Capítulo Ocho
La mañana siguiente resultó tan horrible como lo ocurrido el día anterior.
La audiencia de lectura de cargos de Isabel, por más estupendo que fuera el abogado defensor que Andrés había contratado, terminó en desastre.
El juez se negó a liberarla bajo fianza, alegando que había riesgo de fuga, ya que llevaba poco menos de dos años en Estados Unidos y, a su juicio, bien podría huir a España.
Andrés se quedó después de la audiencia para ver a Isabel, pero Nikki tenía que ir a trabajar.
Además, quería averiguar lo que pudiera sobre un posible acuerdo prenupcial entre Susan y Kristof.
En lugar de tomar la autopista de regreso a Napa, Nikki sintió el impulso de irse por el camino largo, atravesando Sonoma, para pasar frente al castillo Waltman. Ya se quedaría un rato más en el trabajo esa tarde para compensar.
Al pasar frente al castillo, siguió preguntándose si algún secreto oscuro se escondería entre esos muros.
Pensó en detenerse a ver quién andaba por ahí, pero ¿con qué pretexto?
Estaba segura de que, si había detectives o peritos forenses rondando por el lugar, no les haría ninguna gracia que les interrumpiera el trabajo.
Sin embargo, seguía creyendo que la teoría que ella y Andrés habían armado la noche anterior podía resultar válida, y sabía que tendría que hacer una visita sorpresa en uno o dos días.
Con esa idea en mente, decidió ir a la plaza de Sonoma a comprar una tarjeta de pésame para Kristof y compañía, y usarla como excusa para pasar a verlos.
Una excusa endeble, sí, pero excusa al fin.
Llevaría la tarjeta después del trabajo.
Pero cuánto habían cambiado los planes para cuando salió de la plaza de Sonoma…
Salió de la tienda de tarjetas y regalos del pueblo y se detuvo en seco.
Al otro lado de la calle, en una de las mesas de la terraza del Ledson Hotel & Restaurant (cierto, era una mesa de la esquina y un poste la tapaba a medias), compartiendo lo que tenía toda la pinta de ser un almuerzo íntimo, estaban nada más y nada menos que Kristof Waltman y Deirdre Dupree.
Qué descaro el de Kristof, ¿no? ¿No se suponía que era el viudo desconsolado?
Qué raro eso de andar de paseo precisamente con la exnovia.
Cómo le habría gustado tener una maldita cámara a la mano, porque, de haberla tenido, quizá el detective McCall dirigiría su atención hacia otro lado.
Estaban disfrutando del néctar de la vid a primera hora de la tarde.
Deirdre Dupree no solo era la exnovia de Kristof, sino también la gerente de ventas corporativas del castillo Waltman.
Nikki había oído que habían terminado muy mal, pero que Marty Waltman adoraba a Deirdre, que hacía un trabajo fenomenal para él.
Y, con algunos bonos y un aumento de sueldo considerable, ella se había quedado.
Se rumoreaba que había sido Deirdre quien había dado el primer paso para terminar, después de un fin de semana de desenfreno en la ciudad en el que se había enredado con un viejo amor.
Lo curioso era que, en ese momento, ni Kristof ni Deirdre parecían muy a disgusto de estar juntos.
Nikki entró en Church Mouse Thrift Shop, la tienda de segunda mano, y siguió observando desde detrás de la vitrina mientras fingía interés en un par de candelabros.
Los dos parecían conversar animadamente y, por lo que Nikki alcanzaba a ver desde su puesto de observación, hasta se les escapaba una que otra risa.
Y entonces, un momento de lo más conmovedor: Deirdre se inclinó sobre la mesa y le secó a Kristof de la cara lo que Nikki supuso que era una lágrima.
Bueno, quizá él sí estaba de luto de verdad y ella solo se estaba portando como una buena amiga que lo sacaba un rato de la casa.
Difícil de tragar, pero quizá. ¿Sería aquel almuerzo nada más que una vieja amiga consolando a un amigo?
¿O significaría algo más? Nikki tenía que averiguarlo.
Volvió a su coche y buscó el número de celular de Deirdre en su agenda.
Se habían conocido en un evento de enología alrededor de un mes antes y habían descubierto que tenían algunas cosas en común.
Desde entonces, Nikki y Deirdre se habían visto un par de veces para tomar un café, así que una llamada suya quizá no pareciera tan salida de la nada.
Aunque, pensándolo bien, tal vez sí, pero tenía que hacerlo.
Deirdre contestó después de varios timbrazos. —Hola, Deirdre. Soy yo, Nikki Sands, la de Malveaux.
—Ah, hola.
¿Era un dejo de tensión lo que Nikki percibía en la voz de la otra mujer?
—Oye, he estado hablando con Derek de diversificar un poco sus vinos, y está pensando en comprar uvas por allá, por tus rumbos.
Probé varios vinos del castillo en la boda la otra noche y, no le vayas a decir nada a mi jefe, pero la verdad es que el Pinot de ustedes me pareció superior a los Pinots que estamos haciendo nosotros.
—Nikki había aprendido que, para husmear en la vida de los demás, hacía falta mentir un poco.
No lo consideraba exactamente mentir, porque en realidad era un medio para un fin, ¿y acaso el fin no era llegar a la verdad?
—. Ya sé que lo normal sería llamar a Marty o a Kristof, pero seguro que están pasando por un momento muy difícil.
Además, quiero tu opinión y tus ideas sobre cómo plantearle el tema a Derek.
Y siempre decimos que tenemos que vernos.
¿Por qué no cenamos esta noche? Yo invito.
—Eh… sí, está bien.
—Genial. Nos vemos en la plaza a las seis.
Nikki colgó con determinación y arrancó el coche. A medio camino de regreso a Napa, le sonó el celular. —¿Hola?
—Nikki, soy yo, Derek. Estoy en Houston en este momento, a punto de abordar el avión. ¿Sigue en pie lo de esta noche?
¡Rayos! ¿Cómo se le había podido olvidar la cena con el señor Bombón?
Con todo el alboroto del arresto de Isabel y el chasco de la audiencia, y luego lo de ver a Kristof con Deirdre, se le había ido el santo al cielo y había olvidado por completo sus planes de cena para esa noche.
Nikki tosió y, en un primer momento, pensó en decirle que no se sentía bien. No. Mentirle a Derek no era una opción.
—Derek, lo siento muchísimo, pero no puedo.
Me surgió otra cosa que no puede esperar.
Espero que lo entiendas. ¿Podemos dejarlo para más adelante en la semana?
El señor Lareby puede acompañarnos —dijo, refiriéndose al contador que se suponía que iba a reunirse con ellos durante la cena—.
¿Qué te parece el viernes? ¿Podríamos cenar en mi casa?
Él tardó unos segundos en responder, y ella dio por hecho que acababa de echar a perder por completo cualquier oportunidad que alguna vez hubiera podido tener con él.
Pero al final habló. —El viernes suena bien. Mejor, de hecho, porque ya será fin de semana y podremos relajarnos. Con el señor Lareby nos reunimos otro día. No tendremos que preocuparnos por madrugar para ir a trabajar, así que puede ser algo sin formalidades. Yo llevo una película. ¿Te suena bien?
—Sí. Suena genial. —Acordaron una hora, Nikki cerró el celular de un golpe y soltó un gritito de alegría. Cena en su casa un viernes por la noche, y además con película. Eso sí que sonaba a una cita.