Capítulo Diecisiete
Nikki suspiró con una pesadez en el pecho que no sentía desde que la habían despedido de su trabajo de actriz y luego del de mesera, el año anterior.
Entrelazó las manos para intentar que dejaran de temblarle, con todo el sistema nervioso todavía a mil.
¿Llamar o no llamar a la policía? ¿Y cuál comisaría sería esa?
¿La de San Francisco o el departamento del sheriff en Santa Rosa?
Porque, obviamente, esto estaba relacionado con el asesinato de Susan Jennings.
Lo más probable era que la policía de aquí, de la ciudad, levantara un reporte y ahí quedara todo.
El sheriff y los detectives de Sonoma se lo tomarían igual de a la ligera.
Todo el mundo sabía que Isabel y ella eran amigas cercanas, y a la policía seguro se le cruzaría por la cabeza la posibilidad de que Nikki se estuviera inventando todo el asunto.
Aquella llamada tan extraña podía haber venido de un teléfono público o de un número oculto, así que, aunque el hotel tuviera identificador de llamadas, cosa que dudaba, no serviría de nada.
Tenía que aceptarlo: si presentaba una denuncia, iba a terminar sonando como una idiota paranoica y atolondrada. O peor, como una mentirosa.
Entonces quedaba la siguiente pregunta: ¿quién sabía que estaba aquí, en San Francisco?
Bueno, estaban los Chicos del Verano, por supuesto, y aunque el año anterior habían hecho hasta lo imposible por echarla del viñedo, sin ningún éxito, realmente parecían haber tenido un cambio de actitud sincero hacia ella.
Quizá eran buenos actores, pero no tenían ningún motivo para matar a Susan Jennings.
Al menos, ninguno que ella conociera. Dudaba incluso de que los chicos conocieran a Susan.
Luego estaban Jennifer Jennings y su sicario Paulo.
Esos dos sí que parecían buenos candidatos.
Se levantó de la cama, agarró su bolso y sacó la tarjeta de presentación que Paulo le había dado cuando salió del departamento esa misma tarde.
Por primera vez la miró con atención. ¿Eh?
Era agente de bienes raíces, igual que Susan.
Su cargo estaba en el área de ventas comerciales.
Trabajaba para una de las firmas más grandes del país, y Nikki no pudo evitar sorprenderse.
Recordó que él le había dicho que sabía mucho de Susan.
¿Habrían trabajado juntos y Susan se lo habría presentado a Jennifer?
¿Habrían tramado esos dos el plan para quitar a Susan de en medio?
Pero ¿cómo y por qué incriminar a Isabel?
¿Porque era fácil? Ay, Dios, la mente de Nikki nadaba en un lodazal, esforzándose por encontrar respuestas donde no parecía haber ninguna.
Derek sabía que estaba aquí, en la ciudad.
Es decir, si había revisado sus mensajes.
Pero él no tendría ningún motivo para hacer algo así, y no podía creer que se le hubiera ocurrido siquiera, en ese segundo, vincular su nombre con esta locura.
Y ahora Blake Sorgensen también sabía que estaba aquí.
Pero no les había dicho ni a Blake ni a Jennifer ni a Paulo dónde se hospedaba, aunque podrían haber tenido identificador de llamadas cuando les telefoneó, haber visto el número que les apareció y atado cabos.
¿La habría seguido alguno de ellos para calcular el momento justo y casi atropellarla?
Eso significaría que, quienquiera que fuera, tuvo que haber estado vigilando desde que ella y los chicos salieron del hotel al caer la tarde hasta que los dejó en el Club Rendez-Vous.
Y si ese era el caso, que era lo más probable, entonces quienquiera que fuera de verdad quería que dejara las cosas en paz, porque había tenido una paciencia enorme para andar tras ella toda la noche de esa manera.
No se le ocurría nadie más que supiera que estaba aquí.
Era concebible, aunque poco probable, que la hubieran seguido todo el camino desde Napa.
Cada vez más, Nikki ponía la mira en Jennifer, en Paulo o en los dos, y mientras frotaba los bordes de la tarjeta de Paulo, se decidió a hacerle una visita por la mañana, antes de su almuerzo con Sorgensen, a ver qué tenía que decir sobre Susan.
Quizá lograra tomarle la medida y hubiera alguna señal de que estaba involucrado.
Por la mañana llamaría al celular que aparecía en la tarjeta y le preguntaría si tal vez se animaba a tomar un café… en algún lugar muy público.
Por ahora, no había manera posible de que fuera a pegar el ojo, así que decidió retomar el libro de bolsillo de Sara y empezó a leer Muerte entre las vides .
Interesante título. Dos horas y medio libro después, la historia resultaba mucho más interesante que el mero título.
La trama se parecía a la vida real un poco más de lo que Nikki quería admitir en ese momento.
¡En el libro, la esposa del dueño del viñedo moría asesinada al beber vino envenenado durante una boda!
Claro que la esposa no era la novia, ¡sino la madre del novio!
Se suponía que la madre de Kristof había abandonado a su familia, pero ¿y si la tía Sara la había envenenado y la había convertido en fertilizante en el último rincón del viñedo, y Marty había ayudado a encubrirlo?
Eso era la paranoia hablando. Bueno, sí, la trama era parecida, y sí, se trataba de una madre que, según iba leyendo Nikki, tenía una aventura con un millonario de San Francisco.
La familia que llevaba el viñedo también tenía un hijo de unos siete años, que, por todo lo que Nikki había oído, era más o menos la edad de Kristof cuando su mamá se largó.
A Nikki le sorprendió que la tía Sara hubiera sido capaz de escribir una historia tan subida de tono, y que se la hubieran publicado, pero entonces revisó la fecha de publicación.
Era 1975; bueno, para entonces El valle de las muñecas , de Jacqueline Susann, ya había tenido su momento, junto con Miedo a volar , de Erica Jong.
Nikki no pudo soltar el libro hasta el mismísimo final, cuando eran casi las tres de la madrugada.
El asesino era el suegro, o el abuelo, según como lo viera el lector.
Era de lo más perturbador. ¿Podría Sara Waltman haber tenido algo que ver en todo esto, en el crimen de verdad?
¿Podría haber asesinado a Susan? Desde luego, no había tenido ningún problema en expresar su aversión por la mujer que por un breve tiempo había sido su sobrina nieta política.
Pero eso no explicaría lo que le había pasado a Nikki unas horas antes.
Dudaba que Sara tuviera los medios para seguirla hasta la ciudad, intentar atropellarla y luego usar algún tipo de tecnología rudimentaria para disfrazar su voz en el sistema de mensajes del hotel.
La mujer ni siquiera podía caminar sin bastón.
Si estaba detrás del asesinato de Susan, entonces estaba en complicidad con alguien más.
Al final, sin más ganas ni fuerzas para seguir despierta, Nikki cerró los ojos y se durmió pensando en abuelitas de noventa años desatadas en una ola de asesinatos.
Se despertó sobresaltada y atontada cuando el teléfono de la mesita de noche le sonó en el oído. Al principio no se dio cuenta de que no estaba en su propia cama, y su mente tardó un segundo en procesarlo todo. Levantó el auricular. —¿Hola?
—Hola, Bellissima .
Se dejó caer de nuevo sobre la almohada. Era Marco. —Hola. —Echó un vistazo al reloj: las siete. Cuatro horas de sueño, uf.
—Simon nunca se despierta antes de las diez, y yo soy de los que se levantan por la mañana y arrancan, sin importar lo que haya traído la noche anterior.
Debiste quedarte con nosotros a seguir la fiesta un rato más.
La pasamos de maravilla. Pero no pasa nada, todo okey.
¿Okey? Como tú siempre andas tan fresca y despierta, como dicen ustedes los estadounidenses, me imaginé que a esta hora ya estarías levantada.
Sí, me vas a acompañar a tomar un café aquí abajo, ¿no?
—Claro. ¿Por qué no? —Nikki sabía que, en cuanto terminara de despertarse, su mente volvería a irse por las ramas y ya no podría dormirse otra vez.
La tía Cara siempre le recordaba que al que madruga Dios lo ayuda, y hoy iba a necesitar toda la ayuda posible, porque lo que ella quería atrapar era una víbora.
Necesitaba empezar temprano porque hoy tenía la agenda llena, y más aún después de haber leído anoche el libro de Sara Waltman. —Nos vemos en media hora.
— Perfetto .
Media hora después, Nikki estaba bañada, con un toque de maquillaje y el cabello recién lavado, peinado hacia atrás y recogido en una cola de caballo.
La mañana de mayo en la ciudad del amor le daba ganas de volver a meterse bajo el edredón de plumas de su habitación, allá arriba, con el típico manto gris de nubes suspendido encima.
Lo había visto por la ventana al descorrer las cortinas.
Lo más seguro era que tardara un buen rato en despejarse, así que se había puesto un suéter blanco de cuello alto que no solo la mantendría abrigada, sino que también ocultaría el raspón y el moretón del brazo.
No necesitaba que Marco le hiciera preguntas incómodas.
Combinó el suéter con unos jeans y se encaminó al elevador.
Cuando ella entró, Marco ya estaba sentado en el restaurante, sirviéndose crema en el café con delicadeza. Nikki se deslizó en la silla frente a él.
—Buenos días. ¿Tuviste una noche de buen descanso? —preguntó él.
Antes de darse cuenta, Nikki le soltó toda la historia a borbotones.
Marco se enderezó en la silla. —Ah, ¿así que otra vez andas jugando a la detective?
Ese cuento que le contaste a Derek de que ibas a ver a una profesora de escritura era un engaño.
Nada bien, Bellissima . Pero entiendo tu apuro, y Simon y yo te vamos a ayudar. —Agitó un dedo frente a ella.
—¿Perdón?
—Todo buen detective necesita un compañero. Yo veo todas las series policiacas de la televisión y eso aprendí. Ahora tienes dos.
—No, no. ¿Qué pueden hacer ustedes? Por favor, no puedo dejar que se metan en esto. Es que solo necesitaba hablar con alguien. Yo me encargo de lo que tengo que hacer hoy, y ustedes dos vayan a recorrer la ciudad. En la tarde nos vemos para la hora feliz.
Él negó con la cabeza. —No. —Se inclinó sobre la mesa y apoyó la barbilla en las palmas de las manos—.
Quiero que sepas que Simon y yo te ofrecemos todas las disculpas del mundo por la manera en que te tratamos cuando llegaste al valle de Napa.
Estábamos celosos, y Simon quería ser el amo del viñedo.
El rey. Eso ya no es lo que queremos. Ya no.
En estos últimos meses cambiamos nuestras motivaciones y nuestra manera de ser, y esa es una de las razones por las que quisimos acompañarte y consentirte en la ciudad. Necesitamos compensarte.
La disculpa tomó a Nikki por sorpresa. —Gracias.
Te lo agradezco. Ustedes dos sí que fueron un poco duros conmigo.
—Se rio al recordar las jugarretas que le habían hecho esos dos para espantarla de la bodega.
Todo había cambiado desde entonces, como suele pasar, así que no podía seguir guardándoles rencor—.
Pero no pueden meterse en esto. No sé qué está pasando, pero no puedo permitir que lo hagan.
—Quieres ver libre a tu amiga, ¿no? Y no crees que ella haya asesinado a esa mujer, ¿verdad?
—Sí, y no.
—Déjanos ayudar.
El mesero se acercó y Nikki pidió un omelet de hongos y queso con pan tostado de masa madre y un moca.
Hoy no era día de hacer dieta o, como escribían todos los gurús de la alimentación sana y el ejercicio en la montaña de libros que llenaban los estantes, de «un cambio de estilo de vida alimentario».
No, hoy definitivamente no era día para un cambio de estilo de vida alimentario.
Quizá sí le viniera bien la ayuda que Marco le proponía.
Tenía mucho que hacer hoy, y agradecería un poco de apoyo.
Después de lo de anoche se había sentido un poco sola en todo este asunto. —¿Qué sugieres? —preguntó.
—Lo que necesites.
Durante el desayuno terminó de contarle a Marco todos los detalles de lo que había ocurrido y de lo que había averiguado desde el asesinato de Susan. Marco armó un plan con ella. A Nikki no le daba buena espina, y no sabía si funcionaría ni si era prudente, pero él no dejaba de tranquilizarla.
—Escúchame, Bellissima : antes de ser un diseñador famoso, yo tuve mi época en la zona pobre de Italia, y de niño aprendí a abrir cerraduras con ganzúa y a hacer cosas de las que no estoy orgulloso.
Yo robo unas cuantas cosas en mi vida, y ahora lo lamento mucho, pero hoy esas viejas habilidades nos van a venir muy bien.
—No sé, Marco. No creo que sea seguro. Esta gente podría ser muy peligrosa; ¿y si los atrapan a los dos?
Él hizo un gesto con la mano para quitarle importancia al comentario. —Eso no va a pasar. Tú ve a ver a ese tal Paulo y luego a ese baboso de Blake.
Ella se rio.
—Así es como le dicen aquí a alguien mañoso, ¿no? Un baboso. Solo repito lo que tú me dijiste: que el hombre es un baboso.
Ella asintió y se terminó lo que quedaba del café, ya completamente despierta y satisfecha. —Lo es.
— Bellissima , no sabes si alguno de ellos es un asesino, así que tú ten mucho cuidado.
—Tú tienes que tener más cuidado que yo. Al menos yo voy a estar en un lugar público.
Marco miró su reloj. —Voy a despertar a mi amore , y haremos planes para el día. Tú ocúpate de tus asuntos y nos vemos aquí a las cuatro. —Se levantó y le dio un beso en la mejilla, lo que por un segundo le recordó a Andrés. Los hombres de los países latinos sí que sabían ser encantadores, ¿no?
Nikki sacó su celular y se preparó para llamar a Paulo Borrelli, con la esperanza de localizarlo.
Eran casi las nueve. Observó a Marco dirigirse al elevador mientras una oleada de emociones le revolvía el estómago.
Seguía sin estar del todo convencida de que fuera tan buena idea permitir que Marco y Simon entraran a la fuerza en lo que ahora era la casa de Jennifer Jennings.