Capítulo Veinte
Nikki decidió hacer una última parada antes de volver al hotel.
Dudaba que fuera a sacar algo en claro del lugar adonde se dirigía, porque los investigadores privados no se caracterizaban precisamente por soltar información.
Pero tenía que intentarlo y ver si lograba averiguar quién había contratado al equipo de investigadores privados Lawson & Rennert, los tipos que habían tomado las fotos explícitas de Blake y Susan.
Si Blake no era el asesino, posibilidad que Nikki no descartaba, entonces quizá lo fuera quien los había mandado seguir.
El sobre iba dirigido a Sara Waltman, y después de leer el sórdido misterio de Sara, tampoco quitaba a la anciana de la lista de sospechosos.
Nikki se había aprendido de memoria la dirección de las oficinas del equipo de investigadores privados.
Quedaba en la calle California. Pero cuando llegó, lo que encontró en su lugar fue nada menos que una pizzería.
Quizá se había aprendido mal la dirección.
Llamó al servicio de información desde el celular y, para su sorpresa, descubrió que no había ningún Lawson & Rennert en San Francisco ni en los alrededores.
¿Por qué una dirección falsa? Nikki no tenía ni idea, ni tampoco tiempo de seguir investigando.
Había quedado de verse con los chicos en el hotel.
Para cuando Nikki volvió a The Clift eran casi las cuatro, y estaba muerta de cansancio.
¿Acababa de almorzar con un asesino? Pero ¿habría podido mantenerse sobrio el tiempo suficiente para cometer el crimen?
¿O había tomado café con uno esa mañana, o una copa la noche anterior con la hermana lunática, y quién demonios había dado la dirección falsa y enviado esas fotos de Blake y Susan?
No lo sabía. Lo que sí sabía era que estaba más confundida que antes de empezar esa mañana.
Hacía menos de veinticuatro horas, alguien había hecho un intento desesperado por impedir que descubriera la verdad, y ese alguien seguía suelto por ahí.
Vaya uno a saber si lo intentaría de nuevo, porque ella desde luego no se había echado atrás, como habían insistido en que hiciera.
Había seguido adelante a toda máquina, más decidida que nunca a buscar justicia para Isabel.
Se dejó caer en uno de los sofás del vestíbulo y echó un vistazo rápido alrededor para ver si notaba a alguien sospechoso vigilándola.
Nada más que una familia con dos niños registrándose en la recepción: difícilmente lo primero que a uno se le ocurriría calificar de sospechoso.
Sin embargo, observarlos sí la hizo pensar.
Eran una niña y un niño, gemelos, de hecho, de unos tres años, y se la estaban pasando bien jugando a las palmitas.
A Nikki el corazón empezó a hacerle eso que desde hacía poco le daba por hacer cada vez que había niños cerca.
Incluso después de aquel día extraño y agotador, no pudo evitar sonreírles a los pequeños, cuyas caritas alegres le provocaron una punzada agridulce.
Una familia estaría bien. La mamá y el papá se veían cansados pero contentos.
El marido terminó el papeleo y le dio un beso a su esposa.
Luego cargó a la niña y le pasó el brazo por los hombros a su mujer.
El niño iba agarrado de la mano de su mamá. Quizá algún día.
Ya pasaban de las cuatro y Nikki jugueteaba con el reloj.
¿Dónde estaban los chicos? Marco había insistido en que a las cuatro.
¿Y si Jennifer o Paulo los habían sorprendido y habían llamado a la policía?
¿O algo peor? Nikki no podía permitirse ni siquiera pensar en eso.
Los chicos de verdad se habían ganado su cariño a lo largo del fin de semana, y no quería ni considerar que pudiera haberles pasado algo, y que hubiera sido ella la causante de ponerlos en peligro.
Llamó para revisar sus mensajes, los de la casa y los del trabajo, y luego los del celular.
Un solo mensaje: un cliente que pedía más vino.
Nada de los chicos. Y nada de Derek. Y ella que había pensado que a lo mejor sí aceptaría su invitación a la ciudad para poder explicarle dónde había estado la otra noche.
Era lo mejor. Sabía que tenía que dejar atrás ese encaprichamiento tremendo con Derek, porque no era más que eso, y seguir con su vida.
Apenas empezaba a marcar el número del celular de Marco cuando él y Simon entraron a brincos por las puertas del vestíbulo, tomados del brazo, sonriendo como dos gatos de Cheshire y con una pinta demasiado alegre.
Suspiró, aliviada de que estuvieran perfectamente bien, pero conforme se acercaban, con el tufo a alcohol que traían encima, se fue enojando bastante.
—Perdón por la tardanza, Ricitos de Oro, pero estuvimos allá en el Buena Vista Café tomando cafés irlandeses. La verdad es que debimos haberle dicho que nos alcanzara ahí. —Simon se volvió y miró a Marco, que le asintió atontado, con los ojos vidriosos.
—¿Ustedes dos andaban tomando? ¿Tienen idea de lo preocupada que me estaba poniendo? Pensé que a lo mejor había pasado algo terrible. —Bajó la voz—. Que a lo mejor Paulo o Jennifer los habían sorprendido dentro de ese departamento.
Marco le puso una mano en el hombro, y ella se la sacudió de encima. —¿No es una ternura? Nos quiere.
—Ustedes ni siquiera fueron. ¿Verdad que no?
Sabía que no debí haberles contado lo que estaba pasando.
Para empezar, yo no quería que se metieran, pero entonces bla, bla, bla, Marco.
Vas y me dices: ay, no, nosotros te ayudamos.
—Puso un acento italiano falso y agitó los brazos—.
Soy un gran carterista, confía en mí. Te vamos a ayudar, Bellissima . Qué sarta de…
Simon le tapó la boca con la mano. Ella se echó hacia atrás, sorprendida. —¿Te quieres callar, Ricitos de Oro? Claro que fuimos, y tenemos algo que mostrarte. Anda, ven. Primero vamos al bar y ahí te enseñamos lo que encontramos.
—No, no. Ustedes dos ya van bien tomados. Díganmelo ahora.
—Estás siendo, ¿cómo se dice?, una aguafiestas. —Marco echó la cadera hacia un lado y apoyó una mano en ella—. No te lo vamos a decir si no vienes a tomarte una copa con nosotros, y créeme, esto lo quieres saber.
—Son terribles, ustedes dos, ¿lo sabían?
Simon sonrió. —Cuando somos buenos, somos buenos, pero cuando somos malos, bueno, querida… —Se lamió la punta del dedo, se lo apoyó en la cadera y soltó un siseo—. ¡Quemamos!
—Está bien. Allá ustedes con el dolor de cabeza y con sus hígados.
Entraron al bar del hotel y se sentaron en una hilera de bancos libres de la barra.
Simon sacó un paquete de su mochila de cuero.
—Una ronda de mojitos —le canturreó al barman, que les respondió con un gesto de la cabeza.
Luego Simon abrió el paquete, sacó un montón de fotos y las desplegó sobre la mesa.
—Alguien estuvo vigilando a alguien… o a varios álguienes, mejor dicho.
Nikki se quedó boquiabierta. Había toda una hilera de fotos, y en todas aparecían Kristof e Isabel.
Había fotos de los dos besándose en un yate, el que Nikki sabía que era de los Waltman.
Los Waltman lo tenían atracado allá en Mendocino, eso lo sabía.
Isabel había mencionado que había pasado un fin de semana ahí con Kristof.
Luego venían fotos de ellos tomados de la mano en el estacionamiento de Grapes, fotos de ellos abrazados, e incluso una que alguien había tomado desde fuera de la ventana de Isabel mientras los dos más o menos tenían pinta de estar preparándose para bailar el tango desnudo.
Nikki ya había visto suficiente, demasiado, de hecho, de su amiga y Kristof.
—¿Dónde encontraron esto? —preguntó.
—Bueno, la verdad es que prácticamente pusimos el lugar patas arriba —dijo Simon—.
Al principio no sabía si era buena idea.
O sea, estábamos quebrantando la ley por ti, Ricitos de Oro, pero Marco insistió en que tú no tienes más que buenas intenciones y en que ayudarte sería una buena manera de compensarte por todas las cosas feas que más o menos dijimos e hicimos hace un tiempo. De verdad lo sentimos, ¿sabes?
—Ya sé, ya sé. Bueno, ya. ¿Dónde encontraron las fotos?
—Buenas intenciones o no, eso no suena muy agradecido que digamos. —Simon la miró con el ceño fruncido.
—Perdón. Ha sido un día largo y pesado, y lo único que quiero es averiguar quién asesinó a Susan Jennings para que Isabel pueda salir de la cárcel y vivir su vida.
—¿Un día largo y pesado? Ni que lo digas.
Hoy anduvimos de delincuentes, lo cual, por cierto, va totalmente en contra de la ética que tenemos ahora, sobre todo después de haber estudiado con el gurú Sansibaba, ¿sabes?
Él dice que el camino hacia la iluminación nos obliga a dejar atrás toda actividad delictiva, desde la más pequeña de las mentiras hasta dondequiera que nos lleve el corazón codicioso en busca únicamente de lo material.
—Es por un bien mayor —lo interrumpió Marco—. El gurú Sansibaba dice también que la verdad por un bien mayor es fundamental para liberarnos de lo material. Debemos recordar que hay una mujer inocente en la cárcel. ¿No, Bellissima ?
—¡Les voy a retorcer el pescuezo a los dos, y luego voy a tomar un avión a Sedona y a retorcerle el pescuezo al gurú Sansibaba si no me dicen dónde encontraron estas fotos!
—Encontramos las fotos dentro de un libro en el comedor.
—¿Cómo supieron que tenían que buscar ahí? —preguntó.
—No lo sabíamos. Estaban dentro del Infierno de Dante, que yo adoro con locura —respondió Simon—.
Decidí sacarlo del estante y hojearlo. Se cayeron las fotos y supimos que significaban algo.
Sé qué cara tiene Kristof Waltman, y a Isabel la he visto por ahí.
Además fuimos a la noche de inauguración de Grapes.
¿Te acuerdas de esa noche? —Miró a Marco con ternura, y este sonrió—.
Supe que eran ellos dos y pensé que podían significar algo. ¿Tú qué opinas?
—Creo que definitivamente significan algo.
Susan sabía que Kristof e Isabel tenían una aventura, y si se fijan en la fecha de estas fotos, las tomaron cuatro meses antes de la boda, mucho antes de que Susan fuera a ver a Isabel por lo del banquete de la recepción.
Yo había oído que al principio pensaba contratar a Domaine Chandon, pero tuvo un pleito con el chef y aseguró que quería darle algo de reconocimiento a Grapes porque había probado la comida de Isabel y le había encantado.
—¿Entonces por qué casarse con un infiel? —preguntó Marco—. Si Susan sabía que Kristof se acostaba con Isabel, ¿por qué no terminar con él?
Era una buena pregunta, porque, por lo que Paulo le había contado más temprano, a Susan no le costaba ningún trabajo pescar hombres ricos, y en el mar había peces todavía más gordos que Kristof Waltman.
Él era un pez gordo, pero Nikki estaba segura de que Susan podría haber atrapado uno aún más grande.
¿Habría querido Susan a Kristof de verdad?
—No sé. Sé que estas fotos significan algo.
Qué significan, no tengo la menor idea, aparte de que Susan tenía alguna prueba de que Kristof la había engañado con Isabel cuatro meses antes de la boda.
Lo que no nos dicen es quién mató a Susan y por qué.
—Mira, Ricitos de Oro, odio tener que mencionarlo, pero Marco y yo estuvimos hablando de una posibilidad que, me parece, quizá tengas que considerar en vista de estas fotos.
Se hizo una larga pausa entre los tres mientras Nikki le daba un trago a su mojito. Simon apartó la mirada.
—Está bien, habla, inspector Clouseau —dijo después de dejar el vaso.
— Bellissima . Creo que lo que Simon te quiere decir es: ¿no plantean las fotografías de Isabel y Kristof la posibilidad de que Isabel sí haya cometido este crimen?
—¿Qué? ¡No! De ninguna manera.
—¿No deberías, quizá, considerarlo? —preguntó Simon—.
El gurú Sansibaba dice que tu realidad puede no ser la de los demás, y que nuestra necesidad de aprobación y de amor puede desviarnos de nuestra realidad.
¿No podría ser que tu amistad con Isabel esté nublada por el cariño que le tienes?
Por lo tanto, tu realidad no es la realidad que es real.
—¿Qué? Lo que dicen ustedes dos no tiene ni pies ni cabeza. Isabel no es culpable. —Agarró las fotos y se levantó para irse—. Lo voy a demostrar, y lo voy a hacer sola, muchas gracias.
—Vamos, Bellissima . El gurú Sansibaba dice que uno nunca debe retirarse de una situación con enojo.
—Ay, por el amor de Dios, al diablo con el gurú Sansibaba. No es más que un charlatán que les sacó un montón de dinero a ustedes dos y les llenó la cabeza de patrañas.
Simon levantó un dedo. —Puede que eso sea cierto, pero tienes que admitir que ahora te caemos mucho mejor, y nosotros te queremos y sabemos que vas a hacer las paces con tu enojo. Solo estamos aquí para ayudar.
Marco asintió con énfasis. —Tiene razón.
—Me quieren porque están borrachos.
—No, no. Te queremos de verdad, y queremos ayudarte.
Nikki no pudo evitar reírse. Simon dio unas palmaditas en el asiento de su silla y ella volvió a sentarse de mala gana. Ese día la habían ayudado, y la verdad era que sabían hacerla reír.
Simon volteó la cabeza y pareció distraerse.
—Parece que no somos los únicos que quieren acudir a tu rescate.
—Recogió las fotos a toda prisa y las metió en el bolso de Nikki—.
Por lo pronto, parece que más nos vale dejar de jugar a los Ángeles de Charlie , porque el Príncipe Azul está cruzando la puerta en este preciso instante, con todo su garbo.
Nikki siguió la mirada de Simon hasta que sus ojos se encontraron con los de Derek, que caminaba hacia ella.