Un Asesinato por Copa (Un Misterio de Nikki Sands 2) Capítulo Tres #4
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Capítulo Tres #4

—¿Quién te contrató? —continuó Susan.

Isabel corrió al lado de Louis. Le susurró algo al oído y él se fue hacia la cocina. Isabel le entregó a Susan una copa de champaña. Nikki notó que Kristof le guiñaba un ojo a Isabel. Empezó a levantarse, con ganas de cantarles unas cuantas verdades al rey y a la reina de los babosos.

Sin embargo, la banda empezó a tocar «For the Love of You» de los Isley Brothers, y Derek le tomó la mano. —¿Bailamos?

Nikki se volvió para mirar a Isabel y a la novia. Parecía tenerlo todo bajo control. Derek le apretó la mano. —Claro.

—¿Te duele mucho el pie?

—Nop. —Se quitó las sandalias de un puntapié debajo de la mesa, sin importarle quién la viera.

Derek la escoltó hasta la amplia sección del patio que hacía de pista de baile.

La sostuvo apretada contra él, muy cerca.

Olía a maderas dulces. Ella cerró los ojos.

¿Él tendría los ojos cerrados? Apoyó la cabeza en su pecho.

Su pecho tan fuerte. Dios, qué bien se sentía.

La canción fue terminando. ¿Tenía que acabarse el baile?

Todo el cuerpo le hormigueaba mientras él enroscaba en los dedos los finos mechones sueltos que se le habían escapado del moño y le caían en la nuca.

Pero el baile sí terminó, sin que ninguno de los dos se apartara del otro con prisa.

Hasta que la banda empezó a tocar la infaltable canción de bodas: «Love Shack» de los B-52’s.

—Gracias —susurró él, rozándole la oreja con los labios. Iba tomándola de la mano de regreso a la mesa cuando ella se acordó de Isabel y del espectáculo que Susan había montado antes del baile.

Ni siquiera tuvo que decirle a Derek lo que estaba pensando. Él se le adelantó. —¿Quieres ir a ver cómo está Isabel?

Ella asintió y le dijo que volvía enseguida, porque definitivamente quería otro baile. Estaba tan eufórica que hasta se olvidó de volver a ponerse las sandalias, y casi se olvidó de cuánto le dolía el tobillo.

Encontró a Isabel trajinando de un lado a otro en la cocina. —Oye, ¿estás bien?

Isabel le puso una copa de vino en la mano. —No. No, no estoy bien. Tuve que mandar al pobre Louis a su casa. Probablemente acabaré pagándole la terapia. ¿Puedes creer lo de esa mujer?

Nikki negó con la cabeza.

—¿Sabes qué hizo ahora? Volvió a venir aquí a la cocina, a quejarse de mis rollitos de pasta filo.

—Estaban deliciosos.

—Sí, pero no según ella . ¿Puedes subirle eso? —Isabel señaló con el guante de cocina la copa de vino que le había dado a Nikki—. Está en su vestidor cambiándose para ponerse el siguiente vestido, para que ella y el novio hagan una entrada formal.

—¿Me estás tomando el pelo? Yo diría que ya hizo su entrada, y con creces.

—¿Parece que lo estoy inventando? Quiere otra copa de vino, y la quiere ahora. Le serví una hace unos minutos, cuando entró a quejarse. Está llamando por el intercomunicador aquí abajo para pedir otra, y toda mi gente está trabajando a toda prisa para ocuparse de todos los demás detalles.

—No hay problema. Solo unas horas más y esta pesadilla habrá terminado. —Nikki subió las escaleras, sintiéndose fatal de que Isabel la estuviera pasando tan mal.

Tocó a la puerta del vestidor de la novia. No hubo respuesta. Nikki abrió la puerta, sin importarle que Susan Jennings le gritara por entrar sin avisar. Pero Susan no le gritó. En lugar de eso, la mujer estaba tirada en el suelo. La copa de vino, medio vacía, sobre el tocador.

—Eso te pasa por beber demasiado y demasiado pronto en tu propia boda, y por portarte tan mal con mi amiga.

Nikki se acercó y le pasó los brazos por debajo de los hombros para intentar levantarla.

—Tienes que levantarte, Su Majestad, y hacer tu entrada.

—A Nikki le cruzó por la mente una idea perversa.

Quizá debería dejar que la borracha esa durmiera la mona que ella solita se había buscado.

Podía salir y decirles a todos que Susan estaba inconsciente y que no se uniría a la fiesta.

Eso sería bastante ruin. —Escúchame, señora Diva, tienes un trillón de invitados allá afuera esperando verte seguir la fiesta en todo tu esplendor, así que levanta ese trasero y andando.

—Nikki le dio una bofetada suave a Susan.

No podía haber bebido tanto trago en tan poco tiempo.

Algo andaba mal. Susan no se movía en absoluto.

Nikki volvió a recostarla en el suelo y le observó el pecho durante unos segundos, esperando verlo subir y bajar.

Ningún movimiento. Luego se inclinó para escuchar su respiración.

Nada. Por último, le tomó el pulso a la novia, con su propio pulso acelerándose y la adrenalina corriéndole por el cuerpo.

Nikki soltó la mano inerte de Susan cuando un grito se le atascó en la garganta, al darse cuenta, horrorizada, de que Susan Jennings Waltman no haría una entrada formal en la recepción de su boda.

De hecho, Susan Jennings Waltman no volvería a hacer ninguna clase de entrada en ninguna parte nunca más. La novia estaba muerta.