Capítulo Cuatro
Invitados confundidos, amigos desconsolados y un novio atormentado observaron cómo la camioneta del forense salía de Waltman Estate.
Nikki estaba de pie junto a Derek, que la rodeaba con el brazo en actitud protectora. —No puedo creerlo. De verdad no puedo creerlo. —Miró a la gente a su alrededor; todas las caras reflejaban esa misma sensación general de incredulidad.
—Ya sé. Pobre Kristof. ¿Qué crees que fue lo que la mató? —respondió Derek.
—No sé. O sea, a lo mejor se había metido algún tipo de droga y, junto con el alcohol, le dio un infarto. Pero no parecía tan borracha cuando la vimos más temprano, antes de que entrara a la casa.
—No, no lo parecía. Fuera de eso, estuvo bastante grosera con el pobre muchacho que repartía los aperitivos. Supongo que la policía lo va a interrogar —dijo Derek.
—Seguro que nos van a interrogar a todos.
—¿Señorita Sands? ¿Es usted Nikki Sands? —preguntó una voz de hombre a sus espaldas.
Se dio la vuelta y se encontró con quien sabía que era uno de los detectives que habían llegado al lugar poco después de los ayudantes uniformados del sheriff.
—Sí.
Él le tendió la mano. —Soy el detective McCall. Me preguntaba si podría acompañarme adentro para hacerle unas preguntas. Usted fue quien encontró el cuerpo y llamó a emergencias. ¿No es así?
—Sí.
El detective McCall sacó una hoja de papel del bolsillo y leyó algo en ella. —¿Es usted Derek Malveaux? —preguntó.
—Soy yo.
—La lista de invitados. —McCall agitó la hoja frente a él—. Bien. También vamos a necesitar su declaración. ¿Por qué no vienen los dos conmigo? A usted lo pongo con otro de los detectives.
Los dos siguieron al hombre hasta el interior de la mansión.
Era flaquísimo, y además tan alto como un jugador de básquetbol, con unos pies a juego.
Sus pantalones, cómicamente cortos, quedaban compensados por unos bonitos ojos verdes que delataban que detrás de ellos no había otra cosa que cerebro.
Tenía el cabello castaño y abundante, y le caía un poco sobre los ojos; cuando sonrió, Nikki supo cuál era el gran orgullo de su vida.
Sin duda había pasado por Brite Smile, o había usado esos moldes blanqueadores o algo por el estilo, porque el detective McCall tenía los dientes más blancos que Nikki había visto en su vida, y eso ya era decir mucho después de varios años viviendo en Hollywood.
Además, los tenía perfectamente alineados.
Derek no se despegó de Nikki mientras entraban al castillo, y ella percibía su deseo de protegerla.
No pudo evitar sentirse un poco anticuada en ese momento al agradecer tanta galantería.
El caos se había apoderado de los terrenos del castillo Waltman poco después de la llamada al 911 que ella había hecho, a medida que la noticia de lo ocurrido corría de boca en boca.
Los ayudantes uniformados del sheriff habían sido los primeros en aparecer, seguidos de los bomberos, los detectives de civil y la oficina del médico forense.
El sheriff había separado a la gente en grupos hasta que los detectives de Santa Rosa, la ciudad más cercana con una división de detectives, terminaran de examinar la escena en el vestidor de la novia y se llevaran el cuerpo.
Nadie hablaba todavía de una investigación de asesinato.
Pero la idea flotaba en el aire como la espesa niebla que entraba al valle.
Los invitados llevaban ya un par de horas ahí, y algunos empezaban a impacientarse.
Al entrar al castillo, Nikki y Derek vieron a Kristof sentado en el primer escalón de la escalera de caracol, con la cara hundida entre las manos. Marty Waltman abrazaba con fuerza a Pamela Leiland mientras la dama de honor principal sollozaba.
La diminuta y ancianísima Sara entró tambaleándose desde la cocina, apoyada en su bastón. —Le pedí a la encargada del banquete que preparara té, mi niño —le dijo a Kristof, que alzó hacia su tía la cara surcada de lágrimas y los ojos enrojecidos.
Un puñado de policías estaba en el vestíbulo, comparando notas y definiendo cómo se llevaría a cabo el interrogatorio de los invitados.
Marty soltó a Pamela el tiempo justo para tenderle la mano a McCall, que parecía estar a cargo de la investigación.
—Señor Waltman —respondió McCall—. Lamento mucho su tragedia de esta noche.
Isabel entró con una bandeja de tazas de té.
Su mirada se quedó clavada en la de Kristof.
Nikki notó que le temblaban las manos cuando dejó la bandeja sobre una mesa y le sirvió una taza a Kristof.
Sintió ganas de acercarse a consolarla. Más allá de lo que Isabel sintiera por Susan o incluso por Kristof, era una mujer de buen corazón, y lo que había pasado con la muerte de Susan iba a carcomerla por dentro, como a todos los demás.
Nikki le sonrió y rechazó la taza de té.
—Quisiéramos hacerles unas preguntas a usted y a su familia. —McCall se volvió de nuevo hacia Nikki—. Si pudiera esperar un momento, por favor.
Ella asintió.
—¿Están disponibles los padres de la señorita Jennings… digo, de la señora Waltman? —continuó McCall.
Kristof alzó la vista hacia el detective. —Susan era huérfana. Sus padres murieron cuando ella era adolescente. Su única pariente es su hermana, Jennifer. Está arriba, en el baño.
—Bien. Tendremos que hablar con ella. De hecho, tendremos que hablar con todos los que están aquí hoy. En cuanto terminemos con eso, la gente podrá irse. Traigo un buen equipo, así que no debería tardar tanto como suena.
—¿De verdad es necesario hacerlo ahora? —intervino Marty—.
Nuestra familia ha sufrido muchísimo esta noche, en un día que debía ser una celebración.
Estoy seguro de que nuestros invitados quieren irse.
Ha sido un calvario para todos. Entiendo que haya que hacer preguntas.
Nosotros también las tenemos. Sin embargo, agradeceríamos un poco de tiempo para asimilar lo que pasó.
Quizá mañana sea mejor momento para nosotros.
—Es comprensible, señor Waltman. Pero el hecho de que la señora Waltman haya muerto de la manera en que murió nos hace pensar que hay algo un poco sospechoso.
—¿Está diciendo que a mi esposa pudieron haberla asesinado?
—Kristof dejó en la mesa de al lado la taza de té que había estado bebiendo a sorbos y se puso de pie—.
Eso es absurdo. Todo el mundo quería a Susan.
Es la mujer más dulce que conozco. —Bajó la cabeza al darse cuenta de que hablar de Susan en presente ya no era una opción.
Nikki detestaba la idea de pensar mal de los muertos, pero ¿Susan, dulce ?
—¿Sabe si consumía alguna droga? —insistió McCall.
—Señores, eso es una locura. Susan no era ese tipo de mujer. Yo la conocía muy bien. Se casó con mi hijo, por el amor de Dios —dijo Marty.
En ese momento resonó una voz desde lo alto de la escalera. —Bueno, la verdad es que sí le gustaba darse un pase de cocaína de vez en cuando.
Todas las miradas se alzaron hacia Jennifer, que estaba ahí de pie con una copa de champaña en la mano y su gigoló italiano al lado.
—¿Y usted quién es? —preguntó McCall.
Jennifer bajó la escalera y se presentó. —No digo que fuera una fiestera ni nada por el estilo, pero sabía divertirse cuando la ocasión lo permitía. No me sorprendería nada que hubiera considerado el día de su boda una de esas ocasiones especiales.
—Eso es ridículo, Jennifer —dijo Kristof.
—Entonces no la conocías tan bien como crees. ¿Verdad, Pamela?
Pamela fulminó a Jennifer con la mirada. —¿Por qué te empeñas en ser tan cruel, Jennifer? Tu hermana te quería. Ya no está, y tú le arrastras el nombre por el lodo.
—Ay, por favor. ¿Quererme? Ajá. Lo que tú digas. Mira, yo solo estoy diciendo la verdad, y tú lo sabes. Todos hemos andado de fiesta juntos alguna que otra vez. —Jennifer le guiñó un ojo a Pamela.
Kristof miró a Pamela, luego a Jennifer, y otra vez a Pamela. —¿Es cierto eso, Pamela?
McCall levantó la mano. —A ver, señores, esto ha sido una tragedia terrible, y les reitero mi pésame.
Sin embargo, por ahora tenemos preguntas, y cuanto antes empecemos, más rápido podremos avanzar.
—Se dio la vuelta y les indicó a los otros detectives que impidieran que los grupos reunidos para el interrogatorio hablaran entre sí hasta después de rendir sus declaraciones.
Una vez dadas las instrucciones, los agentes se desplegaron como hormigas soldado dando cuenta de las sobras que tenían delante.
McCall acompañó a Nikki a la sala de estar, donde la interrogó. Nikki miró por encima del hombro y vio a Derek alejarse con otro de los detectives.
—Cuando la encontró, ¿no había señales de respiración ni pulso? —preguntó McCall.
Nikki estaba sentada frente a él, en un sofá color crema.
Él permanecía de pie y tomaba notas. Ojalá se sentara de una vez.
Resultaba bastante intimidante ahí parado, cerniéndose sobre ella con toda su altura esquelética.
—Nada. La sacudí, y al principio hasta intenté levantarla, pensando que a lo mejor ya había bebido de más, pero cuando me di cuenta de que no respiraba, llamé al número de emergencias.
—¿Cómo estaba la señora Waltman esta noche? ¿Cómo se comportaba?
—Parecía un poco estresada.
—¿Por qué lo dice? ¿Qué hacía exactamente que la hiciera parecer estresada?
—No sé. Les contestó mal a algunos de los meseros, y alcancé a oír un pequeño encontronazo que tuvo con su hermana.