Capítulo Tres #3
Ella y Derek estaban sentados cerca del frente, y no pudo evitar preguntarse quiénes serían los padres de la novia, porque nadie parecía tener edad suficiente para serlo.
Del lado de Kristof estaban su papá y la tía abuela Sara, junto con varios familiares más.
Pero ni rastro de mamá Waltman. Abundaban los rumores de que la mamá había abandonado años atrás a un Kristof muy pequeño y a su papá por alguien con todavía más dinero y ganas de gastarlo, en lugar de ahorrarlo, como era sabido que hacía Marty Waltman.
Pero si era él quien pagaba esta fiestota, no había escatimado en nada.
A Jennifer sí la vio, sentada en la sección de la familia de Susan.
A su lado había un hombre alto y moreno con pinta de proxeneta de película italiana.
También parecía bastante enojado, con las comisuras de los labios caídas y un brillo en los ojos que Nikki pensó que podía ser odio.
No pudo evitar preguntarse cuál sería la causa de su enojo.
O quizá esa era la cara que tenía siempre.
Poco después sonó la marcha nupcial y los invitados se pusieron de pie para la entrada de la novia por el pasillo.
Una vez que estuvo frente al altar con su novio, la ceremonia no duró mucho.
Por lo visto, esta gente quería pasar cuanto antes a la fiesta, que, por suerte para ellos y para el tobillo de Nikki, estaba a unos pasos.
En cuanto los recién casados recorrieron el pasillo de regreso como el señor y la señora Kristof Waltman, los invitados se pusieron de pie y, en cuestión de minutos, empezó la fiesta, con la música resonando en las colinas, el vino corriendo a raudales y los aperitivos pasando en bandejas para quien quisiera probarlos.
Nikki y Derek encontraron su mesa antes de ir por el vino. Ella dejó su bolso y se volvió para acompañarlo a la barra.
—No. Siéntate. Se nota que te duele el pie.
—Estoy bien.
—No, no estás bien. Eres una terca. Anda, siéntate, que yo traigo un par de copas de vino y algo de picar.
Ella suspiró mientras él se alejaba. Al poco rato se le unió en la mesa un caballero mayor que le tendió la mano. —Blake Sorgensen.
Ella se la estrechó y se presentó. —Nikki Sands.
—Vaya evento. Aunque no me sorprende. Marty no escatima en gastos cuando se trata de Kristof.
Los conozco desde hace años y Marty es terrible para consentir a ese muchacho, pero no puedo culparlo después de que la madre los dejara a los dos como lo hizo.
Yo también habría consentido a un hijo, si alguna vez hubiera tenido hijos, pero soy un soltero empedernido.
—Ah. ¿Y usted a qué se dedica? —Nikki no sabía lo suficiente del pasado de Kristof como para andar husmeando. Decidió que lo mejor era dirigir la conversación hacia el propio Blake Sorgensen. Estaba segura de que a él no le molestaría en absoluto.
Sacó un puro y lo encendió, dándole chupadas hasta que una columna de humo acre se elevó por encima de su cabello plateado.
Quizá alguna vez hubiera sido un hombre apuesto, pero las mejillas enrojecidas y los ojos vidriosos le daban a Nikki todos los indicios de que Blake era un bebedor, y de que lo había sido durante años.
Agitó la mano entre el humo tratando de apartarlo de ella. Qué considerado.
—Un poco de esto, un poco de aquello. Me meto en toda clase de negocios.
Muy bien, ¿y eso qué quería decir exactamente? Le alivió ver que Marty Waltman se acercaba justo en ese momento. Le dio una palmada en la espalda a Blake. Pamela Leiland venía a su lado. —Oye, viejo, ¿estás molestando a esta linda dama?
—No. Le estoy coqueteando. ¿Y a quién le dices viejo?
Este tipo se ponía más baboso a cada minuto.
Le costaba creer que él y Marty fueran amigos.
Marty parecía la clase de hombre que ella siempre había imaginado que querría como papá: tranquilo, pulcro, casi siempre con una sonrisa en la cara.
Usaba lentes, lo que le daba un aire inteligente.
Debía de haber sido lindo ser Kristof de niño, aunque, por otro lado, no había tenido mamá, y ella entendía bien esa sensación.
Más o menos. O al menos conocía la sensación de haber sido abandonada por su madre.
Además, entendía mejor que la mayoría que no se puede juzgar un libro por la portada.
Después de otro minuto de charla trivial, Pamela tiró de la manga de Marty y se alejaron justo cuando Derek volvía con el vino y una variedad de aperitivos.
Al sentarse, le entregó a Nikki una copa de Chardonnay.
Chocaron las copas en un brindis silencioso y bebieron un sorbo.
Él le guiñó un ojo y ella pensó que bien podía derretirse ahí mismo dentro de aquel vino blanco, con su suave sabor a melón y sus notas de miel.
—Qué linda pareja hacen ustedes dos —dijo Blake—.
De verdad, y que conste que lo del coqueteo era broma.
Ya aprendí la lección con ustedes las jovencitas.
O nos quieren y nos dejan a los viejos ricos desgraciados después de gastarse un montón de nuestro dinero, o terminan queriendo una casa llena de niños.
Yo ya estoy muy viejo para malditos niños.
Ustedes dos tienen la edad justa el uno para el otro.
Más le vale a Marty cuidarse con esa jovencita que trae colgada del brazo.
O acaba escaldado o tiene que convertir su sala de juegos en un cuarto para bebés.
—Señaló con la cabeza hacia Marty y Pamela.
Ni Nikki ni Derek supieron qué decir. A ella sí le pareció interesante ver a Pamela Leiland tan pegada al padre del novio. ¿Qué pensaría Susan de eso y, más aún, qué pensaría Kristof? Pamela era treinta años más joven que el Waltman mayor, por lo menos.
—¿Me disculpan? Odio irme temprano de esta fiestota, pero tengo que tomar un avión. Hace poco compré un yate allá en Cabo y voy para allá a pasar unos días de descanso —dijo Blake Sorgensen.
—No hay problema —respondió Derek.
Nikki contuvo la risa mientras veían a Blake correr hacia la novia, que iba de grupo en grupo saludando entre la multitud. La alcanzó, la apartó del grupo que la rodeaba y la atrajo hacia él, abrazándola con bastante intimidad.
—Creí que era amigo de Marty Waltman —comentó Derek—. Parece que con la novia también tiene bastante confianza.
—Creo que ya va bastante entonado. Qué pena que tenga que irse. No hay nada como un borracho insoportable en la mesa para tenerte entretenido. —Dio un sorbo a su vino—. Espero que tenga chofer.
—Qué bueno que se va a Cabo . —Derek recalcó Cabo en un tono altanero, imitando al pomposo Blake Sorgensen—. De todos modos, dudo que lo hubiéramos necesitado para entretenernos, Nikki.
Uy, jaque mate. Para esa no tenía réplica. Por suerte para Nikki, no la necesitó, porque la novia armó un pequeño alboroto.
—¿Te llamas Louis Faulker? —Susan soltó una carcajada. La gente a su alrededor también se rio un poco. Algunos se alejaron—. ¿Como fucker , nada más que Faulker? Pobrecito. De verdad deberías quitarte esa etiqueta con tu nombre, Louis. Lo siento tanto por ti.
Un joven de poco más de veinte años se sonrojó, con la cabeza gacha.
Llevaba esmoquin y era uno de los empleados que Isabel había contratado para esa noche.
Estaba repartiendo aperitivos cuando, por lo visto, a Susan se le ocurrió que sería divertido burlarse del pobre.
Nikki recordaba haber hablado brevemente con él más temprano, en el restaurante, mientras cargaban las bandejas.
Era menudo, ya se estaba quedando calvo pese a su juventud, tenía mala piel y usaba lentes gruesos.