Capítulo Nueve
Nikki llegó a la plaza de Sonoma un poquito temprano.
Quería pedir una mesa en algún rincón apartado, con la esperanza de soltarle la lengua a Deirdre sobre las idas y venidas en el castillo Waltman.
No quería que se cohibiera por miedo a los oídos indiscretos.
Habían quedado en verse en Della Santina's, un lugarcito tipo trattoria que presumía de sabor toscano, con velas por todas partes y música italiana romántica de fondo.
Lástima que la cena tuviera que ser con Deirdre.
La anfitriona sentó a Nikki afuera, en el patio de ladrillo, rodeado de flores de colores vivos que resaltaban junto a la decoración en blanco y negro de las mesas y los manteles.
Un mesero le puso enfrente una canasta de pan crujiente recién hecho.
Consultó su reloj con pesar: a esa misma hora se suponía que debía estar sentada frente a Derek en el restaurante Hurley's, en Yountville.
No es que no le encantara Della Santina's.
Era de verdad un lugar maravilloso; lo que no la entusiasmaba del todo era la compañía.
Deirdre le caía bien. Era una mujer agradable y una compañía aceptable en caso de apuro.
Pero Deirdre Dupree, desde luego, no era Derek Malveaux.
Sin embargo, esta cena podía resultar importante y, quizá, de alguna manera, en algún momento de la conversación, a Deirdre se le escapara algo que condujera al asesino de Susan.
Una vez más, Nikki se encontraba metida en un misterio en el que sabía que no debería estar, pero de verdad no podía evitarlo.
De hecho, resolver asesinatos le producía un placer un tanto extraño.
Suponía que tenía que ver con que la tía Cara había sido detective de homicidios de la policía de Los Ángeles durante los años en que la había criado.
En esos años, Nikki había devorado todos los libros de procedimiento policial que su tía guardaba en los estantes de su departamento cerca de La Brea, fascinada con su contenido.
También podía ser que, aunque su efímera serie policiaca, la que había hecho en Los Ángeles, hubiera sido un fracaso rotundo, a Nikki le había gustado la idea de ser detective, aunque fuera solo de mentira.
La actuación no había rendido los frutos que ella esperaba, pero le había servido para resolver el asesinato del enólogo.
Quizá le sirviera igual para dar con el verdadero asesino de Susan.
Deirdre Dupree entró en Della Santina's con ese aire suyo, casi demasiado Sex and the City , enfundada en un traje de pantalón con un escote de vértigo, toda de negro de pies a cabeza.
Pero conservaba lo suficiente de chica de al lado para no verse vulgar.
Con su cutis impecable, sus ojos de un azul brillante, el cabello con el último corte a lo Jennifer Aniston, un puñado de pecas sobre la nariz y un bolso Kate Spade colgado del hombro, Deirdre Dupree había aprendido, por lo visto, su sentido de la moda en la revista In Style .
Y se le daba bastante bien. A los treinta y tres, Deirdre no aparentaba ni un día más de veinticinco.
Y ese conjunto… bastante impresionante. Sonoma era un pueblo pintoresco e informal donde no se veía a ninguna mujer con ropa de diseñador a menos que se tratara del evento benéfico de turno, así que resultaba un poco raro que anduviera tan arreglada.
¿Tendría Deirdre planes para después de la cena? Quizá. ¿Con su ex?
—Hola, perdón por llegar tarde —dijo mientras se sentaba frente a Nikki.
—No llegaste tarde. Yo llegué un poco temprano.
—Tuve un día eterno, de lo más infernal. Necesito una copa de vino. ¿O mejor pido una botella de una vez?
—¿Por qué no? —Nikki repasó su propio día y se preguntó cómo se compararía con el de su compañera de cena.
Se decidieron por una botella de un vino de estilo italiano, pero producido en Sonoma.
Nikki optó por quitarse de encima las formalidades mientras esperaban a que sirvieran el vino.
El vino solía soltar la lengua y, para llevar la conversación adonde Nikki quería, necesitaba que la señorita Dupree estuviera un tanto relajada.
Sacó a relucir su cuento de que quería comprarle uvas al viñedo Waltman.
—Todos sabemos que las uvas Pinot se dan mejor de este lado porque ustedes están más cerca de la costa y a la uva le gusta el clima un poco más fresco.
—Tengo que darte la razón. En las tierras de los Waltman se dan unas uvas Pinot espectaculares. Aunque, claro, yo no soy imparcial. Ya sabes cómo nos ponemos los de Sonoma con nuestras uvas frente a ustedes, los de Napa.
Las dos se rieron del comentario mientras el mesero abría la botella de Nebbiolo y Nikki señalaba a Deirdre con un gesto de la cabeza para cederle la prueba de cata.
Era cierto que las comunidades de la región vinícola tenían opiniones encontradas sobre los vinos de las demás, y que cada una creía vivir y cultivar sus vides en la mejor parte de la región.
A todas les encantaba burlarse unas de otras, con una buena dosis de sarcasmo, por sus diferencias.
Hablaron unos minutos más sobre la posibilidad de comprarles uvas Pinot directamente a los Waltman o la de hacer un intercambio.
—Creo que tenemos unas uvas Chardonnay excelentes que, ya verías, harían maravillas con los vinos blancos que ofrecen ustedes.
—Es una idea. Se la plantearé a Marty cuando se calmen las cosas en el castillo.
El momento perfecto para sacar el tema, salvo que justo entonces apareció el mesero a tomarles la orden de la cena.
Nikki se quedó con los canelones. No muy compatibles con la dieta sin carbohidratos, pero condenadamente ricos.
Deirdre tomó la ruta menos calórica y pidió la pechuga de pavo asada.
Los dos platillos iban bien con lo que estaban bebiendo y, como las dos ya iban por la segunda copa, Deirdre se tomó la libertad de pedir otra botella.
Nikki no protestó, pero en el fondo sabía que tendría que empezar a pensar en alternativas para volver a casa esa noche.
—Supongo que las cosas están bastante difíciles en el castillo, ¿no? Ni me lo imagino —dijo Nikki.
—En eso tienes razón. Marty está fuera de sí y tratando de consolar a la exreina de belleza.
—¿Pamela? Yo creía que era modelo.
—Sí, lo que sea. Uno pensaría que estaría haciendo todo lo posible por asegurarse de que Kristof esté bien, pero se la ha pasado todo este tiempo mimando a la morena de ojos de venada.
Ella está bastante destrozada, eso sí. O sea, era la mejor amiga de Susan.
Pero ¿y Kristof? ¿Él no cuenta, siendo el flamante marido de la mujer?
—Pero seguro que tú has sido una buena amiga para Kristof, ¿no?
—Lo intento, pero es muy difícil. Está muy deprimido.
—Debe de ser difícil, tomando en cuenta que ustedes dos alguna vez estuvieron juntos.
—Nikki tomó su copa de vino y giró el contenido, fijándose en las lágrimas que escurrían por el cristal.
Era algo que le encantaba del vino, y había aprendido que, por lo general, cuanto más gruesas las lágrimas, más cuerpo tenía el vino.
Si las lágrimas del vino, o las piernas, como dicen algunos, son finas, el vino suele ser ligero.
—Parte de la razón de que mi día fuera tan infernal es que me lo pasé oyendo a Kristof llorar y lamentarse por Susan.
No soy una desalmada. La mujer está muerta.
—Deirdre se terminó otra copa de vino justo cuando el mesero apareció con la segunda botella y los platos.
Cuando terminó de servirles la comida y el vino, Deirdre echó un vistazo alrededor, como para comprobar que nadie estuviera escuchando—.
Odio decirlo, pero es lo que siento de verdad.
—Bajó la voz hasta casi un susurro—. Me da pena Kristof porque es obvio que está sufriendo, pero esa mujer era puro problema y, créeme, está mejor sin ella.
¿Sabes qué? Yo solo me alegro de que haya sido Isabel Fernandez la que se cargó a Susan y no yo, porque, créeme, se me pasó por la cabeza más de una vez.
La pobre de Isabel debió de haber perdido los estribos.
Vi en las noticias esta tarde que ni siquiera puede salir bajo fianza.
Qué lástima, porque parecía una buena mujer, pero, Dios, uno nunca sabe con la gente ni qué puede llevarla a hacer cosas, como cometer un asesinato. Debe de tener problemas serios.
No, no, no. Esa mujer se estaba ganando a pulso una cachetada bien dada.
A Nikki le repugnaba oír a Deirdre hablar de Isabel como si fuera una loca, pero sabía que mantener la compostura le serviría a Isabel mucho más que terminar en la celda de al lado.
Era obvio que Deirdre no tenía idea de lo unida que estaba Nikki a Isabel, lo cual no era de extrañar, porque, para Nikki, Deirdre no era mucho más que una conocida.
De todos modos, Nikki le dio un bocado a su cena para no soltar lo que pensaba, y esperó que Deirdre continuara con su diatriba. Por suerte, así fue.
—Esa boda, ¿sabes?, en realidad tendría que haber sido la nuestra, la de él y mía. Pero Susan Jennings le clavó las garras a Kristof y lo nuestro se acabó.
Nikki tragó con esfuerzo y casi se atraganta con los canelones. —¿Susan fue la razón de que terminaras con Kristof?
—Ah, por lo visto a ti te llegó la versión aguada de la historia.
Pues mira, amiga, te voy a contar exactamente cómo fue.
Para empezar, yo no terminé con Kristof.
Él terminó conmigo. Ya sé cuál es el chisme que anda circulando.
Una historia ridícula de que una noche me fui a la ciudad y me la pasé increíble con un tipo que conocí en un club, y que luego volví de mi escapada de fin de semana, en la que estaba visitando a unos amigos, y corté con el amor de mi vida.
Quien, según dicen, dio media vuelta y encontró muy convenientemente a Susan Jennings esperando entre bambalinas para rescatarlo de su corazón roto.
—Algo así fue lo que me contaron. También oí que querías irte de la bodega después de la ruptura.