Capítulo Veintiuno
—Hola —dijo Nikki cuando Derek se deslizó en el asiento de al lado.
Marco le sonrió con picardía, y a Nikki no se le escapó. Derek se puso rojo de verdad, y el estómago de Nikki dio uno de esos clavados que solo deberían intentar los clavadistas olímpicos.
Simon se apresuró a pedirle un trago a su hermano. Nikki lo oyó decirle a Marco: «Métele alcohol, para que se suelte».
—Es una verdadera lástima que no podamos llevarlo con el gurú Sansibaba. Podría liberarse de todos esos problemas de intimidad que le dejó el pasado.
Nikki volteó y los fulminó con la mirada.
—¿Ustedes dos no tienen planes o algo así? Esta es su ciudad —dijo Derek.
—Claro, claro, claro. Por supuesto que sí —respondió Simon—. A lo mejor podríamos juntarnos todos más tarde para un postre o un trago o algo divertido por el estilo. Voy a tener el celular prendido.
Le guiñó un ojo a Nikki, que se quedó con ganas de darle un buen puñetazo.
Marco se inclinó y le dio un beso en la mejilla. —Cuídate, Bellissima .
No tenía claro si se refería a cuidarse de que le pisotearan el corazón, a cuidarse de pasársela demasiado bien o a cuidarse del malo, o los malos, que andaban por ahí y querían que dejara de jugar a la detective aficionada.
Los chicos se alejaron tambaleándose, y entre Nikki y Derek se hizo un silencio incómodo.
—Decidiste venir —dijo ella.
—Así es. Eh… la verdad es que tengo unas cuentas aquí a las que no les vendría mal un poco de atención.
—Yo podría haberme encargado de eso. —Se encogió un poco.
—Lo sé. Pensé que hacía falta que les prestara atención yo personalmente.
Había venido por negocios, y no porque ella se lo hubiera pedido. Ese hombre no le causaba más que confusión y, para ser sincera, ya empezaba a cansarla. —Claro.
—No me malinterpretes. Lo siento, Nikki. También… o sea, en realidad vine hasta acá para hablar contigo. Lo de los negocios es secundario. Una buena excusa para escaparme el fin de semana.
Buena excusa. Pues excúseme usted.
—Me sentí mal por lo de la otra noche. Fui grosero.
—No es para tanto. Eso sí, me habría gustado que me dejaras explicarte.
Él negó con la cabeza. —No hace falta. No es asunto mío por qué cancelaste la cena ni qué hiciste con tu tiempo.
—Quizá no, pero creo que pensaste que había salido con Andrés, y no fue así.
Se le notaba que quería preguntarle más: se removió en el banco de la barra y le dio un sorbo a su trago con aire despreocupado, sin quitarle un ojo de encima.
—Salí con Deirdre Dupree. Me la había encontrado más temprano ese día en la plaza de Sonoma.
Estaba muy afectada por el asesinato de Susan Jennings.
Hace tiempo a ella le gustaba Kristof, así que le propuse que cenáramos juntas.
En ese momento yo estaba tan metida en su drama que no caí en la cuenta de que ya teníamos planes. Perdón por eso.
Él dejó el mojito. —Eso lo habría entendido.
—No me diste oportunidad de explicarte.
—Supongo que no. ¿Te puedo preguntar una cosa? Si estabas con Deirdre, ¿cómo es que llegaste a casa con Andrés?
Escúpelo. Le daba vergüenza tener que contarle eso a Derek. —La verdad es que bebí de más en la cena, y él me llamó mientras estaba ahí. Sabía que conseguir un taxi tan tarde allá en Sonoma podía ser complicado. Le conté mi apuro y vino por mí.
—Podrías haberme llamado. Habría venido.
—Me daba vergüenza. Eres mi jefe. No quería incomodarte tan tarde. Además, pensé que a lo mejor estarías un poco molesto conmigo por haber cancelado la cena, sobre todo porque en un principio se suponía que iba a ser una cena de negocios, y encima me fui a cenar con Deirdre.
Él se rio. —Nikki, ¿qué clase de tipo crees que soy?
No soy un patán. A todos nos ha pasado beber de más cuando no debíamos.
Al menos tuviste la inteligencia de buscar quien te llevara.
Solo me hubiera gustado que me llamaras.
Jefe o no, también soy tu amigo, y lo habría entendido.
Pero me alegra que Andrés y tú sean tan buenos amigos, que hayas podido recurrir a él.
—Le dio otro sorbo a su trago. Después de dejarlo, preguntó—: Entonces, ¿ustedes dos se están viendo? Ya sabes, ¿están saliendo?
—No. No estamos saliendo. Te lo dije la otra noche, y sigue en pie. No estamos saliendo. Últimamente paso más tiempo con él por la situación de Isabel. Ahora mismo necesita una amiga.
—No crees que haya sido ella, ¿verdad?
—Ni hablar. Conozco a Isabel. Tiene buen corazón y no le haría daño a nadie.
—¿Andas husmeando en todo esto, Nikki? ¿Por eso fue la cena con Deirdre? No sabía que ustedes dos fueran tan amigas. Y eso sin contar este viaje tan repentino. ¿Qué me dices de eso? ¿Hay alguna pista que estés siguiendo?
—¿De verdad quieres saberlo?
—Sí, sí quiero. Al menos, eso creo.
—Está bien. Te lo cuento, pero en la cena. Yo invito. Eso fue lo que acordamos y, como ya me expliqué por lo de la otra noche, cosa que se suponía que iba a hacer durante la cena, creo que todavía te debo una cena. Además, ¿no me dijiste que había algo de lo que querías hablar conmigo?
Él dudó un momento. —Sí, hay algo.
—¿No debería cambiarme? —preguntó. Todavía traía puestos el suéter de cuello alto y los jeans de esa mañana temprano.
—Te ves muy bien.
Después de tantas horas y de un día tan pesado, lo dudaba, pero ¿qué demonios importaba?
Por la manera en que se lo dijo, Nikki no pudo evitar creerle.
Además, tenía a su favor que él no podía ver el raspón feo que llevaba en el brazo.
Si lo veía, sabía que le haría preguntas, y también sabía que las respuestas no le iban a gustar.
Salieron por las puertas del vestíbulo y tomaron un taxi.
Con Derek a su lado, Nikki ya no iba mirando por encima del hombro como lo había hecho más temprano.
Pero se negaba a considerar siquiera que Isabel pudiera ser de verdad la asesina, como habían insinuado Simon y Marco.
Aun así, la insinuación no la dejaba en paz, igual que la posibilidad de que alguien sí la estuviera vigilando todavía.