Un Asesinato por Copa (Un Misterio de Nikki Sands 2) Capítulo Catorce
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Capítulo Catorce

El viernes por la mañana, antes de ir a trabajar, Nikki empacó para el fin de semana y luego fue a ver a Isabel en cuanto empezó el horario de visitas.

Su querida amiga se sentó frente a ella, del otro lado de una mampara de vidrio, con expresión triste.

Isabel y Nikki tomaron el teléfono al mismo tiempo para poder hablar.

En cuestión de un par de días, a Isabel se le habían marcado líneas profundas en el rostro, tan joven, y tenía los ojos hundidos, enmarcados por unas ojeras oscuras.

—Te voy a sacar de aquí —le prometió Nikki.

Isabel asintió y le dedicó un intento lastimero de sonrisa. —Creen que yo le di a Susan un frasquito de ese veneno y que le dije que era cocaína.

—¿Qué? ¿Por qué iban a pensar eso? —preguntó Nikki, impactada por ese giro de los acontecimientos.

Sabía que la policía creía que Isabel había envenenado a Susan, pero había dado por hecho que, como Isabel se había encargado del banquete, sospechaban que había puesto el veneno en la comida o en el vino.

—Corre el rumor de que alguien del personal del banquete oyó a Susan decirme que necesitaba «algo que me levante», y que yo se lo conseguí.

—¿Susan te dijo algo así? —preguntó Nikki.

—No recuerdo nada parecido. Es posible. Si lo dijo, fue de pasada, y yo no pensé que hablara en serio. Estaba tan ocupada ese día. Tú me viste. Si me dijo algo de que necesitaba energía, yo habría pensado que me pedía un café, no drogas.

Nikki le dio vueltas a todo aquello un instante y recordó el momento en que se encontraba de pie en el vestíbulo del castillo Waltman, poco después de que el forense se llevara el cuerpo de Susan.

Jennifer, la hermana de Susan, había sacado a relucir que a su hermana le gustaba coquetear de vez en cuando con las drogas recreativas, y Pamela no lo había negado.

Pero ¿por qué iba a pensar la policía que Isabel se las había conseguido?

Sí, decían haber encontrado el frasquito de fluoroacetato de sodio en el camión de Isabel, pero tampoco es que Susan e Isabel fueran uña y carne.

Nikki dudaba que, si Susan quería un pase, fuera a pedírselo a la encargada del banquete, a la que trataba como a una simple sirvienta.

Se lo planteó a Isabel, a quien se le empañaron los ojos.

—Nikki, hay algo que nunca te he contado. Es algo de lo que me avergüenzo mucho.

—Conmigo no tienes que avergonzarte de nada.

Isabel suspiró. —Cuando recién llegué a este país era un poco más alocada.

Sabía cómo ir de fiesta, y me gustaba olvidarme de mis problemas.

Las cosas fueron difíciles para mí después de que falleció mi madre y me mudé a este país; aunque iba a estar aquí con mi hermano y había tantas posibilidades, fui una tonta.

Pensaba que la mejor manera de hacer amigos era organizar buenas fiestas.

Una noche, poco después de mudarme, invité a gente a mi casa y hubo drogas.

Mi hermano se enteró y me dijo que, si no cambiaba, tendría que volver a España.

Como los dueños del viñedo de Spaniards' Crest habían ayudado a financiar el restaurante y yo sabía que mi hermano hablaba en serio, le hice caso.

Desde esa noche no he vuelto a tener nada que ver con las drogas.

—Pero todavía hay gente por ahí a la que le gusta hablar pestes, y este asesinato volvió a avivar los chismes.

—Sí —susurró Isabel al teléfono.

Era un asunto feo, pero Nikki estaba más decidida que nunca a abrirse paso entre todo aquello y llegar hasta el fondo.

Tenía que averiguar cuál de los empleados le había contado a la policía que había oído a Susan decirle a Isabel que necesitaba «algo que me levante».

Siguiendo ese hilo, pensó en el joven que trabajaba esa noche y al que Susan había humillado delante de un montón de gente.

¿Cómo se llamaba? ¿Cómo podía habérsele olvidado?

Si justo por eso se había burlado Susan de él.

Louis Faulker. Cuando Nikki volviera a Napa el domingo, daría con él.

—¿Tienes una lista del personal que trabajó para ti esa noche? —preguntó Nikki.

—Debería estar en mi oficina, en el escritorio. ¿Por qué?

—Me gustaría ver quién estaba trabajando y, quizá, hacer algunas preguntas.

—¿Es buena idea? No quiero que te metas en problemas por mi culpa.

—Escúchame, Isabel. No quiero pintarte un panorama feo, pero creo que sabes en qué problema tan grave estás metida.

A Isabel volvieron a llenársele los ojos de lágrimas mientras asentía.

—Dicho esto, la policía parece bastante empeñada en culparte y en encontrar la manera de condenarte. Andrés y yo creemos que te tendieron una trampa.

Isabel abrió mucho los ojos mientras asimilaba la idea. —Pero ¿por qué? No creo tener enemigos. La única persona a la que nunca parecí agradarle fue Susan Jennings.

—Exacto. No creo que quien te tendió la trampa lo haya hecho porque tenga algo en tu contra. Creo que eres el chivo expiatorio fácil.

Isabel parecía confundida.

—Por la manera en que Susan te trataba, y delante de los demás, sin contenerse en absoluto, el asesino te vio como un blanco fácil a quien echarle la culpa, para que nadie sospechara de él o de ella.

—¿Y tú estás tratando de averiguar quién es esa persona?

—Sí.

—No, Nikki. No puedes arriesgar así tu vida por mí. La verdad saldrá a la luz.

—No seas ingenua, amiga. Sí, la verdad va a salir a la luz, y yo la voy a descubrir. Estoy bien. Sé lo que hago. —Aunque lo dijo, en el fondo no podía evitar preguntarse si de verdad lo sentía así, pero tenía que darle a Isabel algo de esperanza—. Tú sabes, y yo sé, que harías lo mismo por mí.

Isabel apoyó una mano en la mampara de vidrio que las separaba, y Nikki puso la suya contra la de ella. Isabel articuló sin voz un «gracias». Ninguna de las dos pudo contener más las lágrimas. —Por favor, ten cuidado —dijo Isabel.

—Lo tendré.

Se les acabó el tiempo. Se despidieron, y Nikki emprendió el regreso al viñedo para la jornada de trabajo.

De camino pasó por Grapes. Lucia, la gerente de Isabel, estaba ahí.

Nikki le explicó que Isabel necesitaba que recogiera algo de su escritorio.

Lucia no le hizo preguntas; sabía que las dos eran amigas íntimas.

Nikki encontró la lista justo donde Isabel le había indicado.

Recorrió la lista de unos veinte nombres y dio con el de Louis Faulker.

De regreso a Malveaux Estate, marcó el número de Louis desde su celular.

Contestó un hombre. Cuando Nikki preguntó por Louis, se llevó una buena sorpresa.

—¿Lou? Qué va. Se largó —dijo el hombre.

—¿Se largó?

—Sí, o sea, se fue, adiós. Llegué a casa el domingo, después del torneo nacional de videojuegos en Sacramento, y el tipo nada más me dejó una nota diciendo que se mudaba. Y la verdad estoy medio enojado, ¿sabes?, porque el tipo me debe la lana de la cuenta del teléfono, y ya hay que pagar la renta.

—Ya veo. ¿Sabe adónde se fue?

—O sea, no. Es un tipo extraño. Medio raro.

—¿Raro cómo?

—Pues raro, o sea, temperamental, medio loco. ¿Y tú quién eres?

—Nadie. Gracias. —Nikki cerró el celular de un golpe.

Esto no pintaba bien para Louis. El tipo se larga al día siguiente del asesinato de Susan.

Ella lo había humillado en la recepción y, encima, ¿su compañero de departamento lo consideraba raro?

Eso no lo convertía en un asesino. Había mucha gente rara por ahí.

Nikki tendría que ver, sin falta, qué podía hacer para localizar a Louis cuando volviera de la ciudad.

Había mucho trabajo pendiente en la bodega, y eso hizo que el día pasara volando. Cuando menos lo esperaba, ya iba apretujada en el asiento trasero del Porsche de los chicos.

Nikki tenía que admitir que la hora de camino a San Francisco estaba resultando divertida, incluso con el añadido de las citas del gurú Sansibaba que los chicos recitaban de memoria sin parar.

Todavía le molestaba que Derek hubiera estado tan frío y distante con ella, y seguía queriendo aclarar las cosas con él.

Había esperado hacerlo antes de irse, pero él no había aparecido por la bodega en todo el día.

No tenía idea de qué le iba a decir, pero algo había que decir.

Tendría que esperar. Tenía que descubrir la verdad sobre Susan y sobre quién la había asesinado. Tenía que ver a Isabel en libertad.

Simon puso a todo volumen a Frankie Goes to Hollywood en el estéreo y se puso a cantar con el viejo Frankie.

Marco miraba a su pareja al volante, completamente hipnotizado.

Nikki entendía por qué. Igual que Derek, Simon tenía el cabello dorado, solo que lo llevaba más largo que su medio hermano, y con la capota del convertible abajo el viento se lo alborotaba sin control.

Tenía unos pómulos que parecían tallados en piedra, y sus ojos verde mar, aunque más hundidos que los de Derek, seguían cautivando.

Cuando Marco y Simon entraban en un lugar, eran toda una declaración de belleza masculina.

Marco era la contraparte de la ascendencia escandinava e irlandesa de Simon, pues el italiano encarnaba a la perfección al amante moreno, a veces taciturno y excéntrico.

Nikki jamás habría imaginado, por la forma en que la habían tratado hacía menos de un año, que acabaría viajando en coche con ellos rumbo a San Francisco.

Sabía que en algún momento tendría que deshacerse de los dos, aunque fuera solo un par de horas, para poder hacer de verdad aquello para lo que había venido.

Simon soltó un suspiro exagerado cuando terminó la canción de Frankie. Se apartó los mechones rubios de los ojos después de subirse los lentes de sol a la cabeza para sujetarse el cabello que el viento le alborotaba. Nikki habría jurado que tenía lágrimas en los ojos cuando tomó la mano de Marco.

—Adoro esa canción. Tantos recuerdos, tanta diversión.

Marco asintió. —Pero recuerda, amore , que el gurú Sansibaba dice que los recuerdos son solo un reflejo del tiempo, y que el amor verdadero se construye viviendo en el presente.