Capítulo Veintidós
Derek y Nikki terminaron en Antoine's, cerca del Embarcadero.
Al principio Nikki no ató cabos; simplemente estaba feliz de estar con Derek, y no prestó demasiada atención al restaurante ni a lo que la rodeaba, más allá de que era un italiano de la vieja escuela, iluminado con velas.
Abrió el menú y entonces cayó en la cuenta.
—¿Antoine's?
—Sí, el mismo al que le hiciste esa venta tan jugosa el otro día. Me da mucho gusto que hayas recuperado la cuenta para nosotros. Poco antes de morir, Antoine dejó de hacer negocios con nosotros.
—¿Por qué? —preguntó ella.
—No fuimos los únicos. Antoine tenía serios problemas de dinero, y primero intentó recortar a sus proveedores más caros; luego, a los meseros. Hasta vendió su restaurante de Chicago, con la esperanza de que eso le diera el efectivo para reactivar el resto de los restaurantes.
—Pero ¿no fue así?
—No. Porque había recortado a los mejores proveedores, y en esta industria los rumores corren rápido. Su negocio empezó a resentirse.
—¿Por eso tuvo que venderles el negocio a Daveed y a Roman?
Derek asintió. Apareció un mesero y él pidió una botella de Meritage muy buena.
—Sabías que Pamela Leiland, la dama de honor principal de Susan, estaba casada con Antoine, ¿verdad? —preguntó Nikki, examinando el menú y decidiéndose por fin por el brie Toscano con pesto de tomate deshidratado como aperitivo.
—Lo sabía. Me la habían presentado una vez, cuando todavía hacíamos negocios con Antoine. Parecía una mujer agradable. Claro, se especulaba mucho sobre la diferencia de edad y todo eso, pero tengo que decirte que de verdad creo que esos dos estaban enamorados.
—¿Tú crees? —Nikki suponía que Pamela era probablemente tan superficial como Susan. ¿No dicen que Dios los cría y ellos se juntan?
—Puede que no haya empezado así. ¿Quién sabe? Antoine era un buen hombre, muy generoso, casi demasiado generoso con sus hijos y con todo el mundo. No es de extrañar que terminara con problemas financieros. Me imagino que probablemente fue eso lo que acabó matándolo.
—Qué pena.
—Sí. Era el tipo de hombre que se preocupaba por la gente con la que trataba.
Se sintió fatal por tener que cortar lazos con nosotros, pero aseguraba que necesitaba empezar a ahorrar dinero en lugar de gastarlo.
Que él y Pamela estaban tratando de tener un bebé y quería asegurarse de que el niño tuviera todas las ventajas que habían tenido sus hijos mayores.
—Eso, obviamente, nunca pasó.
—No, nunca pasó. Apuesto a que probablemente era un gran papá.
—¿Conociste a sus hijos? —preguntó Nikki.
El mesero llegó a la mesa y abrió el Meritage, que Derek aprobó después de olerlo y probarlo. El vino tinto, con notas de tabaco y cereza negra, complementaba muy bien el brie.
—De hecho, los conocí el fin de semana que vine a tratar de salvar la cuenta con Antoine. Viven aquí en la ciudad también, si mal no recuerdo. Buena gente. Su madre murió cuando eran pequeños. Antoine no volvió a casarse hasta que conoció a Pamela.
—¿Y a ellos les caía bien?
—De verdad parecía una gran familia feliz.
—¿Los hijos trabajaban en el negocio de los restaurantes?
—No. Creo que lo hicieron durante un tiempo, pero cada uno se fue por su lado. El hijo se dedicaba al teatro. La hija, si mal no recuerdo, se fue a trabajar con su esposo en el negocio de la familia de él.
—¿Y qué negocio era?
Pero antes de que Derek alcanzara a responderle, un Daveed exageradísimo, vestido con un conjunto de seda blanca, llegó a toda prisa hasta su mesa. —Pensé que eras tú, pedazo de diablo. —Daveed señaló a Derek.
Derek le estrechó la mano. Daveed agarró la botella de vino que Derek había pedido, llamó al mesero y, al entregársela, le susurró algo al oído. Luego acercó una silla y se sentó junto a ellos. —Y tú, ¿no eres la que nos dejó sin un centavo el otro día?
Nikki logró esbozar una sonrisa para el odioso aquel. Nada fácil. Prácticamente él solito acababa de aguarle la fiesta de velas y romance con Derek. O al menos la esperanza de romance que había. Ya no.
—Es buena, amigo mío, muy buena. Con razón me la mandaste. Si Angel no hubiera andado conmigo ese día, bueno… esta de aquí es un amor. Es obvio que ustedes dos andan juntos. Eres la bomba, G.
No había nada más irritante que un hombre de mediana edad tratando de recuperar sus días de gloria comportándose como un muchacho de barrio bajo echado a perder.
—Oye, mira, ahí viene mi bomboncito.
Nikki y Derek se volvieron y vieron a Angel, que se acercaba contoneándose sobre tacones de diez centímetros, con una blusa que apenas le cubría las tetas y unos pantalones blancos a la cadera que dejaban poco a la imaginación.
Llevaba el cabello rubio suelto alrededor de la cara, y el maquillaje, estilo años sesenta, venía completo, con lápiz labial rosa nácar y pestañas postizas.
Angel se acercó a Daveed con paso indolente y le plantó un beso en la mejilla. Miró a Nikki con toda intención y le dedicó una sonrisita de suficiencia. ¿De verdad creía que a Nikki le importaba que se acostara con el aspirante a Hugh Hefner?
—Muchachos, la cena corre por mi cuenta.
Estoy súper emocionado y encantadísimo de que hayan venido.
Le hicimos unas mejoras muy elegantes al menú desde que nos quedamos con el lugar.
Traje a Luis de Carlino de Nueva York. Deja en ridículo al viejo Antoine's.
—Daveed alzó la vista al cielo—. Espero que no me haya oído. Era un tipo decente.
Derek miró a Nikki. —No tienes que invitarnos a cenar, Daveed —dijo.
—Claro que sí. Quiero hacerlo. Me haces un descuento en mi próximo pedido de vino. —Le guiñó un ojo a Nikki.
—¿Vendes vino? —preguntó Angel.
En lugar de entrar en detalles y recordarle a la señorita Angel que, de hecho, había estado en la bodega Malveaux hacía menos de una semana, catando vinos y atendida por Nikki, se limitó a responder: —Sí.
—Ya le iba quedando claro que esos dos no se iban a largar tranquilamente a meterse otra vez bajo la piedra de la que habían salido.
El mesero volvió con una botella de Dom Pérignon. —No, no. Estamos bien con nuestro vino —dijo Derek.
—Insisto. Tu chica, aquí presente, se portó de lujo con nosotros el otro día y quiero devolverle el favor. Todo bien, bro. Me encanta poder hablar de negocios con gente de mi misma onda.
Sí, claro, porque con su amiguita de cama no hablaba de negocios, ni de religión, ni de política, ni siquiera de Cartoon Network.
—¿Cuándo fue amable contigo? —preguntó Angel.
Derek puso los ojos en blanco mirando a Nikki, que se aguantó para no reírse a carcajadas.
—Eres un encanto —le dijo Daveed a Angel.
Nikki no sabía si iba a poder probar bocado.
Sin embargo, la velada siguió por el mismo camino y, para cuando llegó a su fin, Nikki y Derek habían consumido bastantes botellas de vino con sus anfitriones, habían comido más que un país pequeño y habían hecho lo posible por contenerse para no morirse de risa con los comentarios estúpidos que Angel y Daveed soltaban a cada rato.
Al salir por la puerta principal y cruzar la calle para tomar un taxi, por fin se soltaron a reír a carcajadas hasta que les dolió la panza. La combinación de demasiado vino y el alivio de estar fuera del restaurante hizo que la risa de los dos durara varios minutos.
Nikki por fin recuperó el aliento. Le acarició el brazo a Derek.
—No entiendo. ¿Cómo puede ser que un molde de veintitrés por treinta y tres sea lo mismo que uno de treinta y tres por veintitrés?
—dijo, burlándose de Angel y de una conversación que había tenido lugar durante la cena, cuando la joven trató de explicar su intento de hacer brownies el día anterior para su amante —.
Tuve que tirarlo todo, porque el molde que tenía era de treinta y tres por veintitrés y, o sea, no pude lamer el tazón porque soy vegetariana.
—Nikki batió las pestañas y se dejó caer contra Derek. Los dos volvieron a reír.
—Pobre muchacha. Prácticamente se lleva el premio entre las rubias tontas —dijo él.
—No lo habría creído si no lo hubiera visto y oído con mis propios ojos, y créeme que he visto a mucha gente tonta en mi vida.
Derek abrió la puerta del taxi y se metieron en el asiento trasero. Se sentaron muy juntos, tocándose. Nikki quería apoyar la cabeza en su hombro, cerrar los ojos y no bajarse nunca de ese taxi. Él se volvió hacia ella y se puso serio. —Lamento que nos hayan interrumpido la cena y el rato a solas.
—No hay nada que disculpar. Fue entretenimiento gratis.
—Sigues teniendo ese gran sentido del humor. Eso me encanta de ti.
—Gracias.
—Esta noche quería hablar contigo un poco más sobre ti y sobre eso de andar husmeando en la investigación del asesinato —dijo Derek.
—Tengo que demostrar que Isabel no mató a Susan.
—Ya sé. —Le dio unas palmaditas en la rodilla—. Pero ¿no debería encargarse de eso la policía?
—¿Cómo van a hacerlo, si ya dejaron de investigar? Creen que la asesina está tras las rejas, y yo no puedo quedarme de brazos cruzados y dejar que mi amiga, que sé que es inocente, pague por algo que no hizo.
Él asintió. —Me preocupas. Es peligroso lo que estás haciendo. Yo también creo que Isabel es inocente, pero te estás exponiendo, y quienquiera que sea el asesino podría ir por ti. Tal vez podría mover algunos hilos en la comisaría y ver si de alguna manera reabren el caso.
—Sabes que no lo harán. Tengo cuidado. Confía en mí.
—Le vino a la mente el acosador fantasma de la noche anterior, pero no pensaba mencionárselo—.
Tengo que hacerlo por ella. Dime que lo entiendes.
No va a interferir en mi trabajo, y te prometo que tendré cuidado.
—Se volvió hacia él y sonrió—. No sabía que te preocuparas tanto por mí.
—Claro que me preocupo. Y sí lo entiendo.
Dentro del taxi se hizo el silencio. Nikki no dijo nada hasta que levantó la vista y vio que el taxista los observaba por el espejo retrovisor. Por lo visto, él también estaba esperando a ver qué pasaba a continuación. —Sé que esta cena tenía un motivo. ¿Cuál era?
Él negó con la cabeza. —¿Sabes qué? No te vas a librar tan fácil. Daveed nos pagó la cena de hoy. Yo creo que todavía me debes una.
—Conque eso crees, ¿eh?
—Eso creo. Y también me parece que es una buena manera de conseguir otra cena contigo.
Ahí estaba otra vez, coqueteando con ella. —¿No me vas a decir de qué querías hablar esta noche hasta que te vuelva a invitar a cenar?
—Nop. Pero, de hecho, te voy a invitar yo. Así me seguirás debiendo una, y tengo garantizada una tercera cena contigo.
—¿Y la gente no va a empezar a hablar?
—Que hablen. —Se inclinó hacia ella, y Nikki supo que ese era el momento.
La iba a besar. Cerró los ojos, y entonces casi salió disparada por el parabrisas cuando el taxista frenó en seco y empezó a gritar obscenidades.
Nikki abrió los ojos de golpe y vio a un Marco medio desnudo cruzando la calle a la carrera, borracho y enloquecido.
Llevaba una especie de pantalones blancos abombados y nada de camisa: una versión surrealista y gay de Mi bella genio .
Nikki tuvo que parpadear varias veces para asegurarse de que de verdad estaba viendo lo que creía ver.
Derek saltó del coche. Estaban frente a su hotel. —¿Qué demonios está pasando? —Agarró a Marco por el hombro.
—¡Derek! Ay, no, es terrible. Qué bueno que estés aquí. Intenté llamarte a tu teléfono celular, pero no te pude localizar.
—¿Qué pasa, Marco?
Nikki se bajó del taxi.
—Es Simon. Estábamos en el Club Townsend, pasando una hermosa velada, cuando un muchacho se puso a hablar conmigo. Yo no hice nada. Jamás traicionaría a Simon. Lo amo. —Sollozó y lanzó los brazos desnudos al aire.
—Marco, ¿qué pasó?
—Traté de que Simon parara. Yo tenía la idea de que, después de toda nuestra meditación zen y de todo lo que estudiamos con el gurú Sansibaba, ya se habría librado de su mal genio y de sus celos.
Me temo que no es así. Golpeó al pobre muchacho y armó una pelea en el club.
Está en la cárcel, en el centro. ¿Puedes sacarlo, por favor?
—¿Yo? ¿Por qué yo? ¿Por qué no puedes tú?
—Durante la pelea me robaron la billetera.
Nikki se acercó y se puso junto a Derek. —Deberíamos ayudarlos.
Derek suspiró y asintió. —No hace falta que tú vengas. Yo me encargo. Entra y duerme un poco.
—No. Voy contigo.
—Créeme, Nikki, puede que sea una noche larga.
Me quedaría más tranquilo si subieras a tu habitación a descansar.
Yo me ocupo de este desastre. Fuiste maravillosa toda la noche, aguantando a Daveed y a la otra, como se llame.
Desde luego no espero que vengas ahora a la celda de detención.
Por favor, sube. —La besó en la mejilla—.
Cenamos la semana que viene. Te prometo que no va a terminar así.
Ella le sonrió y lo vio darle a Marco su saco, insistiendo en que se lo pusiera. Luego se subieron al taxi en el que ella acababa de estar con Derek y se alejaron.