Un Asesinato por Copa (Un Misterio de Nikki Sands 2) Capítulo Seis
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Capítulo Seis

Nikki llamó a Isabel varias veces el domingo y le dejó mensajes en la contestadora.

Estaba muy preocupada por su amiga. El domingo, ya entrada la noche, Isabel le devolvió la llamada y le explicó que había ido a hacer una caminata larga por el parque Skyline Wilderness, porque necesitaba aire fresco.

—Yo habría ido contigo —le dijo Nikki.

—Lo siento. Necesitaba darme un tiempo a solas. Quería pensar. Andrés no entiende por qué me siento tan afligida con respecto a la boda y a la muerte de Susan. Tienes que prometerme, Nikki, que no le contarás a mi hermano que Kristof y yo tuvimos una relación.

Nikki se mordió el labio y se sentó a la mesa de la cocina, mirando por la ventana las colinas cubiertas de vides, que ya empezaban a cobrar vida con los primeros racimos cargándose de azúcar, pronto listos para dejar de ser fruta y convertirse en vino.

—Yo creo que deberías contárselo. Él te quiere y es tu hermano.

No es tonto, Isabel. Creo que tarde o temprano va a atar cabos.

Alguien tuvo que haberlos visto juntos por el pueblo, y los rumores van a correr.

—Yo no creo que sea así. Ya te dije que Kristof me contaba cuentos para mantener en secreto todo lo relacionado con nosotros. Decía que era importante que nuestra relación creciera de ese modo, lejos de los ojos de los chismosos del pueblo.

Nikki puso los ojos en blanco. —Te vieron la cara, amiga.

—De eso estoy consciente.

Charlaron unos minutos más y Nikki por fin colgó, más tranquila respecto al estado de ánimo de Isabel. Una caminata respirando el aire de la región vinícola podía hacer maravillas por cualquiera.

El lunes por la mañana, Nikki despertó y se encontró hasta el cuello de trabajo.

La semana anterior se había atrasado, de tanto soñar despierta con la que se suponía que sería la cita perfecta del sábado, aunque no fuera una cita real.

Curiosamente, la verdad era que no tenía ninguna queja, salvo la parte en que encontró el cuerpo de Susan.

Eso sí que le había aguado la fiesta. Con Derek fuera de la oficina, no solo tenía que hacer sus llamadas del día, sino también despejarle la agenda y sacar adelante unos cuantos pendientes más que él le había dejado sobre el escritorio.

A eso de las cuatro estaba programada la visita a la bodega de un puñado de peces gordos de San Francisco.

Estaban considerando incluir los vinos Malveaux en sus restaurantes.

A Derek normalmente le gustaba tratar con los ricos y pomposos; tenía buena mano con la gente y sabía cómo manejarlos.

Hoy, sin embargo, a Nikki le tocaba jugar ese juego.

Preparó una tabla de quesos y aperitivos para acompañar los vinos que pensaba darle a probar al grupo.

Por supuesto, llegaron quince minutos tarde.

El líder del grupo era David Kistler, que insistía en que su nombre se escribía Daveed .

Kistler… o Kiss-ler, el Lameculos, como lo bautizó Nikki para sus adentros en cuanto lo vio.

Del brazo de Daveed venía una modelo rubia de andar sinuoso que parecía salida de las páginas de Playboy , y que entró pidiendo comprar un juego de copas de cristal que había visto en la tienda de regalos al llegar.

La respuesta de Daveed no se hizo esperar: —Claro, nena, lo que tú quieras.

—Mucho gusto. Soy Nikki Sands. —Daveed le tomó la mano y se la estrechó sin fuerza, como si ella fuera a romperse con un apretón de verdad. Dios, cuánto odiaba eso.

La modelo asintió. —Soy Angel. Solo Angel.

Daveed soltó una risa de lo más boba. —¿No es adorable? Me encantan las mujeres de un solo nombre. Angel. Guau… le queda perfecto.

¿No habría por ahí una bolsa para vomitar?

Nikki pasó detrás del mostrador reservado para las catas privadas.

Angel soltó una risita de niña de seis años.

¿Cómo iba Nikki a aguantar toda la cata sin vomitar ni soltar la carcajada?

Solo había una respuesta: beber con ellos, porque por lo visto ya llevaban un buen rato de fiesta por la región vinícola.

Cuando empezaba a servir, entró otro hombre. —Disculpen la tardanza —dijo—. Soy el socio de Daveed, Roman Pangilini.

Nikki no tardó en alegrarse de que Roman se hubiera unido al grupo, porque mientras Daveed se dedicaba a lucirse ante su conejita, Roman era el único que de verdad prestaba atención y se interesaba en los vinos que Nikki había dispuesto y en la cata.

Después de probar varios vinos, la conversación giró hacia los sucesos del fin de semana. —¿Conocía usted a la novia que murió en el castillo Waltman este fin de semana? Nos lo contó alguien en otra de las bodegas. —Roman dio un sorbo al vino tinto que Nikki servía en ese momento.

—Me la habían presentado.

—A mí también, muy de pasada, en la ciudad, cuando estaba negociando la compra de la cadena.

Eso despertó el interés de Nikki. —¿En serio? ¿Y cómo fue?

—Solo me la presentaron durante una reunión con Antoine Ferrino para hablar de la compra de sus restaurantes.

Él estaba casado con una amiga de ella, Martha o Megan.

Dios, ¿cómo se llamaba? Ya sabe, una que tuvo su momento de fama en el catálogo de Victoria's Secret y luego, un buen día, desapareció del mapa.

—¿Pamela?

—¡Eso! Pamela. —Roman chasqueó los dedos.

—¿Pamela Leiland estaba casada con Antoine Ferrino? —Ese dato Nikki no lo tenía. Antoine Ferrino había fundado una cadena de restaurantes italianos gourmet. Había unos cuantos repartidos por ciudades cosmopolitas de todo el país.

—Ah, sí. En parte quería vender porque querían tener hijos, y como Antoine no era precisamente un jovencito, él y Pamela querían ponerse manos a la obra cuanto antes.

Él pensaba que no había estado presente para ver crecer a sus otros hijos porque había andado muy ocupado levantando sus restaurantes, así que, si Pamela iba a quedar embarazada, quería una segunda oportunidad para hacerlo bien.

A ella y a la novia, Susan, creo que se llamaba, las conocí una noche cenando en el restaurante.

—Eso nunca pasó. Lo del embarazo —interrumpió Daveed.

Angel se había despatarrado en uno de los sillones enormes y ya iba más que bien servida—.

Justo después de la compra, el pobre tipo murió de un infarto.

Pamela quedó destrozada. Raro, pero creo que de verdad lo quería.

Era como La bella y la bestia , pero con una bestia vieja y una bella joven.

Nikki se dio la vuelta para agarrar otra botella de vino y abrirla.

Y, mmm, ¿tú qué vendrías a ser, entonces?

Se volvió de nuevo hacia ellos con una sonrisa en la cara.

—Qué horrible. —Se preguntaba si Daveed no se daba cuenta de que, al parecer, él estaba en la misma liga que Antoine Ferrino, o casi.

Daveed debía de andar por los cincuenta y cinco.

Angel, no más de veinticinco. Aunque, por lo que Nikki había visto de Pamela, era bastante lista.

Nikki sabía que Angel, en materia de cerebro, no le llegaba ni a los talones a Ollie, el perro.

—Pamela salió bien parada, en cuanto a dinero.

Aunque no había tanto como todos pensaban.

Le compramos el negocio a buen precio, pero a Antoine le gustaba apostar, y no solo a los caballos y al póquer.

Había hecho malas inversiones en la bolsa y perdió.

Lo que le quedó se lo repartieron sus hijos y Pamela.

Una lástima. Un par de millones, según me contaron.

—¿Un par de millones, nada más? —Angel se enderezó.

Hasta borracha, la palabra millón significaba algo para la aspirante a estrellita. Sonaba horrorizada. Luego se rio. —Eso apenas alcanzaría para un año de compras. Una mujer de verdad no podría vivir de eso mucho tiempo.

Daveed se unió a sus risas y se fue a su lado.

¿Es que este pobre ingenuo no veía cómo le estaban viendo la cara?

Seguramente sí. Lo triste era que, muy probablemente, no le importaba.

La escena casi daba lástima. Qué vacíos tenían que estar los dos.

¿Y qué tan probable era que Pamela Leiland no fuera exactamente igual a ellos?

A Nikki le daba la impresión de que Susan había sido como ellos, solo que había tenido suerte con Kristof: no solo estaba forrado de dinero, sino que además era joven y guapo.

Bueno, tan afortunada no había sido, porque ya no estaba aquí para cosechar los frutos.

Después de cerrarles una venta enorme a la pareja otoño-primavera y a su compinche, y de despedirse, Nikki volvió a la casita y se tomó una cucharada de Pepto Bismol para calmar las náuseas que le habían provocado.

Pero la visita había valido la pena: provechosa para el bolsillo y estimulante para la cabeza.

Justo cuando se sentó en el sofá, puso los pies sobre la mesa de centro y tomó la última novela de Jennifer Crusie, sonó el teléfono. Dejó que la contestadora tomara la llamada, hasta que oyó la voz de Andrés.

—¿Nikki? ¿Estás ahí?

Agarró el teléfono. —Hola. ¿Qué pasa? Te oyes un poco raro.

—Es Isabel. La arrestaron por el asesinato de Susan Jennings.