Capítulo Dieciséis
Antes de bajar al vestíbulo a encontrarse con los chicos, Nikki volvió a llamar a Blake Sorgensen. Esta vez, para su sorpresa, contestó.
—¿Nikki qué? —preguntó él.
—Sands. De la boda de los Waltman. Nos sentaron en la misma mesa. Llevo varios días tratando de localizarlo. Es por el asesinato de Susan.
Nada.
—¿Señor Sorgensen? ¿Está ahí?
—Sí. Perdone, es que no estaba enterado. Estuve fuera de la ciudad unos días. ¿Dijo que a Susan la asesinaron?
—Lo siento. Sí. Me gustaría almorzar con usted y preguntarle un par de cosas.
Sí que se oía impactado y, sin siquiera preguntarle por qué quería hacerle preguntas, aceptó la cita para almorzar.
Nikki colgó y cruzó los dedos para que se presentara al día siguiente por la tarde.
Que hubiera vuelto de México podía significar que no tenía nada que ver con el asesinato de Susan, o quizá que se la había jugado y, en cuanto descubrió que habían arrestado a Isabel por el crimen, había regresado de Cabo.
Nikki suspiró, se puso unos pantalones caqui y un conjunto negro de suéter y cárdigan de punto, y se miró en el espejo de cuerpo entero.
Nop. Mucho más conservador de la cuenta para la compañía que iba a tener esa noche.
¿Por qué no salir al puro estilo Moulin Rouge para Simon y Marco?
Tenía un conjunto, comprado antes de mudarse a Napa, que se salía un poco de su estilo habitual, pero había sido para la fiesta de un diseñador nuevo que estaba muy de moda en Los Ángeles.
La hija de un rockero convertida en Donna Karan.
El conjunto era bastante lindo: una falda de seda negra con tablas hacia el centro, y una blusa halter de seda en un rosa oscuro, con bordados en hilo negro y una hilera de botones de perla negra al frente.
Sonriendo para sus adentros, le subió la apuesta al conjunto con unas medias de red y maquillaje completo.
Para empezar, no sabía bien por qué había metido las medias de red en la maleta.
Alguna fantasía subconsciente que involucraba al hermano Malveaux heterosexual.
¿Subconsciente? La tenía en primer plano.
En lugar de eso, iba a lucir su atuendo de «Living La Vida Loca» para un par de muchachos gay que la llamaban Ricitos de Oro y la alimentaban con perlitas de sabiduría espiritual de un hombre que parecía sacado directamente de la versión de Disney de Aladdin .
Los chicos no la iban a reconocer y, una de dos, o se morirían de la risa o les iba a encantar.
Les encantó tanto cuando entró al vestíbulo que soltaron un grito ahogado y luego rompieron en aplausos.
—Ay, Dios mío, de verdad existe una mujer ahí adentro —comentó Simon—. Todo este tiempo creímos que no eras más que una niña dulce, pero mírate nada más.
Marco la hizo girar. —Nuestra niña ya creció. Pero ¿cómo sabemos que es una mujer de verdad? —Le guiñó un ojo—. Eso sí, te ves maravillosa .
Ella se rio. ¿De verdad le estaban empezando a caer bien esos dos?
Como que eran divertidos y, sí, encantadores.
Le invitaron una copa de vino antes de salir rumbo a su aventura: el espectáculo de drag queens del Club Rendez-Vous, que resultó mucho más divertido de lo que Nikki esperaba.
Los tres se murieron de risa cuando vieron que una de las drag queens del escenario tenía un gran parecido con Tara Beckenroe.
Tara era la chismosa del valle de Napa y redactora de planta de Winemaker Magazine .
También tenía como gran ambición en la vida meterse en los pantalones, y en la billetera, de Derek.
Cuando Nikki acababa de entrar a trabajar en Malveaux, Tara le había explicado, sin mucha sutileza, que tenía toda la intención de terminar siendo la señora Malveaux.
Le había dado órdenes estrictas de mantenerse lejos de Derek.
Nikki, a su vez, se había propuesto no hacerle el menor caso a Tara.
—¡Es igualita a la Bruja Mala del Este! —rugió Simon—. ¿Te ha estado molestando últimamente, Ricitos de Oro? Ya sé cuánto le gusta sacarte de tus casillas.
—Es que está obsesionadísima con Derek, ¿no?
—añadió Marco, y le dio un sorbo a su mojito, de los que estaban bebiendo en abundancia.
Nikki ya no sentía dolor alguno, aunque lo más probable era que lo sintiera por la mañana.
La sola mención del nombre de Tara solía bastar para provocarle un dolor de cabeza sordo, pero esa noche se la estaba pasando en grande y ni siquiera la mención de su némesis podía arruinarle la noche.
—Vaya que sí —respondió Simon—. ¿Y tú qué opinas de eso? ¿Te asusta aunque sea un poquito?
—Ni hablar. Esa no es competencia.
—¡Ajá! —Simon la señaló y agitó el dedo frente a ella—. Sabía que estabas enamorada de mi hermano.
—Claro que no.
—Claro que sí.
Se salvó cuando empezó a sonar «I Will Survive», de Gloria Gaynor, y una mujer negra y corpulenta, enfundada en lamé dorado y diamantes falsos, hizo su entrada y se adueñó del lugar, que se vino abajo entre gritos y chiflidos.
Cuando terminó el espectáculo, los chicos querían seguir la fiesta, pero Nikki se sentía cansada y sabía que todavía le esperaba mucho durante el fin de semana, y necesitaba despertarse con la cabeza lo más despejada posible.
Los chicos le dieron un beso de buenas noches y le prometieron que desayunarían juntos por la mañana.
Tomó un taxi y, a unas cuadras del hotel, le pidió al taxista que la dejara en Union Square para comprarse un café y caminar el resto del camino; quería un poco de paz, aire fresco y algo de ejercicio.
Compró su moca descremado y emprendió el regreso a The Clift.
Las calles de esa zona estaban más bien tranquilas y vacías, pues era noche de fin de semana y la mayoría de la gente seguía de parranda dentro de los restaurantes y los clubes.
Cruzó la calle en la esquina de Geary y Taylor y casi había llegado al otro lado cuando un coche dio la vuelta a la cuadra a toda velocidad, con las llantas rechinando sobre el pavimento.
Se le vino encima directo, con las luces altas encendidas de golpe, que se reflejaban en el asfalto oscuro y casi la cegaron.
El motor rugió y, sin tiempo para pensar, se lanzó hacia la acera mientras el coche seguía a toda velocidad calle abajo. Un portero del hotel corrió hacia ella.
—¿Se encuentra bien, señorita? —La recogió del suelo.
Un raspón largo le recorría el costado del brazo derecho, el brazo sobre el que había caído, y tenía la falda y las medias rasgadas por un lado.
Él la puso de pie mientras ella asentía, pero por un momento no lo tuvo tan claro.
Una sensación casi de entumecimiento se apoderó de su cuerpo mientras miraba fijamente hacia el fondo de la calle por donde el coche había salido disparado.
—Creo que sí —respondió, y notó el temblor en su propia voz—. Quedé un poco maltrecha, pero creo que estoy bien. ¿Vio el coche?
—No. Lo siento, no lo vi. Es que le estaba cerrando la puerta a alguien y lo único que oí fue el chirrido de las llantas. Me di la vuelta y la vi ahí tirada. ¿No se hospeda con nosotros? La reconozco de hace un rato.
Volvió a asentir.
La ayudó a entrar al hotel. —La verdad es que deberíamos llamar a la policía —le dijo.
Sabía que tenía razón, pero, en realidad, ¿qué podía hacer la policía?
Ni ella misma había alcanzado a ver bien el coche.
Antes de que doblara la esquina a toda velocidad, iba con la cabeza gacha, perdida en sus pensamientos.
Para cuando se lanzó hacia la acera, las luces no la dejaban ver nada.
Y luego todo había pasado tan rápido que, quienquiera que fuera, ya se había largado.
Seguramente era algún borracho que ni siquiera la había visto.
En el fondo, se preguntaba si de verdad había sido así.
—No, déjelo así. Seguro que la policía está hasta el cuello de trabajo, con eso de que es viernes por la noche.
—Yo creo que deberíamos llamar.
—Pasaré por la comisaría en la mañana.
El portero por fin la dejó ir y luego se acercó al conserje, que le sonrió a Nikki y le hizo un gesto con la cabeza.
Subió a su habitación. Acelerada y ahora lastimada, se curó las heridas, se puso la pijama y tomó el libro de bolsillo que Sara Waltman había escrito y le había prestado.
Tenía que intentar distraerse de lo que acababa de pasar.
Se repetía que solo había sido un simple accidente, y se iba a asegurar de creérselo.
Se metió bajo las cobijas y, justo cuando iba a abrir el libro, vio que la lucecita de mensajes del teléfono parpadeaba.
Quizá Derek había llamado, o quizá los chicos querían que volviera a salir a seguir la fiesta.
Marcó el número para recuperar los mensajes, y su peor temor de la noche se confirmó.
El hecho de que alguien hubiera intentado atropellarla a propósito se volvió realidad: una voz mecánica salió de la grabación, como si la hubieran ralentizado al máximo, igual que un viejo disco de 45 revoluciones puesto a 33.
«Deja de husmear. La próxima vez no tendrás tanta suerte. »