Un Asesinato por Copa (Un Misterio de Nikki Sands 2) Capítulo Doce
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Capítulo Doce

Nikki estaba rodeando los arbustos de enfrente del castillo Waltman, camino a su coche, cuando oyó un ruido tenue del otro lado de las matas.

Empezaba a anochecer, y el telón de fondo del cielo cada vez más oscuro detrás del castillo gótico le disparó la adrenalina.

El lugar se veía medio tenebroso con esa luz y, en ese preciso momento, la historia de Ben Waltman le estaba poniendo los pelos de punta.

Él, el de los ojos oscuros que parecían vigilarla dentro del salón del castillo.

Tampoco ayudaba saber que apenas unos días antes habían cometido un asesinato en esa misma propiedad.

Se olvidó enseguida de fantasmas y asesinos al acecho cuando oyó una risa contenida, seguida de más ruidos de movimiento al otro lado de los arbustos.

La curiosidad pudo más, y Nikki tuvo que echar un vistazo.

Se acercó con sigilo al seto y se agachó despacio para poder ver lo que pasaba en la piscina.

Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? ¿Una citita junto a la piscina?

Kristof y Deirdre jugando con los pies en el jacuzzi y bebiendo champaña.

Qué vergüenza. A Nikki se le revolvió el estómago.

Dos ex haciéndose ojitos apenas unos días después del asesinato de la novia era algo que, para ella, no auguraba nada bueno.

Avanzó unos centímetros para acercarse un poco más, tratando de mantenerse entre las sombras de los árboles. ¿De qué estarían hablando?

A Nikki le pareció oír que Deirdre decía algo de que, con el tiempo, todo iba a estar bien.

¿A qué se refería? ¿A que él superaría lo de Susan?

¿A que, con el tiempo, ya no habría problema en que dejaran ver que estaban juntos otra vez?

¿A que, con el tiempo, quedarían definitivamente libres de cualquier sospecha de asesinato, porque la pobre Isabel acabaría en la silla eléctrica por matar a la novia?

Maldición. La bomba de la piscina se encendió y ya fue imposible oírlos.

Ahora solo le quedaba el lenguaje corporal.

No estaban exactamente jugando con los pies, como le había parecido al principio.

Estaban sentados en extremos opuestos del jacuzzi, uno frente al otro.

Pero estaban bebiendo champaña. Curiosa elección de bebida, dadas las circunstancias.

Demonios, si vamos a eso, todo el mundo en el castillo Waltman bebía champaña, y la única que más o menos había dado una excusa para hacerlo era Pamela.

Esto se ponía cada vez más raro. ¿La jugada de Deirdre era recuperar a Kristof?

¿O su motivo era la venganza? El viejo dicho sobre la furia de una mujer despechada le cruzó la mente a Nikki.

¿Podía la Señorita Pastel de Manzana haberse propuesto vengarse de los recién casados?

Quizá también planeaba deshacerse de Kristof.

O quizá planeaba volver a meterse en su vida a fuerza de zalamerías y echarle mano al botín de los Waltman.

Fueran cuales fueran las razones por las que esos dos se remojaban juntos en el jacuzzi, a Nikki le hacían dudar seriamente de la inocencia de cualquiera de los dos.

Si lo que Deirdre quería era volver a encender la llama con Kristof y no vengarse, ¿había matado a Susan para quitarla de en medio e inculpar a Isabel, sabiendo lo brutal que Susan había sido con ella?

¿O acaso Deirdre sabía de la aventura de Kristof con Isabel y vio la oportunidad de sacar del panorama a las dos, a Susan y a Isabel?

Tenía que acercarse más y oír lo que decían. La bomba de la piscina se apagó y Nikki consiguió llegar hasta la casa de la piscina, a unos pasos de donde estaba el jacuzzi.

—No puedo creer que Isabel Fernandez pueda ser culpable de un asesinato —dijo Deirdre—. En realidad no la conozco, pero he estado en su restaurante y me pareció un encanto de mujer.

—Yo tampoco la conozco muy bien —comentó Kristof.

Qué mentiroso.

—Pero tampoco me la imagino matando a Susan.

No quiero creerlo. Si hubiera creído a alguien capaz de asesinar a Susan, habría sido a su hermana, Jennifer.

Desde que apareció por aquí el otro día, y hasta después de que encontraron a Susan, no hizo más que hablar pestes de su hermana y darle disgustos —dijo Kristof—.

Pero la policía dice que tiene buenas pruebas contra Isabel.

—Noté que Jennifer y Susan no parecían llevarse muy bien. ¿Qué pasaba entre ellas?

—Le pregunté a Susan, pero me dijo que su relación siempre había sido tensa.

Las dos crecieron en una situación nada fácil, y Susan salió adelante por su cuenta.

Me pregunto si Jennifer estará en el testamento de Susan.

Dios, ni siquiera sé si Susan tenía testamento.

Nunca hablamos de esas cosas. ¿Para qué?

Teníamos un futuro juntos. De eso hablábamos.

—¿El novio de Jennifer se regresó a la ciudad con ella?

—¿Ese bobo de Paulo? Sí, está con ella en el departamento. Detesto pensar que anden hurgando en las cosas de Susan, pero ni Pamela ni yo soportamos la idea de ir allá ahora mismo. Apenas soy capaz de revisar las cosas que ella tenía aquí.

Deirdre se deslizó hasta quedar más cerca de Kristof. —Lo haré por ti. Lo que necesites. Yo lo hago.

—Has sido tan buena conmigo, y eso después de todo lo que pasó entre nosotros.

Deirdre dejó la copa de champaña en el borde del jacuzzi y le puso las palmas de las manos en las mejillas a Kristof. —Eso ya quedó en el pasado. —Lo besó en la frente—. Como te dije, haré lo que tú quieras.

Nikki se recargó contra la pared de la casa de la piscina. ¿Y haría Deirdre también todo lo posible por recuperarlo?

Deirdre salió del agua y se envolvió en una toalla. —Bueno, mejor me voy. Sé que ya es hora de cenar, y tu familia va a empezar a preguntarse dónde estás.

—¿No te quedas a cenar? Me siento muy incómodo con todos ahora mismo. Como si todas las miradas estuvieran puestas en mí.

—Quiero. De verdad que quiero, pero a lo mejor no se vería bien. Creo que debería irme a casa. —Se inclinó y volvió a besarlo, esta vez en la mejilla.

Nikki decidió que era buen momento para retirarse.

Dio un rodeo hasta su coche con un montón de preguntas dándole vueltas en la cabeza.

Cuando iba a abrir la puerta, sintió el peso de una mano grande en el hombro y se dio la vuelta, asustada y lista para ponerse en plan Jennifer Garner en Alias con quien fuera.

—Me asustó —dijo al ver que era Marty.

—Perdón. Te aseguro que no fue mi intención. Pensé que ya te habías ido. Luego vi que tu coche seguía aquí, cuando salí a comprobar que había metido el Rolls en el garaje. Es el único coche que tengo que asegurarme de guardar por las noches.

—Entiendo. —Nikki cambió el peso de un pie al otro.

Había algo en Marty Waltman en ese momento que no cuadraba.

La miraba de una manera extraña, con los ojos medio desorbitados, intensos, y una sonrisita burlona asomándole en la comisura de los labios.

Quizá ya llevaba unas copas de más. Se le puso la piel de gallina en los brazos y se los frotó de arriba abajo.

Lo que de verdad quería era subirse al coche y salir disparada de ahí.

—¿Saliste a caminar? —preguntó Marty.

—Pues… sí, de hecho sí. Es que la propiedad es tan hermosa, y pensé que era una hora muy linda de la noche, y que podía dar un paseo. —Podía oír el temblor en su propia voz, y cómo se le había subido una octava.

—Te habría llevado a recorrerla. Hay muchos datos interesantes sobre el viñedo y, claro, la bodega queda ahí mismo, subiendo la colina. Me encanta enseñar con orgullo el lugar donde se hacen los mejores vinos de la región.

—No quería molestarlo.

—No habría sido ninguna molestia, Nikki. ¿Viste la piscina? Creo que mi encargado encendió las cascadas hace un rato. De noche es una preciosidad.

Nikki se llevó una mano a la cadera y chasqueó la lengua. Le agitó un dedo. —¿Sabe qué? La piscina ni la vi. Es que sencillamente me encantan las vides. Eso era lo que quería ver.

—La próxima vez que vengas, tienes que ver la piscina, quizá darte un chapuzón.

La mantengo climatizada todo el año. —Suspiró, se cruzó de brazos y se balanceó hacia atrás sobre los talones—.

A Kristof le encanta la piscina, nadar. Desde que era chiquito.

Estoy muy preocupado por él en este momento. Ha sufrido una gran pérdida.

—Es una tragedia. Tiene suerte de contar con un padre y una familia que lo apoyan.

Los lentes de Marty atraparon los últimos rayos de sol, que los velaron, y a Nikki le fue imposible verle los ojos detrás de los cristales.

—No hay nada que no haría por mi hijo. Tuvo algunas dificultades en su infancia, y me he propuesto como tarea asegurar su felicidad.

—Como le dije, tiene mucha suerte.

—No sé si sea suerte. Es el amor de un padre.

Lo quiero con toda el alma. Es un buen hijo y se merece lo mejor.

No querría ver jamás que algo se interpusiera entre él y todo lo que se merece, sobre todo ahora, después de perder al amor de su vida.

Exactamente igual que tú mereces lo mejor.

Has tenido la fortuna de encontrar un trabajo maravilloso con Malveaux.

Derek es un hombre muy bueno. También tienes suerte de que, después del fiasco de noviembre pasado y de todo el tiempo que dedicaste a husmear para encontrar al asesino de Gabriel, no te costara la vida.

Si mal no recuerdo, estuviste en una situación muy peligrosa. Mucha suerte la tuya.

—Así fue, pero es obvio que estoy bien. —Las palabras de Marty tenían un dejo que casi sonaba a una amenaza, por extraña que fuera.

—Es una suerte. Me alegra que tuvieras tanto cuidado de no salir lastimada.

Resolver un asesinato es algo que en realidad debería dejarse a la policía.

Pero entiendo la curiosidad. Como mi tía: siempre curiosa por la vida, por la gente, por cosas que no son de su incumbencia.

A veces se le olvida el viejo dicho de que «la curiosidad mató al gato».

Nikki echó un vistazo al reloj, aunque con la oscuridad que caía ya no alcanzaba a leerlo. —Así soy yo. Curiosa como un gato. Gracias otra vez por todo. Tengo que irme.

—Cuídate, Nikki. Pasa a darte ese chapuzón cuando quieras.

—Así lo haré.

Marty le abrió la puerta del coche y la cerró cuando ella encendió el motor, con la mano temblándole sobre las llaves. No podía evitar sentir los nervios de punta. Se despidió con la mano y salió de la propiedad de los Waltman.

Las palabras de Marty le resonaron en la cabeza durante todo el camino a casa, perturbándola hasta lo más hondo.

Él quería lo mejor para su hijo. ¿Habría decidido que Susan no era lo mejor para Kristof?

Sobre todo si había visto esas fotos comprometedoras de ella con Blake Sorgensen.

Al pensar en Blake, Nikki, con una mano en el volante, marcó su número, que a estas alturas ya se sabía de memoria, por enésima vez desde el arresto de Isabel.

Debía de seguir en su yate en Cabo. Necesitaba hablar con él, ver qué tan arrepentido estaba y llegar al fondo de la aventura que era obvio que habían tenido los dos.

No contestó; solo le salió la contestadora, y aquello no era algo que quisiera dejar grabado en un mensaje.

Cerró el celular de un golpe, decepcionada otra vez por no haber localizado a Blake.

Y ese detalle le dio que pensar. Él se había ido de la recepción a toda prisa para irse a su yate en Cabo.

Qué oportuno. ¿Y si no había estado tan borracho como ella supuso en la recepción?

¿Y si su excusa de irse a Cabo era precisamente eso, una excusa?

¿Y si era un cuento para no convertirse en sospechoso del asesinato de Susan?

¿Podía haberle dado el veneno a Susan y haberse largado a México con la intención de no volver?

Guau, esto se ponía cada vez más loco con cada capa que Nikki iba quitando.

No tenía ningún control sobre el paradero de Blake Sorgensen, y sabía que no podía quedarse de brazos cruzados esperando a que volviera de Cabo San Lucas, sobre todo cuando tenía a un puñado de personas a las que consideraba sospechosas del asesinato de Susan.

Y en esa lista de sospechosos estaba Marty Waltman.

Nikki volvió a darle vueltas a él y a su extraño comportamiento.

¿Habría decidido el papá de Kristof, en un arrebato, asesinar a su flamante nuera para asegurarse de que no pudiera hundir a Kristof ni echarle mano a la fortuna de la familia?

Más inquietante que sus palabras era el tono que había usado con Nikki.

¿Sabría que ella había espiado a Deirdre y a Kristof en la piscina?

Quizá sospechaba que a ella le bullían las dudas sobre el amor eterno de Kristof por su novia asesinada.

¿Le daría gusto a Marty ver que Deirdre y Kristof volvían a pasar tiempo juntos?

Quizá sabía que el odio profundo que Deirdre sentía por Susan había despertado en ella a una asesina.

Si era así, ¿le estaba diciendo Marty Waltman a Nikki que se echara para atrás, con tal de proteger a Deirdre y a Kristof?

¿Pretendía meterle miedo? Tantas preguntas sin respuesta.

Sentía que caía dando vueltas, cada vez más hondo, en un agujero negro.

Además de la confusión por tantas preguntas sin respuesta, también sentía miedo, porque, maldita sea, un poco sí que le había metido Marty Waltman unos momentos antes.

Le tuviera miedo o no al clan Waltman, lo último que Nikki pensaba hacer era echarse para atrás.