Un Asesinato por Copa (Un Misterio de Nikki Sands 2) Capítulo Siete
32%

Capítulo Siete

Nikki se encontró con Andrés en la oficina central del sheriff del condado de Sonoma, en Santa Rosa.

McCall los recibió. —La están fichando allá en la cárcel. Me temo que no van a poder verla hasta mañana por la mañana, en la audiencia de lectura de cargos.

—¿Y un abogado? Si le leyeron sus derechos, ¿no llamó a un abogado? Es obvio que la trajeron para interrogarla y, para eso, tiene derecho a que haya un abogado presente —dijo Nikki.

McCall se encogió de hombros. —Supongo que va a necesitar uno. Y sí, le ofrecimos uno cuando le pedimos que se presentara al interrogatorio. Sin embargo, lo rechazó.

—¿Le pidieron que viniera y vino por su propia voluntad?

¿Eso no dice algo de su inocencia? Esto es absurdo.

Isabel no le haría daño a nadie. —Nikki oía la rabia en su propia voz y trató de tragársela.

A nadie le convenía que se dejara llevar por las emociones con el detective.

Eso se lo había enseñado la tía Cara a lo largo de los años, cada vez que le contaba alguno de sus casos.

Nunca perder la calma, y menos frente a la autoridad.

—O tal vez dice algo de su culpabilidad —replicó McCall.

—¿Qué clase de pruebas tienen contra ella? —preguntó Andrés, con la cara casi morada. Nikki quería calmarlo, pero conocía el profundo amor que le tenía a su hermana y supuso que debía de estar hirviendo de rabia.

—No puedo hablar de eso con ustedes en este momento. Tendrán que hablar con ella y con su abogado.

—Todavía no tiene abogado. —Andrés cerró los puños, subió la voz una octava y dijo con los dientes apretados—: Y usted no nos deja verla.

McCall se cruzó de brazos y se balanceó adelante y atrás sobre sus largas piernas. Le lanzó una mirada a Nikki, que la tomó como una advertencia.

Ella le puso una mano en el brazo a Andrés. —Déjame hablar con él, ¿sí? Tú cálmate, ve por un café. No, agua, mejor agua. —En ese momento, la cafeína no era la mejor opción para su amigo.

—¿Que me calme? Ay, este idiota no me deja ver a mi hermana. Pendejo. —Señaló a McCall.

Nikki sabía suficiente español para entenderlo, y a juzgar por la cara de McCall, él también captó la idea. No era precisamente un cumplido.

—Hazme caso. Ve por un poco de agua.

Andrés se fue hecho una furia.

Nikki suspiró hondo y volvió a alzar la vista hacia el detective.

—Está alterado, y es comprensible. Lo siento.

Póngase en su lugar un momento. Es imposible que Isabel haya asesinado a Susan.

Imposible. ¿Qué pruebas pueden tener contra ella?

¿No puede decírmelo, por favor, para que sepamos a qué nos enfrentamos y podamos hablar con un abogado? ¿Por favor?

—Tenemos protocolos, señorita Sands. En la cárcel hay un horario de visitas, y es bastante estricto.

Por la mañana le asignarán un defensor de oficio que se reunirá con ella, y después supongo que podrá reunirse con ustedes.

A menos, claro, que el señor Fernandez o la propia señorita Fernandez contrate a un abogado defensor por su cuenta.

Nikki dio un paso hacia McCall y, en contra de su buen juicio, echó mano de sus dotes de mala actriz.

Le tocó el brazo y sonrió. —Entiendo que no es el procedimiento normal, pero tiene que comprender que Isabel no es de por aquí; ni siquiera es de este país.

Usted la vio. ¿De verdad parece capaz de cometer un asesinato?

McCall negó con la cabeza. —Puede que sea una mujer bonita, pero eso no significa que no haya matado a Susan Jennings. Créame, ya he arrestado a otras mujeres hermosas.

—Claro. Bueno, ¿y no puede darme al menos una idea de a qué se enfrenta?

Él suspiró. —Mire, la cosa es así. La señora Waltman fue envenenada. La autopsia mostró que tenía en el cuerpo una dosis de un veneno llamado fluoroacetato de sodio suficiente para que el organismo le dejara de funcionar en cuestión de minutos.

—¿Y cómo cree que le entró al organismo?

Si es un veneno, ¿están pensando en la comida, en la bebida, en qué?

Si es por ahí por donde van, usted sabe tan bien como yo que Isabel Fernandez no era la única que preparaba la comida esa noche.

Es más, hubo un montón de gente que tuvo contacto con Susan esa noche.

—Si eso era en lo que se basaban para arrestar a Isabel, Nikki ya sabía que no había manera de que se sostuviera en un tribunal.

—Esta mañana recibimos una llamada de la empresa de renta de camiones que Isabel Fernandez contrató para la boda de los Waltman.

Parece que estaban limpiando los camiones y encontraron un frasquito con un polvo blanco.

Tal como están las cosas en el mundo, el hombre con el que hablé no sabía qué había descubierto; pensó que tal vez fuera cocaína, pero admitió que podía ser otra cosa.

Lo analizamos en el laboratorio y descubrimos que era el veneno que coincidía con el informe toxicológico de la señora Waltman.

—¿Y cómo le pueden colgar eso a Isabel? Ese día había varios choferes y trabajadores usando los camiones.

—El frasquito se cayó de un suéter que estaba en el camión. El suéter era parte de un uniforme y en el pecho llevaba el nombre de Isabel.

Aquello no pintaba nada bien, pero aun así podía ser circunstancial. ¿O no?

—No puedo decir más. —McCall señaló con la cabeza al empleado del mostrador.

Nikki captó el mensaje. —Gracias. Pero ¿puedo pedirle un favor más? ¿Podemos al menos saludarla y decirle que cuenta con nosotros?

McCall frunció el ceño y negó con la cabeza. Se quedó un momento callado, mirándola, con los brazos cruzados. Nikki puso su cara de «pobrecita de mí».

—Veré qué puedo hacer. Quizá pueda mover algunos hilos allá en el centro de detención principal. Eso sí… —Levantó la mano—. Dígale al señor Fernandez que se calme. Sé perfectamente lo que significa pendejo .

Una hora después, los hilos que movió McCall surtieron efecto, y ahí estaban, frente a Isabel, en una mesa de entrevistas dentro de la cárcel.

Estaba esposada y tenía la cara manchada de lágrimas, con el rímel negro corrido.

A Nikki se le escapó un grito ahogado al verla, y se le cerró la garganta en el esfuerzo por no romper a llorar.

Quería abrazarla, pero McCall había dejado claro que no podían tocarla.

A Andrés se le tensó la cara y se le llenaron los ojos de lágrimas al ver a su hermana, con esa expresión angustiada y abatida que acompañaba el overol naranja que la habían obligado a ponerse.

En español, Andrés le dijo a su hermana cuánto la quería y que no se preocupara.

—Yo no la maté —dijo Isabel. Hundió la cara entre las manos y lloró.

—Claro que no. Te vamos a sacar de aquí —respondió Nikki. Quería ser fuerte por su amiga, pero era difícil, sobre todo al verla así. Destrozada y perdida. Nikki reconocía las señales y sabía que Isabel estaba en estado de shock.

—Les prometo a los dos que yo no cometí ese acto del que me acusan. —Se desplomó contra el respaldo de la silla, con las lágrimas aún corriéndole por la cara.

—Mañana por la mañana viene un abogado a verte. No pudo venir esta noche, pero pasará temprano, antes de la audiencia de lectura de cargos. Me dijeron que es el mejor abogado defensor del condado. Todo va a estar bien —dijo Andrés.

Nikki se daba cuenta de que Andrés se esforzaba por mantenerse fuerte por su hermana, igual que quería hacerlo ella. Pero a él le salía mucho mejor, y Nikki sabía que no podía ser fácil.

Tras unos minutos más de intentar consolar a Isabel, McCall les dijo que tenían que irse.

Ya en el coche, Andrés echaba chispas y maldecía la injusticia y lo mal que estaba todo aquello. —¿Qué pueden tener contra ella? ¿Por qué arrestar a mi hermana? Ella no mataría a Susan Jennings.

—No, claro que no. Hablé con el detective y me dio algo de información sobre por qué la arrestaron. —Nikki pasó a explicarle a Andrés lo que McCall le había contado en la comisaría. La información solo sirvió para enfurecer todavía más a Andrés, que volvió a maldecir en español.

Nikki le tocó el brazo. —Tienes que calmarte y pensar con la cabeza fría, por Isabel. Ya es hora de cenar. Conozco un lugar buenísimo aquí cerca donde podemos comer un bocado y tal vez se nos ocurra algo, por lo menos una estrategia para Isabel.

—No creo que pueda comer nada. Estoy demasiado alterado.

—Te entiendo, pero si nos tomamos un momento para tratar de relajarnos, a lo mejor logras serenarte y concentrarte en el problema, en lugar de seguir alterándote.

Eso no resuelve nada y, desde luego, no va a sacar a Isabel de la cárcel.

Esta noche no podemos hacer nada al respecto, más que hablar y pensar.

Él asintió, respiró hondo y siguió las indicaciones de Nikki hasta el Capri Ristorante, en el centro de Santa Rosa.

El restaurante era un lugar italiano con una decoración ecléctica, rústica y contemporánea a la vez, en ladrillo, cromo y azules cobalto, con techos altos y tragaluces.

Era sin duda el favorito de Nikki cuando, de vez en cuando, se daba una vuelta por Santa Rosa, no solo por el ambiente y la comida deliciosa, sino también por el dueño, Luigi, un italiano carismático de la vieja escuela con todos los aires de un romántico.

En cuanto entraron, Luigi los recibió y besó a Nikki en ambas mejillas.

—Te extrañé, Bella. ¿Por qué no habías venido a verme, eh? —Le tomó las dos manos y las sostuvo, abiertas, entre las suyas.

—Perdóname. La vida se pone de locos.

—Nunca es demasiada locura para una buena comida y un poco de romance. —Le guiñó un ojo y se volvió hacia Andrés—. Este es tu novio, ¿no?

Ella negó con la cabeza.

Luigi tomó la mano de Andrés y se la sacudió con entusiasmo. —Debería serlo. Es un hombre fuerte y de buena planta. Siéntense en una mesa junto a la ventana. En un momento voy con ustedes y les traigo un vino que para mí es speciale .

Andrés trató de animarse, pero, sentado frente a ella en el restaurante, no hacía más que mirar por la ventana. Ella dejó que se tranquilizara antes de volver a sacar el tema de la situación de Isabel.

Entre platos de ternera con alcachofas en salsa de marsala para Nikki, el lomo de cerdo para Andrés y una botella de Zinfandel, los dos desmenuzaron el aprieto de Isabel, y Nikki pudo archivar en la memoria cierta información interesante que tenía Andrés.

—Espera un momento, ¿de verdad oíste a Susan y a Kristof discutiendo el otro día?

—Fue más que una discusión. Esos dos eran como el caballo y la serpiente. Pasó en el estacionamiento de Grapes, cuando fueron a firmar el contrato con Isabel.

—¿Sabes qué se decían?

—Básicamente, él le decía que no estaba siendo razonable y que no le gustaba esa faceta suya.

—Mmm. —Nikki dio un sorbo a su vino—. ¿Qué más?

—Ella le gritó que entonces no se casara con ella, si le parecía tan poco razonable. Yo pensé que él debería haberse echado para atrás cuando ella dijo eso. Yo lo habría hecho. Él le dijo que tal vez no se casaría con ella. Después ella se puso a llorar y él la abrazó. Hicieron las paces.

—¿Y si las hicieron, pero no? —preguntó Nikki.

—No entiendo.

—Tal vez Kristof empezaba a ver a la verdadera Susan, en toda su falsa gloria.

—¿Crees que él pudo haberla matado?

Nikki se encogió de hombros. —Tal vez él, o alguien que lo quiere. Su padre, por ejemplo, u otra mujer, incluso su tía Sara.

—¿Por qué no hacer lo correcto y simplemente no casarse con ella? ¿Por qué llegar a ese extremo? No solo tuvo que cometer un asesinato, sino que además habría tenido que tenderle una trampa a mi hermana.

—Alguien le tendió una trampa a tu hermana. Eso lo sabemos.

Andrés volvió a mirar por la ventana. —Sí.

—Es una buena pregunta: ¿por qué no simplemente cancelar la boda y librarse de ella de una vez?

Se me ocurre algo. Los Waltman son gente muy rica, desde sus vinos hasta las tierras que han desarrollado en el condado, y la lista sigue.

La gente rica, bueno, en realidad toda la gente, suele guardar secretos bien escondidos.

¿Y si los Waltman tienen algún chisme jugoso guardado en el armario y Susan se topó con ese esqueleto?

No me vas a decir que Kristof no había visto el lado feo de su futura esposa antes del día en que los viste discutir.

—Es difícil de imaginar. ¿Qué clase de secreto crees que podrían tener?

—Ni idea, pero si Susan sabía cuál era ese secreto y estaba chantajeando a Kristof, el asesino pudo haberla matado para proteger a Kristof.

—¿La futura novia chantajeando al novio? —preguntó Andrés.

—Hay mucho que ganar para quien termine quedándose con Kristof Waltman.

Si no había acuerdo prenupcial, y más adelante Susan decidía que era hora de cortar por lo sano y llevarse su parte de los bienes gananciales, pues te garantizo que habría salido mejor parada que si hubiera aceptado un pago en efectivo desde el principio.

Además, tendría el apellido Waltman por el resto de su vida para que se le abrieran todas las puertas.

—Es una teoría, supongo.

—Sí, lo es, y tal vez una viable. Se sabe de gente que ha matado por un secreto. Y si los Waltman han estado guardando uno, pienso descubrirlo.