Capítulo Veinticuatro #2
Nikki se estacionó frente al castillo Waltman, en todo su esplendor de ladrillo gris y pizarra, a eso de las cuatro.
Parada ante la puerta principal, Nikki empezó a sentirse inquieta.
No lo había pensado lo suficiente, y el nudo en la boca del estómago le decía que era una mala idea.
Acordaría otra hora con Marty para lo de las uvas.
Empezaba a darse la vuelta para bajar la escalera cuando se abrió la puerta principal. Ahí estaba Pamela.
—Hola, Nikki. Pasa. Marty me dijo que pasarías.
Nikki entró en la casa y Pamela cerró la puerta tras ella.
—Sígueme. Nos sirvo una copa de vino.
—Claro. Suena bien. —Nikki siguió a Pamela con inquietud, porque estaba bastante segura de que iba caminando tras los pasos de una asesina.
Sin embargo, apaciguar a una asesina, en lugar de dejar ver lo que sabía, era probablemente la jugada más inteligente.
No quería que Pamela tuviera la menor idea de que la había descubierto.
—Ahorita vuelvo con el vino. Ponte cómoda. —Pamela señaló el sofá del salón.
Nikki tomó asiento y observó cómo la alta morena se contoneaba rumbo a la cocina. Iba toda glamorosa, con pantalones de seda negros y una blusa cruzada de seda blanca. Un poco elegante de más para pleno día, pero en fin.
Pamela tardaría unos momentos en volver, y a Nikki la cabeza y el estómago le daban vueltas.
Alzó la vista hacia aquel retrato del viejo Ben Waltman y se estremeció.
¿Por qué ese estúpido retrato le ponía los pelos de punta, quizá incluso más que Pamela?
Maldición, parecía sacado de una de esas películas viejas en las que los ojos eran de verdad y vigilaban cada movimiento que hacía.
Nikki apartó la mirada y la dirigió al pasillo que llevaba a la cocina.
¿Y si Pamela sí sabía que la había descubierto?
¿Dónde estaba Marty? ¿Kristof? ¿Sara? Nikki tuvo la sensación de que iba a tener que pensar rápido.
Pamela regresó y le puso el vino enfrente.
Antes de hacer su siguiente movimiento estratégico, Nikki se aseguró de que Pamela también se sentara, diera un sorbo a su vino y empezara a ponerse cómoda.
—¿Dónde está Marty? —preguntó entonces Nikki—. Sabía que yo iba a venir. Le pidió a Deirdre que me dejara un mensaje.
—Lo sé. De hecho, fui yo quien le pasó a Deirdre el recado de Marty para que te llamara. Debe de estar por llegar. Tuvo un almuerzo y una reunión en la bodega que se alargaron. Kristof está con él, creo.
—¿Y Sara? ¿No suele acompañarlos a tomar la copa de vino de la tarde?
—Sí. Pero hoy se sentía cansada y creo que está en la casa de huéspedes, tomando una siesta.
—Envejecer no suena nada divertido. —¿Qué más se suponía que debía decirle a la asesina que tenía en el salón, a solas con ella?—. Me encantaría un poco de queso con galletas saladas para acompañar esto. No quiero ser una molestia. Es que hoy me salté el almuerzo.
—No es ninguna molestia. —Pamela se levantó y salió del salón.
Por suerte, no se llevó su copa de vino. Quizá todo esto podía jugar a favor de Nikki: si Pamela la había descubierto, tal vez sería más fácil atraparla de lo que pensaba.
Cuando Pamela regresó, puso una bandeja de queso y galletas frente a Nikki. —Perdona, pero ¿podría usar el baño?
Pamela le lanzó una mirada extrañada. —Claro. Al fondo del pasillo, a la derecha.
—Me acuerdo. Gracias. —Nikki trató de dirigirse al baño con naturalidad, copa en mano.
Una vez ahí, cerró la puerta del baño con seguro y tomó aire.
Luego vació la mitad de su copa de vino.
Después rebuscó en su bolso y encontró lo que buscaba: una paleta de labiales y brillos MAC que había comprado hacía poco.
Uno de los colores funcionaría a la perfección.
No quería tocar el borde de la copa con los labios.
Pero sabía que, para que esto funcionara, tendría que hacerlo.
Primero encontró unas toallitas húmedas que le gustaba llevar consigo, también en el bolso.
Limpió el borde de la copa y luego lo secó.
Se aplicó el labial en sus propios labios, dejó la marca en la copa y después se quitó de los labios el labial, que era demasiado oscuro para ella.
Le pareció que una brisa ligera pasaba junto a ella y giró en redondo.
No había nadie. Este lugar estaba, sin duda, altísimo en el medidor de lo raro.
Se frotó los brazos para quitarse la piel de gallina que le había brotado.
—Si es usted, señor Waltman —dijo, maldiciendo entre dientes—, sé que no era el pariente favorito de su nieta, pero se lo pido: si estoy en compañía de una asesina, ¿podría ayudarme, por favor?
Y, si lo hace, le prometo que haré lo que pueda para ayudarlo a ir hacia la Luz, o al menos para convencer a su nieta de que quizá, después de todo, no era usted tan mal tipo.
Por favor. —Guau, qué tonta se sentía hablándole a alguien que sabía que no estaba ahí y, aunque creía en fantasmas, por la manera en que Sara Waltman se refería a su abuelo como un viejo desgraciado, tenía sus dudas de que fuera a ayudarla a salir de aquel aprieto.
Tanta charla de los chicos sobre el gurú Sansibaba la tenía incluso prometiéndole a un fantasma desgraciado, que probablemente ni existía, que lo ayudaría a llegar a la Luz.
Definitivamente, estaba perdiendo la cabeza.
No había tiempo para embarcarse en la iluminación espiritual ni para volverse loca en ese momento, así que siguió adelante con su plan para atrapar a la asesina: volvió a aplicarse su propio labial de tono claro, jaló la cadena del baño para dar efecto y luego se lavó las manos.
Antes de salir del baño, oprimió «grabar» en su grabadora compacta.
Se la había metido en el bolso antes de salir de la oficina.
En ese momento no sabía si podía confiar en Kristof Waltman ni, de hecho, en nadie de los que vivían en el castillo.
Había sido una medida de seguridad, y ahora estaba satisfecha consigo misma por haber sido tan desconfiada.
Con la grabadora en marcha de vuelta en el bolso y la copa en la mano, cruzó los dedos y deseó estar a punto de conseguir más de lo que había venido a buscar en un principio.
Al volver al salón, notó que Pamela miraba por los ventanales con aire bastante pensativo. Se volvió hacia Nikki y sonrió. —Supongo que viniste a ver a Marty por algunos de nuestros vinos, ¿no?
Mmm. ¿Nuestros vinos? —Estoy atando algunos cabos sueltos de un trato que estamos cerrando con los Waltman para comprarles unas uvas Pinot. Por lo que se ve y se oye, tú también te vas a meter en el negocio del vino. Parece que te estás adaptando muy bien aquí.
Pamela bebió un sorbo de vino. Nikki dejó su copa en la mesita auxiliar que tenía al lado.
—Es extraño. Mi amiga se enamora de Kristof, luego la matan y, mientras tanto, yo me enamoro de Marty. A Susan no le salió bien, y eso todavía me tiene muy angustiada, pero a mí sí me está saliendo mejor.
—Qué maravilla. ¿Habrá campanas de boda en el futuro aquí en el castillo?
Ella se rio y sacudió su larga cola de caballo, bien tirante.
—Aquí no. No con la maldición que creo que pesa sobre este lugar.
De verdad creo que Ben Waltman ronda este castillo y, si por mí fuera, Marty lo demolería y empezaría de cero.
Nunca logro quitarme la sensación de que me vigilan.
No, cuando Marty y yo nos casemos, probablemente nos iremos a algún lugar tropical y apartado.
Yo no soy como era Susan. No necesito una boda ostentosa.
—Te entiendo. —Nikki volvió a mirar el retrato de la pared.
Miró de nuevo a Pamela, que parecía estudiarla de una manera que la hizo empezar a juguetear con su arete, un tic nervioso que le daba cuando se sentía incómoda con los demás, y en ese momento se sentía de lo más incómoda con Pamela Leiland—.
Supongo que ya te mudaste aquí, ¿no? ¿Pudiste recuperar todas tus cosas de San Francisco?
Sé que compartías un departamento allá con Susan.
Pamela volvió a sonreírle, aunque esta vez la sonrisa tenía un filo sardónico, y Nikki sintió que un escalofrío de miedo le bajaba por la espalda. —De hecho, estuve en la ciudad el fin de semana y recogí el resto de mis cosas.
Nikki tragó saliva. Ahora todo empezaba a encajar. —¿En serio? Yo también. De haberlo sabido, podríamos habernos visto.
Pamela asintió despacio, con los ojos todavía clavados en ella, entrecerrados hasta convertirse en dos rendijas. —¿Qué tal el vino? —Pamela ladeó la cabeza y bebió un sorbo de su propia copa.
—Está muy bueno. Pero la verdad es que de repente no me siento muy bien. —Nikki recostó la cabeza en el respaldo del sofá.
—Qué pena. Quizá deberías terminarte el vino.
—Me siento un poco mareada y con el estómago revuelto.
Pamela se levantó, se acercó, se sentó a su lado y le puso una mano en el hombro. —Sí. Seguro que sí, y en unos momentos puede que te empiece a sangrar la nariz, puede que hasta vomites, y luego todos tus órganos empezarán a hervir uno por uno, y no habrá nada que pueda salvarte.
—¿De qué hablas? —gimió Nikki, y esperó que su actuación fuera mejor que cuando había estado en su efímera serie policiaca.
—Debiste quedarte con los vinos, amiga mía. Yo no tenía nada contra ti, y todo me estaba saliendo perfecto, hasta que fuiste y empezaste a husmear.
—¿Qué? No entiendo —gimió Nikki. Trató de sonar débil y desesperada—. Ayúdame.
—No puedo. Maté a Susan de la misma manera en que te estoy matando a ti, con una sustancia que a la EPA, la agencia ambiental, no le gusta mucho, pero que las empresas de pesticidas adoran.
Carmen y yo seguimos siendo bastante buenas amigas.
Me llamó anoche para contarme que una mujer había llamado y estaba haciendo un reportaje sobre Antoine y sobre mí.
Le dije que no sabía nada de eso. Me dijo que la mujer se llamaba Mickey Strands.
A ver, Nikki, tú eres una mujer inteligente. Por favor, ¿Mickey Strands?