Capítulo Trece
Nikki llegó de vuelta a la casita justo cuando una luna llena se alzaba en lo alto sobre las Mayacamas y bañaba el viñedo con un resplandor casi etéreo. Tenía planes que hacer.
Los Waltman y compañía se habían lucido poniéndole los pelos de punta, y tenía la sensación de que allá en Sonoma había un puñado de personas con algún tipo de motivo para querer ver muerta a Susan.
Pero, después de su noche de recabar datos, también sabía que había un par de personas más a las que necesitaba ver, y esas personas estaban en la ciudad.
Revisó la contestadora y había un mensaje de Derek. Con solo oír su voz se le dibujó una sonrisa. La euforia se le pasó rápido, porque el tono sonaba un poquitín frío.
—Hola, Nikki. Soy Derek. Me temo que tendré que cancelar nuestro compromiso de cena de mañana en la noche. Surgió otra cosa.
¿Y eso qué significaba? ¿Compromiso de cena?
¿A quién se le ocurría llamarlo «compromiso de cena», a menos que fuera puro negocio?
Y lo de ellos nunca había sido puramente negocios.
Además, habían quedado en que no hacía falta que el contador los acompañara.
¿Y la formalidad de aclarar quién era en el mensaje?
Sonaba tan distante, casi enojado con ella.
¿Qué había hecho? Tal vez nada en absoluto, y ella estaba siendo paranoica sin motivo.
Como no era de las que se quedan de brazos cruzados esperando a ver si alguien estaba molesto con ella, volvió a ponerse el suéter tejido y recorrió el corto trecho hasta la casa de Derek.
Ollie la recibió en la puerta principal, meneando el cuerpo entero sin parar.
Se agachó a acariciar al enorme rhodesian ridgeback.
—Te extrañé, grandote —le dijo—. Ya no vienes a verme como antes.
A lo mejor mañana me doy una vuelta y salimos a correr.
—Ollie le lamió la mano como si entendiera lo que le decía.
La puerta principal se abrió. Nikki levantó la vista y vio a Derek en pantalones deportivos y una camiseta gastada. Algo en él, así, con ese aire casi de muchacho, le provocó por la espalda un escalofrío de los buenos, de esos que erizan la piel. —Hola.
—Buenas noches. Me pareció oír a alguien.
—¿Quién es? —gritó Simon desde adentro.
Nikki arqueó una ceja. —¿Los Chicos del Verano andan por aquí? —Vaya giro, considerando que Derek y su medio hermano Simon no eran precisamente cercanos, y que Marco, la pareja de Simon, era ni más ni menos que un dolor de muelas de primera.
—Resulta que Marco diseñó una campaña publicitaria bastante decente para la bodega y me pidió que le echara un vistazo.
Seguía siendo demasiado formal y estaba actuando rarísimo.
—¿Esa es Ricitos de Oro? Pasa —gritó Marco con su acento italiano.
Derek dudó antes de abrir la puerta de par en par. Eso la hizo vacilar a ella también antes de entrar. Las vibras que sentía dirigidas hacia ella eran feas y cargadas de enojo. Pero los chicos sí parecían medio contentos de verla.
Marco le sirvió una copa de vino mientras ella se acercaba a la mesa del comedor, donde al parecer habían estado revisando las ideas publicitarias de Marco.
Derek la siguió. Nikki tomó la copa de tinto y le dio un sorbo.
Después de la noche que había tenido, lo necesitaba, y no lo iba a rechazar aunque la oferta viniera de Marco.
—¿Te retiras de la alta costura? —preguntó.
—Ah —suspiró Marco, y continuó con su acento italiano—. El mundo de la moda, como tú sabes, es un mundo materialista, todo gira alrededor del dinero, de quién lo tiene y quién no, y yo, sencillamente, me estoy cansando de eso.
Nikki estuvo a punto de escupir el vino hasta la otra punta de la sala. ¿Marco, antimaterialista? Ese sí que era un buen chiste.
Simon se le acercó con disimulo. —Ya te dijimos que hemos estado reflexionando sobre nuestras vidas desde que nos pusimos zen, y nuestro crecimiento es asombroso.
Marco quiere ampliar sus horizontes y, como es un verdadero artiste , ¿qué mejor para él que pensar en Malveaux y en el negocio de la familia?
—Sí, eso es muy cierto —dijo Marco—. El gurú Sansibaba, con quien estudiamos en el spa de la magnífica Sedona, dice que el Dios que llevamos dentro es causado por el Dios que está fuera de nosotros.
Es el reflejo de todo lo que hacemos y de todo lo que hacen los demás, y somos un microcosmos del macrocosmos.
Una célula diminuta dentro de una más grande.
Al pensar ciegamente en las riquezas y hablar feo de los demás, solo nos hacemos daño a nosotros mismos.
—Mmm, sí. El gurú Sansibaba, qué hombre tan inteligente —terció Simon.
Ay, por favor. Nikki se preguntó si Derek les leía las intenciones a esos dos con la misma claridad que ella.
Después del asesinato de Gabriel el otoño pasado, Derek prácticamente los había puesto de patitas en la calle por su papel en todo aquello.
Habían intentado desesperadamente echar a Nikki del viñedo, temerosos de que ella anduviera tras lo mismo que ellos: la fortuna de los Malveaux.
No se tragaba la idea de que un gurú cualquiera en un spa de Sedona hubiera convertido a esos dos en seres espirituales y amorosos.
—Mi propuesta de una nueva campaña publicitaria es inteligente y está llena de amore .
Le estoy sugiriendo a Derek que la bodega incorpore el concepto zen en sus anuncios.
Es todo paz y amor, y qué gran idea asociarlo con un viñedo.
El gurú Sansibaba dice que lo que crece en la tierra solo puede madurar a través del amor y el alimento.
Dicho esto, hay mucho amor en Malveaux Estate.
—Le guiñó un ojo a Nikki y luego le lanzó una mirada a Derek.
No supo qué decir. Derek la tomó del codo y caminaron hasta el sofá. Los chicos siguieron parloteando entre ellos sobre el crecimiento espiritual que sentían dentro de sí y el uno por el otro, y sobre la genialidad del gurú.
Derek le hizo un gesto para que se sentara. —Supongo que esta no es una visita social —dijo con el mismo tono frío que había usado en la contestadora.
—Yo, bueno… A ver, ¿hice algo malo? ¿Estás molesto conmigo?
Abrió mucho los ojos. —¿Debería estarlo?
—Que yo sepa, no. Sonabas medio molesto conmigo en el mensaje que dejaste, y quise preguntarte.
—No. Estamos bien. Como te dije, me surgió otra cosa para mañana en la noche y no puedo ir a la cena. Es todo.
—Ah. Entiendo. —En realidad, no. Normalmente él le contaba qué había surgido o por qué no podía ir. Pero esta vez, nada. Nunca había sido tan cortante con ella—. ¿Te fue bien en el viaje?
—Bien.
Nikki dejó la copa de vino en la mesa de centro que tenía enfrente. Esto iba bien. —¿Quieres que lo dejemos para otro día, quizá?
—No estoy seguro de cómo tengo la agenda. Está arriba, en la oficina. Lo hablamos la semana que viene.
Nikki iba a jugársela, pero estaba perdiendo terreno con él y de verdad quería recuperar algo de impulso antes de que esa ventana que apenas se había entreabierto en la boda quedara cerrada a cal y canto. —Tengo que ir a la ciudad este fin de semana a ver a una amiga. ¿Te gustaría acompañarme?
Derek la estudió un momento. —Seguro hay alguien más con quien preferirías ir.
—No. No lo hay. Todavía soy bastante nueva por aquí y solo he ido a la ciudad unas cuantas veces. Cuando vivía en Los Ángeles no venía mucho al norte. Me vendría bien alguien que la recorriera conmigo.
—¿Y la amiga a la que vas a visitar?
Esto era delicado, porque no quería darle ningún indicio de sus verdaderas razones para ir. Sin embargo, sí quería apegarse lo más posible a la verdad. —No es exactamente una amiga cercana; más bien una conocida, la verdad.
—¿Por qué vas a ir a la ciudad a ver a una conocida? —preguntó, probablemente intuyendo que ella se traía algo entre manos.
Ahora tendría que inventarse un cuento. —Creo que te conté de mi interés por la escritura, después de que mi carrera de actriz se fue a pique.
Él asintió.
—Y, obviamente, sabes que me encanta un buen misterio.
—Un poquito de más —respondió él.
—Cierto. En fin, esta muchacha tiene información que podría ayudarme a escribir una novela de misterio.
—¿Como una profesora de escritura?
Al menos se estaba abriendo con ella, pero se le notaba el escepticismo en la voz. —Sí, algo así.
—Ajá. ¿Piensas dedicarte a escribir, Nikki, o quieres vender vino?
Uy, se había apresurado a dar por hecho que él había cambiado de tono con ella.
—Claro que quiero vender vinos. Me encanta mi trabajo.
—¿Cómo podía dudar de eso? Se había volcado en aprender todo sobre los vinos, la vinificación, las uvas, todo, desde la semilla para arriba.
Él lo sabía—. Lo de escribir es un pasatiempo, nada más.
Ahora, de verdad me gustaría que vinieras conmigo a San Francisco.
—Perdón, ay, perdón , ¿oí que alguien mencionó San Francisco? —dijo Simon.
Derek volteó hacia los chicos, que seguían en la mesa del comedor y que obviamente habían estado escuchando a escondidas mientras fingían deshacerse en elogios por su nueva idea y sus bocetos.
—Nikki va a ir a la ciudad a hablar con una mujer sobre cómo escribir misterios —dijo Derek con la voz tensa—. Está buscando un guía turístico.
A Simon y a Marco se les iluminaron los ojos. —Pues, Ricitos de Oro, llegaste al lugar indicado —dijo Simon.
—Maravilloso, Bellissima . Te vamos a pasear por esa ciudad loca, y nos la vamos a… ¿cómo se dice aquí?… «pasar muy bien» —respondió Marco.
—En grande, cariño. Nos la vamos a pasar en grande —le corrigió Simon—.
Y qué oportuno, además. Ya me estaba empezando a aburrir un poco aquí en el viñedo.
Hay un japonés divino en la calle Kansas al que Marco y yo tenemos que ir a ver.
De verdad queremos pasarnos al estilo feng shui.
El gurú Sansibaba dice que la decoración del hogar, sobre todo el feng shui, ayuda a atraer las vibraciones correctas para una vida espiritualmente próspera.
Las vibraciones son lo que nos conecta a todos, en la única esfera de energía.
Qué idea tan adorable, Ricitos de Oro. Nos encantaría acompañarte.
—Ay, no, no hace falta —protestó ella, y miró a Derek para que la salvara de aquella avalancha. Sin embargo, él parecía estar casi disfrutándolo, con lo que solo podía interpretarse como una sonrisa divertida en la cara.
—Sería un placer llevarte —dijo Marco.
—Sí, por supuesto. ¿Quién mejor que un par de reinas para enseñarte el reino de las reinas? —dijo Simon. Los Chicos del Verano soltaron la carcajada al unísono.
Nikki no se rio. Se le hizo un hueco en el estómago.
—Entonces, decidido: mañana, cuando salgas del trabajo, súbete a la mansión y de ahí salimos —ordenó Simon—. A lo mejor consigo una reservación para cenar en el Big 4 Restaurant, en Nob Hill.
—Ay, sí, sería espléndido —dijo Marco, y juntó las manos con una palmada—. Y tenemos que, tenemos que quedarnos en The Clift. Es obligatorio, tan divino. Invitamos nosotros. Es importante que quienes tenemos ganancias monetarias compartamos con los menos afortunados.
—Súper. —Se tomó el vino de un trago y se puso de pie—.
Tengo que irme. Grazie por el vino. —Ahora podía oír el tonito en su propia voz, y se preguntó qué le habría hecho a Derek para desatar este concurso de a ver quién mea más lejos.
Porque ahora ella ya estaba metida en el juego, y no por gusto.
En ese momento no estaba nada contenta con el hombre de sus sueños.
Cuando cerró la puerta tras de sí y echó a andar de regreso a la casita, un viento fresco le dio una bofetada suave en la cara.
Ya fuera por el frío que la recorría o porque por fin se le prendió el foco, a Nikki se le ocurrió algo.
El coche de la otra noche. Cuando Andrés la había traído a casa después de cenar en Sonoma con Deirdre.
Se dio una palmada en la frente. Obvio. Tenían que haber sido los chicos los que pasaron a toda velocidad y luego fueron a contarle a Derek que la habían visto con Andrés.
¿Cómo iba a arreglar esta? Tampoco era que él fuera a admitir que tal vez estaba celoso.
Demonios, ni siquiera estaba segura de que ese fuera el caso.
¿Dar media vuelta, regresar a su casa y decirle: «Ah, por cierto, la otra noche no cené con Andrés, solo me trajo a casa. Es a ti a quien quiero»?
Llegó a la casita, se dejó caer en el sofá y encendió la tele con el control remoto. En TLC pasaban una viejita pero bonita: Cuando Harry conoció a Sally . Perfecto.
Una parte de ella quería regresar a casa de Derek y contarle lo de la otra noche, dejarle claro que quería estar con él, por poco profesional y desesperado que sonara. Pero también había una pequeña parte dentro de ella que no podía evitar preguntarse qué estaría haciendo Andrés en ese momento.