Un Asesinato por Copa (Un Misterio de Nikki Sands 2) Capítulo Tres #2
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Capítulo Tres #2

Siguieron subiendo por el sendero de ladrillo hacia la mansión Waltman, repleta de torrecillas y agujas y construida desde los cimientos con ladrillo gris oscuro.

Había algo casi aterrador en aquel lugar.

Nadie podía negar su belleza, pero Nikki no estaba segura de que quisiera vivir ahí.

Algunos de los rumores que había oído en el pueblo sostenían que el lugar tenía un fantasma residente. A juzgar por su aspecto, no lo dudaba.

—¿Tú crees en la historia del viejo Waltman?

—Nikki se refería al tatarabuelo de Kristof Waltman, el dueño original de Waltman Estate y de su viñedo.

Él había levantado el imperio. Los Waltman eran cinco generaciones de agricultores de Sonoma, aunque era dudoso que Kristof hubiera cultivado algo en algún momento de su vida.

Quizá su papá, Marty, se diera una vuelta entre las vides de vez en cuando, pero, por lo que ella sabía de Kristof, él estaba demasiado ocupado con sus actividades extracurriculares como para ensuciarse las manos en el campo.

—¿La historia del fantasma? ¿Que ronda el castillo por las noches? Es un cuento. Divertido, pero no, no me lo creo.

—¿No crees en la historia? ¿O no crees en los fantasmas?

—Nunca digas nunca, pero, hasta que no vea uno, tengo mis dudas.

Subieron los escalones de la entrada y la parte de atrás del vestido de Nikki se le enganchó en el tacón. Empezó a caer, pero Derek la sujetó antes de que diera contra el suelo.

—¿Estás bien? —La sostuvo entre sus brazos.

—Yo, eh… Sí. Caray, me siento una torpe de primera. —Se volvió hacia él.

—Vamos adentro para asegurarnos de que estás bien.

—No es nada. Voy a estar bien. Menos mal que no rasgué el vestido. —Se rio para quitarle importancia, pero, por lo que le había costado el vestido, lo decía en serio.

Echaron a andar de nuevo y ella se dio cuenta de que tenía que preocuparse por algo más que una torcedura de tobillo. Se le había roto la maldita tira de la sandalia.

Por dentro, la mansión tenía pisos de madera de caoba, escaleras de caracol de hierro forjado y paredes pintadas de un tono dorado, iluminadas con velas.

Nikki le dijo a Derek que iba a tomarse un minuto para subir al baño.

La mayoría de la gente ya se iba desplazando hacia afuera para ocupar sus asientos.

Era obvio que a Susan le gustaba el morado, porque abundaba por todas partes en todos sus tonos.

Las flores elegidas, rosas Sterling Silver, con su suave color lavanda y su intenso aroma floral, lo impregnaban todo.

Lirios color magenta, metidos entre las rosas, serpenteaban por las barandas.

También había lirios en altos jarrones de cristal.

Las velas que iluminaban el castillo eran de un morado profundo, oscuro, casi negro.

Nikki subió las escaleras con el pie adolorido, tratando de no cojear.

Arriba se encontró con un pasillo enorme que iba hacia la derecha y otro hacia la izquierda.

Al no ver ninguna indicación, fue hacia la derecha.

Al recorrer el pasillo vio el vestidor del novio.

Un poco más allá estaba el vestidor de la novia.

Ahí, frente a la puerta, estaba Susan Jennings, vestida de Vera Wang de pies a cabeza, en seda y tul, con un vestido de aire vintage de los años treinta: bordado de cuentas hasta el suelo, tirantes finos en los hombros que bajaban hacia un escote profundo, y cortado al bies.

Su cabello rubio pálido caía en ondas que a cualquiera le recordarían el look de Marlene Dietrich, de la época de las películas en blanco y negro.

Susan le daba un nuevo significado a la palabra deslumbrante , con ese glamur de otros tiempos.

Otra mujer estaba con ella, con las manos en las caderas, un modelito negro de lentejuelas con escote pronunciado y una sonrisita burlona en la cara.

Nikki alcanzó a oír lo que le decía a Susan. —Lo normal sería que le pidieras a tu única hermana que fuera una de tus damas. No puedo creer que no me lo hayas pedido. ¿Tanta vergüenza te doy?

—Jennifer, no tengo tiempo para esto. Ve a sentarte, por favor.

He hecho muchísimo por ti. Más de lo que haría cualquier otra hermana.

Qué rápido se te olvida lo que sí he hecho por ti.

Y eso también lo puedo cambiar, si quieres seguir con tus quejas y lloriqueos.

—Susan oyó los pasos de Nikki y la miró—. ¿Qué necesitas? —preguntó, cortante.

—El baño, en realidad.

—Tenías que ir por el otro pasillo. ¿No viste los letreros?

—No había ninguno.

—¿Es broma? Le dije a la servidumbre que pusiera letreros para la gente. Lo juro, si quieres que algo salga bien, por lo visto tienes que hacerlo tú misma. Está bien. —Soltó un suspiro ofendido—. Hay otro unos metros más allá, por ese lado. —Susan señaló detrás de ella.

Pasillos interminables, docenas de baños y habitaciones: en ese lugar una persona podía perderse tranquilamente un par de años.

—Oye, espera —la llamó Susan—. ¿Tú no eres la amiga de Isabel? ¿No deberías estar en la cocina?

—Soy una invitada. Vine con Derek Malveaux.

Susan arqueó las cejas en un gesto cómico. —Vas subiendo de categoría. Impresionante. Una chica de las mías.

—Eso sí que es cierto —dijo Jennifer, la mujer que Nikki supuso que era la hermana de Susan. Susan le lanzó una mirada asesina.

Nikki encontró el baño. Sin embargo, la curiosidad, uno de esos rasgos suyos que solían meterla en problemas, pudo más que ella: en cuanto estuvo dentro, giró en redondo y entreabrió la puerta para ver si alcanzaba a oír algo más entre las dos hermanas peleoneras.

No las oía muy bien, pero sí veía que las dos estaban acaloradas.

Se acercó más a la rendija de la puerta.

Lo que vio a continuación la sorprendió.

Susan Jennings abrió su pequeño bolso de cuentas y le entregó a Jennifer lo que parecía un cheque.

¿No se suponía que el día de la boda era al revés?

¿Que eran los novios los que recibían dinero y regalos?

Jennifer bajó la vista al cheque. —Pensé que sería más.

—Por Dios, déjame en paz y quítate de mi camino de una maldita vez. Me voy a casar ahora mismo. Ve a sentarte, Jennifer, y deja de ser tan condenadamente avariciosa.

Susan volvió a entrar en su vestidor y cerró de un portazo. —Vas a pagar más. Dudo que quieras que Kristof se entere de todos tus trapos sucios —le dijo Jennifer a la puerta, y luego se fue hecha una furia hacia las escaleras.

Nikki hizo un arreglo rápido en sus sandalias de tacón, sabiendo que, si alguno de los invitados a la boda las veía, se horrorizaría ante el espectáculo en el que ahora iba amarrado su pie derecho, pero no había mucho más que pudiera hacer.

Con el pie adolorido, se encontró detrás del séquito de Susan, las damas y la niña de las flores, con Pamela Leiland sosteniendo la larga cola del vestido de Susan.

Ellas también lucían ese aire de otra época, pero todas en distintos tonos de morado: desde la niña de las flores, con el lavanda más claro, hasta Pamela, cuyo vestido de cuentas era el más oscuro de todos, de ese morado casi negro.

Ninguna reparó en Nikki, que sabía que más le valía encontrar a Derek pronto.

Una vez abajo, el cortejo nupcial salió por la puerta lateral y, cuando Nikki se volvía para ir en la otra dirección, hacia donde estaban sentados los invitados, alguien le tocó el hombro. —Disculpe —dijo un joven con uniforme de mensajero—. ¿Conoce a Sara Waltman?

—Sé quién es —respondió Nikki.

—Qué bueno. ¿Podría encargarse de que le llegue esto? —Le entregó un sobre grande, tamaño carta.

—Claro. —Lo tomó y se sintió un poco incómoda por hacerlo, pero entendía la situación del hombre.

Tenía un trabajo que hacer, y ella era la única persona que había encontrado dentro del castillo en ese momento.

Nikki firmó el acuse de recibo. El sobre llevaba el nombre de Sara, y tendría que acordarse, cuando terminara la ceremonia, de buscar a la tía abuela de Kristof para asegurarse de que lo recibiera.

Al entrar para dejar el sobre en la mesa del vestíbulo, detrás de un jarrón con flores, no pudo evitar fijarse en el remitente.

Decía «Lawson & Rennert» y, debajo, «Servicios de Investigación Premier de San Francisco».

Qué interesante. Sara debía de estar haciendo investigar a alguien.

Bueno, aquella bodega y aquel viñedo en los que tenía participación eran una empresa multimillonaria, y ella no rejuvenecía precisamente.

Seguramente tenía que ver con su testamento.

En realidad no era asunto de Nikki, así que dejó el sobre detrás del jarrón y tomó nota mental de avisarle a Sara cuando la viera.

Nikki tardó varios minutos más en encontrar a Derek. La había esperado junto a un quiosco cubierto de terciopelo morado y flores. —Ya me estaba preocupando —le dijo.

—Estoy bien. —Se levantó un lado del vestido para mostrarle la sandalia.

—Lindas piernas.

—La sandalia, tonto. Tuve que arreglar el zapato como pude para que aguante por ahora.

—Ya lo sabía. Vamos a sentarnos. Ya empieza la música.

Nikki no tardó en distraerse cuando el novio y sus padrinos entraron en escena, muy elegantes con sus esmóquines.

Kristof Waltman era de esos hombres a los que se mira dos veces, con ojos azul claro y cabello castaño medio, que llevaba un poco largo y ondulado.

Hoy lo llevaba engominado hacia atrás. Tenía cara de niño y era casi demasiado bonito para ser hombre.

Entendía la atracción que Isabel sentía por él, aunque no fuera para nada el tipo de Nikki.