Capítulo Cuatro #2
El comentario le hizo arquear una ceja. McCall la presionó al respecto, y Nikki le contó lo que había visto justo antes de la boda.
Él siguió preguntándole qué tan bien conocía a Susan y cuál era su relación con ella.
Le preguntó si sabía de alguien que quisiera hacerle daño o que le guardara rencor.
Ella se limitó a encogerse de hombros. La cara de Isabel le cruzó por la mente, pero también varias más, así que lo único que le dijo fue que Susan no era la mujer más amable ni la más popular de la zona.
Al final de la entrevista, Nikki le hizo su propia pregunta al detective.
—¿Cree que a Susan pudieron haberla asesinado?
—Por ahora tenemos que tratar esto como una escena del crimen, hasta que podamos concluir que es otra cosa. No sabremos con exactitud a qué nos enfrentamos hasta que nos llegue el informe de la autopsia de la señora Waltman.
—¿Van a abrir a mi esposa? —exclamó Kristof, entrando a la sala.
—Señor Waltman, le pedí que se quedara donde estaba hasta que yo pudiera hablar con usted.
—Mi esposa murió aquí esta noche, ¿y usted quiere que me quede quieto hasta que pueda atenderme? No puedo quedarme quieto. No puedo esperar. ¡Quiero que averigüe ahora mismo qué le pasó! —clamó.
—Eso es lo que estamos tratando de hacer, señor Waltman. Ahora, por favor, enseguida estoy con usted.
—¡No van a abrir a mi esposa! —gritó Kristof—. ¡No pueden hacer eso! ¡No lo voy a permitir!
Al oír los gritos de su hijo, Marty entró a la sala, seguido de Pamela. Se acercó a Kristof y le puso una mano en el hombro. —Hijo.
—¿Papá? No pueden hacerle eso. ¡No! —Sacudió la cabeza con vehemencia, y los ojos volvieron a llenársele de lágrimas.
—Lo siento, pero dadas las circunstancias tenemos que determinar la causa de la muerte —dijo McCall.
La voz del detective tenía un filo que no cedía nunca. Nikki no pudo evitar preguntarse si alguna vez tenía ocasión de disfrutar de la vida.
—Tienen razón, Kristof —intervino Pamela—.
Además, ¿no quieres saberlo? Estoy segura de que te va a ayudar a quedarte tranquilo.
Necesitamos saberlo. No creo que consumiera drogas, y estoy segura de que no hubo ningún acto criminal.
Seguramente fue una de esas cosas raras que pasan.
Quizá tenía algún problema del corazón, algo parecido a lo que mató a John Ritter.
Algo que nadie supo nunca. Pero de verdad necesitamos saberlo.
—No puedo con esto ahora. —Kristof salió hecho una furia.
McCall suspiró, y Nikki lo oyó murmurar entre dientes: «Va a ser una noche larguísima, carajo». La miró y le entregó su tarjeta. —Gracias por su ayuda. Si se le ocurre algo más, pase a verme o llámeme. Puede que necesite volver a hablar con usted.
Ella rebuscó en su bolsito de noche y sacó su tarjeta de presentación, para facilitarle las cosas por si de verdad necesitaba localizarla.
—Voy a ver cómo está Isabel un momento —dijo Nikki después de encontrar a Derek, que también había terminado de rendir su declaración.
Él asintió. —Yo paso al baño y te veo en el coche. Me dijeron que en cuanto demos nuestra declaración podemos irnos.
—Bien.
Nikki fue a buscar a Isabel a la cocina.
El ambiente sombrío había contagiado al personal del banquete, que ahora lavaba y apilaba platos en silencio, envolvía toda la comida sobrante y volvía a cargar las bandejas en las camionetas.
Andrés parecía haberse hecho cargo de la situación.
Miró a Nikki y señaló con la cabeza hacia una salita contigua a la cocina.
Se acercó a Isabel. —¿Estás bien? —Se sentó en una silla frente a su amiga.
Isabel asintió. —Yo… No. No lo sé. Me siento muy mal —bajó la voz— por las cosas que dije la otra noche. Por lo que sentía hacia Susan y Kristof.
—Lo que me dijiste era de lo más natural.
Cualquier mujer habría sentido y dicho lo mismo.
Por Dios, Isabel, estabas, o estás, enamorada de Kristof.
Él andaba contigo a espaldas de su prometida, y tú ni siquiera sabías que tenía una prometida.
Te usó, y tienes todo el derecho a sentir lo que sentiste y lo que sientes.
Susan fue horrible contigo. Es terrible que haya muerto, pero no murió por lo que tú sentías por ella. No puedes culparte de nada de eso.
Andrés se acercó y rodeó a Isabel con el brazo. —Dejé a Mary a cargo de terminar todo esto. Te voy a llevar a casa. Necesitas descansar. Después regreso y me aseguro de que todo quede listo.
—Debería quedarme. Es mi trabajo —protestó Isabel.
—Tu hermano tiene razón. ¿Ya hablaron con la policía? —les preguntó Nikki a los dos. Ya lo habían hecho.
—¿Por qué los dos actúan como si fueran mis padres? —Isabel se rio entre lágrimas.
—Porque los dos sabemos lo que te conviene —respondió Nikki.
—Tiene razón. Anda, recoge tus cosas. Vámonos.
Isabel se levantó y abrazó a Nikki. Andrés le dio a Nikki su habitual beso dulce en la mejilla, y ella los vio salir por la puerta trasera de la cocina.
De regreso hacia la entrada del castillo, Nikki vio que la puerta del estudio estaba abierta.
Se asomó a la habitación en penumbra y distinguió lo que parecía ser el sobre que le habían entregado más temprano a Sara Waltman; por lo visto, lo habían abierto.
En medio de toda la conmoción, alguien lo había encontrado.
La candidata más probable era la propia Sara, ya que iba dirigido a ella.
Sabía que debería controlarse mejor y probablemente dejar a un lado su inclinación a jugar a Nancy Drew, pero no lo hizo. En lugar de eso, se coló en el estudio y, antes de que pudiera arrepentirse, ya estaba metiendo la mano en el sobre.
—Ay, no —se dijo, sosteniendo por el borde una foto en blanco y negro y hojeando rápidamente unas cuantas más.
—¿Perdón? ¿Hola?
Nikki alzó la vista y vio a Sara de pie en el umbral, entrecerrando los ojos como si intentara enfocar.
Nikki escondió el sobre detrás de la espalda y lo fue deslizando poco a poco hasta dejarlo otra vez sobre el escritorio, con la esperanza de que la anciana no hubiera notado que lo tenía en las manos.
Agradeció que la habitación estuviera tan mal iluminada, aunque no tanto como para que Nikki no supiera que lo que había visto en esas fotos era, sin duda, un motivo para que uno o más miembros del clan Waltman, o incluso alguien más, hubieran asesinado a Susan.