Capítulo Tres
Nikki se despertó el sábado por la mañana con un bostezo mezclado con un gemido.
Unos sueños cargados de ansiedad la habían tenido dando vueltas en la cama toda la noche.
No podía evitar esa mezcla de temor y expectativa que se le había instalado justo en la boca del estómago.
Quizá hoy fuera un día revelador. De verdad iba a ir a una boda con Derek.
¿Eso no podía considerarse una cita? ¿Al menos algo parecido a una cita?
Él no lo había hecho sonar como una cita de verdad, con su excusa de que «no quería ir solo», pero soñar no costaba nada.
Se bajó de la cama a trompicones y se puso su atuendo matutino de pantalones deportivos y camiseta. Era hora de dejar las fantasías a un lado. Salió a correr, como todos los días, hacia Yountville, donde podría tomarse un café y ver cómo estaba Isabel.
Había algo en pisar aquella tierra fértil a primera hora de la mañana que siempre le despertaba los sentidos. No podía dejar de valorar el lugar al que la había llevado la vida en los últimos meses. Muy lejos del oropel de Hollywood, y más lejos todavía de los montes de Tennessee.
Llegó a Yountville y se saltó su rutina habitual de tomarse el café en Bouchon Bakery, con sus deliciosos croissants hojaldrados y sus cafés gourmet, porque sabía que Isabel estaría en Grapes preparando la recepción y que seguramente le vendría bien una mano.
En efecto, una fila de camiones de reparto, con las puertas metálicas enrolladas hacia arriba, se iban llenando de bandeja tras bandeja de comida.
Un flujo constante de trabajadores que Isabel había contratado para el evento seguía trayendo más y más.
Nikki entró por la puerta principal y se topó de frente con una Isabel agobiada que gritaba órdenes y señalaba con los dedos en todas direcciones.
La tomó con suavidad por los hombros. —Oye, oye.
Cálmate un minuto, Izzy B —le dijo—. Parece que todos están haciendo lo mejor que pueden.
No te conviene ganarte fama de difícil. Sé que esto es muy duro para ti, pero veámoslo como una oportunidad.
Si sacas esto adelante y haces el trabajo que yo sé que vas a hacer, todo el mundo en la región vinícola y más allá te va a conocer y te va a querer para sus eventos.
Isabel asintió con los ojos llorosos. —Lo sé.
Me estoy comportando como una tonta. He sido una tonta desde el principio.
Pero yo creía que amaba a Kristof, ¿sabes?
Una locura. No es que él me haya dicho nunca que me amaba.
Pensándolo bien, tampoco pasábamos mucho tiempo juntos.
Ahora entiendo por qué. Yo creía que estaba ocupado con el viñedo y la bodega, pero estaba pasando el tiempo con su futura esposa.
Yo era lo que aquí en Estados Unidos llaman una actividad extracurricular. Una aventura.
—Olvídate de Kristof Waltman. Es un imbécil. En cuanto termine el día, podrás seguir adelante. Voy a tomarme un café y después me pones a trabajar. ¿Trato hecho?
—No. Tú también tienes un día muy ocupado. Esta noche vas con Derek.
—¿Y eso qué quiere decir? —Nikki dio un paso atrás.
—Quiere decir exactamente eso. Si quieres obligarme a decir a qué me refiero… —Se encogió de hombros—. Diré que él es guapo, que es amable y que tú sientes debilidad por él.
—Claro que no. Ya estoy grande para enamoramientos. Es mi jefe y mi amigo. Necesita una acompañante con la que pueda ir sin sentirse presionado. Esto no es una cita de verdad.
—Nikki, a mí no me convences. Y no creo que te convenzas ni a ti misma. —Isabel le guiñó un ojo—. El café está en la cocina y, si quieres ayudar, supongo que no te voy a decir que no. Y como tú misma lo dijiste: no es una cita de verdad con tu jefe .
Las dos soltaron una risita e Isabel volvió a dar órdenes, solo que esta vez les bajó un poco el tono a los ladridos.
Nikki sabía que, si era sincera consigo misma, sí sentía algo por su jefe.
Y esperaba que la invitación a esa boda fuera una señal de que él sentía lo mismo.
Habían forjado una conexión justo después de que ella decidiera irse a trabajar con él y le salvara la vida de un asesino que había matado a su amigo, el enólogo de Malveaux Estate, Gabriel Asanti.
Y, aunque coqueteaban y ella creía que había algo entre los dos, ninguno había dado el paso.
Quizá todo eso cambiara esta noche, con los dos yendo juntos a la boda.
Por suerte, el día pasó volando. En un abrir y cerrar de ojos ya era media tarde, e Isabel quería darse una ducha rápida antes de irse a Waltman Estate a supervisar el evento.
Andrés apareció durante los preparativos y también ayudó durante todo el día. Nikki no había tenido ocasión de hablar mucho con él porque todos habían estado muy ocupados.
Terminado el trabajo en Grapes y con la comida en camino a la finca de los Waltman, Andrés se acercó a Nikki y le pasó un brazo por los hombros. —Te llevo a casa, que ya se está haciendo tarde. Sé que tienes que arreglarte para esta noche.
—Pues sí, supongo que presentarme en camiseta y pantalones deportivos no sería buena idea, ¿no?
—Si alguien puede lucir eso, eres tú. Anda, vamos.
—Me haces bien al ego.
Ya en el coche, se instaló entre ellos un silencio extraño.
Andrés encendió la radio. Stephen Stills cantaba «Love the One You’re With».
Nikki cruzó las piernas y giró la cabeza de un lado a otro hasta oír cómo le crujía el cuello.
¿Por qué tanta tensión? Estaba con uno de sus mejores amigos, y nunca antes había habido nada incómodo entre ellos.
Andrés tarareaba la canción de Stills. Nikki bajó un poco la ventanilla.
Andrés nunca llevaba a nadie a las distintas fiestas a las que habían asistido.
Ella tampoco, para el caso. Él nunca había mencionado a ninguna mujer, pero un hombre como Andrés debía de haber tenido muchos amores.
Nunca se lo había preguntado, pero quizá hubiera una mujer allá en su España natal, o en Argentina, donde había ido a la universidad a estudiar viticultura.
Aunque sentía curiosidad y quería preguntárselo, una parte más grande de ella prefería no hacerlo.
Ninguno de los dos dijo nada durante los cinco minutos de camino de regreso a Malveaux Estate, salvo que ya había sido un día largo y que los dos sentían lástima por Isabel y por la noche que iba a tener que soportar. Andrés se detuvo frente a la casa de Nikki. —Que te diviertas esta noche.
—Gracias, y gracias otra vez por traerme. Seguro que nos vemos en algún momento de la noche. Vas a ayudar a Isabel, ¿verdad? —preguntó.
—Claro. Seguramente nos veremos. —Se inclinó sobre el asiento y le dio un beso torpe en la mejilla.
Cerró la puerta de la camioneta y, al llegar al porche, se volvió para despedirse con la mano.
Él le devolvió el saludo. ¿Desde cuándo había tensión entre ellos?
¿Había ahí algo más de lo que ella había percibido?
Claro, coqueteaban y él era un hombre maravilloso, pero en realidad ella siempre había tenido la mira puesta en Derek.
Quizá no debería tenerla ahí. ¿Por qué estaba pensando así?
Nunca antes había pensado demasiado en el matrimonio ni en formar una familia.
Desde que había dejado Los Ángeles, donde estar soltera y sin ataduras era lo más normal del mundo, y se había mudado a Napa, le costaba cada vez más no fijarse en las familias que vivían aquí y en los lazos que las unían.
Una casita con cerca blanca, el Príncipe Azul y dos hijos quizá no fueran tan mala idea.
Una hora y media después recordó exactamente por qué tenía la mira puesta en Derek: se veía ridículamente bien, demasiado bueno para ser verdad, con los ojos haciendo juego con una camisa de seda azul medio y un traje azul marino de raya diplomática.
Su cabello rubio, con reflejos naturales de tanto tiempo bajo el sol en sus tierras, le realzaba el bronceado dorado.
Estaba de pie en la entrada de su casa y, por un momento, ella no pudo articular palabra.
—Guau —dijo él—. Te ves… Guau.
—Gracias. Es una cosita que encontré en una de las boutiques.
—Vaya mentira: una cosita. Sí, claro, una cosita que le había costado la cuarta parte de su quincena.
El vestido de seda verde mar le hacía un busto generoso.
Y a ella ese look más bien le gustaba. Eso sí: nada de medias tintas en esta cita que no era de verdad . Iba con todo, a lo vavavoom .
Salieron en la Range Rover de Derek y cruzaron el sinuoso paso de montaña hacia Sonoma.
Después de media hora de camino, entraron por las rejas de hierro forjado del castillo Waltman, que parecía un auténtico viaje gótico al pasado.
Qué escenario. No había en el estacionamiento un solo coche que hubiera costado menos de ochenta mil dólares.
Los valets vestían pantalones bombachos de terciopelo, medias blancas y sombreros de copa.
—Exagerado —dijo Derek.
—Algo me dice que todavía no hemos visto nada —respondió ella.
Él se rio, asintió y entrelazó el brazo con el de ella.
Aquello era una fiesta de disfraces de alta costura: las mujeres se habían puesto sus Galliano, sus Gucci, sus Prada y sus Armani. Los hombres lucían de todo, desde trajes carísimos hasta esmóquines. Nikki miró de reojo a Derek, que caminaba a su lado.
—¿Qué? —preguntó él, que obviamente había sentido su mirada.
—Nada, me preguntaba cómo te verías de esmoquin.
Puso los ojos en blanco. —Yo no me pongo traje de pingüino, cariño.
—Ah, o sea que eres de los rudos y muy machos. Ya veo. Te estoy descifrando del todo, Derek Malveaux.
—Qué bueno. Cuando me hayas descifrado del todo , ¿me cuentas? No soy el Señor Machote. Es que no me gusta la idea del esmoquin; demonios, hasta tuve que pelearme conmigo mismo para ponerme este traje.
—Es verdad, tu atuendo de siempre son esos jeans que tanto te gustan y una camiseta, pero tengo que decir que no te ves nada mal con ese traje. Me gusta bastante este nuevo look.
—No te acostumbres —bromeó él.