sí hubiera asesinado a Susan?

Se negó a creerlo, y la culpa la consumió por el simple hecho de haberlo pensado.

Se le llenaron los ojos de lágrimas de pura frustración por todo aquello.

Llorar no iba a ayudar a Isabel. Se las secó mientras endurecía su determinación de sacar a su amiga del espantoso aprieto en el que estaba.