Un Asesinato por Copa (Un Misterio de Nikki Sands 2) Capítulo Quince #2
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Capítulo Quince #2

—Sí, bueno, aunque la hubieras conocido bien, no te habría contado la verdad sobre cómo nos criamos.

—Una no puede avergonzarse de dónde viene. —Eso era una mentira descarada, porque la vergüenza invadía a Nikki cada vez que pensaba en sus propios orígenes—. Eso nadie lo elige.

—¿Qué eres, una Pollyanna o algo así? Claro que una puede avergonzarse, maldita sea, pero, qué demonios, la verdad es la verdad, y por más imbécil que fuera mi hermana, hizo un trabajo de primera, carajo, para salir del hoyo. Aunque tuvo bastante ayuda en el camino, no como algunas de nosotras.

—¿A qué te refieres?

—Ya viste a mi hermana, toda rubia y alta. Tetas hasta acá, y vaya que sabía sacarle provecho a todo lo que Dios o el cirujano plástico le habían dado.

—Supongo que para ti no ha sido tan fácil, ¿no?

—¿Fácil? ¿Fácil? ¡Ja! Para nada. Ha sido un infierno, pero ahora me va bien. —Otra mirada alrededor del departamento.

—¿Heredaste este lugar?

Otra larga pausa y otro trago de su bebida.

—Sí, por fin la hermana mayor soltó algo.

Convencerla fue como sacarle una muela, pero, ya sabes, ¿quién iba a imaginar que la iban a matar?

Yo creía que tener un lugar así era un sueño imposible.

Sé que quería dejárselo a su amiga del alma, pero la convencí de que la sangre pesa más que el agua.

—¿Entonces tenía testamento?

—Demonios, claro que sí. Tenía un montón de lana por su cuenta, sin contar al tal Kristof.

Pero para ella mucho nunca era suficiente, ¿me entiendes?

Quería ser la versión femenina de Trump, y no a medias.

Oí que hasta trató de ligarse al mismísimo Trump hace tiempo, pero él estaba loco por esa modelo, Melania, con la que ahora está casado.

A la buena de mi hermana la mandó a volar como si no fuera nadie.

Me da risa, creo yo, porque mi hermana tenía la teoría de que podía llevarse a cualquier hombre a la cama y luego vaciarle la cartera. Con la mayoría tenía razón.

—Mencionaste a su amiga del alma. ¿Hablas de Pamela Leiland?

—La mismísima. Esas dos son, o eran, como dos gotas de agua.

—Se conocían desde hacía tiempo, ¿no? —preguntó Nikki, y dio un sorbo a su agua.

—Supongo. Yo no había visto a mi hermana hasta hace como seis meses, cuando la vi en una foto en una de esas revistas elegantes.

Ya sabes, de los ricos y famosos, y ahí estaba ella, puras tetas y sonrisas, dispuesta a morir por Kristof Waltman y luciendo en la foto ese anillo de diamantes descomunal.

Cuando lo vi, pensé que más me valía traer mi trasero para acá y felicitar a la feliz pareja en persona.

—¿Dónde vivías?

—En un maldito agujero en Phoenix, y ver a mi hermana viviendo a todo lujo como que me puso a pensar que la sangre pesa más que el agua, que ella era mi único pariente vivo y que, bueno, ya sabes, la familia no debería estar tan separada.

Le dije que si me ponía en la nómina yo mantendría la boca cerrada sobre de dónde venía en realidad.

Me dio la impresión de que su nuevo maridito forrado de dinero no tenía ni idea de cómo era ella de verdad.

Sé que él se imaginaba que no había dinero cuando éramos chicas, pero no conocía toda la historia. De eso estoy segura.

Nikki cambió el peso de un pie al otro. Jennifer le empezaba a caer tan mal como le había caído Susan. Era una oportunista. Nikki sabía que varios miembros de su propia familia podían convertirse fácilmente en eso mismo si se enteraban de que ahora ganaba un sueldo decente.

Se oyó un portazo en la entrada y Jennifer giró la cabeza de golpe.

Nikki se volvió y vio al hombre que había acompañado a Jennifer a la boda el otro día, alto, musculoso, guapo de una manera un tanto babosa.

Un Antonio Banderas engominado. Unas pestañas largas y tupidas le sombreaban los ojos oscuros.

Maldición, parecía recién salido de una de las películas de El Padrino .

Se acercó y levantó a Jennifer en vilo. —Hola, bizcochito.

Qué asco. ¿Bizcochito? Guácala.

Jennifer se rio y luego, de pronto, se acordó de que estaba enojada con él y empezó a golpearlo con los puños. —¿Dónde demonios estabas?

—Perdóname, nena. —La besó con lo que algunos llamarían un beso apasionado; para Nikki fue sencillamente repugnante—. Estaba en una reunión con el jefe , y ya te conté antes cómo se ponen esas cosas.

El jefe. A Nikki la mente se le fue en picada mientras la imaginación se le desbocaba.

¿Y si Jennifer había convencido a su hermana de incluirla en el testamento, y luego el novio, el tal Paulo, que por lo visto tenía alguna conexión con la mafia (por el amor de Dios, ¿quién recalca «jefe» como lo acababa de hacer él?), y Jennifer habían decidido liquidar a Susan y quedarse con el lujoso departamento y con todo lo demás a lo que pudieran echarle mano?

Y ahora Nikki estaba ahí parada, justo en medio de los dos.

¿Y si se volvían contra ella por andar husmeando?

Jennifer no se había guardado precisamente lo que sentía por su hermana, ni la manera en que se había colado en el testamento de Susan.

Paulo dirigió la mirada hacia Nikki. —¿Y quién es ella? —preguntó en tono meloso, tratando, en opinión de Nikki, de resultar encantador. Ni de lejos.

—Ah, ¿ella? Es Nikki…

Nikki extendió la mano y Paulo se la tomó y se la besó. ¡Doble guácala! —Sands. —Completó la presentación por Jennifer.

—Sí, tiene unas preguntas sobre Susan. No cree que haya sido la tipa que metieron presa allá en Sonoma. Es su amiga. —Jennifer ladeó la cabeza, plantó una mano en la cadera, bien echada hacia fuera, y luego agarró el vaso para darle un trago a su mezcla de vodka.

Nikki se ajustó la correa del bolso sobre el hombro. —Creo que ya debería irme. Sé que ustedes dos tienen planes.

—Espera un momento. Espera un condenado momento —dijo Jennifer—.

¿Qué demonios es esto? —Nikki vio cómo Jennifer señalaba unas manchas de lápiz labial en la camisa blanca de Paulo—.

No estabas en ninguna reunión. Te estabas tirando a otra.

Te lo dije, Paulo. Te lo dije, maldita sea, que si me volvías a hacer esa mierda estabas acabado, y te lo digo muy en serio, carajo.

Maldito seas. —Le cruzó la cara de una bofetada, dio media vuelta y salió de ahí hecha una furia, con el vaso de vodka todavía en la mano—.

¡Y cuando yo vuelva a entrar aquí, más te vale que ya no estés, maldita sea!

—Un portazo retumbó desde el fondo del departamento.

Nikki intentó sonreírle a Paulo. Qué incómodo.

Él se volvió hacia ella. —No te preocupes.

Eso no es nada. En quince minutos sale con un conjunto nuevo, porque le dejé un regalo en la cama cuando entré.

Mira, primero me metí sin hacer ruido, puse el regalo en la cama y luego regresé y cerré la puerta de entrada de un golpe, para que no se diera cuenta.

Ahora va a estar feliz de la vida, porque no hay nada que a esa mujer le guste más que los regalos.

Se le va a olvidar por completo que está molesta conmigo.

Además, solo fue mi secretaria dándome un beso de buenas noches, ya sabes, un beso amistoso en la mejilla.

En cuanto Jen se calme, se lo explico y todo vuelve a la normalidad.

Claro, amigo. Lo que tú digas. —De verdad tengo que irme. ¿Podría decirle que me despido?

—¿No te quieres quedar? Te llevamos a cenar. Si tienes preguntas sobre Susi, seguramente te las puedo contestar. Sé un par de cosas sobre la Señorita Altanera.

Eso despertó el interés de Nikki, pero, maldita sea, de verdad quería largarse de una buena vez de ese lugar, lejos de los dos aspirantes a actores de Los Soprano , y pasar a su siguiente circo de fenómenos.

Ni en un millón de años habría pensado que le ilusionaría salir con los Chicos del Verano a un espectáculo de drag queens, pero, caramba, en ese momento sonaba como la mejor de las opciones.

—Está bien así. Ya tengo planes para cenar.

—Qué lástima. —Sacó una de sus tarjetas y se la lanzó—. Si cambias de opinión, llámame. Podemos vernos para almorzar o algo. —Le guiñó un ojo.

—Claro. Quizá lo haga. —Nikki se dirigió a la puerta y no respiró hasta que la cerró tras de sí y enfiló hacia la plaza para mezclarse con la gente que deambulaba por ahí.

Quería alejarse lo más posible de ese departamento, porque aquellos dos eran definitivamente unos chiflados, y posiblemente también unos asesinos.