Capítulo Cinco
Nikki tuvo que pensar rápido y confiar en que la anciana se tragara el cuento. —Hola. Estaba buscando mi bolso —dijo, aun sabiendo que Derek se había ofrecido a llevárselo cuando salió hacia el coche.
—Aquí no iba a estar —comentó Sara.
—Ya me doy cuenta. Una empleada me lo guardó en uno de estos cuartos cuando llegamos a la boda. Con todo lo que pasó esta noche, no recuerdo en cuál me dijo que iba a estar.
—El guardarropa, querida. Todos los abrigos y los bolsos tenían que ir al guardarropa.
—Claro —respondió Nikki, y le puso una mano en el hombro a la mujer—. A veces soy un poco despistada.
—Ay, lo dudo —respondió Sara—. Tú eres esa muchacha que trabaja para Derek Malveaux. La que ayudó a resolver el asesinato del enólogo hace unos meses. Te reconozco de los periódicos. Qué valiente eres, hija.
—No, yo no. En realidad no resolví nada. Ya debería irme. Disculpe que me haya perdido.
—Sí, hay que tener cuidado en este caserón. Mi abuelo anda por estos pasillos, ¿sabes? A veces lo oigo. Era un hijo de perra, peor muerto que vivo, porque se la pasa dando golpes por todos lados para no dejarnos dormir, ya que por lo visto él mismo no puede descansar en paz.
A Nikki la sorprendió la manera en que Sara se refería a su abuelo, aunque no pudo evitar que le hiciera gracia.
—Hasta traje a un chamán para que el viejo desgraciado se fuera hacia la Luz o a cualquier otro lado menos aquí, pero no.
Ya no tiene a mi abuela ni a mi madre para atormentarlas, porque no hay duda de que, cuando esas dos murieron, pasaron de largo junto a él en menos de lo que se tarda en decir bu .
No. El viejo pedorro quiere volverme loca porque sabe que nunca me cayó bien y que yo nunca le caí bien a él.
¡Demonios, nunca le cayó bien a nadie! ¿Oíste, abuelo?
¡Siempre fuiste un grano en el trasero y sigues siendo un grano en el trasero!
—Sara levantó el bastón en el aire y lo agitó.
—Vaya. Bueno. —A ver, ¿qué se contesta a algo así?
Nikki no tenía la menor idea, pero estaba lista para salir pitando de ahí.
Escuchar los desvaríos de una mujer de noventa años no era precisamente lo que quería hacer en ese momento, y lo que menos necesitaba era que alguien más entrara al estudio y la viera ahí.
Tenía la sensación de que Sara podía ser vieja, y hasta rara, pero no tonta.
Nikki no pudo evitar preguntarse si Sara no habría visto, de lo que ella había estado haciendo en el estudio, más de lo que daba a entender.
Sabía que había una buena posibilidad de que la propia Sara hubiera visto esas fotos.
Alguien las había visto. —Tengo que irme.
Gracias por todo. Lamento muchísimo su pérdida.
—¿Qué pérdida? Si a mí esa rubia carterista y casquivana nunca me cayó bien. Un estorbo menos. Con un poco de suerte, agarró al abuelo de pasada y se lo llevó al infierno con ella.
—Claro. Buenas noches. —Nikki quería alejarse de ese comentario y de Sara lo más rápido posible.
Se reunió con Derek en el coche y al poco rato iban camino a casa.
—Qué callada estás —dijo él mientras cruzaban de regreso el paso de montaña.
—Pasaron muchas cosas esta noche. —Ya había decidido no contarle nada de las fotos que había encontrado. Sabía que a Derek no le entusiasmaba su ocasional trabajito extra de fisgona de la región vinícola.
—Pues sí. Siento mucho que hayas encontrado a Susan así. Debió de ser terrible para ti.
—Parece que tengo una especie de imán que me lleva directo a los cadáveres. —Intentó reírse de su propio chiste macabro, pero no pudo.
Derek tampoco. —De verdad no quería que esta noche saliera así. Quería que pudiéramos hablar, reírnos, bailar… ya sabes. Siempre estamos tan concentrados en el negocio y, como todavía no he reemplazado a Gabriel con un nuevo enólogo, he andado ocupado tratando de hacer el trabajo yo mismo.
—Lo sé. No pasa nada.
Suspiró. —¿Quieres que paremos en Hurley's a cenar algo, aunque sea tarde? Podemos ponernos al día. Extrañaba pasar tiempo contigo.
Nikki sabía a qué se refería. Desde la pérdida del enólogo de Malveaux Estate, poco después de que Nikki entrara a trabajar en la bodega, él se había enterrado en el trabajo.
Nikki era tan nueva que había seguido su ejemplo y también trabajaba sin parar, aprendiendo todo lo que podía sobre el negocio del vino.
Cuando recién empezó a trabajar para él, se habían dado tiempo para verse por las noches y cenar juntos mientras él la instruía en la elaboración del vino y el cultivo de la uva.
La industria la fascinaba, y Derek Malveaux también.
Pero él siempre era todo un caballero y nunca llevó las cosas más allá de la relación de negocios informal que compartían.
Sin embargo, Nikki sabía que, al menos por su parte, algo burbujeaba en su interior por Derek, y deseaba que él sintiera lo mismo por ella.
Poco después de aceptar el trabajo en Malveaux se había dado cuenta de que él necesitaría tiempo para superar algunas de las cosas duras que le habían pasado en los últimos tiempos, incluido un divorcio desagradable.
Y había decidido que valía la pena esperarlo.
—¿Qué dices?
Quería ir. De verdad, de verdad que quería, pero también quería poner en orden en su cabeza lo que había visto en esas fotos del sobre, en el castillo Waltman.
—Te propongo algo. Los dos estamos cansados.
¿Por qué no vienes conmigo a la casita a tomar la última copa y picar algo? ¿Te gusta Saturday Night Live ?
—Vamos.
Ya dentro de la casita, Nikki les sirvió a cada uno una copa de Pinot Noir frío.
—Mírate nada más —comentó Derek cuando ella le entregó la copa—. No dejas de sorprenderme.
—¿Qué, por enfriar el vino tinto?
Él asintió y dio un sorbo.
—Hace poco leí un articulito en una de las revistas de vino sobre qué tintos saben bien fríos. Este encabezaba la lista.
—Se entiende por qué, con esas notas de fresa y de flores. Creo que el frío lo realza. ¿Qué crees que sea esa nota floral?
Nikki se llevó la copa a la nariz e inhaló el aroma del vino. —¿Violeta, tal vez?
—Creo que tienes razón. Me gusta esta idea. Quizá deberíamos ver cómo sabría nuestro Zin frío.
—Creo que sabría bien. —Nikki volvió a la cocina y dejó su vino sobre la isla central.
Muy bien. Se frotó las manos y abrió el refrigerador, donde encontró lo que buscaba: un pollo rostizado.
Rostizaba por lo menos uno a la semana y lo había convertido en uno de sus básicos.
Este era perfecto para lo que estaba a punto de hacer, porque lo había rostizado con un adobo de chile ancho.
Derek se acercó y, pasando el brazo por detrás de Nikki, dejó su copa junto a la de ella. Tenerlo tan cerca dentro de su casita le puso los nervios de punta. —¿Te ayudo en algo?
—Eh, claro. Agarra un cuchillo, si no te molesta pelar y rebanar un par de esos mangos. —Señaló la fruta tropical madura que había en un tazón.
Él eligió tres y, en un abrir y cerrar de ojos, Derek le estaba haciendo un número de malabarismo. Ella abrió la boca y se tapó la risa con la mano. —Jamás me lo habría imaginado.
—Sí, es verdad, soy un malabarista de clóset.
—Se le cayó uno de los mangos maduros, que aterrizó en el piso con un plaf—.
Espera, déjame cambiar mi título: soy un malabarista de talla mundial.
—Los dos se rieron. Derek dejó los otros dos mangos en la isla de la cocina—.
Creo que mejor me quedo con lo de hacer vino.
—Parece que ahí sí hay más dinero y, lamento decírtelo, pero no parece que los malabares vayan a ser tu pase a la fama. —Nikki agarró un trapo de cocina de la barra y se agachó a limpiar. Él también se agachó y recogió la fruta en la palma de la mano. La miró, y la risa de ambos se fue apagando.
—Deja, yo lo hago. —Le quitó el trapo de las manos y terminó de limpiar el desastre del piso.
Nikki se levantó y se abanicó con las manos; luego agarró su copa de vino y le dio un buen trago.
Menos mal que estaba frío. Derek terminó de limpiar y empezó a pelar los mangos.
Nikki picó un aguacate y unos cebollines y luego acomodó los ingredientes sobre una mezcla de hojas verdes.
—Bueno, ya estoy lista para esos mangos.
—Yo también —respondió él, y de pronto se puso rojo hasta las orejas.
Nikki abrió el refrigerador y metió la cabeza adentro en busca de un limón, suponiendo que tenía la cara tan roja como la de él y sin querer que la viera.
Era curioso que siempre les pasara lo mismo entre ellos.
Esos dobles sentidos. Por Dios, unas palabras inocentes no deberían hacer sonrojar a un hombre y a una mujer adultos.
Nikki exprimió el limón sobre los mangos y luego mezcló todos los ingredientes con un poco de aceite y vinagre balsámico. En menos de diez minutos tenían lista una cena gourmet bastante saludable.
—Qué linda noche. ¿Y si cenamos afuera? —sugirió Derek.
—¿Por qué no? Voy por mi suéter. —Volvió a su cuarto y se quitó el espectacular Calvin verde mar que había llevado puesto.
Se puso unos pantalones deportivos de cachemira azul claro con los que la tía Cara la había consentido la Navidad pasada; la etiqueta interior decía Juicy.
Eso hizo sonreír a Nikki. ¿Cómo no iba una a sentirse bien con algo de cachemira que llevaba el nombre Juicy?
Y mejor todavía: eran talla chica, una talla por la que trabajaba duro todos los días con el jogging y el Tae Bo, y esos videos de The Firm con los escalones y las pesas.
Qué malvadas eran las mujeres de esos videos.
Pero en ese momento, esas tiranas dementes del «sube, baja, levanta la pierna hacia un lado y baila samba por encima del escalón de sesenta centímetros» eran unas malditas diosas, porque el trasero de Nikki entraba perfectamente en esos pantalones Juicy.
Cuando volvió a salir, Derek no solo había llevado la comida y el vino al porche, sino que había encendido velas por todas partes y había puesto su CD de Jack Johnson en el estéreo.