Un Asesinato por Copa (Un Misterio de Nikki Sands 2) Capítulo Diecinueve
66%

Capítulo Diecinueve

Blake Sorgensen sugirió que se vieran en The Boulevard, que quedaba frente al embarcadero de los ferris y tenía unas vistas preciosas del puente de la Bahía y unas obras de arte impresionantes, entre ellas un mosaico de un pavo real que cubría el piso de la zona del bar.

Qué lástima que Nikki tuviera que desperdiciar semejante vista y tanta belleza ecléctica desde dentro del restaurante, en compañía del engreído y abotagado Blake Sorgensen.

—Me sorprendió un poco que me llamara, señorita Sands.

Al principio no estaba seguro de quién era usted, pero luego recordé que era la encantadora joven que conocí el otro día en la boda.

—Agachó la cabeza unos segundos. Luego la levantó y miró hacia la bahía.

Alargó la mano hacia el whisky con soda que había pedido.

A Nikki le pareció que tenía los ojos vidriosos por algo más que el trago. —Traté de localizarlo durante varios días, como le expliqué por teléfono. Me alegra haber dado por fin con usted.

—Ya le dije que renuncié a las jovencitas. —Se rio. Una risa triste—. Además, preciosa, ¿acaso usted y ese muchacho tan apuesto con el que estaba el sábado no son pareja?

—No. En realidad, es mi jefe.

—Claro. Eso ya lo he oído antes. Una de mis amiguitas también lo decía. —Se inclinó sobre la mesa y susurró—: ¿Qué? ¿Es casado?

—Por Dios, no. De verdad es mi jefe. —Nikki le echó un vistazo rápido al menú y pidió una ensalada de pollo.

—Lo que usted diga, querida. —Encendió uno de sus puros.

Ella se movió en la silla para apartarse del humo. —Lo llamé por el asesinato de Susan.

Hizo girar el contenido del vaso. —Estoy consternado y profundamente apenado.

No tenía idea de la situación hasta que usted me llamó.

Como creo que usted ya sabía, me fui temprano de la recepción para tomar un vuelo y salir de la ciudad.

No me explico por qué me llamó e insistió en que nos viéramos.

No veo qué podría llegar a decir o hacer yo.

—Ah. Pues yo creo que tal vez sí. Yo era amiga de Susan. —Nikki se estaba volviendo demasiado buena para estas mentiritas piadosas—. También soy amiga de la mujer que arrestó la policía, y sé que ella no pudo haber hecho algo tan espantoso. Necesito saber qué relación tenía usted con Susan.

Él volvió a inclinarse hacia ella, con el aliento a whisky y tabaco.

—No le venda humo a un viejo vendedor de humo, cielo.

Vaya al grano. Sé que usted no era ninguna vieja y querida amiga de Susan.

Y desde luego tampoco es detective. En resumen, ¿qué quiere de mí?

Por alguna razón, sospecho que ya sabe cuál era la naturaleza de mi relación con Susan.

—Tiene razón. Vayamos al grano.

El mesero dejó en la mesa la ensalada y la Coca-Cola Light de Nikki.

Ella se pasó un minuto revolviendo la ensalada con el tenedor, con ganas de ver a Blake retorcerse.

Él no parecía de los que se retuercen, hasta que ella volvió a levantar la vista hacia él.

—¿Susan le rompió ese viejo corazón suyo de vendedor de humo?

¿Descargó su dolor y su rabia en ella matándola?

—Uy. En este juego se estaba volviendo o valiente o tonta.

Sus ojos inyectados en sangre se avivaron de golpe. —¿Con qué derecho?

Nikki dejó el tenedor. Blake levantó su vaso. Por lo visto, su idea del almuerzo era más bien líquida.

—Con el derecho que me da tener a mi mejor amiga encerrada en una celda en Santa Rosa por un crimen que sé que no cometió.

También sé, porque usted mismo me lo reconoció, que convenientemente estuvo fuera de la ciudad estos últimos días, y como usted sabe que yo sé que Susan y usted eran más que amigos, no me queda más que preguntarme si no habrá tenido algo que ver con mandar a su amante tres metros bajo tierra, para luego escaparse a México a esperar a que se calmaran las aguas.

Blake Sorgensen se bebió de un trago lo que le quedaba, le hizo una seña al mesero y luego señaló el vaso. —Creo que voy a necesitar otro para esta conversación. —Se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Puede ser. —Este probablemente fuera un buen momento para cambiar de táctica.

El hombre iba medio entonado y ahora estaba sensible.

Mostrarse comprensiva podría sacarle más verdad que ponerse dura con él.

Le tocó la mano nudosa—. Estoy segura de que la policía podría llegar a enterarse de su relación.

—Espero que no. No quiero que Kristof ni Marty se enteren. Jamás querría lastimar a Kristof de esa manera. ¿Puedo preguntarle cómo lo supo?

—Intuición femenina. —No sabía si era el momento de soltarle de golpe que por ahí andaban unas fotos que podrían hacer palidecer a Paris Hilton.

Nikki tampoco quería darle la noticia de que Kristof quizá ya lo sabía, y probablemente Marty también—.

Entiendo perfectamente que no quiera que lo sepan, siendo usted un amigo tan bueno y tan querido de toda la vida.

Por lo que veo, lo suyo con Susan fue cosa seria.

—La amaba. De verdad la amaba. Demonios, qué tonto soy. Yo fui quien se la presentó a Kristof. Él no tenía idea de lo nuestro, y al principio yo no sabía que los dos estaban saliendo. —El mesero le dejó el otro whisky en la mesa.

—¿Usted los presentó? —Algo de razón tenían aquellos libros de psicología y autoayuda que leía de vez en cuando, porque a Blake se le estaba soltando la lengua.

—La mayoría de mis negocios de bienes raíces los hago en la costa norte, en Mendocino o Monterey.

Vivo en Mendocino casi todo el tiempo, pero conservo un lugar aquí en la ciudad porque me gusta cambiar de aires cada muerte de obispo.

Marty vino a verme y me dijo que Kristof andaba buscando un lugar en la ciudad, que le gustaba mucho venir los fines de semana y quería tener un departamento por acá.

Susan se dedicaba sobre todo a los bienes raíces aquí en la ciudad, así que los puse en contacto. Está claro que congeniaron.

—¿Cuándo le contó ella lo de ellos?

—No mucho después de que empezaran a salir. ¿Sabe lo que me dijo?

Nikki negó con la cabeza.

—Me dijo que me amaba. Que me adoraba. Pero que quería tener hijos, y Kristof también. ¿Cómo iba yo a negarle eso? Ella sabía que yo nunca iba a tener hijos con ella. ¿Qué podía hacer? Hice lo correcto y la dejé ir.

—Pero la siguió viendo, ¿verdad?

Él asintió. —Sí, nos seguimos viendo de vez en cuando. La amaba. La necesitaba. Le rogaba que me viera.

—¿Cuándo fue la última vez?

—Hace dos semanas. En mi casa de la playa.

Le supliqué que cambiara de opinión sobre casarse con Kristof.

Hasta le dije que tal vez podríamos tener hijos, que podía revertirme la vasectomía.

Pero me dijo que no, y que ya no podía seguir viéndome.

Sabía que yo iba a ir a la boda, y me dijo que después de la boda no quería volver a verme nunca más.

—¿Puedo preguntarle si le daba dinero cuando ella lo visitaba?

Blake apartó la mirada y luego volvió a mirarla.

—Soy un pobre diablo. Sí lo hice. —Ahora las lágrimas le corrían por la cara—.

Habría hecho cualquier cosa por ella, pero lo único que no podía darle era lo que ella quería, y ahora ya no está.

Todavía no puedo creer que ya no esté. —Se limpió la cara, luego se llevó la servilleta a la nariz y se sonó con fuerza.

¿Qué tenía Susan para que los hombres de los que se aprovechaba se le quedaran pegados como moscas en una tira matamoscas?

No había sido precisamente la mujer más dulce del mundo, aunque, pensándolo bien, Paulo y Blake tampoco eran gran cosa.

Claro, tenían su dinero, y a Susan le gustaba el dinero, pero ¿clase?

De eso, poca. Blake tenía que haberse dado cuenta de cómo era en realidad.

En su caso, cualquiera habría pensado en una crisis de la mediana edad, pero, viendo cómo se estaba poniendo, tal vez de verdad la había amado.

Era preciosa, hasta vista con ojos de mujer.

¿Tan superficiales eran los hombres a los que Susan les clavaba las uñas que no les importaba lo que había debajo de su piel?

Por lo visto, sí. Nikki le dio unos cuantos bocados más a su almuerzo, que estaba delicioso, pero no le estaba cayendo bien. Nada de aquello le estaba cayendo bien.

Mientras esperaban la cuenta, Blake se terminó el trago.

Por un momento, mientras hablaba, pareció que se le pasaba la borrachera.

—Quiero dejarle esto bien claro, y se lo diré a la policía si me lo preguntan: yo amaba a Susan.

La amaba con todo el corazón, lo suficiente como para dejarla ir y que hiciera su vida, que formara una familia.

Quería lo mejor para ella. De verdad amaba a esa mujer.

Jamás la habría matado. Jamás. Lamento que su amiga esté en la cárcel, pero su insinuación de que yo pude haber matado a Susan está muy equivocada. —Y con esa declaración apuró el vaso.

—Dicho eso, ¿tiene alguna idea de quién pudo haberla matado? ¿Quién podría haber querido verla muerta?

Dejó la servilleta sobre el plato y se puso de pie. —No tengo idea. Este no resultó ser el almuerzo agradable que yo esperaba, y lo único que necesito es irme a casa a descansar. —Dio media vuelta y salió del restaurante, dejando que Nikki pagara la cuenta.

Mientras miraba por la ventana hacia el puente y la bahía, a Nikki se le ocurrió algo a propósito de la enfática negativa de Blake Sorgensen de haber matado a su adorada Susan.

¿A quién trataba de convencer aquel hombre?

¿A Nikki o a sí mismo? Porque, para Nikki, Blake había tenido una buena razón para querer asesinar a Susan.

Tenía un nombre: la delgada línea entre el amor y el odio.

¿La había cruzado Blake Sorgensen cuando Susan no regresó a sus brazos?